Categoría: SOY MUJER

LA REGLA DE LA DESIGUALDAD

La menstruación, la regla, el periodo, el mes…en fin, es ese suceso que les pasa a las mujeres y solo a las mujeres todos los meses de su vida a partir de cierta edad y no desaparece hasta alcanzar otra o durante los embarazos,  si éstos se producen. Es un fenómeno que tiene poco de fenomenal, del que todo el mundo tiene referencias en propia experiencia o por relato ajeno, pero del que bien poco, casi nada, se habla. Resulta un tema como muy privado, muy íntimo, algo poco elegante, poco apropiado para conversación de ascensor lo que   en verdad tiene cierta lógica,  en línea a la discreción que se aplica a otras funciones fisiológicas sobre las que se impone un pudoroso silencio social.

En todo caso, la menstruación sigue siendo para muchos y en demasiados sitios, un tabú que se sigue asociando con algo sucio, oscuro que es mejor callar y tapar. Tiene mala fama y se le acusa infundadamente de los cambios de humor en las mujeres, a pesar de la existencia de variados y sesudos estudios que desmienten que los cambios hormonales tengan  ningún impacto en la memoria, la atención el buen talante. Pero ha habido momentos de la historia en los que se consideraba que la sola presencia de mujeres con la regla podía causar daño a las plantas, los alimentos o los animales. A día de hoy hay culturas que consideran a las mujeres y niñas fuente de desgracia e impureza durante esos días por lo que son excluidas de ceremonias, se les prohíbe manipular alimentos o son incluso obligadas a abandonar la casa.

En las sociedad occidentales y modernas, donde las consecuencias no son tan crueles e injustas, existen también realidades relacionadas con la menstruación que hasta ahora no recibían reconocimiento ni respuesta. Rectificando en esa cuestión, y abordando por ejemplo las necesidades especiales que pueden generarse en el ámbito laboral, se aprobaron recientemente medidas como el permiso menstrual   en Ayuntamientos como el de Girona y Castellón.

Lo cierto es que, a pesar del respeto exigible para el tratamiento de este tipo de cuestiones íntimas y privadas, lo que no conviene es ocultar hechos relacionados que comprometen y penalizan a las mujeres. Por ejemplo, lo que se conoce como pobreza menstrual, que sufren dos de cada 10 españolas e implica no solo carecer de medios para la adquisición de productos de higiene menstrual, sino también no tener agua potable, jabón y otros recursos esenciales para la higiene y salud íntima.

Por ese motivo se han presentado nada menos que 70.000 firmas en el congreso pidiendo la gratuidad de los productos de higiene menstrual. Y no solo eso: su petición incluye la reducción del IVA al 4%, desde el 10% que se paga ahora, un estudio sobre el impacto de la pobreza menstrual en España y campañas de sensibilización y educación sobre el tema.

A quien le parezca exagerado el tema, se les debería hablar de las niñas que faltan a clase en este país determinados días del mes porque no tienen los medios adecuados para evitar vergüenzas indeseadas o de las mujeres adultas que, en tiempos de estrecheces como vivimos, han de elegir entre comprar compresas o arroz para comer. Quienes tienen dudas de la necesidad de educar sobre este tema, tan natural como la vida misma, deberían saber la cantidad de prejuicios, monsergas y engañifas relacionadas con el asunto. Desde creer que la menstruación protege de embarazos indeseados hasta que andar descalza incrementa los cólicos menstruales o es perjudicial lavarse el pelo en esos días.

La menstruación es un fenómeno que, ciertamente, sucede solo a las mujeres, pero no es un tema que solo a ellas les competa, porque es un tema de derechos humanos, de dignidad  y , una vez más, de discriminación en la medida en que a pesar de su envergadura, ya que afecta a más de la mitad de la población , todas ellas mujeres, no obtenga los recursos exigidos para que no suponga para nadie, en ningún caso, una limitación, una penalización o un estigma.

COMO MIURAS AL CAMPO

Es difícil conocer a alguien que haya manifestado claridad su deseo de morir por coronavirus, pero debe haberlos a cuenta de la gran cantidad de covidiotas que hacen lo necesario para obtener los puntos necesarios para no poder contarlo. Con la finalización del Estado de alarma, hay demasiados que han dado por finiquitada la pandemia y han salido como toros bravos al campo dispuestos a embestir contra cualquiera que les niegue su derecho a bailar la conga y brindar hasta reventar.

