Esta semana ha sido el cumpleaños de una chavala cuyo destino está escrito desde que nació. Ha cumplido 18 años Leonor de Borbón, princesa de Girona, de Viana, duquesa de Montblanc, condesa de Cervera y señora de Balaguer, dice la Wikipedia. Heredera que un día ocupará el trono del Reino, con la esperanza de que el retiro de su padre no sea tan tormentoso como el de su abuelo.
Criatura expuesta al escrutinio público casi desde que nació, su vida tiene una vertiente aparentemente envidiable, pero otra que, bien pensado, da bastante lástima. Porque cuando se han presidido miles de actos solemnísimos, soltado cientos de discursos que otros han escrito, estrechado millones de manos de personas desconocidas, …aunque se viva en una jaula dorada, donde las necesidades básicas y mucho más estén cubiertas, el balance tiene que doler. Aunque sea un poquito. Al fin y al cabo, la aspiración de cualquiera es vivir la vida como se quiera, cómo y con quien se desee, algo que, evidentemente, no está al alcance de esta cumpleañera. Por eso, ningún mal hay que desear a la jovencita, que como persona y ciudadana merece todos los respetos y tiene todos los derechos.
Pero otra cosa es enjuiciar la institución de la que forma parte y de la que un día ostentará la representación, magnífica con su cetro de armiño y su capa de oro, o al revés, que en materia de lujos y boatos es difícil estar muy puesta
Una institución, que ya en 2018, dos de cada cinco españoles eran partidarios de abolir. Porcentaje que en 2021, ascendió al 39.4% según encuestas independientes, dado que el CIS dejó de preguntar temiendo la respuesta a la pregunta.
El mantenimiento de la Casa Real se cifra en unos 8,5 millones de euros al año consignados tal cual en los Presupuestos generales del Estado. En honor a la verdad, no es de las más caras de Europa. Nada que ver con la monarquía británica que el pasado año obtuvo 100 millones de euros para gastos oficiales. Aunque el problema, sinceramente, no solo es la pasta. Somos gente que sabemos rascarnos el bolsillo, si el objetivo lo vale. Pero el caso es que cada vez más surgen dudas sobre la utilidad de una institución que en pleno siglo XXI parece más relacionada con el Juego de Tronos que con la Inteligencia Artificial.
Preguntar por la función de la monarquía en una prueba de acceso provocaría sin duda un buen sofocón a la mayoría de estudiantes porque la respuesta no es fácil. De hecho, uno de los factores que ha permitido la supervivencia de las monarquías europeas es su capacidad de pasar inadvertidas, de ser discretas, sin intervenir, ni molestar demasiado. Son un puro decorado, lleno de simbología y de nostalgia que al perpetuarse dicen algunos, nos indica de donde venimos obviando que ya sabemos que, en última instancia, provenimos de los monos.
Sin embargo, para muchas otras personas, no es más que una rémora, una manifestación de los privilegios e injusticias que se aceptaban en sociedades pasadas, estrictamente divididas entre los de arriba y los de abajo. Consideran que su carácter hereditario dinamita cualquier criterio de justicia implicando una contradicción insuperable con una democracia real basada en la elección y no en la designación.
Hacen trampa quienes ensalzan a las mujeres “reales”, destacando el poder que, en realidad, no tienen. Porque el feminismo es una apuesta absoluta por la igualdad de derechos y oportunidades entre todos los seres humanos. Y esa es precisamente la premisa que la Monarquía niega con soberbia, proclamando que su cuna y genealogía les otorga sus exclusivos privilegios.

