El blog de Mar Vicent Artículos destacados

LA REGLA DE LA DESIGUALDAD

La menstruación, la regla, el periodo, el mes…en fin, es ese suceso que les pasa a las mujeres y solo a las mujeres todos los meses de su vida a partir de cierta edad y no desaparece hasta alcanzar otra o durante los embarazos,  si éstos se producen. Es un fenómeno que tiene poco de fenomenal, del que todo el mundo tiene referencias en propia experiencia o por relato ajeno, pero del que bien poco, casi nada, se habla. Resulta un tema como muy privado, muy íntimo, algo poco elegante, poco apropiado para conversación de ascensor lo que   en verdad tiene cierta lógica,  en línea a la discreción que se aplica a otras funciones fisiológicas sobre las que se impone un pudoroso silencio social.

En todo caso, la menstruación sigue siendo para muchos y en demasiados sitios, un tabú que se sigue asociando con algo sucio, oscuro que es mejor callar y tapar. Tiene mala fama y se le acusa infundadamente de los cambios de humor en las mujeres, a pesar de la existencia de variados y sesudos estudios que desmienten que los cambios hormonales tengan  ningún impacto en la memoria, la atención el buen talante. Pero ha habido momentos de la historia en los que se consideraba que la sola presencia de mujeres con la regla podía causar daño a las plantas, los alimentos o los animales. A día de hoy hay culturas que consideran a las mujeres y niñas fuente de desgracia e impureza durante esos días por lo que son excluidas de ceremonias, se les prohíbe manipular alimentos o son incluso obligadas a abandonar la casa.

En las sociedad occidentales y modernas, donde las consecuencias no son tan crueles e injustas, existen también realidades relacionadas con la menstruación que hasta ahora no recibían reconocimiento ni respuesta. Rectificando en esa cuestión, y abordando por ejemplo las necesidades especiales que pueden generarse en el ámbito laboral, se aprobaron recientemente medidas como el permiso menstrual   en Ayuntamientos como el de Girona y Castellón.

Lo cierto es que, a pesar del respeto exigible para el tratamiento de este tipo de cuestiones íntimas y privadas, lo que no conviene es ocultar hechos relacionados que comprometen y penalizan a las mujeres. Por ejemplo, lo que se conoce como pobreza menstrual, que sufren dos de cada 10 españolas e implica no solo carecer de medios para la adquisición de productos de higiene menstrual, sino también no tener agua potable, jabón y otros recursos esenciales para la higiene y salud íntima.

Por ese motivo se han presentado nada menos que 70.000 firmas en el congreso pidiendo la gratuidad de los productos de higiene menstrual. Y no solo eso: su petición incluye la reducción del IVA al 4%, desde el 10% que se paga ahora, un estudio sobre el impacto de la pobreza menstrual en España y campañas de sensibilización y educación sobre el tema.

A quien le parezca exagerado el tema, se les debería hablar de las niñas que faltan a clase en este país determinados días del mes porque no tienen los medios adecuados para evitar vergüenzas indeseadas o de las mujeres adultas que, en tiempos de estrecheces como vivimos, han de elegir entre comprar compresas o arroz para comer. Quienes tienen dudas de la necesidad de educar sobre este tema, tan natural como la vida misma, deberían saber la cantidad de prejuicios, monsergas y engañifas relacionadas con el asunto. Desde creer que la menstruación protege de embarazos indeseados hasta que andar descalza incrementa los cólicos menstruales o es perjudicial lavarse el pelo en esos días.

La menstruación es un fenómeno que, ciertamente, sucede solo a las mujeres, pero no es un tema que solo a ellas les competa, porque es un tema de derechos humanos, de dignidad  y , una vez más, de discriminación en la medida en que a pesar de su envergadura, ya que afecta a más de la mitad de la población , todas ellas mujeres, no obtenga los recursos exigidos para que no suponga para nadie, en ningún caso, una limitación, una penalización o un estigma.

DESPIDOS IMPROCEDENTES (26.5.2021)

Fue una cifra que pasó desapercibida, dicha con la boca pequeña, emparedada entre noticias mucho más impactantes que la actualidad proporciona con toda generosidad. Decía que la Consellería de Sanidad, obligada por las limitaciones de la todopoderosa Hacienda, no iba renovar 4000 contratos covid a profesionales de la sanidad valenciana perdiéndose así, sobre todo, puestos de enfermería, pero también de personal médico, celador o técnicos de laboratorio.

