Categoría: SOY PERSONA

Paréntesis y nueva función

Desde 2016, tenía un blog que ha sido un fiel recipiente para alojar reflexiones más o menos divinas o humanas. Pero la tecnología tiene vida propia y hace meses que perdí el control de esa pantalla donde se colgaban escritos propios sin mayores aspiraciones.

Ha vuelto, no se cómo, pero sí gracias a quien, al que estaré eternamente agradecida. Y ahora quiero darle más utilidades.

Darle más alimento y mejor presentación. Ya se sabe que comemos y leemos por la vista…

Seguirá siendo un archivo histórico para esa posteridad que pretendemos anticipar de forma imposible

Pero también va a ser un divertimento, un volcado de ideas y sensaciones. Un sitio para la risa y para la trascendencia. Para las minucias y las grandes verdades de la existencia.

Para lo que me dé la gana. Es mi blog. Leedme si os apetece.

BRINDIS PARA UNA BODA

Tras la celebración de una boda por el rito católico, surgen interrogantes de diversa índole. Si ha sido por el rito católico, la escenografía impone, aunque todo huela un poco a naftalina. La liturgia ejerce un efecto sedante, aunque causa una extraña sensación, como de teatro arcaico y obsoleto. Chirría demasiado oír al oficiante mencionar a la muerte como única causa de disolución del contrato desde el convencimiento de que sólo el amor debería ser el factor imprescindible para la existencia y la permanencia de las parejas.
Claro que previamente habría que pactar la definición del término, porque todavía demasiada gente cree que el amor es oír sonar los violines de forma continua e ininterrumpida con el volumen suficiente para apagar los ruidos, las broncas y lágrimas , que suelen poblar la vida de cualquier pareja. A menos que sean Sam y Molly la pareja de Ghost, tan amorosos ambos, aunque jugaban con ventaja siendo él un fantasma. También hay quien entiende el amor como una tarea titánica en la que una se empeña con tozudez , sean cuales sean los sacrificios o cesiones hasta llegar si hace falta a la autoanulación como David el gnomo y Lisa su señora, a la que nunca se escuchó hablar.
Las relaciones amorosas duraderas están llenas de agujeros, de remiendos y zurcidos, de avances y retrocesos, de éxtasis y batacazos. Se basan en la generosidad, que no es lo mismo que la renuncia, en la sabiduría que no es lo mismo que la inteligencia y cuentan como elemento indispensable con el sentido del humor, lo que no quiere decir que su vida sea un chiste permanente.
Tampoco hablar de contratos ayuda a construir esa relación que siempre debería ser voluntaria, de libre elección, sin plazos, ni términos fijados. Ningún documento escrito ,a pesar de las firmas que lleve, debería ser capaz de obligar a nadie a permanecer con quien no encuentre la felicidad. Otra cosa son los acuerdos íntimos y personales, los pactos tácitos de respeto mutuo, de sinceridad y de apoyo incondicional que quieran suscribir los integrantes de la pareja.. Pero eso no interesa a nadie más que a ellos.
En resumen , nada que objetar a una celebración festiva que siempre viene bien. Que además es útil para comunicar al público asistente la felicidad existente o para presentar a la persona elegida. Que da excusa para la música y el baile, para engalanarse como árboles de Navidad, para huir de la rutina. Para zampar hasta reventar que es una afición nacional indiscutible y beber como si no hubiera un mañana, o mejor para olvidarlo, dada la resaca que traerá.
Que vivan los novios, mientras que así se sientan, que ojalá sea toda una vida. O incluso varias. Si procede, que sigan su camino cada uno por su lado, en paz y sin mirar atrás, con la mochila cargada de buenos momentos. Pero que no se conformen nunca con vivir en el silencio y la oscuridad , en la tristeza solitaria y la insatisfacción permanente. Ese sería el mejor brindis que nunca se pronuncia.

SOBRE ESPERAS QUE DESESPERAN

Hay dulces esperas que dicen personajes cursis,   fans de los embarazos que seguramente nunca vivieron. Esperas aburridas en salas claustrofóbicas e impersonales. Esperas desesperadas de uñas comidas y malestar intestinal. Algunas duran mucho, toda una vida. Otras se resuelven rápido,  sin darnos tiempo a prepararnos para el resultado.

