Categoría: SOY MUJER

VIOLACIONES EN SERIE

No una, ni dos, sino tres violaciones múltiples se han producido en la Comunidad Valenciana en los cuatro últimos meses. Tres episodios diferentes en comarcas diferentes, en los que la víctima es una menor y los agresores un grupo de hasta veinte hombres, entre ellos menores, que utilizando drogas y violencia someten a abusos sexuales a tres niñas menores de 16 años.

Es un recopilatorio ingrato, del que preferiríamos no ser informados. Una realidad antipática que a nadie nos gusta tener que afrontar, porque es la exhibición más impúdica de lo peor del ser humano, con el añadido de que la juventud de algunos de los agresores no presagia nada bueno sobre el modelo de relaciones en las nuevas generaciones.

Pero hace falta mirar al diablo de cara y desafiarlo abiertamente porque si no lo hacemos, corremos el riesgo de que, mientras miramos a otra parte, se instale en la sociedad una resignación que es letal para las mujeres porque las condena a vivir en el miedo y la culpa.

Pongámosles nombres a las criaturas. No permitamos que sean solo unas iniciales, una estadística, una mención anónima e imaginemos que se llaman, por ejemplo, Desiré, Carmen y Victoria. Tres chavalinas menores de 16 años, alguna con 14 recién cumplidos, que como es propio de la edad, son atrevidas y confiadas y se creen invulnerables aunque, en realidad, necesitan todavía un recorrido vital más o menos extenso para captar las claves, los valores y cualidades que permiten crecer, disfrutar y convivir en paz.

 Pero a su edad es legítimo ser un poco locas, querer disfrutar a tope de la vida, hacer los descubrimientos por sí mismas. A su edad es de esperar que les guste la fiesta más que los helados, vestir como quieran, tomar sus propias decisiones y vivir  todas las experiencias. Todo ello acompañado casi siempre de altas cuotas de responsabilidad que las convierte en chicas estudiosas y cumplidoras, llenas de amor propio y ganas de demostrar al mundo lo mucho que valen.

Pero, a veces, se les atribuye una responsabilidad que no tienen en la terrible experiencia vivida, quizás desde la irreflexión y la visceralidad. No tenía que haber ido a la fiesta, no tenía que haberse vestido así, no debería haberse dejado acompañar por gente que no conocía, no debería haber bebido, o fumado, o….

Y aunque sea cierto que la prudencia es una cualidad que nos mantiene seguros, también lo es que se adquiere con la edad y la experiencia. Y lo que es una verdad absoluta es que el delito siempre es responsabilidad de quien lo comete, nunca de la víctima. Y que ser chica y querer vivir la vida con pasión y libertad no puede convertir a las mujeres en piezas de trofeo de depredadores sexuales ante la resignación colectiva.

Todos conocemos a muchas Desiré, Carmen o Victoria. Pueden ser nuestras hijas, nietas o sobrinas. Y sus decisiones, acertadas o no, sus elecciones y equivocaciones, como las de cualquiera no pueden disculpar, ni justificar la acción criminal de otros. Otros, a los que también se podría poner nombre, que se forman en la violencia y creen que ser hombre es ser macho y que las mujeres son solo ganado, carne fresca, a la que someter y de la que aprovecharse. Un mensaje reiterado que machacan desde la pornografía, a la que tantos chavales son adictos o desde los referentes sociales que presumen de virilidades violentas. Ellos son el resultado vergonzoso y amenazador de un sistema que los convierte en verdugos, al que hay que dinamitar como sea antes de que trunque más vidas.

ODIAR LA DIFERENCIA O RESPETAR LA DIVERSIDAD

Aunque cada vez menos,  ver a una pareja del mismo sexo mostrándose afecto mutuo, sigue siendo una imagen que a algunos perturba y que a unos pocos -repugnantes ellos- repugna.

Hay quien acepta con mayor facilidad  la  escena en la que  dos hombres se matan a tiros o se destripan a cuchilladas,  que aquella en la que dos varones hacen el amor. Y es que a pesar de que España es uno de los países que más ha avanzado en este terreno (un  88 % de los españoles se declara sin prejuicios), ha sido y sigue siendo difícil,  luchar contra cegueras y podredumbres insertadas en nuestro ADN durante los largos años vividos de mezquindad e hipocresía sexual.