Debe ser un problema de falta de imaginación o de déficit de memoria. El primero impide anticipar situaciones nada deseables que pueden convertirse en realidad, ingrata y fúnebre. La desmemoria permite refugiarse en espejismos donde caben argumentos autocomplacientes que autorizan a la persona a ir a su bola, como una máquina quitanieves que aparta lo que molesta y allana el camino para circular por donde se quiere con toda comodidad. Ayuda que la gran mayoría de medios de comunicación trasladen imágenes de la felicidad negada tras la barra de los bares y no de la tragedia que se sigue viviendo entre batas blancas y respiradores.

Se puede entender el hartazgo y la amargura de quienes se ven privados de hábitos y costumbres que eran la chispa de su vida. Y no solo se trata de las cañas y los gin-tonic, que cualquiera diría que vivimos en un país de alcohólicos. Se trata de un rasgo identitario del país con más bares y restaurantes por persona de todo el mundo: uno por cada 175 habitantes, sumando en total 277.539 establecimientos gastronómicos, según el Instituto Nacional de Estadística. Una oferta de ocio que no sólo se basa en el consumo, sino que supone un espacio fundamental de encuentro y convivencia entre las personas.

Lo que no es explicable es la estupidez humana -tan infinita como el Universo dicen- que ignorando las evidencias, desatendiendo las alarmas convierte a personas pensantes en seres irracionales instalados en el autoengaño que confunde los deseos con realidad.

La guerra contra el COVID no está ganada, aunque esta misma semana se publicara que en Xàtiva la incidencia era mínima y los contagios inexistentes. Pero en seis Comunidades autónomas el porcentaje de ocupación de las camas de UCI sigue estando en niveles extremos. Y en el

mundo, véase la India, las piras funerarias arden en la calle y se presencia con congoja la victoria total de la muerte, entre otras cosas, por haber abandonado toda prudencia de forma prematura.

Es cierto que llegados a este punto la gestión política deja mucho que desear, precisamente porque parece que se ha impuesto a los criterios científicos o sanitarios. Y eso desmoraliza y hace perder confianza y credibilidad, que son un capital necesario para mantener la autoridad moral necesaria para liderar una situación que exige sacrificios y renuncias.

El País valenciano ha dado ejemplo de inteligencia y responsabilidad colectiva que hoy permiten exhibir las mejores cifras de toda Europa en relación al control de la pandemia. Valores que no nos han librado, también en Xàtiva, de presenciar escenas que recuerdan al borracho suicida que cita al miura en la plaza. Protagonizadas por gente de toda edad y condición, ya que no es de justicia adjudicar a una determinada generación el monopolio de las conductas imprudentes e incívicas.

A estas alturas deberíamos haber aprendido que el problema sigue siendo colectivo y que no existen atajos ni huidas en solitario. Hace falta una dosis extra de coraje y responsabilidad para asumir, aunque duela, que sigue habiendo razones más que evidentes para las restricciones. Aunque también, cada vez más , razones para la esperanza.

MAMIS

Sirva la presente como aviso cariñoso a quienes andan preocupados reflexionando sobre la forma de honrar a sus progenitoras este próximo Domingo, Día de la madre, del que no hay forma de escapar, so pena de empobrecer muchos negocios que bastante castigados andan ya. Aunque lo material no es siempre -o casi nunca-, lo esencial, bien está que se promuevan en esta fecha diversos tipos de productos para su adquisición y ofrenda, con el objeto de intentar manifestar el enorme amor que las madres inspiran. De ahí el éxito de los perfumes publicitados por mujeres etéreas con pinta de no haber recogido en su vida un calcetín maloliente. O de otro tipo de obsequios como el delantal de cocina, la crema antiarrugas o el paragüas que acompañará a los otros diez en el paragüero, resultado de la pereza compradora o de cierto sadismo filial que por algún lado ha de manifestarse.

Viendo el lado serio de la cuestión, lo cierto es que este concepto del Día de la Madre, precisaría una urgente revisión . Porque para empezar, aquello de que “madre no hay mas que una” es, a día de hoy, una premisa discutible teniendo en cuenta los cambios sociales y culturales que hacen que el prototipo de familia tradicional resulte obsoleto al imponerse otros modelos que apuestan por el respeto a las decisiones personales e íntimas de las personas a la hora de escoger su pareja y/o criar a sus vástagos. Así pues, hay familias de dos madres, como de dos padres, y también familias de una sola madre, que por cierto en Xàtiva, a la vista del estudio realizado recientemente, son más frecuentes de lo que parece.

