Categoría: SOY PERSONA

PELEA A MUERTE

La miraba con sus ojos planos, desafiante, desde el silencio más absoluto. Su gran envergadura era en sí misma, una amenaza latente que avisaba que cualquier intento de imponer límites y reducir sus dimensiones  no sería aceptado sin una feroz resistencia.

Pero había que hacerlo porque el calor apretaba y ese edredón campando a sus anchas con todo su volumen ocupaba un espacio indebido y creaba un caos insoportable.

La pelea no era justa. Un edredón enorme, vigoroso, lleno de aire indomable contra una solitaria mano izquierda bastante torpe y cansada que trataba de reducirlo a la mínima expresión para meterlo en una bolsa plastificada donde debía reposar los próximos meses.

Todo un desafío.

 A él le bastaba con dejarse hacer, con una resistencia pasiva, casi burlona.

La mano luchadora, por el contrario, tenía que lanzar un ataque infernal , en alianza  con cualquier otra parte útil de la anatomía: dientes, torso,  codos, rodillas… Todo aquello que sirviera para someter y doblegar la resistencia infame de esa masa amorfa y rebelde.

No hay sonido en la gran batalla como si fuera una película muda, o mejor una película porno llena de gemidos, bramidos, suspiros y sudores,  todos con el mismo origen.

Hay dos finales posibles . Aviso a navegantes que se creen invencibles como el bote de mermelada,  la  pastilla del lavavajillas o el cierre anti-niños de algunos productos.

Para acertar, solo hay que recordar el poder de una mujer enfurecida, empeñada en salir victoriosa ante un adversario prepotente y burlón que parece no tomarla en serio.

LA AMBULANCIA Y LAS URGENCIAS

La experiencia de la ambulancia,  aunque no es la primera vez, sucede como con el sexo que siempre, o casi siempre, es diferente. El personal sanitario que acude está entrenado para transmitir amabilidad y empatía lo que no obsta para que se acerquen con prevención al no saber lo que se van a encontrar.

Al ver sentada en el banquito a alguien con la mirada un poco perdida pero sin sangre ni otros fluidos corporales desparramados por el asfalto se tranquilizan. Entablan una animada conversación con el policía para determinar los hechos como si la víctima estuviera incapacitada para el habla y no para jugar a los bolos, por ejemplo. Cosas de la profesión.

El servicio de Urgencias del hospital de referencia es como todos, deplorable y deprimente por el exceso de trabajo y la falta de recursos que repercuten en un puñado de gente, más o menos fastidiada, que se amontona en las salas de espera

A la transeúnte besa-suelos la aparcan en su silla de ruedas al lado por pura casualidad de una criatura con uniforme escolar que llora a moco tendido al parecer como resultado de una lesión similar a la suya porque se agarra el bracito con la misma delicadeza y aúlla para protegerlo hasta de las miradas. Aprovecha para reclamar a su padre una extensa lista de privilegios y adquisiciones compensatorias y la adulta de al lado lamenta mucho que no le esté permitida  una conducta similar.

Tras las horas necesarias para hacer la obligada rueda de pruebas y contar la misma historia, que cada vez interesa menos, a estresados profesionales sanitarios que a veces parecen más fastidiados que los pacientes que esperan , la mujer caída, dicho sea sin ninguna connotación moral, se va a su casa con una bonita fractura distal de radio y una escayola que se hace antipática desde el primer momento y con la que tendrá que convivir de forma obligada como una hemorroides mal ubicada pero igual de molesta durante las próximas semanas

EL BATACAZO

Esa sensación cuando tropiezas con un desnivel de cinco centímetros que no debería haber estado allí y sales propulsada por un motor invisible que te empuja con fuerza contra el suelo. Antes de llegar , previendo que tu cabeza va a sufrir mucho con el impacto usas tu brazo derecho para amortiguar. Aún así cuando llega el dolor es tan fuerte que no sabes exactamente dónde empieza y dónde acaba.

 El tiempo es relativo, lo dijo Einstein ,y así se percibe claramente cuando el rato que te quedas aplastada contra el pavimento ,se hace eterno hasta que aparece el primer alma caritativa a socorrerte .

Es un chaval  joven que hace la  pregunta improcedente y provocadora pero lógica por la inercia:  señora está usted bien ?

Como no sabes por dónde empezar ni exactamente que responder para no ser desagradecida y desagradable te callas e intentas evaluar daños.

Tras él llegan los refuerzos, sobre todo, y es curioso, mujeres, hasta doce o quince que se congregan a tu alrededor. Tú solo quieres que te enderecen un poco para no sentirte como un chicle pegado al asfalto y revisar los daños causados que sigues sin tener claros

Este es un país al que le gustan los debates democráticos y tras un pequeña discusión sobre la conveniencia del cambio de postura,  con mención a conmociones cerebrales o roturas de cuello algo preocupantes, acabas en un banquito cercano al que también llevan todas tus pertenencias, dispersas por la zona de guerra. Alguien muy amable que se identifica como médica  te palpa el antebrazo con verdadera pasión y te hace ver que no morirás en ese momento aunque el dolor sea absoluto. Pero es un consuelo que no sea el definitivo.