Cerca del 6 % de la población europea pertenece al colectivo de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales e intersexuales (LGTBI), según un estudio que sitúa a España en segundo lugar tras Alemania, con un 6.9% de la población LGTBI.  Un  colectivo que ha tenido que hacer  un viaje duro y accidentado para superar estereotipos malignos que junto a condenas morales, tan hipócritas como letales, les asignaban vicios y taras de forma arbitraria y cruel. Personas que no merecen tolerancia, entendida ésta como “la cualidad de quien puede aguantar o soportar”, sino que la han tenido que practicar durante décadas para afrontar conductas inaceptables basadas en la más absoluta indecencia ética y moral.

Nunca lo tuvieron fácil y por eso, el 28 de Junio, el día del Orgullo intentan resumir  en un titular que son personas, humanas y corrientes,  que  a base de sangre, sudor y lágrimas han conseguido hacer calar el discurso del respeto y la dignidad frente al del odio y el rechazo social.

Con todo, el número de delitos de odio e incidentes discriminatorios registrados en 2017 triplicó los del año anterior. Y eso,  a pesar de que más del 80 % de la violencia contra personas LGTBI no se denuncia. Pero  siguen abundando ingeniosos comentarios que reclaman el Día del Heterosexual.

Más del 72% de las personas LGTBI ocultan su orientación sexual en el trabajo para evitar chistes, burlas e insultos o incluso la pérdida del empleo. Y eso a pesar de que se haya vuelto habitual presumir de tener amigos gays o trans como si eso fuera una vacuna contra la discriminación y el prejuicio.

Por todo ello, a pesar de reacciones paternalistas y pseudoprotectoras, a pesar de desprecios encubiertos o de manipulaciones llenas de demagogia, más que nunca hace falta abrir, en lugar de los armarios, las ventanas del corazón y la mente de muchas personas que se asfixian en sus propias miserias sexuales.

Por eso es imprescindible la existencia y presencia de Asociaciones como Arc de Sant Martí, Asociación LGTBI de Xàtiva y alrededores, que como ellos mismos dicen, estarán en la lucha  “…mentre hi haja una parella de dones o homes passejant per l’Albereda agafats de la mà, i algú els mire amb estranyesa o els increpe, mentre un bes al mig de la plaça del poble per una parella LGTBI continue molestant, mentre hi haja xiquetes i xiquets que estiguen sofrint bullying a l’escola per la seva orientació sexual o de gènere, etc… ”

Es de agradecer la programación realizada, online no hay más remedio,  el compromiso institucional, y sobre todo el coraje demostrado por quienes han de combatir demonios internos y externos, para reclamar su derecho  a ser y amar como quieran y a quien quieran, sin que haya censor, detractor o fustigador que se crea con derecho a vetar sentimientos y  juzgar aquello que pertenece a la más estricta intimidad de las personas.

 

VALÍAN LA PENA

No hay palabra que describa el vértigo que produce mirar a la cara a algunas cifras y convertirlas en realidades de carne y hueso, con caras y piernas, dueñas de un pasado extenso  y  privadas de un futuro cortado en seco.

Hablar de casi 20000 ancianos muertos por la pandemia no puede ser un dato más, simplemente informativo como el número de mascarillas que se necesitaron o de efectivos de las fuerzas de Seguridad que actuaron. Porque si pasamos del relato estadístico a la cruda comprensión de lo que esa cifra esconde, nos encontramos hablando de Conchas, Manolos o doña María, que murieron no porque llegara su hora, sino porque alguien tomó decisiones que les hicieron morir. De gente que deja hijos y nietos que les lloran pero también  balcones llenos de plantas, y partidas de cartas sin terminar, y labores de punto sin rematar… vidas propias que nadie tenía derecho a despreciar.

Si la pandemia en su conjunto ha sido  una pesadilla distópica, el remate es llegar a la conclusión de que su intrahistoria contiene uno de los momentos más vergonzantes y francamente insoportables de la historia de este país: aquel en el que las vidas de muchas personas fueron ofrecidas a  modo de sacrificio, según una escala de prioridades difícilmente defendible.

Una sanitaria relataba su satisfacción por la superación de la enfermedad de una anciana de 80 años a la que se trató convenientemente, con los medios necesarios,  valorando que  valía la pena dado que antes del contagio era una mujer activa y autónoma. Ese fue el factor que salvó su vida lo que no hubiera sucedido de haber sufrido limitaciones o patologías  habituales  en tantos y tantos ocupantes de residencias, a los que  un párrafo incluido en una circular interna excluyó de cualquier posibilidad de tratamiento y recuperación. Al parecer,  no valía la pena  invertir en ellos los medios que podrían haberles salvado la vida.

