Categoría: personal

Lo que sobra y lo que falta

Vera es una perra tonta. Que las hay, como en todas las especies, incluida la humana, para qué negarlo. Eso no quiere decir que no merezca buen trato y cariño y que tenga cualidades indiscutibles como su inagotable energía y su buen carácter. Pero es tonta. Es lo que hay.

Hay que repetirle las órdenes, muchas, bastantes veces. Porque por muy claras y contundentes que éstas sean, las confunde descaradamente y  sale cuando ha de entrar y ladra cuando ha de callar.  Es perra de amos, sí, pero no los entiende en absoluto y siempre representan para ella  un interrogante. No percibe sus estados de ánimo, ni se anticipa a sus deseos detectando lo que se espera de ella. Más bien se pone por en medio, pisoteando con pasión, cuando pintan bastos en lugar de buscarse un buen rincón. O muerde lo que no debe, persigue al gato equivocado o acerca demasiado su cola a una fuente de calor. Lo dicho, tonta hasta rozar la estupidez.

Cora, con la que convive, es inteligente. Casi demasiado. Se pueden mantener con ella conversaciones, aunque solo sea en base a la comprensión y ejecución de órdenes rápidamente entendidas. Sube al coche, sale a la calle o se tumba según le piden. Tiene una sensibilidad casi excesiva que la hace desaparecer cuando las emociones andan revueltas, pero también acercar con suavidad su morro húmedo ante el desconsuelo humano. A veces mira las tonterías que hacen esos seres  que se creen superiores y se podría apreciar en sus ojos – si no fuera un animal irracional, claro- un cierto juicio de valor. Del tipo “están todos locos…”

Tienen algo en común. Ambas fueron cachorras encantadora que ladraban ante lo desconocido, como siguen haciendo ahora con más o menos sentido de la oportunidad, pero con la legítima pretensión de avisar y proteger.  Ambas saben cuál es su lugar en el ecosistema que habitan: por encima del pez de colores del acuario y por debajo de ese objeto que se arrastra por el suelo, llegando a todos los rincones y emitiendo sonidos misteriosos,  al que en ningún caso deben detener.

Ambas  son conscientes de su pertenencia a la  manada . La que forman ellas y los bípedos con los que conviven. Todos ellos, incluso los que gatean o los que incorporan tercera pata  en forma de bastón. Su lealtad y fidelidad a esa manada es incuestionable. Darían la vida por sus integrantes. En su defensa o para su protección.  Porque son irracionales, es verdad, pero les sobra humanidad , generosidad y nobleza para devolver mucho a cambio de lo poco que reciben.

Da igual lo tontas o inteligentes que sean.

El cuento de la libélula azul

Desde hace muchos, muchos años en la casa donde paso el verano viene una libélula azul a visitarme. Tengo claro que es una libélula, que no es precisamente de los bichos que más me atraen, empezando por su nombre, farragoso y difícil de pronunciar pero le tengo un afecto y una lealtad especial, comparable al que ella siente por mí.


A diferencia de otras que también pasan por aquí presumiendo de colores más vivos (verdes , corales y anaranjados) que vuelan más rápido o tienen las alas más largas, es única en su especie porque es la mía .


Mi libélula es la que vuela con el poderío de un Falcon y la gracia de una trapecista, la que me provoca y juega conmigo cuando me quedo quieta como una estatua para conseguir que se acerque a mí recortando distancias hasta resultar casi inexistentes. La que ataca y huye pero sin miedo, todo juego y divertimento. La que es de un azul rabioso, sin concesiones ni matices.


Que nadie pretenda argumentarme que puede haber muchas que vengan a beber en mi piscina. Nadie podrá convencerme de que, como mucho, será hermana, prima o concuñada de la que hace más de 10 años empezó a visitarme. Estoy segura, porque así lo he decidido, de que es la misma, quizás con algún ligero cambio, igual que yo he cambiado a lo largo de estos años.