El departamento Xàtiva-Ontinyent, tenía el dudoso honor de ser, junto con la Fe, el área donde más se iba a adelgazar la plantilla ya que de las 442 personas contratadas, se verían en la calle el 42%, es decir 184 personas.

Una medida que parece lógica y coherente ya que ante la previsible y deseada desaparición de la pandemia, minimizados los ingresos hospitalarios y las UCIS casi vacías, ningún sentido tiene mantener un personal que cuesta una pasta. No vaya a pasar como con los 270 millones de euros que la Iglesia destina a pagar sueldos de curas, obispos y cuotas de la seguridad social.

Es mejor apuntarse -es tan buen momento como cualquier otro- al ahorro público, que ya nos gastamos 60.000 millones en salvar a los bancos de la quiebra, para que ahora, los muy desagradecidos, llegado el momento de repartir beneficios y subir sus astronómicos sueldos de directivos, ni se les ocurra saldar deudas que, por otra parte, nadie les reclama

El personal sanitario, cumplido satisfactoriamente su papel, ya recibió tantos aplausos como los trapecistas del circo, de un público que siempre reconocerá su trabajo y les estará agradecido. Aunque el reconocimiento de sus méritos no impida que se prescinda de sus servicios, cuando dejan de ser necesarios.

Pero es así? Esa es la cuestión a la que habría que responder con rigor y sin mentiras pero con inteligencia, intentando evitar cualquier falseamiento o manipulación de la realidad para lograr que encaje nuestra respuesta preferida. Sin tratar de hacerle un favor a nadie, pero anticipando una realidad que no conviene negar.

El primer factor es el deseo de no tropezar dos veces en la misma piedra. Si el viento cambiara y hubiera que enfrentar nuevas olas letales, sería imperdonable no contar con un sistema dotado del personal necesario para hacerle frente y proteger eficazmente la salud pública. Se trata de no repetir las patéticas situaciones vividas al principio de la pandemia cuando la escandalosa escasez de profesionales obligó inicialmente a pedir la colaboración de personas jubiladas hasta que se pudieron hacer las imprescindibles contrataciones. Dejar en cuadro, otra vez, las plantillas y debilitar el sistema no parece una actitud muy inteligente ni previsora.

Además estamos en plena campaña de vacunación, una apuesta de enorme envergadura que pretende conseguir el mayor número de personas inmunizadas en el menor tiempo posible. Para ello hacen falta vacunas pero también personal, casualmente de enfermería.

Pero incluso más allá de las vacunaciones, el hecho es que la concentración de esfuerzos y recursos en el tratamiento del covid han generado retrasos en la detección y tratamiento de muchas otras patologías. Algunas, muy graves, y también otras no tan graves que imponen listas de espera insufribles, enormemente perjudiciales para la calidad de vida de las personas. Que se lo digan a quien espera una artroscopia o una prótesis de cadera durante 5 meses. O a quien tardarán más de 4 meses en quitarle las amígdalas o unos juanetes que pueden ser muy, muy fastidiosos.

Quizás no sea sólo problema de personal, pero desde luego, también se necesita personal. Con la salud no se juega, y con quien ha de cuidarla, tampoco se debería, ni se lo merece.

COMO MIURAS AL CAMPO

Es difícil conocer a alguien que haya manifestado claridad su deseo de morir por coronavirus, pero debe haberlos a cuenta de la gran cantidad de covidiotas que hacen lo necesario para obtener los puntos necesarios para no poder contarlo. Con la finalización del Estado de alarma, hay demasiados que han dado por finiquitada la pandemia y han salido como toros bravos al campo dispuestos a embestir contra cualquiera que les niegue su derecho a bailar la conga y brindar hasta reventar.

Debe ser un problema de falta de imaginación o de déficit de memoria. El primero impide anticipar situaciones nada deseables que pueden convertirse en realidad, ingrata y fúnebre. La desmemoria permite refugiarse en espejismos donde caben argumentos autocomplacientes que autorizan a la persona a ir a su bola, como una máquina quitanieves que aparta lo que molesta y allana el camino para circular por donde se quiere con toda comodidad. Ayuda que la gran mayoría de medios de comunicación trasladen imágenes de la felicidad negada tras la barra de los bares y no de la tragedia que se sigue viviendo entre batas blancas y respiradores.

Se puede entender el hartazgo y la amargura de quienes se ven privados de hábitos y costumbres que eran la chispa de su vida. Y no solo se trata de las cañas y los gin-tonic, que cualquiera diría que vivimos en un país de alcohólicos. Se trata de un rasgo identitario del país con más bares y restaurantes por persona de todo el mundo: uno por cada 175 habitantes, sumando en total 277.539 establecimientos gastronómicos, según el Instituto Nacional de Estadística. Una oferta de ocio que no sólo se basa en el consumo, sino que supone un espacio fundamental de encuentro y convivencia entre las personas.

