El blog de Mar Vicent Artículos destacados

LA CELEBRACIÓN DE LA MUERTE (1.11.2021)

La fiesta que se celebrará el próximo Lunes -Día de Todos los Santos la llama el calendario- se la inventó como es habitual, un Papa, Gregorio IV, que decidió festejar en tropel a todos los santos, conocidos o desconocidos, incluyendo a quienes alcanzaron el ansiado estatus de santidad tras una obligada temporada en el Purgatorio. Su loable objetivo era no olvidar a ninguno, puesto que, aunque canonizados hay cantidad,  existe además una inmensa cantidad de santos desconocidos (seguramente aquí se podrá incluir a las santas) que también merecían reconocimiento.

Otra cosa es la celebración del día siguiente, Día de los fieles difuntos, (rasgo éste de la fidelidad que no queda claro si excluye automáticamente a los infieles) en la que para ser protagonista ya no hay que ser santo y vivir la vida eterna. Aquí, se produce una curiosa mezcla entre la celebración religiosa compartida entre ortodoxos, anglicanos o católicos y las arraigadas tradiciones culturales de muchos países latinoamericanos. Las celebraciones religiosas se centran en orar por las almas de las personas difuntas para desearles suerte y pronta llegada al paraíso que sea, dando por hecho que muchas de ellas todavía estarán a mitad camino. Las otras celebraciones, vinculadas al culto a la muerte, de origen remoto y vinculadas a ritos paganos, resultan mucho más divertidas.

A ambas fechas y celebraciones, se une ahora el Halloween anglosajón, fruto de un marketing eficiente que fomenta la imitación sustentada en un papanatismo congénito. Es evidente nuestra afición a las fiestas propias y ajenas, pero parece cuestionable la adopción de costumbres foráneas por simple imitación bien teledirigida.  La fiesta de Halloween de origen irlandés se celebra el 31 de octubre por la noche e implica la aparición de calabazas, arañas y otros accesorios exóticos junto a juegos de palabras incomprensibles.

Aquí en España y en nuestra ciudad, más allá de la disquisición histórica y de la clarificación del calendario, el 1 de noviembre es el día en que florecen nuestros cementerios Y no es una metáfora. Lo que no son más que espacios de piedra que suelen estar en respetuoso silencio, se convierte ese día y los precedentes, en una explosión de colores, de olores, de floración natural o de plástico, que es difícil distinguir a veces. Ese día los patios silenciosos y las avenidas solitarias se llenan de conversaciones, de saludos, de presentaciones formales y de abrazos sentidos. A veces hay lágrimas, pero suele haber serenidad y resignación porque muchas de las despedidas ya están hechas. Es el momento de la reflexión existencial, del rescate de anécdotas nunca olvidadas y de compartir nostalgias rememorando rostros, tactos, olores y sonidos que reconstruyen a las personas que se fueron y que estimamos igual que cuando marcharon.

Hay personas, sin embargo, que no necesitan un día al año, ni un paseo al cementerio para recuperar a su gente desaparecida porque, aunque no ven cosas, sus muertos van con ellos, silenciosamente partícipes de sus vidas cotidianas, quizás haciéndose un poco pesados, pero reales y queridos como lo fueron cuando eran de carne y hueso y se les podía abrazar.

Hay grandes diferencias entre el culto a la muerte y la compañía de los muertos. Lo primero, tiene mucho de metafísico y misterioso, de oscuro y tenebroso, causando cierta desazón. Quienes viven tranquilamente su vida, acompañados de sus muertos privados, son discretos y no necesariamente gente triste. Lo hacen en silencio, de forma íntima y cotidiana. No rinden culto a nadie, pero los llevan sin ningún tipo de sentimiento trágico ni funerario en su corazón y en su recuerdo. Hasta que la muerte los vuelva a juntar.

APOSTANDO POR LA VIDA

Hay que tener el corazón de piedra y la mente en blanco para asumir  que más de medio centenar de mujeres perderán la vida en el próximo año sólo por ser mujeres o que la mitad de las mujeres con las que convives y a las que estimas, sufrirán en algún grado la violencia machista. Es lo que va a pasar, según advierten predicciones basadas en datos objetivos, mucho más precisas que las de Nostradamus.

Hay que carecer de alma para resignarse ante las agresiones sexuales que se producen en este país cada cuatro horas. O para sentirse indiferente ante el acoso sexual en el trabajo, que no es más que la manifestación de la violencia machista en horario laboral. Es lógico descomponerse frente a la inocencia de las criaturas, ante la posibilidad de que algunas acaben convirtiéndose en víctimas y otros en verdugos.