En todo caso, estar esperando implica por definición una actitud de pasividad, de inactividad . Lo cual no quiere decir que no pase nada, sino que al no pasar lo que más nos interesa, todo lo demás pierde interés.

 Si las noticias esperadas son importantes, casi se podría decir que vitales, la espera se vuelve roja , el color del miedo. O negra, el color del pesimismo o gris, cuando la espera agota y ya casi nos da igual el resultado. A veces , si la espera acaba con una buena nueva, se abre una etapa en un blanco prometedor donde todo está por escribir.

Alguien nos tendría que haber enseñado a afrontar esperas trascendentales, que al terminar nos mostraran la vida  como un negro túnel o como un horizonte abierto y sin límites. Nos enseñan cosas mucho más ridículas, como  decir gracias o por favor, llevar paraguas cuando llueve, cruzar las piernas o  no utilizar lenguaje soez, pero nadie nos enseña a esperar.

 Y tiene su técnica porque no es fácil dominar el tiempo y las horas cuando transcurren tan despacio que parece que haya una huelga general de relojes.  Ni es sencillo controlar la maraña incontrolable de pensamientos, algunos tan estúpidos como sinceros. Ni someter nuestras emociones al férreo control que necesitan para que no se disparen como torpedos  autodestructivos .

Sería de agradecer haber contado con ayuda, en algún momento de la vida, para aprender la técnica de la espera y el cultivo de la esperanza para afrontarla con éxito y no salir con más daños de los obligados. En resumen, según últimos descubrimientos, eso significa no perder el control de nuestra alegría, la fe en ciertos valores, el amor a nuestra gente, cosillas en fin,  que ningún  resultado, por indeseado que sea, debe ser capaz de arruinar.

GRACIAS AL 2020…

Necesitamos un año nuevo con toda urgencia. Nos hace más falta que la baba al caracol o un buen abogado al emérito. De alguna forma, parece que hay quien confía en que al sonar las campanadas todo va a quedar atrás y vamos a traspasar una mágica línea que nos colocará en un paisaje nuevo y prometedor, libre de mascarillas y de gel hidroalcohólico. Y eso tampoco va a pasar.

Lo cierto es que nos morimos por despedir el 2020, por darle carpetazo, por olvidarlo como si nunca hubiera existido. La tendencia es sepultarlo con la mayor rapidez y eficacia en el hoyo de las cosas que nos hicieron daño y que no queremos recordar. Y, con las prisas, no advertimos que eliminar todo lo sucedido en los últimos 365 días de nuestra memoria histórica sería un grave error.

No se puede olvidar a la gente mayor que falleció afrontando la despedida desde la soledad más absoluta. O a las mujeres y hombres, llenos de proyectos y de vida por vivir, que la perdieron ante un virus que desafió nuestra soberbia y se aprovechó de nuestra ignorancia. Borrarlos de nuestra memoria es inaceptable.

Tampoco merecen ser obviadas las personas que demostraron una profesionalidad, una generosidad y un coraje incuestionable atendiendo sus responsabilidades, ya fueran grandes o modestas. Arrebatar el protagonismo histórico que se ganaron a pulso no sólo el personal sanitario, sino las limpiadoras, cajeras o transportistas sería una grave injusticia que no podemos permitir.

No sería inteligente despreciar a quienes de forma anónima y altruista, manifestaron una solidaridad totalmente ajena a la caridad, que se volcó en ayudar a quienes no podían superar en soledad, las inmensas dificultades creadas para subsistir. Funcionaron las redes, se superaron prejuicios y reticencias, y mucha gente arrimó el hombro desde la conciencia plena de que nadie podía quedar atrás.

En conjunto, es cierto que ha sido un año lleno de miedos e incertidumbres, nada fácil para nuestra supervivencia y nuestra salud mental. Por eso, lo despedimos sin demasiados aspavientos, que no tenemos el cuerpo para muchos fandangos, y volcamos todas nuestras expectativas en el 2021. Aunque nuestra mayor ambición, sin embargo, no debería ser dar un salto mortal hacia atrás para recuperar la inestable situación de ignorante satisfacción en la que vivíamos.

