La menstruación, la regla, el periodo, el mes…en fin, es ese suceso que les pasa a las mujeres y solo a las mujeres todos los meses de su vida a partir de cierta edad y no desaparece hasta alcanzar otra o durante los embarazos, si éstos se producen. Es un fenómeno que tiene poco de fenomenal, del que todo el mundo tiene referencias en propia experiencia o por relato ajeno, pero del que bien poco, casi nada, se habla. Resulta un tema como muy privado, muy íntimo, algo poco elegante, poco apropiado para conversación de ascensor lo que en verdad tiene cierta lógica, en línea a la discreción que se aplica a otras funciones fisiológicas sobre las que se impone un pudoroso silencio social.
En todo caso, la menstruación sigue siendo para muchos y en demasiados sitios, un tabú que se sigue asociando con algo sucio, oscuro que es mejor callar y tapar. Tiene mala fama y se le acusa infundadamente de los cambios de humor en las mujeres, a pesar de la existencia de variados y sesudos estudios que desmienten que los cambios hormonales tengan ningún impacto en la memoria, la atención el buen talante. Pero ha habido momentos de la historia en los que se consideraba que la sola presencia de mujeres con la regla podía causar daño a las plantas, los alimentos o los animales. A día de hoy hay culturas que consideran a las mujeres y niñas fuente de desgracia e impureza durante esos días por lo que son excluidas de ceremonias, se les prohíbe manipular alimentos o son incluso obligadas a abandonar la casa.
En las sociedad occidentales y modernas, donde las consecuencias no son tan crueles e injustas, existen también realidades relacionadas con la menstruación que hasta ahora no recibían reconocimiento ni respuesta. Rectificando en esa cuestión, y abordando por ejemplo las necesidades especiales que pueden generarse en el ámbito laboral, se aprobaron recientemente medidas como el permiso menstrual en Ayuntamientos como el de Girona y Castellón.
Lo cierto es que, a pesar del respeto exigible para el tratamiento de este tipo de cuestiones íntimas y privadas, lo que no conviene es ocultar hechos relacionados que comprometen y penalizan a las mujeres. Por ejemplo, lo que se conoce como pobreza menstrual, que sufren dos de cada 10 españolas e implica no solo carecer de medios para la adquisición de productos de higiene menstrual, sino también no tener agua potable, jabón y otros recursos esenciales para la higiene y salud íntima.
Por ese motivo se han presentado nada menos que 70.000 firmas en el congreso pidiendo la gratuidad de los productos de higiene menstrual. Y no solo eso: su petición incluye la reducción del IVA al 4%, desde el 10% que se paga ahora, un estudio sobre el impacto de la pobreza menstrual en España y campañas de sensibilización y educación sobre el tema.
A quien le parezca exagerado el tema, se les debería hablar de las niñas que faltan a clase en este país determinados días del mes porque no tienen los medios adecuados para evitar vergüenzas indeseadas o de las mujeres adultas que, en tiempos de estrecheces como vivimos, han de elegir entre comprar compresas o arroz para comer. Quienes tienen dudas de la necesidad de educar sobre este tema, tan natural como la vida misma, deberían saber la cantidad de prejuicios, monsergas y engañifas relacionadas con el asunto. Desde creer que la menstruación protege de embarazos indeseados hasta que andar descalza incrementa los cólicos menstruales o es perjudicial lavarse el pelo en esos días.
La menstruación es un fenómeno que, ciertamente, sucede solo a las mujeres, pero no es un tema que solo a ellas les competa, porque es un tema de derechos humanos, de dignidad y , una vez más, de discriminación en la medida en que a pesar de su envergadura, ya que afecta a más de la mitad de la población , todas ellas mujeres, no obtenga los recursos exigidos para que no suponga para nadie, en ningún caso, una limitación, una penalización o un estigma.