Todo ello encardinado en un entramado cultural que alienta la sumisión de las mujeres y la soberbia de los hombres, convirtiendo en normalidad lo que no es más que una terrible y sangrante injusticia.   

La proliferación de casos,  la saturación emocional, la asfixiante impotencia  consiguen incorporar cada vez a más gente al pelotón de los duros de corazón , de  los cortos de vista y sordos al sufrimiento que no quieren comprometer su existencia con causas que consideran o bien imaginarias o bien perdidas.

Hay demasiadas excusas para la inacción, para ponerse de perfil y no leer la noticia que avanza el titular, para huir de otro  relato patético y preocupante de sangre y miseria. Influye también la decepción ante la incoherencia de quienes preparan el discurso adecuado en la circunstancia apropiada pero no consiguen esconder el infame postureo que sustenta su actitud. Se suman además los discursos que niegan lo evidente y rematan a las víctimas, quitándoles credibilidad y la oportunidad de ser recordadas como inocentes que perdieron injustamente la vida. Se añade el cansancio legítimo y explicable de quien lleva años invirtiendo inteligencia, tiempo y energía, en esa guerra sin tregua contra una violencia desatada, irracional y eminentemente cruel. Ahí se va acumulando la desesperanza que carcome y debilita ante un combate permanente en el que todo el mundo pierde.

Pero con todo y a pesar de todo, llega el 25 de noviembre, Día internacional contra la violencia machista, y se vuelven a llenar las calles y se percibe la fuerza de una ciudadanía que quiere vivir en la paz y en el respeto. Sería injusto negar la existencia en esta ciudad y en otras muchas, de personas que no se acomodan a vivir en una sociedad, podrida en su indiferencia, que no han perdido su capacidad de rabia e indignación ante los discursos que niegan la evidencia más desgraciada, desde la mentira y la manipulación.  

Todas ellas saben que es la desigualdad es la que alimenta al monstruo de la violencia. Que son esas grandes diferencias en la situación de unos y otras, la inexistencia de un reparto equitativo de la riqueza, del empleo (aunque del bueno no hay casi para nadie), el sometimiento de las mujeres, que a las buenas o a las malas, deben aprender y ejercer sus ancestrales, imprescindibles y jamás reconocidas tareas de cuidado, las que sustentan el edificio donde la violencia sobre las mujeres es útil y admisible.

 Ese edificio lo vamos a destruir.  Ojala más pronto que tarde, a base de  constancia sin treguas ni rendiciones, de contundencia en las acciones y de total beligerancia con las actitudes falsas e hipócritas. Siempre que permanezcamos unidas, apostando por la vida y un futuro feliz para todas las mujeres.

A OSCURAS Y CON MIEDO

Llevan semanas metiendo miedo con el gran apagón. Aunque afortunadamente parece que el 70 % de la población no ha picado en la engañifa y no cree en esa posibilidad fantástica y malintencionada que predice una catástrofe mundial en la que se fundirían todas las bombillas a la vez y volveríamos a tener que encender hogueras con palitos y pedernales en hogares fríos e inhóspitos. A señalar que la ocurrencia ha permitido la lectura de ingeniosas propuestas en materia de kits de supervivencia que recomendaban desde pasaportes por si alguien quería hacer turismo aprovechando la oscuridad, hasta aguja e hilo para quien le apeteciera dedicarse a hacer punto de cruz a la luz de las velas. Lo cierto es que las ferreterías avisaron que se les terminaron los hornillos de gas y las linternas. Que se agotaron las velas y hubo demanda extra de pitos, cuya utilidad no está clara del todo. Dato curioso que la demanda se concentrara en una clientela de avanzada edad quizás con más memoria para rememorar tragedias pasadas.

El gran apagón es una gran mentira. Lo afirman por activa y por pasiva, autoridades científicas, políticos de diferentes colores, pero, en todo caso, respetuosos con la verdad… Sin basarse en opiniones interesadas o en debates trucados, sino a partir de informaciones contrastadas y rigurosas sobre la red eléctrica de nuestro país, su capacidad y su funcionamiento. Pero la verdad no acaba de imponerse sobre el ruido y las mentiras.