Hay decisiones políticas que duelen y dañan, que perjudican y complican la existencia de las personas. Pero es difícil recordar alguna tan terrible, tan nefasta y tan letal como la que recomendó no trasladar a hospitales a las personas ancianas que manifestaran síntomas de la enfermedad, que, por el contrario debían ser aisladas o lo que es lo mismo abandonadas a su suerte. Si no disfrutaban de seguros particulares, claro, ya que en ese caso, cuentan ahora quienes lo vivieron en primera fila, las ambulancias las esperaban en las puertas de la residencia para su traslado al hospital, como dios manda..

Esa gestión no admite comprensión, ni justificación posible. No se está hablando de equivocaciones, de errores de juicio o de procedimiento, de una evaluación érronea de daños…No se está hablando siquiera de algo que pertenezca al ámbito de la disputa política, sino esencialmente de derechos humanos.

Fuera de melodramas y  victimismos que disfrazan la realidad, hay que llamar a las cosas por su nombre,  sin esconderse tras eufemismos baratos. Aunque  cause bastante miedo y más vergüenza,  afrontar tantas pérdidas humanas causadas  en función de su año de nacimiento y la ineptitud de algunos gobernantes.

DE MAYORÍAS RESPONSABLES Y MINORÍAS IRRESPONSABLES

Parecía difícil, todo un desafío, parar un país en su totalidad y mandar a la gente a su casa. Era sin duda,  tarea ardua y compleja que sin embargo, fue asumida sin resistencias,  por  la gran mayoría movida por la responsabilidad  y también, para que ocultarlo, por el miedo.

este virus

Cerraron  bares y restaurantes, lo nunca visto en este país. Cerraron los centros educativos y los estudiantes grandes y pequeños marcharon a sus casas, extraños y extrañados pero obedientes. Luego fueron también las empresas, las administraciones, las fábricas…las que se sometieron a ese confinamiento en el que cada uno desde su casa se asomaba a la ventana, lleno de perplejidad y desconcierto. Y aguantamos lo que hizo falta, lo que nos dijeron, privados de derechos básicos y nunca antes  cuestionados, por lo menos en las últimas décadas,  como el derecho a movernos libremente, a entrar y salir como y a donde nos diera la gana. Quien nos lo iba a decir! Pero lo hicimos,  porque las opciones estaban claras aunque fuera duro y difícil.

Pero ahora,  se está demostrando que poner  en marcha un país, recuperar su musculatura, debilitada por la inactividad, adaptarse a las nuevas condiciones creadas,  tampoco es tarea fácil, en absoluto. Sobre todo porque pasado el primer momento de pavor que consiguió unirnos frente a la amenaza, superados esos días en que las cifras de personas fallecidas provocaban vértigo, olvidada la sensación de fragilidad que producía ver como nuestra vida dependía de factores ajenos a nuestra voluntad….  la memoria de pez que a algunos  caracteriza, les  hace olvidar el susto pasado. Y por eso, entierran en lo más hondo de su memoria los días duros de la pandemia, y pretenden hacer borrón y cuenta nueva, volver a empezar, retomar las cosas donde las dejaron.  De ahí la avalancha a terrazas y bares  como si nos fuera la vida en ella, sin darse cuenta de que quizás sea así. Y la pelea con las mascarillas, odiosas pero efectivas que hay quien lleva  colgada de la oreja, de forma poco recomendable. Y se instalan en la queja permanente, en la crítica incineradora que busca incansable,  culpables a los que fusilar. Y surgen los sabelotodo que enmiendan la plana a expertos y  protestan amargamente  porque no nos devuelven nuestra anterior vida con nuestro trabajo y nuestras cañas… sin apreciar la importancia de estar vivos y sanos para disfrutar de ambas cosas.

Pero aunque ladran mucho, esta gente no es la mayoría. No tienen razón quienes predican que somos un pueblo de cretinos e irresponsables que se saltan las normas a la torera. Como no es cierto a pesar de la fama que nos cuelgan que seamos un país de perezosos y holgazanes.  No es así y afirmarlo taxativamente, generalizar,  nos hace un flaco favor. De hecho, de ser cierto, la famosa curva que había que aplanar continuaría en ascenso y no habría negocios que abrir, ni terrazas que frecuentar. De hecho, con el esfuerzo colectivo y mayoritario  hemos construido entre todos un fuerte muro tras el que defendernos aunque sea difícil   asumir para cualquiera   que esto no ha sido un paréntesis, sino un punto y aparte, que nos deja ante un paisaje preocupante que habremos de superar.

