Que viene el eclipse, por dios. Y ahí estamos todos, haciendo malabarismos para determinar el punto exacto en que durante esos dos minutos el cielo se volverá oscuro , las aves callarán y nosotros con un poco de suerte podremos hacer la foto del siglo, que se juntará a la de los otros 300 millones de personas que retratarán el suceso.
Lo cierto es que es un gusto percibir como esta sociedad tan dada a la fragmentación, tan aficionada a la polarización, a veces decide subirse al mismo barco y remar en la misma dirección. Aunque hay causas en las que embarcarse mucho más prioritarias que ganar el Mundial o presenciar ese eclipse como una experiencia mágica y emocionante para la que hay que tener entrada de primera fila.

Que no es que no lo sea. Seguro que sí. Experiencia mágica podrá serlo, aunque será magia negra si alguien se queda ciego por imprudencia o se cae del árbol donde se encarama. Y emocionante también si una nube inoportuna impide la visión, después de haber pagado una fortuna para alquilar la ubicación adecuada.
La DGT ha hecho una advertencia con toda seriedad: No conduzca con las gafas del eclipse puestas. Mayormente porque con ellas solo se ve oscuridad, lo que tiene su lógica. Aunque es llamativo que sea necesario el aviso y la prohibición a la especie más desarrollada del planeta.
Feliz eclipse! Si no lo ven, no desesperen. Habrá otro el año próximo por estas mismas fechas. Seguro que vende menos entradas, digo gafas.