Te ofrecen agua y ahí se abre otro pequeño debate sobre la conveniencia o no de su ingesta, a cuenta de futuros e hipotéticos vómitos pero pesa la opinión de la profesional.

En la espera de la ambulancia que llega precedida de la Policía local hay un interesante intercambio de experiencias vividas en relación a caídas propias o ajenas, a sus secuelas y sobre todo relacionadas con la búsqueda implacable de un culpable que es el Ayuntamiento, como no podía ser de otra manera.

En cualquier caso hay que destacar el cariño, la atención y el buen trato recibido por parte de todas las viandantes, sus buenas intenciones y su perfecta actuación que quieras que no facilita la situación y te permite no ser protagonista sino espectadora , aunque lo que querrías es salirte del cine e irte a tu casa a meterte en la cama.

SIN PANTALONES

El hombre atravesó la concurrida terraza del bar a pasitos cortos con los pantalones bajados. Dejaban ver unos calzoncillos amplios a pesar de que se agarraba con la mano sana la cinturilla del pantalón que al parecer, se le había desabrochado.  Pero lo tenía difícil lidiando al mismo tiempo con el bastón y la gorra. 

Se le veía confuso, entre avergonzado y cabreado. Impotente. 

Dos mujeres mayores lo miraron sobresaltadas. Una pareja joven hizo gestos de extrañeza. Una joven madre con su criatura al brazo, lo miraba con pena 

Pero fue un chaval veinteañero, con tatuajes en el cuello y anillo en la oreja quien se acercó a él y con toda naturalidad, con respeto pero sin dramas,  le propuso echarle una mano porque parecía que le  hacía falta. 

El viejo lo miró, primero hostil, luego desconfiado, al final solicitando con la mirada lo que no sabía trasladar con palabras, y aceptó su ayuda. Dieron la vuelta a la esquina, fuera de la mirada colectiva y al poco aparecieron, charlando y sonriendo hasta que chocaron puños a iniciativa del joven y se separaron.  

El hombre mayor llegó a su casa con el corazón contento, aunque ya no se acordaba exactamente de porqué. El chico se puso los cascos y siguió escuchando su música, extrañamente alegre también.  

DICIEMBRE

Dice el refranero, cosas como “En diciembre no hay valiente que no tiemble”. Pero la verdad es que temblar, lo que se dice temblar puede suceder por muchas y diversas causas, pero desde luego, a causa del frío está difícil, vistas las temperaturas que padecemos en el año que ya se considera el más cálido desde que existen registros. Tomen nota los negacionistas cansinos y los cómodos indiferentes que ni se han enterado del fracaso total de la última cumbre climática celebrada en Dubai

Mejor no hacer caso al refranero en cuanto a sus predicciones porque leer que “en diciembre hielo y nieves, si quieres buen año el que viene” nos ha de dejar bastante preocupados ya que no se ha visto más hielo que el de la coca cola y la única Nieves que vemos es la vecina que saludamos todos los días. Otros refranes rematan la idea manteniendo que “cuando en diciembre veas nevar, ensancha el granero y el pajar”, lo que traducido al entorno urbanita más habitual viene a decir, que, si no nieva, como es el caso, mejor alquila el granero y vende el pajar porque de poco te van a servir. Vamos que vienen los apretones de cinturón.

Diciembre fue un mes malo, malísimo para los que iniciaron el viaje definitivo como Frank Sinatra, Beethoven, Elton John y Charlie Chaplin y quienes se vieron privadas de su talento y habilidad para hacernos felices. También para John Lennon al que un fan loco asesinó en la puerta de su casa. Claro que en diciembre vino al mundo Walt Disney, con su filmografía que tanto nos hizo llorar y sonreír, que nos educó tanto como nos confundió. También nació Nerón cuya llegada al mundo no parece que sea motivo de celebración a la vista de su piromanía y otras malas costumbres.

También fue en diciembre del 2019, cuando las autoridades sanitarias de la ciudad de Wuhan informaron sobre la aparición de un virus llamado COVID-19, que nos sonó a todos a chino, y perdonen el chiste malo, pero llegó a afectar a más de 770 millones de personas en todo el mundo.

Pero fue Rafael Alberti, nacido un mes de Diciembre, quien dijo aquello que tanta falta haría hoy en día: “Yo nunca seré de piedra, lloraré cuando haga falta, gritaré cuando haga falta, reiré cuando haga falta, cantaré cuando haga falta”.