Nos iría mucho mejor si el deseo universalmente compartido, además de no atragantarnos con las uvas, no fuera aumentar la cuenta bancaria, hacer el amor como conejos, ni siquiera conservar la salud propia y de los nuestros. Significaría un progreso considerable que hubiéramos aprendido que todo ello depende, como ha quedado demostrado, de nuestra capacidad de reformular nuestro sistema de vida, de redefinir nuestros hábitos y costumbres, nuestra forma de relacionarnos, para no ser vulnerables ante un diminuto y asqueroso bicho que destroza nuestra cómoda existencia, con irritante y dolorosa facilidad. Porque puede, y seguirá haciéndolo, mientras la estupidez guíe nuestras existencias y vivamos de espaldas a los demás, en una sociedad que prima lo individual sobre lo colectivo, lo privado sobre lo público, que tolera desigualdades y discriminaciones mientras las sufran otros. Una sociedad que ignora el grito de un planeta que estamos destruyendo con prisas y sin pausas, que se empeña en imponer vidas de miseria a quienes viven al otro lado de líneas imaginarias que llamamos fronteras. Que sacraliza la codicia y la violencia y escoge como modelos no a las personas más sabias, más generosas o solidarias, sino a quienes ejercen el poder desde la coacción, el engaño o la hipocresía.

Si hemos aprendido esto en 2020, ni el coronavirus, ni lo que venga después nos vencerá.

MADRES

Fuimos madres a veces sin pretenderlo, a modo de sorpresa que te da la vida y que  te dura, ya toda la existencia. Otras veces fue resultado de nuestro empeño, de nuestra personal decisión que tomamos por razones que nunca explicamos a nadie, ni siquiera a nosotras mismas.

Fuimos madres reidoras, divertidas,  satisfechas que disfrutamos de la infancia feliz y cansada de quienes giraban en torno a nosotras, pidiendo amor y papillas, higiene y canciones de cuna. Que a veces tuvimos instructoras  que nos silbaban en el oído, pero otras,  estuvimos solas, sin manual de instrucciones  y así superamos largas noches de insomnio por un diente impertinente o un oído doliente.MAMA

Fuimos madres dedicadas, esforzadas, empeñadas. Sufridoras, preocupadas, siempre intentando estar a la altura del desafío que significaba hacerse cargo en cuerpo y alma del destino de otro ser. Hasta que comprendimos que, en realidad, su  destino estaba en sus manos, no en las nuestras. Y lo que hacen las madres , en realidad, es solo intentar colocarte en la mejor posición de salida,  abrocharte unos buenos zapatos que no te hagan tropezar a mitad camino, y mirarte, ya calladas, mientras que inicias el recorrido.

Somos madres definitivas que jamás abdicamos, que nunca  dejamos de repasar cada noche la lista de nuestros retoños aunque sean hombres y mujeres autónomos y autosuficientes, competentes en sus vidas y soberanos en sus decisiones. Pero somos sus madres, lo hemos sido siempre, y lo seguiremos siendo porque  hemos peleado por construir vidas completas, las suyas y las nuestras, y entre ambas, a pesar de la  distancia visible e invisible, existe un  vínculo que es permanente e indestructible.

 