Lo que no es explicable es la estupidez humana -tan infinita como el Universo dicen- que ignorando las evidencias, desatendiendo las alarmas convierte a personas pensantes en seres irracionales instalados en el autoengaño que confunde los deseos con realidad.

La guerra contra el COVID no está ganada, aunque esta misma semana se publicara que en Xàtiva la incidencia era mínima y los contagios inexistentes. Pero en seis Comunidades autónomas el porcentaje de ocupación de las camas de UCI sigue estando en niveles extremos. Y en el

mundo, véase la India, las piras funerarias arden en la calle y se presencia con congoja la victoria total de la muerte, entre otras cosas, por haber abandonado toda prudencia de forma prematura.

Es cierto que llegados a este punto la gestión política deja mucho que desear, precisamente porque parece que se ha impuesto a los criterios científicos o sanitarios. Y eso desmoraliza y hace perder confianza y credibilidad, que son un capital necesario para mantener la autoridad moral necesaria para liderar una situación que exige sacrificios y renuncias.

El País valenciano ha dado ejemplo de inteligencia y responsabilidad colectiva que hoy permiten exhibir las mejores cifras de toda Europa en relación al control de la pandemia. Valores que no nos han librado, también en Xàtiva, de presenciar escenas que recuerdan al borracho suicida que cita al miura en la plaza. Protagonizadas por gente de toda edad y condición, ya que no es de justicia adjudicar a una determinada generación el monopolio de las conductas imprudentes e incívicas.

A estas alturas deberíamos haber aprendido que el problema sigue siendo colectivo y que no existen atajos ni huidas en solitario. Hace falta una dosis extra de coraje y responsabilidad para asumir, aunque duela, que sigue habiendo razones más que evidentes para las restricciones. Aunque también, cada vez más , razones para la esperanza.

AGUA

Agua que no has de beber déjala correr, dice el refranero a veces astuto, a veces francamente idiota. Y este es concreto, no es un buen consejo, porque el agua a día de hoy es un bien preciado y finito, a pesar de que se utilice y derroche como si las reservas fueran ilimitadas. Su gestión es hoy un elemento esencial en el gobierno de las ciudades tanto para facilitar su acceso en condiciones óptimas a la población, como para fomentar políticas de ahorro. Además, si procede, hay que impedir que factores añadidos, como el deficiente estado de redes de distribución a veces prehistóricas, generen daños materiales a viviendas y particulares, que son los paganos forzosos de una situación que no se puede cronificar.

En Xàtiva hay trabajo en este sentido, a la vista del festival de incidentes y accidentes causados por el deficiente estado de la red de abastecimiento que de vez en cuando, inunda alegremente viviendas y garajes. A eso hay que añadir, la reivindicación permanente y bastante justificada de una parte de la población que aspira con todo derecho a tener un suministro de agua potable con todas las garantías de calidad.

Todo ello no es una realidad sorprendente y repentina, sino resultado del muy deficiente estado de depósitos y cañerías que llevan años reclamando a gritos unas mejoras e inversiones que nunca han llegado. Es ejemplo válido de esas asignaturas pendientes que todo el mundo nombra en sus programas electorales pero que desaparecen mágicamente durante los años en que se dirige la gestión municipal para reaparecer cuando se vuelve a la oposición.

La costumbre parece hacer norma y nos hemos habituado a cortes de agua eso sí, previamente señalados con mucha amabilidad, que suceden un día sí y otro también. Últimamente parece que además de la ciudad de las fuentes donde el agua corre mansa, somos la ciudad de los géiseres, donde de repente el pavimento se abre y deja escapar un chorro de agua, furioso y

dañino. Los bajos y garajes de algunas zonas, en algunos barrios se convierten periódicamente en estanques de agua, y no precisamente japoneses.

Y todo ello, lógicamente va colmando la paciencia del vecindario que quizás no sea sabedor de los innumerables problemas que hay que superar para lograr una solución integral del problema pero que sinceramente, a estas alturas, mojados, cabreados y perjudicados, les da igual, porque quieren soluciones y no necesitan más explicaciones.

