Categoría: SOY CIUDADANA

EL PAVO KING

Esta monserga del «Halloween» suena a papanatismo , a colonización cultural pura y dura, a fascinación cateta por culturas ajenas a las que se permite que suplanten las propias.

Si hay que montar fiesta, se monta, faltaría más. El negocio es el negocio, pero también se podrían fomentar las propias tradiciones fomentando así que pervivan.

Lo que sobra es esta imitación barata y bobalicona tan ajena y tan escandalosamente comercial.

Cualquier día estamos comiendo pavos gigantescos en Navidad, como hacen esos pavos que se creyeron los salvadores del mundo hasta que llegó The King, peligroso y pelirrojo, y les hizo vivir una pesadilla que nos amenaza a todos.

NO OLVIDAMOS

Desde hace un año presenciando lo peor del ser humano que se aferra al cargo buscando la salvación a codazos, carente de conciencia y dignidad, inmerso en la mentira más hipócrita e insultante, incapaz de asumir responsabilidades como hombre y como político.

Y recordando también lo mejor, aquella gente anónima pero con nombre, armada de palas y escobas, a veces tan joven, siempre tan entregada, que cruzaba un puente para ayudar, porque quería y porque podía. Porque sentía lo que otros son incapaces de sentir entonces y ahora: sentimiento de pueblo, fraternidad de clase, solidaridad humana.

MAZÓN

Cosas Que Me Producen Verdadera Repulsión:
el olor a amoníaco, la forma de moverse de los gusanos, el sonido de la uña contra la pizarra, los hombres con camisas entalladas, las patas de las arañas, el meñique con la uña larga, los piercings en los pezones, el tenedor que rasca contra el plato, los ruidos salivales que produce el comensal de al lado, las gulas, las postales de Navidad….y el Excmo Sr Presidente de la Comunidad Valenciana, D. Carlos Mazón, que un año después de la mayor y peor cagada que puede hacer una persona con responsabilidad política sigue paseándose, desafiante y discutidor, repartiendo culpas a diestro y siniestro para no asumir la suya. Pretendiendo que el dinero que reparte eufórico solucione pérdidas irrecuperables. Intentando pasar página y dejar atrás a las personas que murieron por su indecente gestión.
Sin duda, es el campeón.

MANIFESTACIÓN

Pocas sensaciones habrá más gratificantes que participar en una manifestación. Suena raro porque es un ejercicio cansino, ajetreado y a veces decepcionante cuando la asistencia no es la esperada. Pero es muy recomendable para subir la moral, para recuperar la confianza en los seres humanos, para sentirse protagonista y no el eterno personaje secundario que nadie tiene en cuenta.

Se va a las manifestaciones para defender la causa en que se cree. Nadie recibe nada a cambio (lo de los bocadillos debe ser una costumbre exótica y ya obsoleta). Nadie te lo agradece y es posible que nadie se entere, por lo que no ganarás puntos, ni ligarás más.

No todas las manifestaciones son iguales, claro. Hay manifestaciones históricas como las del No a la Guerra del 2004 o del 15M en el 2011 que fueron verdaderos espectáculos ciudadanos de civismo y compromiso. Fiestas ciudadanas en las que parecía que todo estaba por estrenar y el miedo había cambiado de bando. Con todo, sabías positivamente que allí coincidías con gente con la que podías discrepar en otras cuestiones importantes, gente que no te caía bien y ante la que cruzarías de acera. Allí había de todo, pero todos tenían una idea compartida, un sentimiento común que los hizo salir a la calle y hacerla suya con una única y potente voz.

Luego pasa lo que pasa, pero haya triunfo o derrota, siempre hay consecuencias y nada invalida la portentosa sensación de haber manifestado alto y claro lo que se lleva dentro, de haber roto el silencio colectivo, de haber ocupado la calle con pancartas y banderas cuyo mensaje no se puede disfrazar.