Sucede además que el concepto de madre también merece una valiente actualización. Porque ya sería hora de reconocer que madre no es sólo la que da a luz, la que ha vivido un parto, más o menos horroroso, que siempre será relato permanente en la propia biografía. Exactamente igual, extraña coincidencia, que la afición nostálgica de los hombres que hicieron la mili y no había cosa que más les gustara rememorar. Madres son también muchas mujeres que sin haber pasado por el paritorio, aman con locura, sin fisuras y hasta la muerte a criaturas, desde sobrinos a vecinas,

desde ahijados hasta cualquier otro menor con el que establecen por diversas circunstancias, un vínculo de amor que no tiene nada que envidiar en cantidad y calidad al que inspiran los hijos paridos con dolor y sin epidural.

Por otra parte, ser madre hoy ya no es lo que era. Y no es una afirmación hecha desde la nostalgia, sino desde la satisfacción de haber superado estereotipos que condenaban a las mujeres a maternidades asfixiantes y extenuantes, consideradas como una obligación anexa al sexo de carácter casi obligatorio para cualquier mujer, que si no era madre, bajaba muchos puntos en la escala del respeto y la aceptación social. Hoy ser madre es resultado de una libre elección tan lícita como la decisión privada e igualmente legítima de no serlo, porque las mujeres ya no son sólo potenciales gestantes. Hoy no se entiende que la maternidad descalifique a las mujeres como seres humanos que siendo madres, son también acreditadas profesionales, con proyectos de vida propios y aspiraciones que no tienen porqué sacrificar. Aunque siga habiendo un precio injusto y excesivo que pagar.

Con todo hay cosas, las mejores, que nunca cambian, ni deben hacerlo. Y ser madres, ejercer como tales, es indiscutiblemente un privilegio, una oportunidad generosa de vivir la existencia acompañando la vida de otras personas cuya felicidad importa más que la propia

PAÍSES RICOS, PACIENTES DESAMPARADOS

El 7 de Abril es el   Día Mundial de la Salud porque la Organización Mundial de la Salud así lo escogió para crear conciencia sobre las enfermedades mortales mundiales. En el contexto que vivimos, una celebración de lo más adecuada desde una realidad que proporciona por sí sola argumentos más que suficientes. El lema de este año es «Construir un mundo más justo y saludable» y viene al pelo para justificar una campaña que pretende evitar lo que está pasando con las vacunas a escala mundial: hasta hace bien poco, se habían administrado más de 455 millones de dosis de vacunas contra el covid-19 pero solamente el 0,1% de éstas se han destinado a  los 29 países de menores ingresos.

Esta brecha en la inmunización entre países ricos y pobres no sólo es rechazable desde la ética y la justicia social, sino que es además una estrategia torpe y calamitosa desde el punto de vista epidemiológico, ya que allí donde  el virus campa a sus anchas, se producirán mutaciones imprevisibles que se extenderán inevitablemente, inutilizarán las vacunas y volverán a amenazar a las poblaciones de esos países ricos que pretenden ocupar en exclusiva  los botes de salvamento y dejar que se ahoguen los demás.

Con todo, la salud de las personas no sólo está directamente relacionada con la pandemia. Es evidentemente, a día de hoy, un factor esencial y lo seguirá siendo hasta que se cumplan las tranquilizadoras predicciones de la comunidad científica que hablan de que con el virus que hoy mata, mañana podremos convivir. Y lo haremos,  si no en paz, por lo menos en un empate técnico que no significará para la Humanidad tantísimas pérdidas como hasta ahora.

Pero además del COVID, la salud de las personas está amenazada por otras patologías y dolencias que correctamente tratadas en tiempo y forma,  deberían llevarse por delante al menor número de personas posible. Enfermedades que comprometen  gravemente la calidad de vida de quienes las sufren, que aunque comprendan a la perfección el  orden de prioridades impuesto por la gravedad de la situación, necesitan y merecen ayuda ante los dolores,  malestares o limitaciones que sufren. Nada más terrible que la sensación de desprotección y vulnerabilidad al percibir que las puertas de la atención médica están cerradas porque no hay capacidad de atender a nadie más.

Es cierto que nuestro sistema de salud ha tenido que tensarse hasta límites insospechados en este último año. Y que ha dado una respuesta más que aceptable, rozando el nivel de la excelencia por lo que toca al esfuerzo del personal sanitario y auxiliar que ha dado la cara en las circunstancias más difíciles y complejas.  Pero el esfuerzo ha puesto de manifiesto la fragilidad de las costuras de un sistema que salió tocado  tras la crisis económica, con la disminución de su personal, del gasto público y de las inversiones.