UN POLLO EN EL CONFINAMIENTO

Por diferentes causas que no viene a cuento explicar, estoy pasando esta cuarentena, acompañada por un pollo. Sí, un pollo, cuyo álbum fotográfico os adjunto para que nadie crea que esto es una metáfora de la vida, ni una fantasía fruto del confinamiento.
El pollo, que todavía no tiene nombre definido, porque antes ha de demostrar su carácter y cualidades, es pequeño pero matón y está demostrando múltiples utilidades. Por ejemplo, es un competidor nato de la Conga, porque recoge con su pico-aspiradora todo aquello que pilla en un suelo, por lo demás, inmaculado, dado que en algo que hay que entretenerse estos días. pollo 4
Por limpiar, te higieniza hasta el teclado del ordenador al que deja como los chorros del oro. Es depositarlo allí y ponerse las botas, paseando con sus patas descarnadas de la “Q” hasta el “Intro” con toda confianza. Convivir con él despierta sentimientos llenos de ternura, para qué negarlo, derivados de su fragilidad evidente, de su escaso tamaño, de su dependencia absoluta. Cuidar a alguien ajeno a ti misma, es un buen remedio para evitar el pánico que se genera cuando el autocuidado es la única preocupación.
Aunque, todo hay que decirlo, este bicho es también motivo de tensiones añadidas, nada bien recibidas. Porque circula detrás de ti, a velocidad sorprendente y es fácil pisarlo, lo cual dada la diferencia de tonelaje, implicaría su muerte rápida y violenta. De hecho, ya lleva un par de pisotones bien dados, aunque del todo involuntarios, que al parecer no han dejado secuelas, por pura suerte. Por eso te acostumbras al final, a un andar raro, como cansino, arrastrando los pies para evitar que se ponga debajo en una de sus locas carreras y se trunque la relación apenas iniciada. Un pollo muerto, no sería lo mismo.
Uno de sus peores defectos es su increíble capacidad para emitir sonidos. Un pio-pio taladrante, que no tiene nada de dulce ni celestial, sino que es como un grito de guerra que perfora los tímpanos y es imposible de resistir durante más de cinco minutos. Recuerda a algunos personajes de la tele y no se trata de señalar a nadie.
Pero con el pollo, el remedio es fácil porque sólo quiere que lo cojan, que lo metas en un bolsillo y lo mantengas en un rincón cómodo y caliente. Eso no funcionaría con Inda, pero en realidad no es nada del otro mundo, aunque no siempre es posible. Léase ducharse por ejemplo, mientras no inventen escafandras para pollos. Y es estresante hacerlo mientras te mira desesperado al otro lado de la mampara, piando desesperado.
Como decía, no tiene nombre, aunque tampoco le hace mucha falta porque no hace demasiado caso cuando le interpelas. En realidad tiene dos modalidades: o silencio durmiente, o pio-pio ininterrumpido. Pero, a pesar de todo, es costumbre habitual cuando a alguien le damos un valor especial, sacarlo del anonimato, dándole un nombre apropiado. Onomatopeyas y diminutivos no valen. Este es un pollo que, hoy por hoy, convive con adultos, aunque a ratos no lo parezcan. Así que hay que afinar. Si teneis un rato libre, se aceptan sugerencias.

EL DESAFÍO DE LOS BUENOS PROPÓSITOS

Propositos-Año-NuevoEstrenamos un año que es como un libro de hojas blancas en el que escribiremos la historia de nuestra existencia. A fuerza de la costumbre nos pasa desapercibido el privilegio de  iniciar un año donde todo está por decir y por hacer y que por eso mismo,  puede ser  el año de nuestras vidas, de nuestra revolución pendiente, de nuestra rendición definitiva o de nuestra victoria.

Es el momento de los propósitos que habría que intentar que no se convirtieran en brindis al sol, astro rey que ya debe estar aburrido de tanta reiteración farisea. Valdría la pena  ser más realistas   intentando mirarnos con la distancia necesaria para descubrir nuestro talón de Aquiles y nuestra mayor fortaleza. Con estos datos,  las conclusiones serán evidentes e innegociables,  a pesar de  nuestra proverbial blandura y autocomplacencia.

En cualquier caso, en un alarde de madurez casi imposible de lograr ante estas disyuntivas,  se podría intentar traducir los usuales deseos semiutópicos para el nuevo año,  en exigencias  reales que favorezcan su consecución, superando así la etapa inicial y fallida de su simple enunciación. Ese sería el desafío real.

Al parecer el primer deseo compartido por la gran mayoría es cuidar la salud, el estado físico. Esto incluye una amplia gama de propósitos, según edad, peso y condición: desde levantarse del sofá de vez en cuando hasta correr la maratón de Nueva York.  También incluye hacerse chequeos médicos aleatorios, comer sólo lo que sea de color verde y además sin sal, reducir el consumo de alcohol y otras drogas legales, practicar alguna técnica reductora de stress… Sin  embargo, quizás saldría más rentable y desde luego sería más funcional,  canalizar esta legítima aspiración hacia la exigencia a los poderes públicos de políticas de salud, sanitarias, medioambientales, de movilidad y otras muchas más, cuya  existencia y aplicación eficaz son el complemento indispensable al necesario esfuerzo individual. Así se impulsaría  el  imprescindible cambio de modelo capaz de consolidar nuevos hábitos, modificar conductas tóxicas  y  facilitar los conocimientos  necesarios para diferenciar las majaderías de las verdades científicas. Es más fácil cuidar la salud en ciudades sin contaminación, , sin listas de espera en la sanidad pública, llena de jardines y grandes árboles que dan sombra y oxígeno, con un tráfico subordinado a las personas, instalaciones públicas de ocio y deportivas suficientes y accesibles y programas municipales de salud…

