La miraba con sus ojos planos, desafiante, desde el silencio más absoluto. Su gran envergadura era en sí misma, una amenaza latente que avisaba que cualquier intento de imponer límites y reducir sus dimensiones no sería aceptado sin una feroz resistencia.
Pero había que hacerlo porque el calor apretaba y ese edredón campando a sus anchas con todo su volumen ocupaba un espacio indebido y creaba un caos insoportable.
La pelea no era justa. Un edredón enorme, vigoroso, lleno de aire indomable contra una solitaria mano izquierda bastante torpe y cansada que trataba de reducirlo a la mínima expresión para meterlo en una bolsa plastificada donde debía reposar los próximos meses.
Todo un desafío.
A él le bastaba con dejarse hacer, con una resistencia pasiva, casi burlona.
La mano luchadora, por el contrario, tenía que lanzar un ataque infernal , en alianza con cualquier otra parte útil de la anatomía: dientes, torso, codos, rodillas… Todo aquello que sirviera para someter y doblegar la resistencia infame de esa masa amorfa y rebelde.
No hay sonido en la gran batalla como si fuera una película muda, o mejor una película porno llena de gemidos, bramidos, suspiros y sudores, todos con el mismo origen.

Hay dos finales posibles . Aviso a navegantes que se creen invencibles como el bote de mermelada, la pastilla del lavavajillas o el cierre anti-niños de algunos productos.
Para acertar, solo hay que recordar el poder de una mujer enfurecida, empeñada en salir victoriosa ante un adversario prepotente y burlón que parece no tomarla en serio.