Un ayuntamiento progresista no puede de ninguna forma, permanecer impávido ante esas concentraciones de vecinos y vecinas cabreados que manifiestan su cabreo semana tras semana. No puede mirar a otra parte, no debe entender el conflicto desde la confrontación política y lavarse las manos, abandonando a quienes sólo disponen de agua sucia o ven dañadas repetidamente sus viviendas y garajes. Tiene que remangarse y articular soluciones definitivas, que no pueden ser el parcheo improvisado, sino la planificación de la inversión necesaria para garantizar la mejora estructural de la red hidráulica. No siendo cantidades menores y habiendo ayudas previstas para tal fin, hay que pelear con por ellas con el empeño suficiente y sin perezas recurrentes.

Lo que sea necesario para evitar que se cronifiquen, como está pasando, determinadas carencias básicas que alimentan unas protestas vecinales absolutamente justificadas. Porque no se puede pedir a nadie que viva desde hace 20 años consumiendo agua no apta para consumo humano, ni viendo caer la propia casa a cuenta de fugas y filtraciones.

No siempre el agua apaga fuegos sino que a veces, puede ser gasolina causante de graves incendios sociales que hay que atender con la urgencia que merecen.

MAMIS

Sirva la presente como aviso cariñoso a quienes andan preocupados reflexionando sobre la forma de honrar a sus progenitoras este próximo Domingo, Día de la madre, del que no hay forma de escapar, so pena de empobrecer muchos negocios que bastante castigados andan ya. Aunque lo material no es siempre -o casi nunca-, lo esencial, bien está que se promuevan en esta fecha diversos tipos de productos para su adquisición y ofrenda, con el objeto de intentar manifestar el enorme amor que las madres inspiran. De ahí el éxito de los perfumes publicitados por mujeres etéreas con pinta de no haber recogido en su vida un calcetín maloliente. O de otro tipo de obsequios como el delantal de cocina, la crema antiarrugas o el paragüas que acompañará a los otros diez en el paragüero, resultado de la pereza compradora o de cierto sadismo filial que por algún lado ha de manifestarse.

Viendo el lado serio de la cuestión, lo cierto es que este concepto del Día de la Madre, precisaría una urgente revisión . Porque para empezar, aquello de que “madre no hay mas que una” es, a día de hoy, una premisa discutible teniendo en cuenta los cambios sociales y culturales que hacen que el prototipo de familia tradicional resulte obsoleto al imponerse otros modelos que apuestan por el respeto a las decisiones personales e íntimas de las personas a la hora de escoger su pareja y/o criar a sus vástagos. Así pues, hay familias de dos madres, como de dos padres, y también familias de una sola madre, que por cierto en Xàtiva, a la vista del estudio realizado recientemente, son más frecuentes de lo que parece.

Sucede además que el concepto de madre también merece una valiente actualización. Porque ya sería hora de reconocer que madre no es sólo la que da a luz, la que ha vivido un parto, más o menos horroroso, que siempre será relato permanente en la propia biografía. Exactamente igual, extraña coincidencia, que la afición nostálgica de los hombres que hicieron la mili y no había cosa que más les gustara rememorar. Madres son también muchas mujeres que sin haber pasado por el paritorio, aman con locura, sin fisuras y hasta la muerte a criaturas, desde sobrinos a vecinas,

desde ahijados hasta cualquier otro menor con el que establecen por diversas circunstancias, un vínculo de amor que no tiene nada que envidiar en cantidad y calidad al que inspiran los hijos paridos con dolor y sin epidural.

Por otra parte, ser madre hoy ya no es lo que era. Y no es una afirmación hecha desde la nostalgia, sino desde la satisfacción de haber superado estereotipos que condenaban a las mujeres a maternidades asfixiantes y extenuantes, consideradas como una obligación anexa al sexo de carácter casi obligatorio para cualquier mujer, que si no era madre, bajaba muchos puntos en la escala del respeto y la aceptación social. Hoy ser madre es resultado de una libre elección tan lícita como la decisión privada e igualmente legítima de no serlo, porque las mujeres ya no son sólo potenciales gestantes. Hoy no se entiende que la maternidad descalifique a las mujeres como seres humanos que siendo madres, son también acreditadas profesionales, con proyectos de vida propios y aspiraciones que no tienen porqué sacrificar. Aunque siga habiendo un precio injusto y excesivo que pagar.

