Hay mucha gente digna de estima, honesta y solidaria, que vive con una angustia perfectamente justificada los incendios que devoran nuestros bosques. Personas que, ante una catástrofe tan anunciada como ignorada, sienten hervir la sangre y exigen soluciones, responsabilidades y castigo para los culpables. Da igual a quién voten o cuál sea su ideología. Son plenamente conscientes de lo que estamos perdiendo como sociedad, de una forma casi irreversible.
Todos los veranos huelen a humo. Al del monte quemado y al de las mentiras interesadas.

La indignación, sin embargo, necesita verdad, no desinformación.
La prevención de los incendios no depende de la suerte, sino de los propietarios de los montes, de los ayuntamientos y de las comunidades autónomas. En ese orden. Más del 70 % de la masa forestal española es de titularidad privada y la Ley de Montes establece con claridad quién debe actuar en cada caso. Otra cosa muy distinta es que esa ley se cumpla o se haga cumplir con la energía y la contundencia necesarias.
Pero la rabia no puede convertir los bulos en argumentos. Los vídeos manipulados, las medias verdades y los discursos fáciles solo sirven para desviar la atención y dirigirla hacia el lugar equivocado.
Tampoco ayuda repetir falsedades como que el ganado no puede pastar para limpiar el monte o que recoger una simple piña supone enfrentarse de inmediato a una multa. Ojalá existiera siempre la vigilancia suficiente para proteger nuestros bosques. Mientras tanto, quizá sería más útil dedicar menos tiempo a la bronca política y más a fomentar la ganadería extensiva, combatir la despoblación rural y mantener vivo un territorio que, abandonado, se convierte en un combustible perfecto.
También conviene desconfiar de esos vídeos virales que aparecen cada verano mostrando escenas ocurridas en otros países o hace muchos años. Solo alimentan el viejo lema de que «solo el pueblo salva al pueblo». Es una frase emocionante, pero profundamente engañosa.
Al pueblo lo salvan unos servicios públicos fuertes. Bomberos y bomberas bien formados, bien pagados, con medios suficientes y contratos estables durante todo el año. La prevención no puede ser un gasto estacional. Es una inversión permanente.
No hay nada más viejo que esconder la propia responsabilidad detrás de una mentira. Ni nada más mezquino que manipular la indignación de la gente para ponerla al servicio de quienes, mientras el país arde verano tras verano, solo piensan en sus beneficios. El cambio climático, la prevención y la gestión del territorio no entienden de consignas ni de propaganda.
El fuego que quema el bosque también se alimenta de las mentiras.
Y el bosque que arde hoy tardará décadas en volver. No tiene repuesto ni sustitución. Cuando desaparece, perdemos todos.
Los bulos no apagan incendios. Solo consiguen que arda también la verdad.