¿A quién les interesa cultivar la tóxica planta del miedo? La respuesta es fácil: a los que lo aprovechan para llevarnos, como ovejas memas y manipulables, al redil donde mejor serviremos a sus intereses. Si se canaliza debidamente el miedo a quedarnos sin trabajo o a ser pobres como ratas a pesar de tenerlo, el miedo a no tener pensión o que sea tan escasa que sólo nos permita morirnos poco a poco o el temor a quedarnos sin casa porque no podamos mantenerla o nos la ocupen, será más fácil alcanzar esa sociedad neoliberal en su versión más pura, con mano de obra barata y esclava, diseñada para la supervivencia del más fuerte y el abandono de los más débiles e improductivos.

Si el miedo les sirve para echar por tierra todo el edificio de la convivencia entre las personas, construido y sustentado en la justicia social, la sostenibilidad y la solidaridad, , saldrán ganando algunos, es cierto, pero perderemos la inmensa mayoría, al formar parte involuntaria e irrelevante de una sociedad donde no seamos ciudadanos sino supervivientes y no exista la política, entendida como el arte de convivir y resolver juntos los problemas comunes, porque la convivencia sea una fantasía y los problemas, angustias individuales a resolver en completa soledad.

El miedo nos hace egoístas, insolidarios, casi hasta la idiotez. En su forma más extrema nos hace perder las capas de civilización, de humanidad hasta convertirnos en seres tan básicos como los animales a los que solo preocupa la propia seguridad, la propia supervivencia…. El miedo nos deshumaniza, nos entontece y se lo pone fácil a la demagogia que fomenta el individualismo y la falta de empatía.

El miedo es tóxico, nos envenena y cambia nuestras prioridades. Para una sociedad temerosa y acongojada la necesidad más apremiante es la seguridad. Sentirse protegida a costa de lo que sea, aunque paguen justos por pecadores, aunque se cometan injusticias, se pierdan derechos para garantizar la autoprotección o se renuncie a libertades. Quien controla el miedo de la gente, se hace el amo de sus almas, decía Maquiavelo. Y por nuestro peor miedo debería ser vivir en el miedo.

OBESIDAD LETAL

La gordura es un concepto relativo, como es bien sabido a la vista de las enormes variaciones que a lo largo de la historia ha habido sobre el standard deseable relacionado con el peso y formas de los seres humanos. No hay uniformidad de criterios y lo que en un país es belleza, en otros no es más que un saco de huesos o, por el contrario, el cuerpo que unos aprecian, para otros no es más que adiposidad y flacidez.

En todo caso, a estas alturas, los criterios sanitarios deberían primar sobre los estéticos, por lo menos en aquellas sociedades que tienen el privilegio de poder elegir.

Hoy, la obesidad de personas adultas y menores es un problema en este país. Que el 40% de los niños/as, uno de cada tres, tengan sobrepeso es un serio aviso de lo que vendrá después: graves problemas de salud  que comprometerán la calidad de vida de esos niños que serán adultos,  sufridores de patologías que podrían haberse evitado.

De ahí, la medida del Gobierno de limitar la publicidad de alimentos, que entrará en vigor en 2022 y abarcará todos los medios, incluida televisión, radio, redes sociales y aplicaciones. Se pretende prohibir que se publiciten como alimentos, productos que en realidad no son tales, insanos por definición o que falsifican su composición. Impedir que seduzcan con malas artes a la gente pequeña que es mayormente la que sufre el bombardeo y se hace adicta a productos comestibles pero insanos. Cierto que las medidas restrictivas por definición, no gustan y producen rechazo, pero a veces hace falta prohibir determinadas conductas peligrosas para uno mismo y los ajenos, a riesgo de tener que oír ridículas e irresponsables declaraciones de personajes públicos que se atreven a reclamar, por ejemplo, su derecho a beber y conducir sin mesura ni restricción.

La publicidad al servicio del negocio de la alimentación nos hace comer con los ojos sucumbiendo ante envases coloridos, de productos de escasa calidad, que te regalan tonterías innecesarias. Fomenta la imitación de modelos estereotipados de criaturas angelicales, gente joven guapa o personas ancianas de melenas blancas y dentaduras perfectas que se hinchan a comer chocolatinas. Es sibilina la intención de quien dispone las estanterías de los supermercados para que, en las cajas, donde se realizan las esperas y a la altura de los ojos de la gente pequeña estén todos esos productos, baratos, atractivos, insanos y perfectamente prescindibles.