Manifestarse es un derecho que no siempre se ha tenido al alcance de la mano. Cuidado con esa memoria débil o esa desinformación fomentada que olvida que tener buenas piernas era requisito imprescindible no hace tantos años para no acabar con la cabeza partida. Ahora es también un privilegio porque vayas con un millón o un millar de personas, ese paseo a paso de procesión es un momento de euforia y optimismo que dinamita la soledad en que mucha gente vive su angustia y su rechazo del mundo que le ha tocado vivir.

LA RANA SALTÓ

Parece que al final ha pasado: la rana que nadaba distraída en el agua de una olla que se calentaba lentamente ha saltado fuera cuando casi estaba a punto de alcanzar el punto de ebullición.

Traducción porque cada cual entiende las metáforas como quiere: la gente que desde el sofá y a la hora de comer , recibía su dosis diaria de horribles imágenes de violencia y desolación mirando sin inmutarse a los niños mutilados, las madres tiroteadas, los hombres destrozados …se ha dado cuenta de que el reventón final que se avecina nos iba a salpicar a todos con su vergüenza e inhumanidad. Y ha dicho que no.

Si la tragedia humana que hemos presenciado queda zanjada en breve y pasa a figurar en los libros de Historia sin haber encontrado enfrente una oposición real que castigue a los culpables, que intente reparar el daño y que tome medidas para impedir la repetición de la catástrofe, el agua hierve y nos quemamos todos. No hay ser humano que pueda quedarse al margen.

Cierto que ahora todo se está haciendo tarde y mal. Tarde porque llevan un retraso mucho mayor de los dos años de exterminio en directo, ya que las malas decisiones empezaron mucho antes. Mal porque las medidas y posicionamientos que se van sucediendo , aunque sea con cuentagotas, han de adquirir solidez y contundencia y aspirar a una solución final realista, posible y sobre todo, justa.

Pero el hecho es que se ha roto el silencio, se ha encendido la luz y ahora todo el mundo está mirando al Estado sionista y a sus cómplices, a punto de rematar un genocidio brutal ante las narices de millones de personas. Y las condenas verbales o las trampas en la letra pequeña ya no le valen a las instituciones y los Gobiernos de países que se dicen civilizados aunque han permanecido ciegos durante demasiado tiempo ante una barbarie absoluta.

No ha habido una conversión milagrosa, ni una paloma les ha orinado en la frente. Simplemente han sentido el calor del agua hirviendo al presenciar las inmensas manifestaciones de gente de derechas y de izquierdas, atea o creyente, milenials o pensionistas que han recorrido muchos países de Europa , América Latina o el mundo árabe…porque ya no podían seguir durmiendo el sueño de los justos ante tanta injusticia.

Conclusión: siempre es la rana la que tiene la última palabra. A veces acaba cocida y sus ancas son muy apreciadas en los restaurantes de lujo. A veces salta de la olla que otros han puesto a hervir y les estropea el banquete, quizás porque es demasiado sangriento.

INCENDIOS Y RESPONSABILIDADES

Ante las últimas catástrofes, más o menos naturales, mucha gente anda, y con razón, cabreada y preocupada. Algo anda mal y alguien no ha hecho lo que debía, pero estaría genial poder explicar y convencer de su error a quienes echan la culpa, de eso como de todo, al Gobierno de España . Cabrearse con el gobierno es un deporte nacional que no tiene nada de malo porque es evidente que no siempre cumple lo que promete. También se le da genial lanzar humo para disfrazar renuncias imperdonables como ha hecho ante el genocidio de Gaza, dicho sea de paso.

Pero en el tema de la gestión de catástrofes, las cosas también están claras y solo adjudicando a quien corresponde realmente su cuota de responsabilidad será posible hacerles pagar la factura correspondiente por la pérdida de vidas y de recursos naturales. Que no es nada fácil, véase a Mazón sobreviviendo a la décima manifestación que pide su dimisión.