 El frenazo en seco de la economía hace que más de 6 millones de personas tengan que basar su subsistencia hoy en los sistemas de protección social , con un gasto mensual  de alrededor de 9.000 millones de euros   a cargo de las arcas del Estado, que son grandes pero no infinitas. 86.000 pequeñas empresas han desaparecido y se prevee que el paro alcanzará a cerca de un 19% de la población activa.

Así que vienen tiempos duros en los que habrá seguro quienes se dedicarán al boicot permanente, pero la inmensa mayoría como ha pasado hasta ahora, es seguro que dará la talla, aguantando el temporal y  mirando por todos para que nadie , efectivamente, se quede atrás.

NUESTRAS AMIGAS, LAS MASCARILLAS

Nos hemos de hacer amigas. Será sin duda una amistad interesada, pero de esas hay muchas que se mantienen a lo largo de los años porque la necesidad es mutua y el servicio prestado tiene carácter esencial.

Y eso que ellas no son, en absoluto,  agradables. Más bien son molestas, impertinentes, e incómodas. Además nos uniforman y nos hacen irreconocibles aunque muchos invierten  en diseño y colorido para  maquearlas y personalizarlas como si fueran a ser un rasgo distintivo de nuestra personalidad.  Un interés que se puede considerar exagerado y fuera de lugar, pero que responde a la íntima convicción,  que se va instalando en el sentir general, de que no vamos a poder prescindir en mucho tiempo de estas amigas.  Son las mascarillas.

Cuando veíamos uniformados con ellas a los japoneses, mucho antes de la aparición del Covid 19, nos parecía algo exótico y lejano a nuestras prioridades. Y aunque nos contaban que era una forma de autoprotección, a la vez que de respeto ante quienes se  compartía espacio físico, todo nos parecía una especie de monserga paranoica propia de quien desarrolla un temor exagerado a virus y bacterias.

Cuando de forma más reciente, veíamos a millones de chinos con ellas, como defensa colectiva ante una  enfermedad que parecía causada por uno de esos virus, nos  parecía  que no podía ser una amenaza real para la Europa desarrollada y soberbia que habitamos.

Pero en este mundo globalizado y deslocalizado,  del que a veces nos sentimos inexplicablemente orgullosos, también las enfermedades corren una barbaridad y llegan en cuestión de días a la otra parte del mundo dejando en evidencia que no hay país, ni continente, por rico que sea que disfrute de inmunidad y pueda  creerse invulnerable.

Para la contención de la pandemia, se ha de recurrir a las modestas mascarillas. Un objeto humilde y de escaso prestigio cuyo uso generalizado se produjo a principios del siglo XX, con la llegada de la mal llamada gripe española. Al principio de la crisis fue tesoro más valorado que el petróleo porque  ser rico, pero difunto,  no es negocio interesante. Con todo, a su costa algunos intentaron sacar dividendos, disparando su precio aún a costa de enviar a primera línea de cuidados y contagios a gente con escasas defensas y utilizándolas como arma política en una confrontación irresponsable que nunca hubiera debido existir.

Ahora reglamentado su precio, garantizada su disponibilidad, se imponen normas de uso, derivadas del consejo científico que se enfrentan a dos graves problemas. El primero porque  en este país, todo el mundo lleva dentro  un científico frustrado que le capacita para  enjuiciar y discutir decisiones de expertos en función de preferencias personales. Y de ahí multitud de “adaptaciones” personalísimas y a veces algo peregrinas, tipo Trump, que solo confunden y ponen en peligro los avances conseguidos. Por otra parte, como  ha quedado demostrado, de este agujero se sale trabajando en equipo, sin excepciones. Lo que no hace recomendable la picaresca de la transgresión, las trampas a propios y ajenos, para poder prescindir de las mascarillas por diversas y variadas razones, mejor o peor argumentadas, pero insuficientes para justificar que uno respire bien a costa, quizás, de llevarse por delante a gran parte del personal con el que se cruce, a veces gente a quien tenemos en gran estima. Solo la posibilidad, debería ser disuasoria.

Así que, por la cuenta que nos trae, cultivemos la amistad con nuestras amigas,  las mascarillas. Nos pueden salvar la vida a nosotros y a quienes queremos. Llevarlas es agobiante, incómodo, nos conviertes en seres  torpes y desmañados. Pero si se piensa en la alternativa, en el sonido de un respirador, por ejemplo, la decisión es fácil.