LA CHICA YE-YE

La chica yeyé tendría el pelo alborotado, pero las ideas muy claras.

La chica yeyé sabía que hay demasiada gente que no se quería enterar y les desafiaba desde la alegría y la verdad.

La chica yeyé no era una chica de brilli-brilli sino una mujer inteligente, cualidad sorprendente y escasamente valorada en su mundo y en su época.

No era un cuerpazo solo para la exhibición hipócrita, ni una fuente eterna de risas y simpatía.

Tenía filo y cortaba si era necesario. Tenía voz y no solo para cantar coplas. Tenía ojazos y veía con claridad que el mundo en que vivía no estaba hecho a la medida de las mujeres.

No era artista a la que el mundo le fuera ajeno, sino mujer de carne y hueso, que lidió con la desgracia , superó miserias y se reinventó cuando hizo falta.

Buscó y encontró el valor para ser artista, pero también para vivir y sobrevivir a todas las vidas en las que fue protagonista indiscutible.

CUANDO ERA INOCENTE…

Cuando era inocente y presenciaba conflictos afectivos y amorosos que terminaban en dolorosas rupturas, ella siempre pensaba ,desde la perspectiva pragmática y asertiva propia de la corta edad, de la inexperiencia y del coraje suicida, en la tontería implícita existente en las relaciones humanas . Cuando veía que no saben centrarse en lo fundamental y olvidar lo accesorio, cuando no hablan en tiempo y forma oportuna y optan por callar lo esencial, cuando asumen dudas autodestructivas y muchas veces infundadas…

Parejas que se amaban intensamente, rotas por un malentendido, que acababan pegándose un tiro en la boca. Madres que amaban infinitamente a sus hijos y no podían soportar su alejamiento físico o psicológico y terminaban locas y desgraciadas. Hijos que necesitaban desesperadamente la aprobación paterna y , al no ser ésta suficientemente explícita, reaccionaban con una hostilidad desmesurada que rompía todos los puentes. Hermanas que se envidiaban mutuamente con la misma intensidad con que se necesitaban pero, ignorantes, se distanciaban e intentaban odiarse. Amigas cuyo vínculo indestructible quedaba maldito por un suceso que podía ser explicable, pero que dinamitaba su relación.

Perdida hace tiempo la inocencia y gran parte del coraje , con una considerable colección acumulada de dudas e incertezas ella piensa ahora que vivir es difícil, pero todavía lo es más vivir en paz con una misma y también con las personas a las que se quiere.

Quien invente la pastilla, la aplicación, el tratamiento o el entrenamiento para conseguirlo, merecerá cien premios nobel de golpe, estatuas en todas las ciudades, que inscriban su nombre en el libro grande de la Historia de la Humanidad y miles de series biográficas.

LOS 65

Andaba un poco preocupada por su próximo cumpleaños. Y no porque considerara difícil situar 65 velas en la tarta de rigor. Era por el dígito. Una edad venerable. Aunque en realidad nada más que 65 vueltas al sol, que en ocasiones  calentó, incluso  excesivamente, y otras la dejó a la intemperie, sometida al caprichoso destino que a veces las gasta bien gordas.

Lo peor era la esquizofrenia. Entendida como el divorcio total existente entre su yo interior, al que conocía muy bien sin necesidad de clases de yoga,  y la imagen de la mujer desconocida y extrañada que le devolvían los espejos. Lo segundo peor, los tópicos sobre la longevidad femenina que le  auguraban largos años de supervivencia sin mencionar las condiciones. Lo tercero peor, las despedidas, las desapariciones y ausencias de colegas, socias y compañeras de su misma quinta que iban diciendo adiós, no a causa de iniciar el tránsito definitivo e irremediable,  sino simplemente debido al cansancio, a la rendición ante la vida por déficit energético vital. Algo que no soluciona el propóleo.

Los 65 en las mujeres de hoy llevan asociada la imagen de señoras de pelo corto, mayormente blanco aunque con labios bien rojos. Suelen ser valientes, comunicativas y prudentes. Están libres como los taxis pero no cogen a cualquier pasajero ni hacen cualquier trayecto. Pueden ser sabias, o no. Todo depende de su capacidad de interpretar el pasado, sin idealizarlo, ni condenarlo y, a ser posible,  sin compartirlo con todo bicho viviente.

Su imagen es mucho más atractiva que la de alguna generación anterior que a esa edad se abonaba al moño cardado, la falda recatada y preferentemente  hasta la rodilla con un zapato de tacón tan plano como su aburrido presente y su previsible futuro. Mujeres que se retiraban a la soledad de las frías iglesias o se concentraban en el cuidado ajeno al que ellas nunca tendrían derecho. Mujeres mudas sin nada que decir. Invisibles a las que nadie se molestaba en mirar.