Con todo hay cosas, las mejores, que nunca cambian, ni deben hacerlo. Y ser madres, ejercer como tales, es indiscutiblemente un privilegio, una oportunidad generosa de vivir la existencia acompañando la vida de otras personas cuya felicidad importa más que la propia

CALOR

Si de algo sabe Xàtiva , si en algo somos especialistas, es en sufrir las más altas temperaturas estivales, hasta casi el punto de la incineración, para resurgir de las cenizas, verano tras verano, tostados pero supervivientes . Los veranos asfixiantes constituyen una seña de identidad de la ciudad, como el bastón o la sandía que siempre aparecen en los carteles publicitarios. Y hay una cierta unanimidad en señalar que en los últimos años los termómetros han subido todavía más, de forma escandalosa hasta alcanzar temperaturas volcánicas difíciles de soportar, incluso para el más aguerrido socarrat.

El cambio climático viene a ser el ogro del cuento al que echamos la culpa de todos nuestros males, sin reconocer hasta qué punto le hemos dado de comer para que adquiriera las dimensiones actuales. Sin mencionar que hace tiempo que lo vemos venir, cada vez más amenazador, sin hacer absolutamente nada ante sus evidentes intenciones de dejarnos sin un hábitat que permita nuestra supervivencia.

No acabamos de entender las causas y, mucho menos, la necesidad, de combatir el cambio climático. Lo del efecto invernadero de tan repetido, aburre, y nos falta imaginación para anticipar el peligro que generan todos esos gases acumulados en la atmósfera impidiendo que el calor del sol pueda escapar. Gases causados por la enorme hoguera que la Humanidad enciende para obtener energía, por las emisiones de la gigantesca cabaña ganadera y la pérdida de enormes extensiones vegetales. Todo ello provoca que el calor del sol no pueda escapar y se acumule en la Tierra, con consecuencias encadenadas que están detrás de las inundaciones, de las sequías, de los tsunamis y de las borrascas anticiclónicas que nos amargan la existencia.

A pesar de todo, el diseño de las ciudades sigue, en general, sin tener presente un tema tan caliente para intentar ponerle remedio con estrategias urbanísticas. Que existen, no cabe duda y permitirían hacer la ciudad más habitable para quienes no pueden huir de ella. En ese sentido, para combatir el calor hay opciones. Algunas son curiosas como lo que hacen en Los Ángeles (EE.UU.), donde han pintado de blanco el asfalto de algunas calles para mitigar el calor. También se trata de evitar las superficies impermeables – asfaltos y plazas duras, que tanto nos gustan por aquí- pero almacenan el calor de forma significativamente mayor que las superficies permeables, es decir, zonas verdes o suelos sin alquitrán. Y sobre todo son elementos decisivos los árboles, los grandes árboles que modifican el microclima a través de la sombra y la respiración y contribuyen a la hora de atrapar la humedad y la lluvia, como bien sabe quien haya paseado por un bosque umbrío. A señalar que los árboles son seres vivos, necesitados de cuidado y mantenimiento en mayor medida que las farolas, para evitar las averías que al igual que ocurre en otras especies, aparecen con la edad.

En todo caso, las abonadas al abanico, y los del sudor perenne en la frente, tienen una buena noticia que celebrar que es la reciente aprobación en España de la Ley del Cambio climático. Norma que más pronto que tarde impondrá cambios no solo en la macropolítica sino en nuestros hábitos más cotidianos, desde encender la luz sin necesidad hasta acabar con los desplazamientos en coche para ir a la farmacia de la esquina. La manera de producir y transportar de las empresas, los materiales y diseño de las viviendas, las políticas de ahorro de agua de calidad, el diseño urbanístico tendrá que someterse a normas indiscutibles para evitar que el efecto invernadero seque nuestras raíces y nos convierta en Historia antigüa

CAJERAS

Hemos pasado de estar hasta las narices de ver cómo metían bastoncillo en las ídem de todo el mundo, a ver cómo se pinchan brazos musculosos o huesudos, pertenecientes a gente más o menos escéptica o asustada pero que apuesta por lo que a día de hoy es la única solución para salir de la triste situación que vivimos. Los informativos , en ese repaso cansino de cifras de contagios, botellones ilegales, informaciones internacionales y ,ahora, vacunaciones, no dejan de repetir en un bucle infinito las imágenes de esas colas ordenadas de gente que, o bien con cierta intimidad o de forma pública recibe su banderilla y acaba en una silla de plástico , en esos minutos de reflexión obligada y espera precavida en la que los hipocondríacos sienten todo tipo de efectos tan secundarios como imaginarios, mientras que la inmensa mayoría se dedica a charlar relajadamente con los compañeros de vacunación, colegas de aguja para siempre. El hecho de darse además una coincidencia generacional total, y verse rodeada de gente de la misma edad, causa también un ligero shock en quien no acaba de reconocerse en las canas y arrugas que uniforman a todos los presentes.