CACEROLAS Y LIBERTAD

Es fácil perderse entre fases enteras y medias fases, entre franjas horarias, tamaño máximo/mínimo  de los grupos y esa sutil distinción que obliga a pasear con las criaturas para no ser abroncadas, distribuidas equitativamente entre los progenitores, mientras que al pelotón, en amor y compañía, pueden dirigirse a sentarse en una terraza a tomarse un helado, sin que nadie les respire.

Son, en todo caso, menudencias, disonancias, difíciles de evitar cuando se tiene que organizar la vida de todo un país, que por otro lado no es demasiado aficionado a que le digan lo que tiene que hacer. cacerolada1

Aunque es también  un país que, como ha quedado demostrado, es muy capaz de actuar ante la disyuntiva correcta (vivir sano en aislamiento o morir enfermo en la barra del bar)  con absoluta responsabilidad.

Todos, menos ciertos ciudadanos para los que las manifestaciones siempre habían sido algaradas de la chusma,  y que  justamente ahora han descubierto que las cacerolas, objeto doméstico tan invisible e ignorado como quienes las limpian todos los días, tienen otra utilidad.

Así que apropiándose del glorioso y prostituido concepto de  libertad, salen a la calle a reclamarla al mismo tiempo que hacen un  uso indebido  de  ella, sin explicar  que  su exigencia pasa por  saltarse las normas que  han salvado el pellejo de mucha gente, a costa del sacrificio de otros muchas, y dejando en el camino unas ausencias intolerables que no merecen ser olvidadas.

Crece la impaciencia de llegar a la fase III o la que sea, en la que se pueda ocupar  la calle con cierta flexibilidad. Entre otras cosas para  dejar constancia de que la mayoría confinada de este país, ama la libertad como el que más, seguramente bastante más del que pregona su patriotismo pijotero  desde el  descapotable.  Y sabe que sólo es digno de ella, quien la conquista cada día.

EN EL SUPERMERCADO

Nunca fue especialmente divertido o gratificante ir a comprar al supermercado, peaje obligado que, a pesar del compromiso ético con el pequeño comercio,  se sigue pagando alguna vez que otra. Sin embargo en los tiempos del coronavirus, las incursiones han perdido cualquier atractivo que pudieran tener ( rapidez, diversidad, aparcamiento..) para convertirse en una experiencia estresante y peligrosa. comprador 2

Para empezar cualquiera con dos dedos de frente sabe que allí como en cualquier sitio cerrado y de previsible confluencia con otras personas, hay que llevar el equipo completo antiCOVID, consistente en la mascarilla antipática y los guantes torturadores. A éstos últimos se ha de añadir después los de la propia empresa que te los proporciona junto con un remojón gratuito de solución  hidroalcohólica.  Ahí ya se suelen ver muestras del despiste y estado de nervios que la experiencia ocasiona a algunos, porque esa debe ser la causa de ver a compradores  confusos intentando dilucidar ante el extintor de fuegos, la palanca que han de apretar para cumplir con su responsabilidad. Si hay suerte y un guardia de seguridad cercano, les echará una mano y se podrán ir con la cabeza alta, las manos húmedas y un mayor conocimiento de las medidas de seguridad existentes en la tienda.

También se ha visto quien en lugar de estrenar guantes, los coge  – usados y por evidente confusión- de la papelera cercana cuya ubicación no es la más acertada por lo que se ve. O peor aun, se quita los que llevaba puestos, estirando la punta de los dedos con la boca (¡!!), para sustituirlos por los que les facilitan.

Una vez dentro, la mascarilla ejerce un efecto sorprendente porque no solo acaba produciendo  una apnea considerable,  tal cual como si estuvieras en inmersión submarina , sino que además, contra toda lógica, te impide ver y oir  bien. No ves los productos, no encuentras lo que buscas, y no reconoces a nadie. En cambio hay gente   que te saluda, o lo intenta, con una efusividad  totalmente fuera de lugar. El espectáculo de quien quiere saludar con beso y abrazo entregado porque es de talante cariñoso y no considera que haya que exagerar las normas,  frente  a quien rechaza de plano el contacto mediante la interposición de carrito o  el disparo del codo,  puede resultar sumamente revelador de la naturaleza humana. Casi tanto, como ver a criaturas aburridas que en momentos de despiste de sus cuidadores -que tienen un punto humano y falible- pasan la lengua con delectación por el asa del carro , en una visión que fascina tanto como paraliza.

