No hay duda de que afrontar la llegada de 50.000 personas de un día para otro a una pequeña ciudad como Ceuta, es un problema de innumerables facetas, todas ellas de difícil solución. Aunque más difícil debería ser asumir la muerte de 64? personas, peones sacrificados en el juego de la política más sucia y letal, culpables solo de no tener futuro.
Con todo, ninguna pretensión de formar parte del equipo de expertos en geopolítica que ahora compite con el de expertos en incendio de la semana anterior. El debate sobre las causas de lo sucedido en Ceuta ya está suficientemente argumentado y polarizado como para que haya escasas posibilidades de que nadie descubra opciones diferentes a las que defiende con pasión. Y es una lástima. No tener opinión, que es legítimo y necesario, sino enrocarse en ella, como garrapata a la oreja del perro para no moverse ni un milímetro de la posición fijada.

Pero si preocupantes son las teorías sobre causas y consecuencia, son también muy inquietantes las opiniones vertidas en las redes. Hay demasiadas que, hablando desde la víscera más envenenada, hablan de ametrallar sin piedad, de linchamientos y palizas necesarias como elemento de disuasión. Que proponen campos de concentración, donde esa gente, privada de derechos y de condiciones para subsistir aprenda la lección y no vuelva jamás. Opiniones que defienden que hay que dejar que esos salvajes, como los llaman, se ahoguen sin mover una pestaña. Porque si llegan en flotador, agarrando a veces a sus criaturas con una desesperación que se contagia viéndoles la mirada, es porque son como animales, incapaces de cuidarse a sí mismo y a los suyos.
Y eso lo dice, aunque quizás no perciba las últimas consecuencias de sus pretensiones, gente que no es cruel, ni sádica. Que cuida a los gatos, que va a la Iglesia, que respeta a sus mayores. Pero que opina desde el odio indiscriminado justificado por la ignorancia y sobre todo por el miedo. Ese miedo inoculado titular a titular, ante esa “ avalancha” , término muy útil para deshumanizar, para borrar rasgos, sonrisas, caricias y toda la desesperanza de esos seres humanos. Ese miedo que uniforma a quienes llegan como si todos fueran delincuentes y asesinos, incapaces de convivir en paz.
Vivir con miedo, da miedo. Permite que nos manipulen, cultiva nuestros peores instintos, entre ellos el de la supervivencia salvaje, el de la insolidaridad absoluta. El mundo no es happy, pero tampoco podemos consentir que sea una selva donde se sacrifique a los débiles y vulnerables. Si lo hacemos, cualquier día nos tocará a nosotros y a los nuestros. No sería la primera vez.