Suicidio

Se imaginó tumbada en las vías , oyendo el estruendo del tren pero descartó la idea. Demasiada  destrucción. Se vio luego cayendo  desde un sexto piso y la imagen resultaba placentera, hasta que el vuelo se convirtió en caída libre y el resultado era bastante catastrófico. Empezó a oír a su bebe de 7 días al otro lado de la puerta y se levantó para prestarle atención.

Buscó en Google la diferencia entre la lejía y el salfumán y comprobó que ambas opciones eran lentas y dolorosas. Observó con atención las cuchillas del baño pero la escena final era demasiado sangrienta. Siguió preparando con calma la mochila pensando que quizás este curso sería diferente porque todavía no había recibido ningún mensaje lleno de insultos y de odio.

Revisó todos los medicamentos almacenados durante largos años y lamentó el despilfarro realizado. Aunque quizás finalmente pudieran tener alguna utilidad. En la pared de la vieja casa todavía se apreciaba la mancha oscura causada por el disparo que hace muchos años cambió sus vidas.  Tenía que vaciar los armarios de la ropa que ya nadie necesitaría y empezar a pensar en la manera de seguir navegando sin patrón en el barco.

En 2021 murieron en España más de 4000 personas por suicidio. Más hombres que mujeres, porque cuando ellos lo deciden, son más efectivos. Pero más del 50% de mujeres entre 15 y 29 años ha experimentado ideas suicidas.

Contra el suicidio funciona la escucha, rompiendo el aislamiento y la incomunicación. Es indispensable la red social, capaz de recoger a las personas a punto de desintegrarse . Imprescindible la mirada atenta, respetuosa siempre, nunca indiferente.

En los momentos más tristes, negros y  oscuros es cuando más falta hace alguien que recuerde cómo se enciende la luz.

Paréntesis y nueva función

Desde 2016, tenía un blog que ha sido un fiel recipiente para alojar reflexiones más o menos divinas o humanas. Pero la tecnología tiene vida propia y hace meses que perdí el control de esa pantalla donde se colgaban escritos propios sin mayores aspiraciones.

Ha vuelto, no se cómo, pero sí gracias a quien, al que estaré eternamente agradecida. Y ahora quiero darle más utilidades.

Darle más alimento y mejor presentación. Ya se sabe que comemos y leemos por la vista…

Seguirá siendo un archivo histórico para esa posteridad que pretendemos anticipar de forma imposible

Pero también va a ser un divertimento, un volcado de ideas y sensaciones. Un sitio para la risa y para la trascendencia. Para las minucias y las grandes verdades de la existencia.

Para lo que me dé la gana. Es mi blog. Leedme si os apetece.