De ahí, las alertas de los propios profesionales y las personas afectadas sobre el enorme perjuicio que se deriva de la incapacidad del sistema de dar respuesta a todas las situaciones de riesgo para la salud, sin excepción. La paralización de las consultas esenciales como las de Oncología, Neurología o Cardiología supone poner en riesgo la vida de muchas personas que dependen de controles, pruebas o tratamientos. No es de recibo que en el Área de Salud Xàtiva-Ontinyent haya demoras de 7 o 10 meses para conseguir citas con determinados especialistas. El problema no son las personas que lo trabajan, sino un sistema infradotado y sobrepasado que exige cambios y mejoras que no sean coyunturales,  porque no sólo de COVID se muere la gente.

LA FIESTA DE LAS VACUNAS

Esta pasada semana se ha producido, a modo de ensayo general,  la vacunación masiva del profesorado de la ciudad que ordenadamente, sin prisas, pero sin pausas, ha pasado por los espacios habilitados al efecto para recibir esa oportuna y necesaria banderilla que permitirá ir poniendo distancias entre la enfermedad y la sociedad.

Ya se ha completado, por lo menos en esta ciudad, la vacunación de las personas mayores, la población diana de la pandemia, la más castigada, la más desprotegida. A diferencia de otras ciudades como Madrid  que se le están tomando con una calma inaudita , a pesar de las terribles cifras que hablan de cerca de 30.000 ancianos y ancianas fallecidos, dos tercios de ellos en los cuatro primeros meses.

Hoy en toda España más de 2 millones y medio de personas han recibido la pauta completa y a día de hoy el número de personas con media vacuna en el cuerpo superan el  total de personas contagiadas. Buenas noticias, que están a años de luz de la situación que vivíamos hace solo 12 meses cuando nos sentíamos, y estábamos, absolutamente indefensos y vulnerables ante una amenaza invisible a la que casi no sabíamos poner nombre.

De las vacunas algunos desconfían, quizás porque sus estudios en biotecnología  o epidemiología les permiten defender hipótesis  con las que consideran necesario preocupar al personal. Pero el común de los mortales, sabiendo que somos, eso, mortales, deposita su confianza en lo que se presenta hoy como la mejor y única respuesta para evitar ese contagio comunitario que llena a rebosar los hospitales y las UCIs.

Es cierto que se han dado reacciones adversas de mayor o menor gravedad. Pero es algo que tiene cierta lógica, con campañas tan masivas de vacunación en España y en todo el planeta. En todo caso, no son más que anécdotas en el cómputo general, aunque esos expertos, formados en las tertulias y doctorados en la barra del bar, se empeñen en presentarlos como casos habituales. Efectivamente,   hay gente que reacciona ante la vacuna con bastante incomodidad, e incluso hubo quien tuvo que ser hospitalizado, y tal vez alguien en Yakarta o en Moscú falleció tras recibir la vacuna. Pero teniendo en cuenta que en todo el mundo han recibido la vacuna más de 300  millones de personas, hay grandes posibilidades estadísticas de que a algunas de esas personas le atropelle un coche cuando salga del centro de vacunación o incluso de que sufra un ictus o una angina de pecho que acabe con su vida. Y  y aun con todo, no se desdeciría en absoluto el valor de la vacuna .

Hay quien basa su desconfianza en las vacunas en la rapidez conseguida para cerrar unos procesos que hasta ahora habían requerido de una media de 10 años para su elaboración, experimentación y aprobación. Pero olvidan un factor esencial que marca la diferencia: a diferencia de lo sucedido con otras vacunas, otros medicamente, la búsqueda de esta vacuna ha sido una carrera de equipo, en la que la comunidad científica ha colaborado con total transparencia. Cuando la necesidad aprieta tanto, tantísimo la cooperación científica se intensifica hasta lo nunca visto, olvidando las competencias por las medallas y por el negocio, y consiguiendo así resultados que no son artículos de fe, sino productos con todas las garantías, diseñados para proteger vidas muy amenazadas.

Por otra parte, los países ricos y menos ricos han abierto la bolsa de los dineros, invirtiendo  los fondos necesarios en la investigación, sin regateos ni mezquindades, para que la investigación contara con los recursos necesarios. Por eso estamos ahora  con la fiesta de las vacunas. Las europeas, las americanas, las rusas o las cubanas, hay donde elegir.

Pero a esta fiesta no todo el mundo está invitado. En el sentido literal del término porque se pueden quedar fuera a países , de economías débiles , esos que se llaman países en desarrollo cuando se utiliza el lenguaje políticamente correcto,  que están en mala posición para acceder a las vacunas, como para cualquier cosa.