En fin, la etapa final en la caja que te suele pillar en un estado considerable de cansancio y confusión, exige concentración y agilidad. Te enfrentas a una cajera, pertrechada con la armadura necesaria, más cansada seguro que tú que  llevas solo un rato , mientras que ella lleva toda la jornada,  que seguramente te echará una sonrisa comprensiva al ver tus agobios y sofocos,  aunque tú no te enterarás porque solamente le ves las orejas.

Si no te has actualizado y pretendes pagar en efectivo –mal hecho- tendrás el castigo añadido de intentar contar billetes y monedas con esa doble capa de guantes, bajo las cuales ya no hay manos, sino muñones chorreantes.  Si pagas con tarjeta, cuidado, porque ya se han dado casos en que en el fragor del embolsamiento, una se lleva el datáfono a casa junto con las lechugas. Y luego ha de devolverlo y afrontar un cierto sentimiento de culpa y ridículo.

Experiencias del coronavirus en clave de humor. No porque el tema no sea terriblemente serio, sino porque si no ponemos humor para sobrevivir, la supervivencia hará que nos olvidemos de reir que es la terapia más barata y efectiva contra el pesimismo desintegrador.

UN DUELO DIFERENTE

Estamos viviendo una situación  dolorosa y llena de incertidumbres,  difícil de  asumir en toda su integridad, que, como en los duelos, implica atravesar  diversas  fases, aunque con alguna diferencia esencial.mujer pensando

Hubo un primer momento de negación  de mayor o menor duración según el índice de tozudez de cada cual. Parecía imposible, era una pesadilla, una inmensa broma, un delirio grandilocuente para tomar el  pelo a todo un país. Con todo, la inmensa mayoría asumió disciplinadamente los costes del confinamiento derivado del Estado de Alarma aunque, en algunos casos, superar la fase del descreimiento fue especialmente duro. Hubo quienes ofrecieron   brutales resistencias hasta que  la realidad se impuso con toda rotundidad. Entonces, los últimos recelosos, los más displicentes se vieron obligados a abandonar esa cómoda actitud de elegante escepticismo para hacer,  en algunos casos,  un rápido y sorprendente viaje al otro extremo, al de los que ya  habían captado la magnitud del problema mucho antes que cualquiera. Y por eso de ser abanderados del escepticismo y ridiculizar las primeras medidas,  acusando de catastrofistas cobardicas a quienes las proponían, pasaron a ser pontífices del desastre, almas en pena  predicando los mayores infortunios  como bien habían predicho ellos desde siempre. Sería divertido observar su vaivén si no fuera porque en ambos puntos del péndulo, su actitud solo ha servido para cavar más hondo el agujero, para echar más tierra en los ojos de quienes los tenían bien abiertos, absolutamente necesitados de encontrar un camino que ofreciera esperanza.

Avanzando  las semanas fue fácil sentir la ira, la indignación, las ganas de pelea que se veían enormemente frustradas por la falta de enemigo. Porque el virus que nos amenaza es omnipresente, pero el maldito no da la cara hasta que ya es demasiado tarde. Y eso alentaba, y mucho,  esa furia interior que necesitaba alguien a quien tumbar para no asfixiarse en la propia rabia. No todas las furias son iguales porque a las de origen espontáneo se unen otras,  fríamente fomentadas por gusanos sociales de negro corazón que sólo pretenden dinamitar los puentes para conseguir el propio beneficio, aún a costa de  un desastre fenomenal.

Tras la cólera que agota y es estéril, se intenta negociar. Pero hay poco que negociar en esta situación.  Este enemigo no hace prisioneros, ni ofrece tregua. Aquí no caben soluciones individuales, ni tratos de favor. Aunque no todos sean igual de vulnerables y frágiles, se necesita un compromiso universal para hacer triunfar a la vida sobre la muerte. Y por eso la negociación es no sólo es  imposible, sino inútil.

Y entonces llega la depresión, la tristeza que paraliza, la nostalgia de lo que teníamos y no dábamos valor. Recordar a quienes éramos ayer es constatar la infravaloración de todo aquello que constituía nuestra vida y que entonces nos parecía, en muchos casos, insuficiente. Anticipar el futuro es desalentador porque todas las señales indican que va a ser mucho más complejo y dificultoso de lo que somos capaces de imaginar.