Brindis para una boda

Tras la celebración de una boda por el rito católico, surgen interrogantes de diversa índole. Si ha sido por el rito católico, la escenografía impone, aunque todo huela un poco a naftalina. La liturgia ejerce un efecto sedante, aunque causa una extraña sensación, como de teatro arcaico y obsoleto. Chirría demasiado oír al oficiante mencionar a la muerte como única causa de disolución del contrato desde el convencimiento de que sólo el amor debería ser el factor imprescindible para la existencia y la permanencia de las parejas.
Claro que previamente habría que pactar la definición del término, porque todavía demasiada gente cree que el amor es oír sonar los violines de forma continua e ininterrumpida con el volumen suficiente para apagar los ruidos, las broncas y lágrimas , que suelen poblar la vida de cualquier pareja. A menos que sean Sam y Molly la pareja de Ghost, tan amorosos ambos, aunque jugaban con ventaja siendo él un fantasma. También hay quien entiende el amor como una tarea titánica en la que una se empeña con tozudez , sean cuales sean los sacrificios o cesiones hasta llegar si hace falta a la autoanulación como David el gnomo y Lisa su señora, a la que nunca se escuchó hablar.
Las relaciones amorosas duraderas están llenas de agujeros, de remiendos y zurcidos, de avances y retrocesos, de éxtasis y batacazos. Se basan en la generosidad, que no es lo mismo que la renuncia, en la sabiduría que no es lo mismo que la inteligencia y cuentan como elemento indispensable con el sentido del humor, lo que no quiere decir que su vida sea un chiste permanente.
Tampoco hablar de contratos ayuda a construir esa relación que siempre debería ser voluntaria, de libre elección, sin plazos, ni términos fijados. Ningún documento escrito ,a pesar de las firmas que lleve, debería ser capaz de obligar a nadie a permanecer con quien no encuentre la felicidad. Otra cosa son los acuerdos íntimos y personales, los pactos tácitos de respeto mutuo, de sinceridad y de apoyo incondicional que quieran suscribir los integrantes de la pareja.. Pero eso no interesa a nadie más que a ellos.
En resumen , nada que objetar a una celebración festiva que siempre viene bien. Que además es útil para comunicar al público asistente la felicidad existente o para presentar a la persona elegida. Que da excusa para la música y el baile, para engalanarse como árboles de Navidad, para huir de la rutina. Para zampar hasta reventar que es una afición nacional indiscutible y beber como si no hubiera un mañana, o mejor para olvidarlo, dada la resaca que traerá.
Que vivan los novios, mientras que así se sientan, que ojalá sea toda una vida. O incluso varias. Si procede, que sigan su camino cada uno por su lado, en paz y sin mirar atrás, con la mochila cargada de buenos momentos. Pero que no se conformen nunca con vivir en el silencio y la oscuridad , en la tristeza solitaria y la insatisfacción permanente. Ese sería el mejor brindis que nunca se pronuncia.

SOBRE ESPERAS QUE DESESPERAN

Hay dulces esperas que dicen personajes cursis,   fans de los embarazos que seguramente nunca vivieron. Esperas aburridas en salas claustrofóbicas e impersonales. Esperas desesperadas de uñas comidas y malestar intestinal. Algunas duran mucho, toda una vida. Otras se resuelven rápido,  sin darnos tiempo a prepararnos para el resultado.

En todo caso, estar esperando implica por definición una actitud de pasividad, de inactividad . Lo cual no quiere decir que no pase nada, sino que al no pasar lo que más nos interesa, todo lo demás pierde interés.

 Si las noticias esperadas son importantes, casi se podría decir que vitales, la espera se vuelve roja , el color del miedo. O negra, el color del pesimismo o gris, cuando la espera agota y ya casi nos da igual el resultado. A veces , si la espera acaba con una buena nueva, se abre una etapa en un blanco prometedor donde todo está por escribir.

Alguien nos tendría que haber enseñado a afrontar esperas trascendentales, que al terminar nos mostraran la vida  como un negro túnel o como un horizonte abierto y sin límites. Nos enseñan cosas mucho más ridículas, como  decir gracias o por favor, llevar paraguas cuando llueve, cruzar las piernas o  no utilizar lenguaje soez, pero nadie nos enseña a esperar.

 Y tiene su técnica porque no es fácil dominar el tiempo y las horas cuando transcurren tan despacio que parece que haya una huelga general de relojes.  Ni es sencillo controlar la maraña incontrolable de pensamientos, algunos tan estúpidos como sinceros. Ni someter nuestras emociones al férreo control que necesitan para que no se disparen como torpedos  autodestructivos .

Sería de agradecer haber contado con ayuda, en algún momento de la vida, para aprender la técnica de la espera y el cultivo de la esperanza para afrontarla con éxito y no salir con más daños de los obligados. En resumen, según últimos descubrimientos, eso significa no perder el control de nuestra alegría, la fe en ciertos valores, el amor a nuestra gente, cosillas en fin,  que ningún  resultado, por indeseado que sea, debe ser capaz de arruinar.

