LA REHABILITACIÓN

Cuando te quitan la escayola es como un parto en el que lo peor ha pasado y lo que se avecina tiene buena pinta, aunque no hay nada asegurado.

El brazo va a su bola y te recuerda constantemente su existencia con dolores de diferente clase e intensidad en cuanto te despistas y crees que eres una persona completa.  Los dedos de la mano que en principio no han sufrido ninguna rotura, son víctimas colaterales de la larga inmovilización. Aparecen morcillones, desteñidos, flácidos y absolutamente inútiles. Como mucho puedes moverlos a modo de saludo casual, sin extralimitarte demasiado.

Así que acudes a la consulta de rehabilitación esperando algún milagro que de forma instantánea te devuelva el control de todas las partes de tu cuerpo. Y claro, no es así, sino que la leve manipulación realizada te hace sudar la gota gorda anticipando dolorosas sesiones para conseguir el magnífico objetivo de cerrar el puño , aunque sin poder atizarle a nadie como desahogo.

Ya en la salida, esperando la recogida como el trasto inmovilizado que eres y en plena campaña de autocompasión llega una ambulancia de la que baja una chica peculiar que va en silla de ruedas. Pelo largo ,orejas perforadas, piel tatuada.. algo más de veinte años.

Tiene las dos piernas amputadas por debajo de la rodilla pero, riendo, desafía al conductor de la ambulancia que debía ayudarla y emprende una carrera a base de brazos para superar la corta rampa que la llevará a su sesión de rehabilitación, seguro que infinitamente más dura. Debe ser muy gamberra.

Tras verla, se acaba para siempre la autoterapia compasiva y queda desmontado hasta los cimientos el discurso de la lamentación. Queda claro el grado de estupidez al que nos conduce creernos el centro del mundo perdiendo totalmente el sentido de la relatividad, que no es una fórmula matemática descubierta por Einstein, sino la capacidad de entender la realidad propia y ajena desde la empatía y la objetividad.

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