Si contraer una enfermedad y tener que aprender a convivir con ella ya es una mala jugada del destino, cuando la enfermedad es el SIDA, todavía el desafío va más allá.
En sus orígenes, cuando todo era desconocido, misterioso y enormemente amenazador, la infección por VIH se consideró desde la ignorancia supina, claro, como una especie de maldición bíblica, castigo celestial a las gentes de mal vivir cuyas conductas depravadas merecían un castigo divino del que no se iban a librar.
Fueron tiempos oscuros, difíciles de sobrellevar para los enfermos con escasas, casi nulas, esperanzas de futuro, que además debían intentar disfrazar ante la sociedad su padecimiento, porque darlo a conocer era arriesgarse a sufrir un rechazo explícito y enormemente cruel. Luchando contra prejuicios infundados que asignaban alegremente culpas y responsabilidades
No es que la empatía salve vidas, pero es evidente que ayuda a vivir ese último tránsito con alguna serenidad. En la década de los años 1990, la infección por VIH y el posterior desarrollo del SIDA era la primera causa de muerte en la población de 25 a 44 años en España. El señalamiento social de las personas que al desarrollar la enfermedad no podían ocultarla y era estigmatizadas por su apariencia física o a la vista de sus síntomas evidentes es uno de las respuestas más inhumanas y crueles que se pueden presenciar.
Contraer la infección por VIH era una sentencia inexorable que obligaba a afrontar un pronóstico fatal, junto al estigma social que llevaba aparejada esta enfermedad, manifestada a veces de forma ostentosa e irracional, fruto del miedo que deshumaniza y anula principios morales básicos de convivencia y solidaridad.
Casi 40 años de que se iniciara la epidemia de VIH y sida en el mundo, la infección ahora ha pasado a ser una enfermedad crónica. Nada que ver con la condena que representaba en los inicios de la enfermedad, que ha causado la muerte de 36 millones de personas en todo el mundo y 60.000 en España, desde 1981.Solo se conocen los casos de tres personas en todo el mundo que han logrado superar el VIH, es decir, hacerlo desaparecer de su organismo. Aun así, una detección precoz y un tratamiento adecuado permiten hoy a la persona portadora tenga una vida de calidad y una esperanza de vida similar a la de la población sana.
A día de hoy se estima que, en nuestro país viven con VIH entre 1.360.000 y 162.000 personas. Es decir, personas que portan el virus aunque no han desarrollado la enfermedad. La mayoría conoce su situación y sabe que con el tratamiento adecuado su esperanza de vida supera en mucho los 2-3 años prometidos en la década de los 90. También conoce su responsabilidad individual a la hora de evitar el contagio.
El 1 de diciembre se conmemora el Día Mundial de la Lucha contra el SIDA. Un día dedicado a la divulgación, a la concienciación y a la eliminación del estigma que acompaña a todo aquel que se ha contagiado con el VIH. Un día en el que se reconocen los avances en la investigación de medicamentos que han permitido que la infección por VIH y sida haya dejado de ser una sentencia de muerte en la mayoría de los países.
Con todo, no está mal recordar, que, del SIDA, como aprendimos con el coronavirus, no nos libraremos en la medida en que no se reconozca que las oportunidades de supervivencia han de ser iguales para todas las personas. Y aprendamos que el miedo y la ignorancia, los prejuicios y las aprensiones, ni curan ni protegen, sino que nos hacen más vulnerables.




