La gordura es un concepto relativo, como es bien sabido a la vista de las enormes variaciones que a lo largo de la historia ha habido sobre el standard deseable relacionado con el peso y formas de los seres humanos. No hay uniformidad de criterios y lo que en un país es belleza, en otros no es más que un saco de huesos o, por el contrario, el cuerpo que unos aprecian, para otros no es más que adiposidad y flacidez.
En todo caso, a estas alturas, los criterios sanitarios deberían primar sobre los estéticos, por lo menos en aquellas sociedades que tienen el privilegio de poder elegir.
Hoy, la obesidad de personas adultas y menores es un problema en este país. Que el 40% de los niños/as, uno de cada tres, tengan sobrepeso es un serio aviso de lo que vendrá después: graves problemas de salud que comprometerán la calidad de vida de esos niños que serán adultos, sufridores de patologías que podrían haberse evitado.
De ahí, la medida del Gobierno de limitar la publicidad de alimentos, que entrará en vigor en 2022 y abarcará todos los medios, incluida televisión, radio, redes sociales y aplicaciones. Se pretende prohibir que se publiciten como alimentos, productos que en realidad no son tales, insanos por definición o que falsifican su composición. Impedir que seduzcan con malas artes a la gente pequeña que es mayormente la que sufre el bombardeo y se hace adicta a productos comestibles pero insanos. Cierto que las medidas restrictivas por definición, no gustan y producen rechazo, pero a veces hace falta prohibir determinadas conductas peligrosas para uno mismo y los ajenos, a riesgo de tener que oír ridículas e irresponsables declaraciones de personajes públicos que se atreven a reclamar, por ejemplo, su derecho a beber y conducir sin mesura ni restricción.
La publicidad al servicio del negocio de la alimentación nos hace comer con los ojos sucumbiendo ante envases coloridos, de productos de escasa calidad, que te regalan tonterías innecesarias. Fomenta la imitación de modelos estereotipados de criaturas angelicales, gente joven guapa o personas ancianas de melenas blancas y dentaduras perfectas que se hinchan a comer chocolatinas. Es sibilina la intención de quien dispone las estanterías de los supermercados para que, en las cajas, donde se realizan las esperas y a la altura de los ojos de la gente pequeña estén todos esos productos, baratos, atractivos, insanos y perfectamente prescindibles.
Con todo, la lucha contra la obesidad requiere abrir otros frentes como la educación nutricional, el fomento de la actividad física o la reducción de grasas y azúcares en determinados productos. En Japón, la introducción de la asignatura de educación nutricional en los colegios redujo en un 20% la obesidad infantil en dos años. Hay familias dispuestas a comer bien pero que no saben cómo hacerlo. Quizá por ello, el 60% de los escolares desayuna galletas y solo dos de cada diez toma fruta fresca en la primera comida del día.
Cada cual come y da de comer lo que quiere, es cierto. Faltaría más. Pero asumiendo que la salud que deseamos fervientemente para quienes estimamos depende en gran medida de la alimentación, sabemos sin lugar a dudas que no es lo mismo alimentarse de gominolas, chocolatinas y bollicaos que de lechugas, lentejas y plátanos.
El resultado final en nuestros cuerpos no será igual ni de lejos, y por eso, para empezar, sean bienvenidas las medidas que apoyan a quienes con nervios de acero han de hacer frente a los aullidos infantiles que exigen su ración de azúcar o al ansia irracional de un bombón para sobrevivir.