GRACIAS AL 2020…

Necesitamos un año nuevo con toda urgencia. Nos hace más falta que la baba al caracol o un buen abogado al emérito. De alguna forma, parece que hay quien confía en que al sonar las campanadas todo va a quedar atrás y vamos a traspasar una mágica línea que nos colocará en un paisaje nuevo y prometedor, libre de mascarillas y de gel hidroalcohólico. Y eso tampoco va a pasar.

Lo cierto es que nos morimos por despedir el 2020, por darle carpetazo, por olvidarlo como si nunca hubiera existido. La tendencia es sepultarlo con la mayor rapidez y eficacia en el hoyo de las cosas que nos hicieron daño y que no queremos recordar. Y, con las prisas, no advertimos que eliminar todo lo sucedido en los últimos 365 días de nuestra memoria histórica sería un grave error.

No se puede olvidar a la gente mayor que falleció afrontando la despedida desde la soledad más absoluta. O a las mujeres y hombres, llenos de proyectos y de vida por vivir, que la perdieron ante un virus que desafió nuestra soberbia y se aprovechó de nuestra ignorancia. Borrarlos de nuestra memoria es inaceptable.

Tampoco merecen ser obviadas las personas que demostraron una profesionalidad, una generosidad y un coraje incuestionable atendiendo sus responsabilidades, ya fueran grandes o modestas. Arrebatar el protagonismo histórico que se ganaron a pulso no sólo el personal sanitario, sino las limpiadoras, cajeras o transportistas sería una grave injusticia que no podemos permitir.

No sería inteligente despreciar a quienes de forma anónima y altruista, manifestaron una solidaridad totalmente ajena a la caridad, que se volcó en ayudar a quienes no podían superar en soledad, las inmensas dificultades creadas para subsistir. Funcionaron las redes, se superaron prejuicios y reticencias, y mucha gente arrimó el hombro desde la conciencia plena de que nadie podía quedar atrás.

En conjunto, es cierto que ha sido un año lleno de miedos e incertidumbres, nada fácil para nuestra supervivencia y nuestra salud mental. Por eso, lo despedimos sin demasiados aspavientos, que no tenemos el cuerpo para muchos fandangos, y volcamos todas nuestras expectativas en el 2021. Aunque nuestra mayor ambición, sin embargo, no debería ser dar un salto mortal hacia atrás para recuperar la inestable situación de ignorante satisfacción en la que vivíamos.

Nos iría mucho mejor si el deseo universalmente compartido, además de no atragantarnos con las uvas, no fuera aumentar la cuenta bancaria, hacer el amor como conejos, ni siquiera conservar la salud propia y de los nuestros. Significaría un progreso considerable que hubiéramos aprendido que todo ello depende, como ha quedado demostrado, de nuestra capacidad de reformular nuestro sistema de vida, de redefinir nuestros hábitos y costumbres, nuestra forma de relacionarnos, para no ser vulnerables ante un diminuto y asqueroso bicho que destroza nuestra cómoda existencia, con irritante y dolorosa facilidad. Porque puede, y seguirá haciéndolo, mientras la estupidez guíe nuestras existencias y vivamos de espaldas a los demás, en una sociedad que prima lo individual sobre lo colectivo, lo privado sobre lo público, que tolera desigualdades y discriminaciones mientras las sufran otros. Una sociedad que ignora el grito de un planeta que estamos destruyendo con prisas y sin pausas, que se empeña en imponer vidas de miseria a quienes viven al otro lado de líneas imaginarias que llamamos fronteras. Que sacraliza la codicia y la violencia y escoge como modelos no a las personas más sabias, más generosas o solidarias, sino a quienes ejercen el poder desde la coacción, el engaño o la hipocresía.

Si hemos aprendido esto en 2020, ni el coronavirus, ni lo que venga después nos vencerá.