Y ese sí que sería, aparte de una manifestación penosa de la insolidaridad humana, un error insuperable porque  como se ha repetido hasta la saciedad aunque con poca coherencia, este planeta no ganará la batalla al virus, si no son todos los países, más o menos al unísono, los que crean las barreras necesarias para conseguir su desaparición. Si no son todas las personas, las que salen adelante, sin dejar a nadie atrás.

CON CARIÑO, A LOS PADRES

Poco se habla de los padres, que tantos hay como madres , pero  en el Día del Padre procede  una mención cariñosa, y enormemente agradecida a tantos hombres que hacen un esfuerzo considerable por romper modelos caducos y obsoletos para ejercer una paternidad responsable, cooperativa, integradora y completamente ajena a la figura paterna tradicional.

Ha llovido mucho, pero es fácil recordar esa figura paterna, perfectamente acotada,  cuyo amor a su descendencia, en la mayoría de los casos,  está fuera de toda duda al igual que el afecto incondicional que les profesaron sus hijos e hijas  a pesar de ser personajes permanentemente ausentes y cuasi desconocidos, a los que era difícil dar cariño y todavía más recibirlo, porque emociones y sentimientos no tenían demasiado margen de expresión.

Ocupaban su papel como  “pater familias”, con gusto o a disgusto pero sin opciones, desempeñando una posición de autoridad indiscutible en la familia, como proveedor y garante en exclusiva de la supervivencia de todos y cada uno de sus miembros, desde las criaturas a la señora de la casa, todas ellas ocupantes de una  posición subordinada y dependiente.

Son ya de otra generación -abuelos y bisabuelos incluso- aquellos  cuasi desconocidos que, ciertamente, echaban más horas fuera que dentro del hogar , absolutamente exentos de cualquier tipo de colaboración en el ámbito doméstico, encargados de hacer justicia sin contemplaciones, desconocedores de sus hijos y de sus rutinas, absorbidos por su función suministradora que les descargaba pero también les privaba, de las alegrías de la paternidad.

Hoy ese modelo es un anacronismo. La mayoría de los padres de hoy en día,  cambian pañales y dan biberones a cuatro manos, ponen lavadoras y tienden la ropa al sol sin ningún tipo de vergüenza como pasaba hace unas décadas. Siguen siendo esenciales para la economía familiar, pero tanto como sus parejas, si éstas consiguen abrir brecha en un mercado laboral que siempre se lo pone difícil. Hoy los núcleos de convivencia familiar ya no son jerárquicos, sino que se impone el trabajo en el equipo, las decisiones conjuntas, el cuidado y el apoyo mutuo.

Sería demasiado optimista afirmar que en todos los casos y circunstancias el reparto es al 50 %, que la distribución de  tareas es por completo equitativa, pero la tendencia impone una reformulación de los roles familiares que fomenta una paternidad corresponsable, en la que los hombres manifiestan y reciben el afecto de su descendencia, comparten emociones y sentimientos, conocen y se dan a conocer como seres humanos ante sus hijos e hijas y disfrutan y padecen de todo aquello que la convivencia comporta.

Es un enorme avance para la sociedad en su conjunto, para las mujeres en general, y para los hombres en concreto.  En nuestro país hemos conseguido una de las mejores políticas públicas en corresponsabilidad, que es equiparar los permisos de paternidad y maternidad, aunque se  siguen requiriendo iniciativas políticas y sociales que favorezcan que los hombres se acojan a excedencias y otras medidas de conciliación.

Para las mujeres, el abandono de estereotipos es la garantía de poder disfrutar de maternidades en pareja , enriquecedoras pero no agotadoras, de poder luchar por proyectos propios de vida y  aspirar a relaciones personales basadas en el respeto mutuo y la colaboración .

Finalmente, para los hombres, la paternidad corresponsable es un enorme regalo porque impide que sean convidados de piedra en su propia casa, seres desconocidos amados, pero también temidos desde la distancia y la ignorancia. Son así  referentes cercanos, modelos de comportamiento, objeto del cariño y ternura de aquellos a quienes dan la vida y cuyo amor necesitan y aprecian tanto como cualquiera.