A ella, le preocupaba su 65 cumpleaños. Hasta que descubrió que no era una puerta que se cierra sino una nueva fase del viaje que requería cierta adaptación a las nuevas oportunidades y a las previsibles limitaciones. Quizás no viera las letras de cerca, pero detectaba a los idiotas de lejos. Quizás no la miraran a ella, pero ella sabía exactamente quien merecía su atención. Ya sabía que nunca podría, ni le convenía  gustar a todos y que lo importante era gustarse a ella misma. Podía permitirse ser descarada, provocativa y juguetona y decir alto y claro lo que pensaba consciente de que su  consideración y prestigio ya no cambiaría demasiado. La vergüenza ya no era enemiga a abatir, la competitividad ya no era de su interés.

Bienvenidos los 65, concluyó esta sabia mujer, porque ya se quien soy.

LO QUE SOBRA Y LO QUE FALTA

Vera es una perra tonta. Que las hay, como en todas las especies, incluida la humana, para qué negarlo. Eso no quiere decir que no merezca buen trato y cariño y que tenga cualidades indiscutibles como su inagotable energía y su buen carácter. Pero es tonta. Es lo que hay.

Hay que repetirle las órdenes, muchas, bastantes veces. Porque por muy claras y contundentes que éstas sean, las confunde descaradamente y  sale cuando ha de entrar y ladra cuando ha de callar.  Es perra de amos, sí, pero no los entiende en absoluto y siempre representan para ella  un interrogante. No percibe sus estados de ánimo, ni se anticipa a sus deseos detectando lo que se espera de ella. Más bien se pone por en medio, pisoteando con pasión, cuando pintan bastos en lugar de buscarse un buen rincón. O muerde lo que no debe, persigue al gato equivocado o acerca demasiado su cola a una fuente de calor. Lo dicho, tonta hasta rozar la estupidez.

Cora, con la que convive, es inteligente. Casi demasiado. Se pueden mantener con ella conversaciones, aunque solo sea en base a la comprensión y ejecución de órdenes rápidamente entendidas. Sube al coche, sale a la calle o se tumba según le piden. Tiene una sensibilidad casi excesiva que la hace desaparecer cuando las emociones andan revueltas, pero también acercar con suavidad su morro húmedo ante el desconsuelo humano. A veces mira las tonterías que hacen esos seres  que se creen superiores y se podría apreciar en sus ojos – si no fuera un animal irracional, claro- un cierto juicio de valor. Del tipo “están todos locos…”

Tienen algo en común. Ambas fueron cachorras encantadora que ladraban ante lo desconocido, como siguen haciendo ahora con más o menos sentido de la oportunidad, pero con la legítima pretensión de avisar y proteger.  Ambas saben cuál es su lugar en el ecosistema que habitan: por encima del pez de colores del acuario y por debajo de ese objeto que se arrastra por el suelo, llegando a todos los rincones y emitiendo sonidos misteriosos,  al que en ningún caso deben detener.

Ambas  son conscientes de su pertenencia a la  manada . La que forman ellas y los bípedos con los que conviven. Todos ellos, incluso los que gatean o los que incorporan tercera pata  en forma de bastón. Su lealtad y fidelidad a esa manada es incuestionable. Darían la vida por sus integrantes. En su defensa o para su protección.  Porque son irracionales, es verdad, pero les sobra humanidad , generosidad y nobleza para devolver mucho a cambio de lo poco que reciben.

Da igual lo tontas o inteligentes que sean.

EL CUENTO DE LA LIBÉLULA AZUL

Desde hace muchos, muchos años en la casa donde paso el verano viene una libélula azul a visitarme. Tengo claro que es una libélula, que no es precisamente de los bichos que más me atraen, empezando por su nombre, farragoso y difícil de pronunciar pero le tengo un afecto y una lealtad especial, comparable al que ella siente por mí.


A diferencia de otras que también pasan por aquí presumiendo de colores más vivos (verdes , corales y anaranjados) que vuelan más rápido o tienen las alas más largas, es única en su especie porque es la mía .


Mi libélula es la que vuela con el poderío de un Falcon y la gracia de una trapecista, la que me provoca y juega conmigo cuando me quedo quieta como una estatua para conseguir que se acerque a mí recortando distancias hasta resultar casi inexistentes. La que ataca y huye pero sin miedo, todo juego y divertimento. La que es de un azul rabioso, sin concesiones ni matices.


Que nadie pretenda argumentarme que puede haber muchas que vengan a beber en mi piscina. Nadie podrá convencerme de que, como mucho, será hermana, prima o concuñada de la que hace más de 10 años empezó a visitarme. Estoy segura, porque así lo he decidido, de que es la misma, quizás con algún ligero cambio, igual que yo he cambiado a lo largo de estos años.