Con todo, la lucha contra la obesidad requiere abrir otros frentes como la educación nutricional, el fomento de la actividad física o la reducción de grasas y azúcares en determinados productos. En Japón, la introducción de la asignatura de educación nutricional en los colegios redujo en un 20% la obesidad infantil en dos años. Hay  familias dispuestas a comer bien pero que no saben cómo hacerlo. Quizá por ello, el 60% de los escolares desayuna galletas y solo dos de cada diez toma fruta fresca en la primera comida del día.

Cada cual come y da de comer lo que quiere, es cierto. Faltaría más. Pero asumiendo que la salud que deseamos fervientemente para quienes estimamos depende en gran medida de la alimentación, sabemos sin lugar a dudas que no es lo mismo alimentarse de gominolas, chocolatinas y bollicaos que de lechugas, lentejas y plátanos. 

El resultado final en nuestros cuerpos no será igual ni de lejos, y por eso, para empezar, sean bienvenidas las medidas que apoyan a quienes con nervios de acero han de hacer frente a los aullidos infantiles que exigen su ración de azúcar  o al ansia irracional de un bombón para sobrevivir.

TÓCATE LAS TETAS

Ese el consejo, directo y contundente que ha facilitado una diputada en el Congreso con motivo de la reciente celebración del Dia Mundial de la lucha contra el Cáncer de mama, jornada en la que todos nos acordamos de esa maldita enfermedad. Aunque hay quien se acuerda de ella todos los días porque le ha tocado sobrellevarla, enfrentarse a ella y vivirla en primera persona, por lo que no hace falta que nadie les recuerde nada, ni les dé lecciones de coraje y superación.

Solo en España, cada año se diagnostican alrededor de 28.000 nuevos cánceres de mama. Una de cada ocho mujeres lo padecerá en algún momento de su vida.

Por eso, el consejo de la diputada es acertado. Lo primero que hay que hacer para enfrentar una enfermedad que mata a 6500 mujeres al año es intentar prevenirla, detectarla con la mayor anticipación posible porque así las posibilidades de superación serán mucho mayores, como todo el mundo sabe. Y hacerlo no sólo ha de depender de la actuación individual (tócate…) sino de la existencia de programas de cribado suficientes que contribuyen a reducir hasta en un 30 % la tasa de mortalidad.

Lo que todo el mundo no sabe es que el cáncer de mama tiene causas multifactoriales, lo que quiere decir que nadie está predestinada a sufrirlo ni nadie está libre de padecerlo. Lo que todo el mundo debería saber es que lo peor que se puede hacer cuando se trata con personas enfermas es adjudicarles cualquier tipo de responsabilidad o culpa, por sus hábitos, sus antecedentes o sus circunstancias.

Otra cosa que solemos hacer fatal es afrontar la enfermedad como una batalla, en la que se vence o se muere, porque de ahí se infiere que quienes fallecen son perdedoras que no fueron capaces de alcanzar la victoria. Quizás sería mucho mejor abandonar todas esas metáforas bélicas que hablan de guerra contra la enfermedad, de derrotas y triunfos y considerar la enfermedad como lo que es: un suceso vital aleatorio que no hay que afrontar con resignación pero que hay que vivir con serenidad y confianza en el futuro.

Tampoco hay que permitir que los lazos rosados disimulen la dureza de la enfermedad y nos hagan olvidar donde están las soluciones. No es en las carreras populares, en los desfiles de modas o en las camisetas apropiadas, todas ellas iniciativas surgidas mayormente de la buena voluntad que, sin embargo, no deben ocultar los elementos que en realidad nos protegen de la enfermedad.

Uno es una Sanidad pública, fuerte y bien dotada de todos los recursos necesarios desde tecnología punta hasta personal sanitario especializado. En este terreno, como en todos aquellos que comprometen la vida de las personas no puede haber listas de espera, pruebas demoradas, consultas tardías, tratamientos condicionados por la economía… La Sanidad pública y quienes la defienden con hechos y no con palabras deben contar con el apoyo incondicional de todas las personas que son y serán susceptibles de necesitar sus servicios, sin que el tamaño de su cartera importe.

El otro es la existencia de líneas de investigación científica que no sean reclamos testimoniales, de bajo coste y escasa proyección. Hace falta mimar al personal que investiga tratamientos, que mejora procedimientos de cribado y detección, que persigue un conocimiento amplio y profundo de la enfermedad para detectarla y curarla con la mayor rapidez. Sus frutos se verán a medio y largo plazo, pero deben contar con los recursos presupuestarios para hacer su trabajo durante el tiempo que sea necesario hasta conseguir los objetivos propuestos.

Esta es la receta: ponte el lacito, vota sin equivocarte y tócate las tetas.