SABEMOS LO QUE HAY QUE HACER

Nadie nos ha de decir a las mujeres lo que debemos hacer. Aunque algunos no lo tengan claro, somos personas adultas que formamos parte de una especie pensante, hecho incuestionable a pesar de alguno de sus individuos. Pero hay una enorme afición, una pretensión universal de decirnos a las mujeres, en diversas situaciones, y sin previa petición, lo que nos conviene, lo que está o no a nuestro alcance. A señalarnos nuestras limitaciones, a advertirnos de ciertas líneas rojas, por si acaso nosotras no hubiéramos sido capaces de detectarlas.

A nosotras, que damos vida, que defendemos la vida, que hemos luchado contra la enfermedad y la muerte, en primera línea en las más adversas circunstancias, nadie nos ha de decir lo valiosa que es y la importancia de defenderla. No es admisible que ante decisiones que estamos más que capacitadas para tomar, aparezcan miles de voces sentenciando, criticando , cuestionando sin darnos siquiera tiempo a equivocarnos. Cosa que, por otra parte, no pasa tan a menudo como algunos pretenden.

Toda esa tutela ya nos tiene demasiado hartas y con escasa paciencia. Quizás suene a soberbia o prepotencia, pero solo es el legítimo sentimiento que albergan muchísimas mujeres que se sienten muy capaces de tomar sus propias decisiones, consiguiendo además que sean las más acertadas.

En los prolegómenos de un 8 de Marzo, que antes de suceder ya despierta críticas, nadie nos ha de decir a las mujeres lo que debemos hacer. Sobran las recomendaciones sobre cómo debemos actuar para que ese día, jornada de reivindicación y  día festivo también, se desarrolle de la forma conveniente para no renunciar a nada, y desde luego, en ningún caso, a nuestra propia salud.

Hay muchas maneras de ser protagonistas, casi tantas como formas de robarlo, y este 8 de Marzo, desde el movimiento de mujeres se van a  utilizar casi todas. Los vídeos inundan las redes, los encuentros divulgativos, las imágenes, los textos de opinión se multiplican porque ese día la lucha feminista ha de brillar. Se va a bailar, a cantar en coro, a recitar poesía…Habrá performances llenas de creatividad y de fuerza…Igualmente en muchas localidades  se llenarán las calles de simbología feminista, de ese violeta tan explosivo como constructor de vida que es su seña de identidad.  Va a haber caravanas de coches que ocupen las calzadas lanzando un mensaje  inequívoco que visualice a las mujeres y sus derechos…y también va a haber concentraciones. Convocadas con todas las garantías sanitarias, de aforo limitado, descentralizadas, en las que la participación se someterá ineludiblemente a unas reglas que nadie nos tiene que imponer porque todas sabemos respetar.

Vamos a ser mucho más responsables y respetuosas que los organizadores de otras concentraciones mucho menos cuestionadas, desde los antivacunas a los detractores de la ley Celaa, desde los neonazis a los negacionistas del  barrio de Salamanca. Pero vamos a ocupar a la calle, el espacio, a impregnar el aire que respiramos e invadir el sonido ambiental, para que todo ello hable de igualdad y proclame que es el  Dia Internacional  de las Mujeres, orgullosas de serlo, nacidas para vivir libres y con todos los derechos.

MUJERES Y CIENCIA

La pandemia ha supuesto una oportunidad de oro para valorar en su justa medida el valor de la ciencia y la investigación. Ese ámbito que parecía algo ornamental, futurista y concitaba pocas pasiones a pesar de ser necesidad básica de una sociedad con futuro. Porque es la ciencia y no otra cosa, lo que ha posibilitado , y lo sigue haciendo, la existencia de las vacunas que son las mejores herramientas contra el virus a  día de hoy. Su aparición supuso que  laboratorios y hospitales de todo el mundo se pusieran a trabajar exclusivamente en la COVID aparcando proyectos en marcha, lo que también va a tener consecuencias.

De hecho el esfuerzo ha sido descomunal, hasta el punto de que la propia comunidad científica se maravilla por haber obtenido en 11 meses   resultados en algunas disciplinas que antes necesitaban una media de 10 años para ver la luz. Todo ello no por casualidad, sino porque cuando la necesidad aprieta se producen las condiciones necesarias como la inversión económica y la colaboración  de Gobiernos, compañías y  organismos .

Lo que  no ha cambiado demasiado  es la situación de las mujeres científicas,   que existir,  existen, ahora y siempre, aunque  sea difícil  para el común de los mortales dar un solo nombre más allá de la Curie . Resultado de una realidad  injusta que ha hecho de  la ciencia y la investigación espacios no aptos para las mujeres.