Otro deseo habitual es aprender idiomas -sobre todo el omnipresente inglés- leer libros, ampliar conocimientos en temáticas   que nos resultan apasionantes y que han estado fuera de nuestro alcance. Nada que objetar a tan legítima pretensión, que sin duda,  nos hará crecer como personas y resolverá carencias que nos limitan. Que se ha de satisfacer, además, desde el ámbito privado en el caso de las  personas que abandonaron hace tiempo los espacios públicos  de aprendizaje y educación. Sin embargo, como muestra de solidaridad con las generaciones venideras, sería de agradecer que no se repitieran errores y se reivindicaran políticas educativas capaces de conseguir un alumnado  políglota, empeñadas en fomentar el hábito de la lectura de formas ingeniosas y creativas.

Nada tiene de malo actualizar propósitos para el nuevo año. Pero para hacerlos realidad, si se desconfía del poder de las hadas y  duendes, conviene incidir en los  factores que realmente ayudarán a conseguirlos, complementando nuestra fuerza de voluntad, raquítica a veces. Siempre desde la conciencia de formar parte de un todo que ha de facilitar nuestro sincero propósito de ponernos en forma y aprender inglés.

LA GRAN CARRERA

Se mueren al año 280 personas al año en Xàtiva según se alegó con motivo de los Presupuestos municipales aprobados para el 2019, ahora a punto de caducar, para justificar el gasto invertido en nichos y columbarios.difuntos 1

Deben ser los que corresponden a una ciudad de las características de Xàtiva, desde la normalidad de los estudios  demográficos que cuantifican nacimientos y defunciones, reduciéndolas a cifras estadísticas. Pero morirse no es solo un asunto de estadística aunque tampoco sea ciertamente un tema de tratamiento habitual, naturalizado como otros momentos de nuestra existencia. Quizás por la ingenua esperanza de no mentar la bicha para huir de ella, como si el tiempo inexorable no fuera a hacer las presentaciones.

En estas fechas, una celebración, que no tiene nada que ver con los ritos religiosos, mueve al personal a llenar los cementerios, a inundarlos de flores, en una completa liturgia para recordar con más o menos ecuanimidad a quienes ya no están. Porque la muerte no solo iguala a pobres y ricos, sino que causa un curioso efecto distorsionador que hace recordar a quienes tienen el privilegio de ser recordados, adornados casi siempre de virtudes y cualidades que mientras estuvieron vivos nadie celebró con tanto fervor.

Los que no están, en la mayoría de los casos, no se fueron por propia voluntad sino porque la muerte vino a por ellos, cuando creyó conveniente, sin razones aparentes, frenando en seco su carrera vital. Esa parece la metáfora más ajustada sobre nuestra vida, la que la describe como una carrera, o un paseo o una marcha militar -cada cual lo que le haya tocado-, de duración y condiciones desiguales pero con mismo destino final. Por lo cual parece algo idiota competir entre nosotros, dado que la llegada a meta será idéntica, por más zancadillas y codazos que se hayan dado. Y más todavía empeñarse en acumular bienes terrenales, que supondrán una carga añadida que nos llenará de preocupaciones evitables. Con todo, es evidente que se transita mejor con equipo de mejor calidad, y no es lo mismo hacerlo con botas de montaña que con alpargatas, pero superado un cierto nivel de bienestar, se trata de andar el camino mirando atentos a derecha e izquierda para no perdernos nada que valga la pena. Se hace mucho más fácil si aprendemos a superar las agujetas producidas a veces por el esfuerzo de vivir.  O a echarnos a la espalda aquellas cuestiones que sólo dañan y hacen surgir las ampollas en los pies. Porque hay quien se entretiene tanto a veces matando moscas a cañonazos, librando peleas estériles, acumulando agravios y rencores que cuando la meta ya está a la vista y mira atrás, solo hay una nube tóxica que es la única que realmente acompañó su existencia.

De la larga y poco original metáfora anterior no se deriva que haya que pasar la vida silbando alegremente, en una nube de falsa felicidad. Ni que sea recomendable prescindir de cualquier compromiso, sintiéndose ajeno a cualquier responsabilidad. Por el contrario, cuando ya llevas un buen rato de caminata, descubres que avanzar en modo participativo, sembrando y recogiendo, dejando el camino mejor de lo que lo encontraste a base de limpiar pedruscos y alisar el terreno, alivia tensiones y proporciona certezas relajantes.