DÍA DE DIFUNTOS, AÑO DE DIFUNTOS

Este Día de Difuntos se presenta francamente diferente, como ha sucedido con todo lo relativo a este año 2020, que despediremos indudablemente con poca pena y nada de gloria.

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En un día como hoy, previo al de Todos los Santos, los informativos y medios de comunicación tendrían que estar ocupados en mostrar de mil y un maneras, con enfoques más o menos originales o costumbristas , eso que se podría llamar cultura funeraria, o tradiciones mortuorias que , tienen amplio seguimiento  en este país y conforman un nutrido grupo de costumbres que se practican fielmente en estas fechas.

Siendo las vísperas que son, se tendría que hablar hasta la saciedad de los arreglos realizados en los cementerios, de las medidas tomadas para organizar el tráfico y el aparcamiento. Sería el tema público obligado las toneladas de flores vendidas para la ocasión mientras que privadamente casi cualquiera tendría un momento de recuerdo íntimo para alguien que no se volverá a ver y al que se echa de menos. Pero hasta a los muertos, la pandemia les ha quitado el protagonismo, los ha escondido y enterrado nuevamente bajo toneladas de información, de cifras y estadísticas, de expectativas frustradas, de crecientes ansiedades y miedos alimentados. 

Por eso, lo que en general se está tratando son las medidas y recomendaciones que todos los Ayuntamientos han tomado para evitar a toda costa que la celebración de día de los Difuntos cause algún difunto más que pueda ser evitable.

Por eso se van a pintar los cementerios como si fueran circuitos de IKEA, señalando itinerarios de entrada y salida. O se limitará el tiempo de permanencia en el recinto o incluso el número de personas visitantes por familia, obligando a un triaje bien delicado.  Por eso, se regulan aspectos tan concretos como el origen del agua para las flores o para asear la lápida, que no podrá ser compartida y cada cual se deberá traer de su casa.

En resumen será una jornada dedicada a recordar a los que se fueron pero viven en nuestros corazones y nuestra memoria, ocasión para muchos de retomar conversaciones interrumpidas,  pero que, en todo caso a día de hoy, se ha de gestionar con un manual de instrucciones de obligado cumplimiento. Algo absolutamente necesario en aras de la prudencia y la seguridad pero poco recomendable desde el punto de vista de la naturalidad y la intimidad para mostrar sentimientos y afectos.

Aunque se produzca ese brutal cambio cromático que llena los camposantos de flores de colores vivos  que rompen la monotonía visual de las lápidas, aunque  el silencio de los muertos se vea roto unas horas por las conversaciones de los vivos,  este año nada va a ser igual aunque en el fondo se trate de lo mismo.

 Y la culpa de todo,  es evidente, la tiene el bicho, ese virus inhumano e implacable que nos derrota porque se aprovecha de nuestras debilidades y contradicciones… que nos acorrala en base a nuestra desmemoria, a nuestra soberbia y nuestra fragilidad.

En realidad, hemos vivido todo un año de difuntos, el que la muerte , que intentamos siempre mantener en el patio trasero de nuestro espíritu, ha impuesto  un protagonismo indebido a cuenta de una pandemia que en muchos sentidos,  nos ha puesto en nuestro lugar o por lo menos en una situación cuya superación exige lo mejor de cada cual. Si la felicidad consiste en encontrar el equilibrio entre las luces y las sombras, quizás la enorme sombra que proyectan las 35000 personas fallecidas en España en los últimos meses sean suficientes para valorar la alegría de vivir y tener salud.

MADRES

Fuimos madres a veces sin pretenderlo, a modo de sorpresa que te da la vida y que  te dura, ya toda la existencia. Otras veces fue resultado de nuestro empeño, de nuestra personal decisión que tomamos por razones que nunca explicamos a nadie, ni siquiera a nosotras mismas.