En todo caso, se puede afirmar que en Xàtiva la organización de las vacunaciones está siendo impecable, en cuanto a seguridad, puntualidad, trato y, es de esperar, que efectividad, algo que ya no depende de las autoridades sanitarias de la zona. La colaboración entre administraciones, mayormente el Ayuntamiento y la Conselleria, ha sido generosa y sin fisuras, aunque quizás, en una sugerencia algo gamberra, el material de lectura que se facilita para la espera con la misma finalidad que en la consulta de los buenos dentistas podría ser algo más variado, entretenido y con menos autobombo.

La convocatoria para la vacunación se está realizando, pues, en riguroso orden cronológico y profesional, según los criterios acordados en instancias superiores. Y es ahí donde se ha producido algún que otro olvido injusto e injustificado.

Se ha vacunado de forma prioritaria, por supuesto, al personal sanitario, a policías y bomberos , a personal de las farmacias o a quienes trabajan en los centros educativos. Pero no se ha considerado la necesidad de vacunar a quienes también trabajaron durante todo el confinamiento y lo siguen haciendo, en un trabajo que exigen cercanía y contacto con la clientela. Son las cajeras de supermercados y en general de tiendas de alimentación.

Muchas personas que estuvieron al pie del cañón, al principio protegidas de la forma más precaria como pasó a muchos colectivos. Recuérdense los patéticos delantales de bolsas de basura que improvisaban las sanitarias. Que después, han continuado en su puesto de trabajo, en las grandes cadenas, en las pequeñas tiendas de alimentación, cobrando y devolviendo el cambio correspondiente, embolsando productos, viendo desfilar cientos de personas al día, algunas más respetuosas que otras con la salud ajena.

Alguien debería haber pensado en ellas para incluirlas en esos listados de personal que precisaba de una vacunación preferente. No por conceder un premio, sino por proteger a un colectivo al que también se dedicaban los aplausos de las ocho, desde la plena conciencia de que poder comprar el pan y los suministros básicos dependía de que alguien rompiera el aislamiento protector para estar en su puesto de trabajo. En su caso, un puesto de trabajo que en muchos casos, está mal pagado y es precario.

PAÍSES RICOS, PACIENTES DESAMPARADOS

El 7 de Abril es el   Día Mundial de la Salud porque la Organización Mundial de la Salud así lo escogió para crear conciencia sobre las enfermedades mortales mundiales. En el contexto que vivimos, una celebración de lo más adecuada desde una realidad que proporciona por sí sola argumentos más que suficientes. El lema de este año es «Construir un mundo más justo y saludable» y viene al pelo para justificar una campaña que pretende evitar lo que está pasando con las vacunas a escala mundial: hasta hace bien poco, se habían administrado más de 455 millones de dosis de vacunas contra el covid-19 pero solamente el 0,1% de éstas se han destinado a  los 29 países de menores ingresos.

Esta brecha en la inmunización entre países ricos y pobres no sólo es rechazable desde la ética y la justicia social, sino que es además una estrategia torpe y calamitosa desde el punto de vista epidemiológico, ya que allí donde  el virus campa a sus anchas, se producirán mutaciones imprevisibles que se extenderán inevitablemente, inutilizarán las vacunas y volverán a amenazar a las poblaciones de esos países ricos que pretenden ocupar en exclusiva  los botes de salvamento y dejar que se ahoguen los demás.

Con todo, la salud de las personas no sólo está directamente relacionada con la pandemia. Es evidentemente, a día de hoy, un factor esencial y lo seguirá siendo hasta que se cumplan las tranquilizadoras predicciones de la comunidad científica que hablan de que con el virus que hoy mata, mañana podremos convivir. Y lo haremos,  si no en paz, por lo menos en un empate técnico que no significará para la Humanidad tantísimas pérdidas como hasta ahora.

Pero además del COVID, la salud de las personas está amenazada por otras patologías y dolencias que correctamente tratadas en tiempo y forma,  deberían llevarse por delante al menor número de personas posible. Enfermedades que comprometen  gravemente la calidad de vida de quienes las sufren, que aunque comprendan a la perfección el  orden de prioridades impuesto por la gravedad de la situación, necesitan y merecen ayuda ante los dolores,  malestares o limitaciones que sufren. Nada más terrible que la sensación de desprotección y vulnerabilidad al percibir que las puertas de la atención médica están cerradas porque no hay capacidad de atender a nadie más.