Alcanzamos entonces la fase de la aceptación que incorpora una diferencia esencial.  Porque ante la muerte de los seres queridos no hay más herramienta que el recuerdo. Pero al final de este duelo motivado por la desaparición de una forma de vivir y convivir,  la pérdida no es irreparable, aunque sí lo sean las miles de vidas truncadas. Cuando aterricemos en esa realidad difícil y arriesgada que nos espera, tenemos la posibilidad, solo la posibilidad, de reaccionar como nunca hemos sabido hacer hasta ahora, sacando lo mejor que cada persona lleva dentro para construir un presente diferente y prometedor, libre de todo tipo de virus tóxicos, los  microscópicos y los bien visibles.

VIOLACIÓN EN DIRECTO

Gran Hermano es un concurso que empezó a emitirse en el año 2000 así que está a punto de cumplir 20 años.  Seguramente no haga falta explicar su contenido y funcionamiento, porque raro será  quien en uno u otro momento no haya pasado un rato, sobre todo al principio, viéndolo en la caja llamada tonta, pero muy poderosa. Y puede ser que quedara fascinado ante un programa  que encerraba a personas como quien encierra osos polares y mostraba en público sus vergüenzas y desvergüenzas, desnudos en sentido literal y figurado ante una clientela que al final no creía tener ante sí seres humanos, sino sólo personajes actuantes con papeles más o menos significados.

gran-hermano-15-verano-2014-defaultFue  el primer programa de telerrealidad que se veía en este país y  supuso toda una novedad audiovisual que generó verdadera expectación. Ver a personas más o menos normales, aunque eso sí, con un alto grado de exhibicionismo,  encerradas sin posibilidad de escape y mostrando su más íntima cotidianidad ante miles de televidentes, tenía ciertamente un atractivo morboso que enganchó a mucho personal.

De hecho, el programa ha sido líder de audiencias en casi todas sus ediciones con unas cuotas de pantalla por las que algunos y algunas matarían .

La cosa tuvo que ir complicándose para mantener ese impacto y así e fueron incorporando cada vez personajes y situaciones más descarnadas, conflictivas, introduciendo de forma desaforada sentimientos y emociones en un guión libre, pero muy dinámico que impedía a muchos volver a la lectura de un buen libro, lo que hubiera sido mucho más beneficioso para este país.

El programa  lleva ya 18 ediciones así que el efecto novedad se ha evaporado. Para mantener la emoción,  por su famosa casa de Guadalix han pasado una caterva de personajes,  cada vez más increíbles y empeñados en armar la más gorda posible para  lograr que su minuto de fama se convirtiera en una eternidad en la que poder vivir cómodamente. Para lograrlo, algunos de ellos han sido  capaces de dejar boquiabiertos al personal que se hacía cruces ante determinadas actitudes, miserias, poses y conductas.

Esa ascensión a los infiernos del ser humano, ha expulsado afortunadamente a mucha gente que dejó hace años de seguir un programa que  no tenía nada de telerrealidad y todo de telebasura. Aunque sus audiencias, imposible negarlo, han seguido siendo millonarias.

Pero era un juego peligroso para propios y ajenos y al final parece que se han traspasado ciertos límites por los que deberán pagar una factura que tal vez, ojala, les arruine.

En 2017 una concursante fue violada en directo mientras estaba inconsciente sin que nadie del programa hiciera ningún intento por evitarlo. Más aún, al día siguiente le mostraron imágenes de lo sucedido recomendándole que guardara silencio.

Al parecer  los productores del programa  que vieron lo que estaba sucediendo  sólo pensaron en los beneficios que les podía reportar el descomunal escándalo que se podía armar. Quizás creyeron que era una actuación digna de Oscar aunque la protagonista no estuviera en condiciones de representar ningún guión.

Lo positivo del caso, si es que hay algo que positivar es que muchísimas de las marcas anunciantes han anulado sus patrocinios. Empresas tan potentes como Nescafé, Movistar, Telepizza o BBVA se han borrado porque intuyen, a perspicacia no les gana nadie, que no es bueno para sus empresas verse vinculadas a realidades tan sórdidas y merecedoras de absoluto rechazo social.

Pero lo enormemente negativo, lo que hace desear bajarse de este planeta habitado por una Humanidad bastante loca es que las cuotas de pantalla del desgraciado reality se mantienen e incluso crecen. La productora pidió disculpas dos años después de la violación y considera que aunque el caso está pendiente de juicio, a sus efectos ya está cerrado y la función debe continuar.