Fuimos madres reidoras, divertidas,  satisfechas que disfrutamos de la infancia feliz y cansada de quienes giraban en torno a nosotras, pidiendo amor y papillas, higiene y canciones de cuna. Que a veces tuvimos instructoras  que nos silbaban en el oído, pero otras,  estuvimos solas, sin manual de instrucciones  y así superamos largas noches de insomnio por un diente impertinente o un oído doliente.MAMA

Fuimos madres dedicadas, esforzadas, empeñadas. Sufridoras, preocupadas, siempre intentando estar a la altura del desafío que significaba hacerse cargo en cuerpo y alma del destino de otro ser. Hasta que comprendimos que, en realidad, su  destino estaba en sus manos, no en las nuestras. Y lo que hacen las madres , en realidad, es solo intentar colocarte en la mejor posición de salida,  abrocharte unos buenos zapatos que no te hagan tropezar a mitad camino, y mirarte, ya calladas, mientras que inicias el recorrido.

Somos madres definitivas que jamás abdicamos, que nunca  dejamos de repasar cada noche la lista de nuestros retoños aunque sean hombres y mujeres autónomos y autosuficientes, competentes en sus vidas y soberanos en sus decisiones. Pero somos sus madres, lo hemos sido siempre, y lo seguiremos siendo porque  hemos peleado por construir vidas completas, las suyas y las nuestras, y entre ambas, a pesar de la  distancia visible e invisible, existe un  vínculo que es permanente e indestructible.

 

SANTA Y MADRE IGLESIA

No son tiempos de diatribas e improperios, pero hace falta un desahogo para manifestar la bilis que produce ver como la Santa Madre Iglesia, ejerciendo como siempre poco de Santa y menos de madre, en circunstancias como las que vivimos se queda totalmente al margen, callada como una zorra y disculpen el sesgo sexista, como si no estuviera en su mano colaborar, y de forma importante, en la situación que estamos viviendo.
IGLESIALa Iglesia Católica española posee como es público y notorio, infinidad de propiedades, casas de retiro, colegios mayores, residencias, seminarios, albergues…que podría poner al servicio de las necesidades colectivas que hoy por hoy se centran en espacios habilitados para atender y cuidar a los enfermos. La Iglesia, esa organización multinacional y multimillonaria dispone de enormes bienes patrimoniales y sobre todo, de una liquidez financiera que ya quisieran para sí muchos gobiernos. Esos que están movilizando recursos económicos desde el empeño en dar protección a los más desfavorecidos y vulnerables.
La Iglesia española como institución que se autootorga un protagonismo indiscutible en la vida social y cultural de este país, que defiende con uñas y dientes un derecho casi prehistórico a ostentar la representación de una gran parte de la ciudadanía, tendría ahora una ocasión irrepetible de demostrar quien es y a quien sirve. De hacer efectiva esa compasión y caridad que tanto predican. Esa que practican con dedicación y absoluta coherencia gran cantidad de religiosos y monjas que trabajan a pecho descubierto, cuidando y velando por el bienestar de la gente todos los días de su vida.
No se trata de lavar conciencias con donaciones engañosas, como hacen otros. Se trata de abrir sus puertas doradas y ofrecerlas para lo que haga falta, como espacios de cuidado y atención. Se podría – sin dejar de orar que toda ayuda es poca- dar bien fuerte con el mazo a este virus bastardo, con donaciones necesarias no solo para la adquisición de recursos inmediatos sino para dar continuidad a las investigaciones necesarias para que esta plaga, que no tiene nada de bíblica, no vuelva a repetirse jamás.
Iglesia de los pobres, de los enfermos, de los sufrientes…dice llamarse. Ojalá diera la cara y extendiera ese manto infinito del que tanto presume poniéndolo al servicio de quien lo necesita aquí y ahora. Y no para hacer esa caridad que humilla y doblega, sino desde la generosidad que no pide nada a cambio y se sustenta en el respeto absoluta a la dignidad de las personas.