Es cierto que nuestro sistema de salud ha tenido que tensarse hasta límites insospechados en este último año. Y que ha dado una respuesta más que aceptable, rozando el nivel de la excelencia por lo que toca al esfuerzo del personal sanitario y auxiliar que ha dado la cara en las circunstancias más difíciles y complejas.  Pero el esfuerzo ha puesto de manifiesto la fragilidad de las costuras de un sistema que salió tocado  tras la crisis económica, con la disminución de su personal, del gasto público y de las inversiones.

De ahí, las alertas de los propios profesionales y las personas afectadas sobre el enorme perjuicio que se deriva de la incapacidad del sistema de dar respuesta a todas las situaciones de riesgo para la salud, sin excepción. La paralización de las consultas esenciales como las de Oncología, Neurología o Cardiología supone poner en riesgo la vida de muchas personas que dependen de controles, pruebas o tratamientos. No es de recibo que en el Área de Salud Xàtiva-Ontinyent haya demoras de 7 o 10 meses para conseguir citas con determinados especialistas. El problema no son las personas que lo trabajan, sino un sistema infradotado y sobrepasado que exige cambios y mejoras que no sean coyunturales,  porque no sólo de COVID se muere la gente.

LA FIESTA DE LAS VACUNAS

Esta pasada semana se ha producido, a modo de ensayo general,  la vacunación masiva del profesorado de la ciudad que ordenadamente, sin prisas, pero sin pausas, ha pasado por los espacios habilitados al efecto para recibir esa oportuna y necesaria banderilla que permitirá ir poniendo distancias entre la enfermedad y la sociedad.

Ya se ha completado, por lo menos en esta ciudad, la vacunación de las personas mayores, la población diana de la pandemia, la más castigada, la más desprotegida. A diferencia de otras ciudades como Madrid  que se le están tomando con una calma inaudita , a pesar de las terribles cifras que hablan de cerca de 30.000 ancianos y ancianas fallecidos, dos tercios de ellos en los cuatro primeros meses.

Hoy en toda España más de 2 millones y medio de personas han recibido la pauta completa y a día de hoy el número de personas con media vacuna en el cuerpo superan el  total de personas contagiadas. Buenas noticias, que están a años de luz de la situación que vivíamos hace solo 12 meses cuando nos sentíamos, y estábamos, absolutamente indefensos y vulnerables ante una amenaza invisible a la que casi no sabíamos poner nombre.

De las vacunas algunos desconfían, quizás porque sus estudios en biotecnología  o epidemiología les permiten defender hipótesis  con las que consideran necesario preocupar al personal. Pero el común de los mortales, sabiendo que somos, eso, mortales, deposita su confianza en lo que se presenta hoy como la mejor y única respuesta para evitar ese contagio comunitario que llena a rebosar los hospitales y las UCIs.

Es cierto que se han dado reacciones adversas de mayor o menor gravedad. Pero es algo que tiene cierta lógica, con campañas tan masivas de vacunación en España y en todo el planeta. En todo caso, no son más que anécdotas en el cómputo general, aunque esos expertos, formados en las tertulias y doctorados en la barra del bar, se empeñen en presentarlos como casos habituales. Efectivamente,   hay gente que reacciona ante la vacuna con bastante incomodidad, e incluso hubo quien tuvo que ser hospitalizado, y tal vez alguien en Yakarta o en Moscú falleció tras recibir la vacuna. Pero teniendo en cuenta que en todo el mundo han recibido la vacuna más de 300  millones de personas, hay grandes posibilidades estadísticas de que a algunas de esas personas le atropelle un coche cuando salga del centro de vacunación o incluso de que sufra un ictus o una angina de pecho que acabe con su vida. Y  y aun con todo, no se desdeciría en absoluto el valor de la vacuna .

Hay quien basa su desconfianza en las vacunas en la rapidez conseguida para cerrar unos procesos que hasta ahora habían requerido de una media de 10 años para su elaboración, experimentación y aprobación. Pero olvidan un factor esencial que marca la diferencia: a diferencia de lo sucedido con otras vacunas, otros medicamente, la búsqueda de esta vacuna ha sido una carrera de equipo, en la que la comunidad científica ha colaborado con total transparencia. Cuando la necesidad aprieta tanto, tantísimo la cooperación científica se intensifica hasta lo nunca visto, olvidando las competencias por las medallas y por el negocio, y consiguiendo así resultados que no son artículos de fe, sino productos con todas las garantías, diseñados para proteger vidas muy amenazadas.

Por otra parte, los países ricos y menos ricos han abierto la bolsa de los dineros, invirtiendo  los fondos necesarios en la investigación, sin regateos ni mezquindades, para que la investigación contara con los recursos necesarios. Por eso estamos ahora  con la fiesta de las vacunas. Las europeas, las americanas, las rusas o las cubanas, hay donde elegir.