No deberían. No deberíamos consentir que se tratara con ningún tipo d tolerancia ni laxitud todas aquellas actitudes que conllevan cierta comprensión, algo de indiferencia  e incluso simpatía con la violencia sexual. Porque de esos barros, estos lodos que nos asquean a todos cuando pensamos en Diana Quer o Laura Luelmo o tantas otras chicas, mujeres que un día se levantaron para no volver a ver amanecer.

 

 

FÚTBOL FEMENINO

Que el fútbol es un deporte complicado en el que confluyen muchos intereses, y no sólo los deportivos,  es algo que todo el mundo sabe.

Que las mujeres somos unas impertinentes que queremos hacer y estar allí donde nos da la gana porque consideramos que nada nos debe estar prohibido, ni somos menos aptas para ninguna actividad, también es algo que deberíamos empezar a asumir.futbol femenino

Es un hecho es que 40 millones de mujeres en todo el mundo juegan al futbol.  Que en España, cada vez más se pueden ver niñas disputando un partido de fútbol base, muchas veces participando con niños en las competiciones mixtas. Y que las escuelas de fútbol femeninas  proliferan mientras que las licencias federativas de mujeres futbolistas en España han crecido un 561% en los diez últimos años.

Con todo, efectivamente el deporte rey ya no es , como tantas otras cosas, cosa de hombres. Quizás desde que una tal  Ada Hegerberg, a la que nadie conoce pero que fue quien  ganó el primer Balón de Oro femenino,  lanzó un mensaje al recogerlo dirigido a todas las niñas del mundo que decía:  «creed en vosotras». Y muchas se lo tomaron al pie de la letra.

 A esta fecha, en el ámbito deportivo no sólo se trata de que las mujeres consigan los logros más señalados del deporte español en disciplinas como atletismo o natación, o en competiciones como los Juegos Olímpicos, sino de que en el día a día, a pie de calle, hay más mujeres que practican sin complejos su deporte favorito que va y resulta que es el futbol, un deporte que no tiene porqué tener sexo preferente, exactamente igual que el patinaje artístico o la natación sincronizada.

Sin embargo, si es difícil ganar partidos más lo es ganarse el derecho a intentarlo.  Las diferencias con el fútbol masculino son  evidentes porque factores como el merchandising, el seguimiento mediático, la acogida por parte de público…marcan una contundente diferencia en el prestigio y reconocimiento social de un talento deportivo que sin embargo, no debería depender del sexo de quien lo practique. Y no solamente se trata de la gloria, sino de  cuestiones más domésticas y materiales que deben estar resueltas para que una deportista pueda concentrarse únicamente en dar el mejor juego posible.

De ahí la huelga del futbol femenino de Primera División, convocada recientemente en  exigencia de  un salario mínimo, un protocolo para los casos de acoso, 30 días de vacaciones pagadas, coberturas sanitarias en caso de lesiones de larga duración y ayudas a la maternidad.

Como se ven, condiciones laborales que tampoco son del otro mundo, pero que les permitirían no tener que renunciar a sus sueños ni echar a perder su talento deportivo.

Han tenido que ir a la huelga, secundada mayoritariamente y han podido desconvocarla recientemente, tras torcer la mano de la patronal que se ha resignado a negociar, consciente de que no puede dar la espalda a las que son ya capaces de congregar a más de 60000 personas para presenciar un partido como sucedió recientemente en el enfrentamiento entre los femeninos del Atlético de Madrid y el Barcelona.

Y es que escuchar la negativa de la patronal de clubes deportivos a fijar un salario mínimo digno para las jugadoras alegando escasez de presupuesto, suena poco creíble y bastante ridículo, dadas las cantidades estratosféricas que se manejan con naturalidad para los fichajes de las superestrellas masculinas , y  que nadie pone en cuestión. O negarse a reconocer los derechos de estas mujeres en relación a la maternidad o frente al acoso sexual , en los tiempos que corren, es simplemente inadmisible.

A señalar que en esta pugna, las jugadoras han contado con el apoyo de algunos, tampoco demasiados, jugadores varones que han expresado su solidaridad. A destacar el de Andrés Iniesta que cuando ha dicho: «Todo mi apoyo a las futbolistas que luchan por sus derechos. Por la igualdad» ha hecho una inmensa aportación a la causa de las mujeres. Porque con su mensaje ha demostrado que además de un deportista irrepetible y una figura admirada y respetada, es también un  hombre que cree en la igualdad entre mujeres y hombres.