La bata blanca a la que aspiraban las niñas casi siempre estaba relacionada con tareas de cuidado en función de roles estereotipados de difícil erradicación.  A ello se suman los techos de cristal y los suelos pegajosos, es decir, las dificultades que las científicas tienen para compatibilizar la investigación con su vida personal y familiar. De hecho , en estos tiempos de confinamiento y teletrabajo la producción científica de las mujeres ha disminuido ostensiblemente, mientras que la de los hombres se ha incrementado. 

Pero es que además el reconocimiento y valoración del trabajo realizado por las mujeres científicos tampoco es fácil de obtener lo que ha dado lugar a la campaña llamada #NomoreMatildas originada por  la activista Matilda Joslyn Gage que ya  en 1870 denunció las dificultades de las científicas para ver reconocido su trabajo. La mayoría  solo firmaba sus descubrimientos con el nombre de un compañero de laboratorio, mientras  veían como sus méritos eran merecedores de un Premio Nobel que siempre recaían en hombres.

Este fenómeno social, conocido como «efecto Matilda», ha hecho que sistemáticamente los méritos de las mujeres se hayan silenciado o visibilizado tras el rostro de un hombre, lo que no solo perjudica a las científicas, sino que tiene un efecto perverso sobre las niñas que crecen sin referentes femeninos en los libros de texto, de historia o en los medios de comunicación.

Por ello sería interesante que cuando hablemos a los niños y niñas sobre la vacuna del coronavirus y el mundo de la ciencia perciban la existencia de las  mujeres científicas. Quizás podríamos memorizar el nombre de algunas como Jane Goodall,  Augusta Ada Byron, Rosalind Franklin,  Ada Lovelace, Rita Levi-Montalcini, Hedy Lamarr, Vera Rubin, Valentina Tereshkova, Josefina Castellví, Sara Borrell, Margarita Salas, María Blasco, Rosa Menéndez, Marta Macho, Paloma Domingo, Alicia Calderón Tazón, Elena García Armada y tantas otras

Por ello, hay que celebrar las iniciativas que persiguen atraer a un mayor número de mujeres a la ciencia, visibilizando  el trabajo que han desarrollado en este ámbito, y fomentando el interés de las niñas por las áreas tecnológicas, las matemáticas o las ingenierías. Ese sería un buen balance del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la ciencia.

LA PALABRA DEL AÑO

Si antaño el día 7 era el día del inicio de las rebajas, este año puede que también lo sea, si bien puede que se apliquen otro tipo de recortes y no precisamente en el precio de abrigos y pantalones. Quizás las rebajas vengan referidas a nuestras posibilidades de movernos libremente sin más limitación que el presupuesto y el tiempo libre que cada cual tenga. O se rebaje considerablemente la posibilidad de relacionarnos con personas amigas, y enemigas si hace falta, y no precisamente desde las frías pantallas sino con el cuerpo a cuerpo, cálido y amistoso, mucho más gratificante y enriquecedor que el trato con esos bustos parlantes, congelados y estáticos que nos hacen parecer estatuas de sal. Quizás las rebajas de este año 2021 que, por mucho que pretendamos ignorarlo, no es más que una continuación del anterior, nos impongan normas que no queremos y reduzcan nuestras posibilidades de elegir horarios, mantener contactos sociales y conservar hábitos y costumbres de los que no rendíamos cuenta a nadie.

La palabra elegida para definir el año finiquitado fue según la RAE, confinamiento. Con ella se describe una experiencia que nunca creímos que viviríamos, como sucedió con el ataque de las Torres Gemelas que dejó una impronta en el imaginario colectivo difícil de superar. De este suceso se hicieron tantos relatos que al final se desdibuja su crueldad. La pandemia por el contrario, ya fue protagonista  de diversas películas que adelantaban catástrofes biológicas. Pero en todo caso, nunca sirvieron de aviso a navegantes, porque no supusieron mas que un relato de ficción, imaginativo y algo inquietante, ideal para pasar una tarde emocionante y volver luego a la apacible normalidad conocida.

Pero el confinamiento y sus causas, sobre todo la amenaza viral que lo provocó, ha tenido un impacto mucho más personal, mucho más cercano y a la vez universal, extendido por todo el planeta, sin distinción. Y nos ha cambiado a todas. O debería haberlo hecho. Y no en el discurso, sino en la acción.

Quizás la palabra clave hubiera debido ser otra que en lugar de definir el problema, indicara la solución. Por ejemplo, resiliencia. Que es según la RAE “ la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos” Dicho con más glamour o sentimiento, también se la puede definir como “la capacidad de hacer frente a las adversidades de la vida , transformar el dolor en fuerza motora para superarse y salir fortalecido de ellas”.