Pero a esta fiesta no todo el mundo está invitado. En el sentido literal del término porque se pueden quedar fuera a países , de economías débiles , esos que se llaman países en desarrollo cuando se utiliza el lenguaje políticamente correcto,  que están en mala posición para acceder a las vacunas, como para cualquier cosa.

Y ese sí que sería, aparte de una manifestación penosa de la insolidaridad humana, un error insuperable porque  como se ha repetido hasta la saciedad aunque con poca coherencia, este planeta no ganará la batalla al virus, si no son todos los países, más o menos al unísono, los que crean las barreras necesarias para conseguir su desaparición. Si no son todas las personas, las que salen adelante, sin dejar a nadie atrás.

CON CARIÑO, A LOS PADRES

Poco se habla de los padres, que tantos hay como madres , pero  en el Día del Padre procede  una mención cariñosa, y enormemente agradecida a tantos hombres que hacen un esfuerzo considerable por romper modelos caducos y obsoletos para ejercer una paternidad responsable, cooperativa, integradora y completamente ajena a la figura paterna tradicional.

Ha llovido mucho, pero es fácil recordar esa figura paterna, perfectamente acotada,  cuyo amor a su descendencia, en la mayoría de los casos,  está fuera de toda duda al igual que el afecto incondicional que les profesaron sus hijos e hijas  a pesar de ser personajes permanentemente ausentes y cuasi desconocidos, a los que era difícil dar cariño y todavía más recibirlo, porque emociones y sentimientos no tenían demasiado margen de expresión.

Ocupaban su papel como  “pater familias”, con gusto o a disgusto pero sin opciones, desempeñando una posición de autoridad indiscutible en la familia, como proveedor y garante en exclusiva de la supervivencia de todos y cada uno de sus miembros, desde las criaturas a la señora de la casa, todas ellas ocupantes de una  posición subordinada y dependiente.

Son ya de otra generación -abuelos y bisabuelos incluso- aquellos  cuasi desconocidos que, ciertamente, echaban más horas fuera que dentro del hogar , absolutamente exentos de cualquier tipo de colaboración en el ámbito doméstico, encargados de hacer justicia sin contemplaciones, desconocedores de sus hijos y de sus rutinas, absorbidos por su función suministradora que les descargaba pero también les privaba, de las alegrías de la paternidad.

Hoy ese modelo es un anacronismo. La mayoría de los padres de hoy en día,  cambian pañales y dan biberones a cuatro manos, ponen lavadoras y tienden la ropa al sol sin ningún tipo de vergüenza como pasaba hace unas décadas. Siguen siendo esenciales para la economía familiar, pero tanto como sus parejas, si éstas consiguen abrir brecha en un mercado laboral que siempre se lo pone difícil. Hoy los núcleos de convivencia familiar ya no son jerárquicos, sino que se impone el trabajo en el equipo, las decisiones conjuntas, el cuidado y el apoyo mutuo.

Sería demasiado optimista afirmar que en todos los casos y circunstancias el reparto es al 50 %, que la distribución de  tareas es por completo equitativa, pero la tendencia impone una reformulación de los roles familiares que fomenta una paternidad corresponsable, en la que los hombres manifiestan y reciben el afecto de su descendencia, comparten emociones y sentimientos, conocen y se dan a conocer como seres humanos ante sus hijos e hijas y disfrutan y padecen de todo aquello que la convivencia comporta.

Es un enorme avance para la sociedad en su conjunto, para las mujeres en general, y para los hombres en concreto.  En nuestro país hemos conseguido una de las mejores políticas públicas en corresponsabilidad, que es equiparar los permisos de paternidad y maternidad, aunque se  siguen requiriendo iniciativas políticas y sociales que favorezcan que los hombres se acojan a excedencias y otras medidas de conciliación.

Para las mujeres, el abandono de estereotipos es la garantía de poder disfrutar de maternidades en pareja , enriquecedoras pero no agotadoras, de poder luchar por proyectos propios de vida y  aspirar a relaciones personales basadas en el respeto mutuo y la colaboración .

Finalmente, para los hombres, la paternidad corresponsable es un enorme regalo porque impide que sean convidados de piedra en su propia casa, seres desconocidos amados, pero también temidos desde la distancia y la ignorancia. Son así  referentes cercanos, modelos de comportamiento, objeto del cariño y ternura de aquellos a quienes dan la vida y cuyo amor necesitan y aprecian tanto como cualquiera.