LA REGLA DE LA DESIGUALDAD

La menstruación, la regla, el periodo, el mes…en fin, es ese suceso que les pasa a las mujeres y solo a las mujeres todos los meses de su vida a partir de cierta edad y no desaparece hasta alcanzar otra o durante los embarazos,  si éstos se producen. Es un fenómeno que tiene poco de fenomenal, del que todo el mundo tiene referencias en propia experiencia o por relato ajeno, pero del que bien poco, casi nada, se habla. Resulta un tema como muy privado, muy íntimo, algo poco elegante, poco apropiado para conversación de ascensor lo que   en verdad tiene cierta lógica,  en línea a la discreción que se aplica a otras funciones fisiológicas sobre las que se impone un pudoroso silencio social.

En todo caso, la menstruación sigue siendo para muchos y en demasiados sitios, un tabú que se sigue asociando con algo sucio, oscuro que es mejor callar y tapar. Tiene mala fama y se le acusa infundadamente de los cambios de humor en las mujeres, a pesar de la existencia de variados y sesudos estudios que desmienten que los cambios hormonales tengan  ningún impacto en la memoria, la atención el buen talante. Pero ha habido momentos de la historia en los que se consideraba que la sola presencia de mujeres con la regla podía causar daño a las plantas, los alimentos o los animales. A día de hoy hay culturas que consideran a las mujeres y niñas fuente de desgracia e impureza durante esos días por lo que son excluidas de ceremonias, se les prohíbe manipular alimentos o son incluso obligadas a abandonar la casa.

En las sociedad occidentales y modernas, donde las consecuencias no son tan crueles e injustas, existen también realidades relacionadas con la menstruación que hasta ahora no recibían reconocimiento ni respuesta. Rectificando en esa cuestión, y abordando por ejemplo las necesidades especiales que pueden generarse en el ámbito laboral, se aprobaron recientemente medidas como el permiso menstrual   en Ayuntamientos como el de Girona y Castellón.

Lo cierto es que, a pesar del respeto exigible para el tratamiento de este tipo de cuestiones íntimas y privadas, lo que no conviene es ocultar hechos relacionados que comprometen y penalizan a las mujeres. Por ejemplo, lo que se conoce como pobreza menstrual, que sufren dos de cada 10 españolas e implica no solo carecer de medios para la adquisición de productos de higiene menstrual, sino también no tener agua potable, jabón y otros recursos esenciales para la higiene y salud íntima.

Por ese motivo se han presentado nada menos que 70.000 firmas en el congreso pidiendo la gratuidad de los productos de higiene menstrual. Y no solo eso: su petición incluye la reducción del IVA al 4%, desde el 10% que se paga ahora, un estudio sobre el impacto de la pobreza menstrual en España y campañas de sensibilización y educación sobre el tema.

A quien le parezca exagerado el tema, se les debería hablar de las niñas que faltan a clase en este país determinados días del mes porque no tienen los medios adecuados para evitar vergüenzas indeseadas o de las mujeres adultas que, en tiempos de estrecheces como vivimos, han de elegir entre comprar compresas o arroz para comer. Quienes tienen dudas de la necesidad de educar sobre este tema, tan natural como la vida misma, deberían saber la cantidad de prejuicios, monsergas y engañifas relacionadas con el asunto. Desde creer que la menstruación protege de embarazos indeseados hasta que andar descalza incrementa los cólicos menstruales o es perjudicial lavarse el pelo en esos días.

La menstruación es un fenómeno que, ciertamente, sucede solo a las mujeres, pero no es un tema que solo a ellas les competa, porque es un tema de derechos humanos, de dignidad  y , una vez más, de discriminación en la medida en que a pesar de su envergadura, ya que afecta a más de la mitad de la población , todas ellas mujeres, no obtenga los recursos exigidos para que no suponga para nadie, en ningún caso, una limitación, una penalización o un estigma.

DESPIDOS IMPROCEDENTES (26.5.2021)

Fue una cifra que pasó desapercibida, dicha con la boca pequeña, emparedada entre noticias mucho más impactantes que la actualidad proporciona con toda generosidad. Decía que la Consellería de Sanidad, obligada por las limitaciones de la todopoderosa Hacienda, no iba renovar 4000 contratos covid a profesionales de la sanidad valenciana perdiéndose así, sobre todo, puestos de enfermería, pero también de personal médico, celador o técnicos de laboratorio.

