MANIFESTACIÓN

Pocas sensaciones habrá más gratificantes que participar en una manifestación. Suena raro porque es un ejercicio cansino, ajetreado y a veces decepcionante cuando la asistencia no es la esperada. Pero es muy recomendable para subir la moral, para recuperar la confianza en los seres humanos, para sentirse protagonista y no el eterno personaje secundario que nadie tiene en cuenta.

Se va a las manifestaciones para defender la causa en que se cree. Nadie recibe nada a cambio (lo de los bocadillos debe ser una costumbre exótica y ya obsoleta). Nadie te lo agradece y es posible que nadie se entere, por lo que no ganarás puntos, ni ligarás más.

No todas las manifestaciones son iguales, claro. Hay manifestaciones históricas como las del No a la Guerra del 2004 o del 15M en el 2011 que fueron verdaderos espectáculos ciudadanos de civismo y compromiso. Fiestas ciudadanas en las que parecía que todo estaba por estrenar y el miedo había cambiado de bando. Con todo, sabías positivamente que allí coincidías con gente con la que podías discrepar en otras cuestiones importantes, gente que no te caía bien y ante la que cruzarías de acera. Allí había de todo, pero todos tenían una idea compartida, un sentimiento común que los hizo salir a la calle y hacerla suya con una única y potente voz.

Luego pasa lo que pasa, pero haya triunfo o derrota, siempre hay consecuencias y nada invalida la portentosa sensación de haber manifestado alto y claro lo que se lleva dentro, de haber roto el silencio colectivo, de haber ocupado la calle con pancartas y banderas cuyo mensaje no se puede disfrazar.

Manifestarse es un derecho que no siempre se ha tenido al alcance de la mano. Cuidado con esa memoria débil o esa desinformación fomentada que olvida que tener buenas piernas era requisito imprescindible no hace tantos años para no acabar con la cabeza partida. Ahora es también un privilegio porque vayas con un millón o un millar de personas, ese paseo a paso de procesión es un momento de euforia y optimismo que dinamita la soledad en que mucha gente vive su angustia y su rechazo del mundo que le ha tocado vivir.

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