No es un término filosófico, sino muy pragmático y sobre todo lleno de sentido común y generador de confianza en el futuro. Cuando un barco naufraga siempre surgen los que continúan haciendo lo mismo y acaban hundiéndose con el barco, véase la orquesta del Titanic. Pero también están quienes reaccionan para evitar un final anunciado al que no se resignan. Ahí están los relatos de resistencia y dignidad de las víctimas del Holocausto, por ejemplo. Todo depende de la posición en que nos coloquemos ante esa adversidad que es sin duda amenaza y fuente de dolor pero de la que podremos salir fortalecidos y llenos de confianza en nuestras inmensas posibilidades de supervivencia.

Es un manera de afrontar el fin del  obligado paréntesis del calendario que acabamos de vivir al quedarnos solos nuevamente ante tantas incertidumbres, superar el  susto existencial que nos causa haber perdido el control de nuestras vidas, o quizás, haber comprendido que no lo hemos tenido nunca.

HOSTELERÍA Y SALUD

Circula estos días por las redes locales una carta abierta del sector hostelero de Xàtiva sobre la situación de la hostelería en la ciudad en la que se hace referencia a la importancia de un sector económico, el de la hostelería que se deriva no solo de su extensión -más de 300.000 bares, cafeterías y restaurantes en todo el país-,  sino del  papel esencial que juegan  en el ocio y la convivencia de toda la población.

Dicen las estadísticas que nuestro país tiene cerca de 3 bares por cada 1.000 habitantes, pero es una media; hay localidades con un único bar, y otras en las que tocan a 4 por cada mil habitantes. Su existencia es fácil de explicar en razón de esa pulsión tan propia y bien afincada en nuestra idiosincrasia que nos hace adictos al contacto social, tras una barra, a media tarde o antes de comer para tomarse unas cañas, picar algo y pontificar sobre lo divino y lo humano.

Durante el confinamiento no fueron considerados servicios esenciales por razones evidentes,  aunque a más de uno le hubiera gustado. Y  tuvieron que cerrar sus puertas y aguantar el tirón como otras empresas y ocupaciones.

Cuando parecía que se veía la salida del  callejón, levantaron sus persianas con alegría, propia y ajena, intentando  recuperar su vieja normalidad.  Quizás, como nos pasó a todos, con un exceso de confianza que junto a otros factores ha contribuido a que estemos afrontando ahora una situación igual o peor que la ya vivida.

A día de hoy circulan consejos y recomendaciones que a veces parecen contradictorias. Por un lado, se prescribe el aislamiento voluntario, con bien poco éxito también hay que decirlo. Pero se insiste en la conveniencia de quedarse en casa, de no hacer  vida social, de refugiarse en grupos estables y cerrados en los que estemos más protegidos frente al contagio. Pero, al mismo tiempo,  desde la avasalladora necesidad de reactivar la economía se escuchan múltiples llamamientos,  como el de la hostelería, los gimnasios o las peluquerías que han entrado en la zona de peligro y  no quieren de ninguna forma echar el cierre a negocios que permiten la subsistencia de miles de familias

Parece contradictorio pero podría no serlo si se consolidaran  conductas y actitudes  que permiten la coexistencia entre ambos planeamientos.

Porque, tal como se reclama en la carta, es momento de apoyar al sector, siempre con la firme determinación de disfrutar de un  ocio  totalmente sometido a los criterios  sanitarios en lo que se refiere a aforos, distancias, uso de mascarillas, etc…Donde no haya lugar para los incumplimientos, ni resquicio para las conductas estúpidas y peligrosas.

Pero es intolerable la fotografía de una Plaza del Mercat atiborrada de gente,  que incumple olímpicamente las normas de seguridad , de una muchedumbre que se hace trampas a sí misma,  mientras el dueño del local hace caja complacido.

Por eso el explícito llamamiento del gremio de la hostelería en la ciudad pone las cosas en su sitio. Porque resalta su estricto compromiso con las medidas sanitarias, que se produce en la mayoría de los espacios . Porque proclama el dato objetivo de que solo un 3.5 de los contagios en todo el país se han producido en bares y restaurantes.

Que no paguen justos por pecadores. Que no se cierren negocios  respetuosos con la salud pública, cumplidores de las normas, por falta de apoyo social. Y, por el contrario, que se controle y penalice  a los listos y aprovechados que siempre encuentran la manera de barrer para su casa, aunque con el polvo que provocan nos acaben asfixiando a todos.