El departamento Xàtiva-Ontinyent, tenía el dudoso honor de ser, junto con la Fe, el área donde más se iba a adelgazar la plantilla ya que de las 442 personas contratadas, se verían en la calle el 42%, es decir 184 personas.

Una medida que parece lógica y coherente ya que ante la previsible y deseada desaparición de la pandemia, minimizados los ingresos hospitalarios y las UCIS casi vacías, ningún sentido tiene mantener un personal que cuesta una pasta. No vaya a pasar como con los 270 millones de euros que la Iglesia destina a pagar sueldos de curas, obispos y cuotas de la seguridad social.

Es mejor apuntarse -es tan buen momento como cualquier otro- al ahorro público, que ya nos gastamos 60.000 millones en salvar a los bancos de la quiebra, para que ahora, los muy desagradecidos, llegado el momento de repartir beneficios y subir sus astronómicos sueldos de directivos, ni se les ocurra saldar deudas que, por otra parte, nadie les reclama

El personal sanitario, cumplido satisfactoriamente su papel, ya recibió tantos aplausos como los trapecistas del circo, de un público que siempre reconocerá su trabajo y les estará agradecido. Aunque el reconocimiento de sus méritos no impida que se prescinda de sus servicios, cuando dejan de ser necesarios.

Pero es así? Esa es la cuestión a la que habría que responder con rigor y sin mentiras pero con inteligencia, intentando evitar cualquier falseamiento o manipulación de la realidad para lograr que encaje nuestra respuesta preferida. Sin tratar de hacerle un favor a nadie, pero anticipando una realidad que no conviene negar.

El primer factor es el deseo de no tropezar dos veces en la misma piedra. Si el viento cambiara y hubiera que enfrentar nuevas olas letales, sería imperdonable no contar con un sistema dotado del personal necesario para hacerle frente y proteger eficazmente la salud pública. Se trata de no repetir las patéticas situaciones vividas al principio de la pandemia cuando la escandalosa escasez de profesionales obligó inicialmente a pedir la colaboración de personas jubiladas hasta que se pudieron hacer las imprescindibles contrataciones. Dejar en cuadro, otra vez, las plantillas y debilitar el sistema no parece una actitud muy inteligente ni previsora.

Además estamos en plena campaña de vacunación, una apuesta de enorme envergadura que pretende conseguir el mayor número de personas inmunizadas en el menor tiempo posible. Para ello hacen falta vacunas pero también personal, casualmente de enfermería.

Pero incluso más allá de las vacunaciones, el hecho es que la concentración de esfuerzos y recursos en el tratamiento del covid han generado retrasos en la detección y tratamiento de muchas otras patologías. Algunas, muy graves, y también otras no tan graves que imponen listas de espera insufribles, enormemente perjudiciales para la calidad de vida de las personas. Que se lo digan a quien espera una artroscopia o una prótesis de cadera durante 5 meses. O a quien tardarán más de 4 meses en quitarle las amígdalas o unos juanetes que pueden ser muy, muy fastidiosos.

Quizás no sea sólo problema de personal, pero desde luego, también se necesita personal. Con la salud no se juega, y con quien ha de cuidarla, tampoco se debería, ni se lo merece.

COMO MIURAS AL CAMPO

Es difícil conocer a alguien que haya manifestado claridad su deseo de morir por coronavirus, pero debe haberlos a cuenta de la gran cantidad de covidiotas que hacen lo necesario para obtener los puntos necesarios para no poder contarlo. Con la finalización del Estado de alarma, hay demasiados que han dado por finiquitada la pandemia y han salido como toros bravos al campo dispuestos a embestir contra cualquiera que les niegue su derecho a bailar la conga y brindar hasta reventar.

Debe ser un problema de falta de imaginación o de déficit de memoria. El primero impide anticipar situaciones nada deseables que pueden convertirse en realidad, ingrata y fúnebre. La desmemoria permite refugiarse en espejismos donde caben argumentos autocomplacientes que autorizan a la persona a ir a su bola, como una máquina quitanieves que aparta lo que molesta y allana el camino para circular por donde se quiere con toda comodidad. Ayuda que la gran mayoría de medios de comunicación trasladen imágenes de la felicidad negada tras la barra de los bares y no de la tragedia que se sigue viviendo entre batas blancas y respiradores.

Se puede entender el hartazgo y la amargura de quienes se ven privados de hábitos y costumbres que eran la chispa de su vida. Y no solo se trata de las cañas y los gin-tonic, que cualquiera diría que vivimos en un país de alcohólicos. Se trata de un rasgo identitario del país con más bares y restaurantes por persona de todo el mundo: uno por cada 175 habitantes, sumando en total 277.539 establecimientos gastronómicos, según el Instituto Nacional de Estadística. Una oferta de ocio que no sólo se basa en el consumo, sino que supone un espacio fundamental de encuentro y convivencia entre las personas.