Si les preguntaran a la mayoría de los que mañana serán visitados, seguro que su mayor deseo, sería seguir vivos en el recuerdo de quienes los estimaron. Para ello solo es preciso haber dejado una herencia que no se mide en cifras, sino que es una huella impresa en la memoria ajena, a fuerza de amor y de generosidad.

CONFESIÓN

(publicado en Edición comarcal La Costera Levante-emv de 14.9.2017)

Esta que les habla, o más bien les escribe, tiene algo que decir, en su reencuentro tras el paréntesis estival, a modo de confesión. No digan que no es un buen principio para atraer su atención. Aunque tampoco crean que voy a confesar un delito, ni fiscal, ni penal, porque cuando se odia la violencia y no se tiene un duro es difícil cometer cualquiera de ellos.

confesion

Pero después de más de 10 años, que se dice pronto, comunicándome por esta vía con gente a quien no conozco, creo que es hora de confesar una adicción que, como todas, debilita pero reconforta: la de escribir, lo que convierte esta cita en una pasión y no en una obligación. Por eso, es un placer volver a ocupar mi espacio habitual, casi siempre arriba a la derecha de la página crujiente de este periódico, para trasladar mis doctas opiniones que son propias e intransferibles, o dicho en metáfora culinaria, son como las lentejas, si quieres las tomas y si no …

Y sin embargo, opinar es un hecho doloroso que a veces duele, da miedo o causa incomodidad, y casi siempre requiere de un trabajo previo e invisible de documentación y reflexión. Es además un acto esencialmente atormentado e inhóspito que se vive desde la soledad más absoluta, si se intenta hacer desde la honestidad y la libertad.

Para opinar con honestidad, no es posible mantenerse en la equidistancia porque, en muchos casos, eso sería hasta inmoral. Por ello, no es buen método para hacer amigos, porque significa que aquellos a quienes respetas, se les queda siempre corto el apoyo que les prestas y aquellos con quienes coincides eventualmente no confían en la pureza de tus intenciones. Sí es útil, por el contrario, para incrementar el número de personas que te deja de saludar o te miran raro. Sin hablar de los que tiran a matar cada semana sin posibilidad de defensa, digas lo que digas.

Opinar con libertad significa hacerlo sin someterse a ningún dictado tenebroso y vergonzante. Y es un auténtico peligro en este país que adora a los incautos que hacen exposición pública de opiniones, porque les permite colgar etiquetas o sambenitos que serán eternos. Es mucho más prudente dominar sabiamente el arte de la boca cerrada o la palabra amable y sonrisa “profidén”, que permite llevarse bien con todo el mundo, no meterse en jardines pantanosos y habitar una eterna zona de confort, sin tensiones ni apreturas.

Y sin embargo en los tiempos revueltos que vivimos, donde la independencia es un término omnipresente, se debería pelear por ella, sobre todo en el campo de las opiniones y las ideas. Independencia de pensamiento, de opinión, de criterio, como un valor a defender y proteger. Autonomía de la persona, del individuo para conformar opiniones propias sin necesidad de que una fábrica de ideas externa, ya sea partido, sindicato, iglesia o medio de comunicación, le evite el trabajo previo necesario. Pensar y opinar, lo que nos de la gana, sin imitaciones ni plagios, intentando ser respetuosos con la inteligencia ajena no diciendo demasiadas tonterías. Y aplicar, asimismo, ese principio de confianza a las opiniones ajenas. No buscar fantasmas, ni intereses ilegítimos. Sólo la modesta aspiración de aportar un poco de sensatez.

Por eso, es todo un privilegio tener esta ventana, desgraciadamente unidireccional. Saber que hay quien la lee, y en el colmo de la felicidad, hasta comparte la opinión expuesta. Eso ya es la monda.

MEMORIA

Da un poco de pesar, si eres mujer y tienes nietxs, que siendo tan cercanxs y tan queridxs , ya no lleven tu apellido. Habrá que utilizar otras armas, otros recursos para colarse en su memoria creando un recuerdo imborrable, más potente que ese apellido que, al fin y al cabo,es posible que también se pierda con rapidez. Porque ser recordada es ganar la inmortalidad, aunque hay que cuidar que el recuerdo genere eterno cariño y alegría y no todo lo contrario, que también puede pasar.