La chica yeyé tendría el pelo alborotado, pero las ideas muy claras.
La chica yeyé sabía que hay demasiada gente que no se quería enterar y les desafiaba desde la alegría y la verdad.
La chica yeyé no era una chica de brilli-brilli sino una mujer inteligente, cualidad sorprendente y escasamente valorada en su mundo y en su época.
No era un cuerpazo solo para la exhibición hipócrita, ni una fuente eterna de risas y simpatía.
Tenía filo y cortaba si era necesario. Tenía voz y no solo para cantar coplas. Tenía ojazos y veía con claridad que el mundo en que vivía no estaba hecho a la medida de las mujeres.
No era artista a la que el mundo le fuera ajeno, sino mujer de carne y hueso, que lidió con la desgracia , superó miserias y se reinventó cuando hizo falta.
Buscó y encontró el valor para ser artista, pero también para vivir y sobrevivir a todas las vidas en las que fue protagonista indiscutible.