Lo que no es explicable es la estupidez humana -tan infinita como el Universo dicen- que ignorando las evidencias, desatendiendo las alarmas convierte a personas pensantes en seres irracionales instalados en el autoengaño que confunde los deseos con realidad.

La guerra contra el COVID no está ganada, aunque esta misma semana se publicara que en Xàtiva la incidencia era mínima y los contagios inexistentes. Pero en seis Comunidades autónomas el porcentaje de ocupación de las camas de UCI sigue estando en niveles extremos. Y en el

mundo, véase la India, las piras funerarias arden en la calle y se presencia con congoja la victoria total de la muerte, entre otras cosas, por haber abandonado toda prudencia de forma prematura.

Es cierto que llegados a este punto la gestión política deja mucho que desear, precisamente porque parece que se ha impuesto a los criterios científicos o sanitarios. Y eso desmoraliza y hace perder confianza y credibilidad, que son un capital necesario para mantener la autoridad moral necesaria para liderar una situación que exige sacrificios y renuncias.

El País valenciano ha dado ejemplo de inteligencia y responsabilidad colectiva que hoy permiten exhibir las mejores cifras de toda Europa en relación al control de la pandemia. Valores que no nos han librado, también en Xàtiva, de presenciar escenas que recuerdan al borracho suicida que cita al miura en la plaza. Protagonizadas por gente de toda edad y condición, ya que no es de justicia adjudicar a una determinada generación el monopolio de las conductas imprudentes e incívicas.

A estas alturas deberíamos haber aprendido que el problema sigue siendo colectivo y que no existen atajos ni huidas en solitario. Hace falta una dosis extra de coraje y responsabilidad para asumir, aunque duela, que sigue habiendo razones más que evidentes para las restricciones. Aunque también, cada vez más , razones para la esperanza.

AGUA

Agua que no has de beber déjala correr, dice el refranero a veces astuto, a veces francamente idiota. Y este es concreto, no es un buen consejo, porque el agua a día de hoy es un bien preciado y finito, a pesar de que se utilice y derroche como si las reservas fueran ilimitadas. Su gestión es hoy un elemento esencial en el gobierno de las ciudades tanto para facilitar su acceso en condiciones óptimas a la población, como para fomentar políticas de ahorro. Además, si procede, hay que impedir que factores añadidos, como el deficiente estado de redes de distribución a veces prehistóricas, generen daños materiales a viviendas y particulares, que son los paganos forzosos de una situación que no se puede cronificar.

En Xàtiva hay trabajo en este sentido, a la vista del festival de incidentes y accidentes causados por el deficiente estado de la red de abastecimiento que de vez en cuando, inunda alegremente viviendas y garajes. A eso hay que añadir, la reivindicación permanente y bastante justificada de una parte de la población que aspira con todo derecho a tener un suministro de agua potable con todas las garantías de calidad.

Todo ello no es una realidad sorprendente y repentina, sino resultado del muy deficiente estado de depósitos y cañerías que llevan años reclamando a gritos unas mejoras e inversiones que nunca han llegado. Es ejemplo válido de esas asignaturas pendientes que todo el mundo nombra en sus programas electorales pero que desaparecen mágicamente durante los años en que se dirige la gestión municipal para reaparecer cuando se vuelve a la oposición.

La costumbre parece hacer norma y nos hemos habituado a cortes de agua eso sí, previamente señalados con mucha amabilidad, que suceden un día sí y otro también. Últimamente parece que además de la ciudad de las fuentes donde el agua corre mansa, somos la ciudad de los géiseres, donde de repente el pavimento se abre y deja escapar un chorro de agua, furioso y

dañino. Los bajos y garajes de algunas zonas, en algunos barrios se convierten periódicamente en estanques de agua, y no precisamente japoneses.

Y todo ello, lógicamente va colmando la paciencia del vecindario que quizás no sea sabedor de los innumerables problemas que hay que superar para lograr una solución integral del problema pero que sinceramente, a estas alturas, mojados, cabreados y perjudicados, les da igual, porque quieren soluciones y no necesitan más explicaciones.