La cuestión es que son las Comunidades Autónomas y sus gobernantes quienes tienen las competencias para afrontar las emergencias y catástrofes. Tienen el derecho y la obligación. Aunque siempre han de contar con la colaboración del Gobierno, según sea solicitada, en materia de personal y material. Pero no es lo mismo colaborar que pasarle el marrón a otros cuando vienen mal dadas.

Así que ya está bien de ver como Presidentes de comunidades autónomas hechos y derechos que ganaron las elecciones y asumieron la dirección de sus territorios, cuando les viene grande la tarea, cuando no saben realizarla con eficacia, cuando se equivocan y sus errores causan víctimas y daños materiales, reclaman a grito pelado a papá Estado lo que no es de su competencia atribuyéndole una responsabilidad que no tiene. Ya está bien de intentar despistar a la inquieta y decepcionada opinión pública manipulando su inquietud y pretendiendo obtener rédito político.

Solo en tres circunstancias ( cuando se declara estado de alarma, excepción o sitio) el gobierno del Estado puede intervenir. Sólo si la propia Comunidad autónoma lo reclama formalmente el Gobierno puede encabezar la gestión de la catástrofe. No es un hecho opinable, es lo que recoge la Constitución. Son las reglas del juego y no se pueden variar según convenga para confundir al personal y esquivar la bronca. Sobran maniobras de distracción que solo sirven para que los verdaderos responsables no asuman sus errores y deficiencias en la gestión.

VERANOS EXAGERADOS

No sería de extrañar que le empezaran a crecer membranas cartilaginosas en dedos de pies y manos. Al final tendría una apariencia bastante parecida a un pato, por ejemplo, animal que no le caía especialmente bien, pero que no era de las peores opciones.

Esa era la consecuencia de pasar tanto tiempo en el agua, muchas más, sin duda, que bajo techo, intentando así sobrevivir a una jornada de calor que transcurría con parsimonia y sin piedad.

El agua de la piscina, fresca aunque no fría, parecía el único lugar del mundo apto para la supervivencia, solo superado por los espacios cerrados donde un aparato de aire acondicionado rugía a cualquier hora del día para facilitar paz climática a sus habitantes.

Mientras se miraba las arrugadas yemas de los dedos, no causadas por la edad para variar, sino por el largo período en remojo, recordaba en ese mismo jardín los estanques helados con finos cucuruchos de hielo que colgaban de los árboles. Cuando la vegetación estaba cubierta por un consistente manto de nieve y la piscina por un fino cristal azulado. Cuando al respirar se podía jugar al efecto locomotora, lanzando un vaho que desaparecía rápidamente y no se exponía ni un milímetro de piel para evitar convertirse en un ser amoratado a consecuencia del frío.

Esos eran los inviernos obedientes con las normas climáticas estudiadas en los libros de escuela, que quizás nunca volverán. Nos dejan estos veranos tan exagerados como inhabitables que acompañaran un buen rato, quizás para siempre, a la humanidad autodestructiva e incompetente de la que formamos parte.

QUE LA GUERRA NO NOS SEA INDIFERENTE

La vida no nos da para más porque andamos muy ocupadas con nuestros problemas grandes y pequeños, cotidianos o excepcionales. Lo repetimos con frecuencia y quizás sea verdad.

Con lo nuestro ya tenemos suficiente, de ahí la tendencia universal a no levantar la vista y atreverse a mirar lo que les pasa a otros, a otras personas que se parecen demasiado a nosotras, pero que habitan escenarios muchísimo más despiadados y letales que el nuestro.

Pero ahí están, a poco más de 3000 Kilómetros. Aunque nadie quiera parecerse a esa pediatra palestina que salió una mañana de su casa camino al hospital dejando a sus 9 hijos, el menor de 6 meses, y los volvió a ver un ratito después, cuando los llevaron tras el bombardeo de su casa. Solo uno sobrevivió. O ser la abuela de esa niña enflaquecida y enferma que mira su propia imagen en el teléfono cuando posaba sonriente hace unos meses. Y no se reconoce. O conocer a ese hombre, que fuera de sí, mira los restos de su casa derruida donde estaban todos los que querían. O cruzarse con esa anciana encorvada que camina entre cascotes no se sabe a dónde. O presenciar el tristísimo espectáculo de esa muchedumbre infantil que agita recipientes ante una alambrada, peleando a muerte por una ración que significa la supervivencia.