Un ayuntamiento progresista no puede de ninguna forma, permanecer impávido ante esas concentraciones de vecinos y vecinas cabreados que manifiestan su cabreo semana tras semana. No puede mirar a otra parte, no debe entender el conflicto desde la confrontación política y lavarse las manos, abandonando a quienes sólo disponen de agua sucia o ven dañadas repetidamente sus viviendas y garajes. Tiene que remangarse y articular soluciones definitivas, que no pueden ser el parcheo improvisado, sino la planificación de la inversión necesaria para garantizar la mejora estructural de la red hidráulica. No siendo cantidades menores y habiendo ayudas previstas para tal fin, hay que pelear con por ellas con el empeño suficiente y sin perezas recurrentes.

Lo que sea necesario para evitar que se cronifiquen, como está pasando, determinadas carencias básicas que alimentan unas protestas vecinales absolutamente justificadas. Porque no se puede pedir a nadie que viva desde hace 20 años consumiendo agua no apta para consumo humano, ni viendo caer la propia casa a cuenta de fugas y filtraciones.

No siempre el agua apaga fuegos sino que a veces, puede ser gasolina causante de graves incendios sociales que hay que atender con la urgencia que merecen.

MAMIS

Sirva la presente como aviso cariñoso a quienes andan preocupados reflexionando sobre la forma de honrar a sus progenitoras este próximo Domingo, Día de la madre, del que no hay forma de escapar, so pena de empobrecer muchos negocios que bastante castigados andan ya. Aunque lo material no es siempre -o casi nunca-, lo esencial, bien está que se promuevan en esta fecha diversos tipos de productos para su adquisición y ofrenda, con el objeto de intentar manifestar el enorme amor que las madres inspiran. De ahí el éxito de los perfumes publicitados por mujeres etéreas con pinta de no haber recogido en su vida un calcetín maloliente. O de otro tipo de obsequios como el delantal de cocina, la crema antiarrugas o el paragüas que acompañará a los otros diez en el paragüero, resultado de la pereza compradora o de cierto sadismo filial que por algún lado ha de manifestarse.

Viendo el lado serio de la cuestión, lo cierto es que este concepto del Día de la Madre, precisaría una urgente revisión . Porque para empezar, aquello de que “madre no hay mas que una” es, a día de hoy, una premisa discutible teniendo en cuenta los cambios sociales y culturales que hacen que el prototipo de familia tradicional resulte obsoleto al imponerse otros modelos que apuestan por el respeto a las decisiones personales e íntimas de las personas a la hora de escoger su pareja y/o criar a sus vástagos. Así pues, hay familias de dos madres, como de dos padres, y también familias de una sola madre, que por cierto en Xàtiva, a la vista del estudio realizado recientemente, son más frecuentes de lo que parece.

Sucede además que el concepto de madre también merece una valiente actualización. Porque ya sería hora de reconocer que madre no es sólo la que da a luz, la que ha vivido un parto, más o menos horroroso, que siempre será relato permanente en la propia biografía. Exactamente igual, extraña coincidencia, que la afición nostálgica de los hombres que hicieron la mili y no había cosa que más les gustara rememorar. Madres son también muchas mujeres que sin haber pasado por el paritorio, aman con locura, sin fisuras y hasta la muerte a criaturas, desde sobrinos a vecinas,

desde ahijados hasta cualquier otro menor con el que establecen por diversas circunstancias, un vínculo de amor que no tiene nada que envidiar en cantidad y calidad al que inspiran los hijos paridos con dolor y sin epidural.

Por otra parte, ser madre hoy ya no es lo que era. Y no es una afirmación hecha desde la nostalgia, sino desde la satisfacción de haber superado estereotipos que condenaban a las mujeres a maternidades asfixiantes y extenuantes, consideradas como una obligación anexa al sexo de carácter casi obligatorio para cualquier mujer, que si no era madre, bajaba muchos puntos en la escala del respeto y la aceptación social. Hoy ser madre es resultado de una libre elección tan lícita como la decisión privada e igualmente legítima de no serlo, porque las mujeres ya no son sólo potenciales gestantes. Hoy no se entiende que la maternidad descalifique a las mujeres como seres humanos que siendo madres, son también acreditadas profesionales, con proyectos de vida propios y aspiraciones que no tienen porqué sacrificar. Aunque siga habiendo un precio injusto y excesivo que pagar.

Con todo hay cosas, las mejores, que nunca cambian, ni deben hacerlo. Y ser madres, ejercer como tales, es indiscutiblemente un privilegio, una oportunidad generosa de vivir la existencia acompañando la vida de otras personas cuya felicidad importa más que la propia