Nula credibilidad tienen quienes llaman guerra, a lo que ya hace tiempo que solo es una estrategia de exterminio. Que el 70% de las víctimas sean mujeres y criaturas, desmonta cualquier intento de justificar la masacre.

Pero no es suficiente el rechazo de la mayoría de las personas decentes hacia el agresor y quienes les apoyan. Ni la solidaridad moral con un pueblo que tuvo la “mala suerte” de habitar un territorio que otros, más fuertes e inmorales, quieren ocupar.

Tampoco se paran las guerras desde la indignación con la que firmamos manifiestos y cartas. Y mucho menos con la resignación, cuando constatamos la mala suerte de esa pobre gente y de forma rápida cerramos la sesión y seguimos disfrutando de nuestra vida, que, sin duda, no es perfecta, pero transcurre sin que sobrevivir sea una de nuestras prioridades. Tenemos mejor suerte, sin duda alguna.

Solo hay un camino, como se hizo evidente hace 22 años, cuando las manifestaciones del “No a la guerra” ocuparon las calles de ciudades y pueblos de todo el mundo y lograron torcer la mano de aquellos figurones que jugaban con el destino del mundo.

Antes y después de una guerra indecente

Solo hay un mensaje: detengan el genocidio ya! que ha de llegar a Feras, de 19 años, un joven que luchó contra el cáncer de médula ósea durante cinco años y sobrevivió. O a Ahmed Abu Amsha, cuya familia no ha dejado de huir para salvar su vida, aunque nunca sin sus instrumentos con los que enseña música a los niños y niñas desplazados cerca de él. A Zaina Ghanem, cuya hija de seis años perdió la capacidad de hablar cuando allanaron su casa y las expulsaron con violencia. O a la escritora Neama Hassan, que contaba que era la undécima ocasión en que su familia cambiaba de refugio, pero que sus hijas habían conseguido salvar la albahaca que enseñaban sus hijas sonrientes.

Solo así se demuestra Humanidad y se puede creer en el futuro.

A TODOS LOS PADRES

A los nuevos padres, a los que se estrenan, a los que exploran realidades que han dejado de ser imaginadas. Que acunan a sus retoños desde la soberbia de creer que podrán protegerlos siempre y garantizarles una vida sin elecciones equivocadas que les causen dolor. Que están descubriendo el misterio de dejar de ser el centro de la propia vida para colocar allí a alguien que acaban de conocer. Que lo van a hacer bien porque nunca van a dejar de intentarlo.

A los padres en ejercicio, que han aprendido sin manual las difíciles artes de la crianza, que conocen la satisfacción de oírles roncar en su cama, la plenitud de verlos sanos y fuertes, la alegría basada en los éxitos ajenos y el deseo permanente de que la vida les trate bien. Que superan cada día miedos e incertidumbres intentando marcar la ruta que los lleve a puerto seguro.

A los padres en retirada, pero nunca jubilados que mantienen vivo ese vínculo tácito con quienes trajeron al mundo y los ven ahora adultos autónomos, que siguen tropezando y levantándose, intentando vivir sin hacer ni hacerse daño. Que recuerdan el trayecto sin nostalgia, pero con alegría, lleno de renuncias necesarias y satisfacciones impagables.

A los padres que se fueron, pero ahí están mirando un presente en el que les sería difícil encajar, desde viejas fotografías en ocasiones memorables. Los que siguen en ese recuerdo que parece inexistente, pero está sólidamente instalado en nuestra memoria y nos guiña el ojo a menudo, al ver unas manos, un gesto, una frase que lo saca a pasear. Esos padres que el tiempo desdibuja, pero jamás borra de nuestra memoria.

A todos ellos, feliz día!