El blog de Mar Vicent Artículos destacados

HUELE MAL

Esta semana se ha recordado una vez más, una realidad maloliente que, como no desaparece, se hace necesario repasar año tras año. Maloliente es lo que huele mal, y así se ha de percibir el hecho de que las mujeres con empleo remunerado de este país, en cómputo general, reciban salarios inferiores al de los hombres.

La diferencia salarial, no es un espejismo, ni un montaje demagógico que inventan algunas mujeres a las que les gusta sentirse víctimas. Es un hecho empírico que queda demostrado fehacientemente tras el análisis de los datos salariales provenientes de fuentes oficiales. Que establece, fuera de toda discusión, que, en 2019, las mujeres ganaron 5.252 euros menos al año que los hombres. CCOO traduce esta cantidad en una brecha del 24%, que es el porcentaje en el que se debería aumentar el salario anual de las mujeres para igualar al de los hombres.

El primer truco consiste en pagar de forma distinta empleos que en realidad tienen igual valor, si se consideraran las funciones desempeñadas. Hay que hilar fino para encontrar la diferencia entre las tareas de administración y secretaría que determinan que la  primera tenga retribución más alta que la segunda,  dándose la pasmosa casualidad de que los puestos de administrativos suelen ser ocupados por hombres mientras que el secretariado, tradicionalmente, es cosa de mujeres.

Otro elemento causante de que las nóminas de las mujeres sean, casi siempre y en general inferiores, es la falta de corresponsabilidad. Abordar la tarea de los cuidados casi en solitario, excepto honrosas excepciones, mengua significativamente la bolsa salarial de las mujeres. No solo en su presente, sino también en su futuro. Las jornadas parciales que casi monopolizan para poder atender todas sus obligaciones, no son nada rentables. Todas esas reducciones de jornada para atender a menores y dependientes, todas esas excedencias forzadas por circunstancias familiares conforman una vida laboral con grandes agujeros que derivan en pensiones inferiores por término medio, a las de los hombres que, ciertamente, tampoco son para echar cohetes.

Por último, hay un tercer mecanismo, origen de esta brecha que es casi precipicio, que son los complementos salariales, cantidades asignadas a cada trabajador o trabajadora que valoran aspectos determinados de su tarea. Es curioso que se retribuya la circunstancia de estar disponible a toda hora, de currar en festivos o de noche que son “méritos” asequibles para los hombres, quizás porque hay alguien que se queda con la familia durante su ausencia. Es intrigante la razón por la que complementos como la toxicidad se asigna sin discusión a operarios que manejan productos químicos, pero no a las trabajadoras de la limpieza que manejan un verdadero arsenal. Es difícil explicar porque se recompensa, muy justamente, con un plus el esfuerzo físico de quien levanta sacos de 50 Kg, pero no a las mujeres que movilizan a pulso y con cuidado a personas enfermas que superan ese peso.

El diagnóstico está hecho. Da igual tu ocupación o tu formación: si eres mujer, la brecha salarial te roba más de una hora de sueldo al día. Si eres mujer y vives en Valencia trabajas gratis desde el 15 de octubre.                            Si eres mujer trabajarás el doble para cobrar la mitad.

Falta el capítulo de soluciones que pasan por valorar con justicia cada puesto de trabajo, hacer una asignación justa de los complementos que correspondan y, sobre todo, por equilibrar y redistribuir la tarea de los cuidados entendiéndola como factor esencial y determinante de la economía de un país que no puede seguir recayendo abusivamente sobre las sobrecargadas espaldas de las mujeres. Ya toca empezar a hablar de eso.

MEMORIA HISTÓRICA

A veces, hay que vencer esa insidiosa tentación de encerrar bajo siete llaves cualquier recuerdo o mención a episodios tan insoportables como las políticas de exterminio vividas durante la Segunda Guerra Mundial. Para mucha gente, resultan tan increíblemente crueles y denotan tal anestesia moral y crueldad infinita que resulta imposible asimilarlas. Más teniendo en cuenta que más allá del ingente número de víctimas, hubo una considerable parte de la población que se sumó, no ya con su silencio sino incluso con su protagonismo activo al bando criminal. Esa innegable realidad, vista con los ojos de la memoria histórica, es especialmente inquietante por lo que demuestra de nuestra capacidad de enterrar de un plumazo nuestros valores en un pozo oscuro donde no molesten. Aunque de ello pudiera depender la supervivencia, dice muy poco de esa superioridad moral que decimos que nos identifica y nos hace superiores a los animales.

Se puede comprender que haya gente que nunca visitaría Auschwitz en un placentero viaje de turismo, ni un horno crematorio, ni la casa de Ana Frank. O que no leería jamás “El Pijama a rayas” por muy best seller que fuera, o vería a regañadientes “La vida es bella”, sólo porque la calidad cinematográfica del guion permitía soportar  el retortijón y la angustia hábilmente mezcladas  con el sentido del humor y la ternura. En todo caso, ninguna opción es cuestionable porque cada cual afronta sus miedos y congojas como puede.

De lo que nunca deberíamos prescindir, en todo caso, es del recuerdo como homenaje a las víctimas y como garantía del nunca más. Y sobre todo de lo que no deberíamos abdicar jamás es de denunciar, acusar, recriminar e inculpar siempre y en todo lugar a los personajes, y sobre todo a las ideologías que están en el origen de la matanza y la tortura de tantísimos millones de personas. No son admisibles los silencios cansados, la indiferencia desde la superioridad , el desprecio mudo que no se comparte. No caben aquí criterios de rendimiento político, de prioridades en función de intereses partidistas o personales. Es una obligación personal y colectiva negar el pan y la sal, cerrando todas las puertas a todas aquellas teorías, personas u organizaciones, que empiezan trivializando, siguen poniendo en duda y acaban por negar una historia que efectivamente la inmensa mayoría preferiría que no hubiera existido. Porque su objetivo no es otro que es recrear un escenario donde fueran más afortunados en el reparto de poder y  pudieran repetirse tales hazañas. Y eso tiene mucho peligro.

Por eso hace falta mucha pedagogía para la gente joven a la que resulta difícil percibir en el aburrido relato de los libros de historia , el pánico vivido en los campos de exterminio. Mucha persuasión para no olvidar que las urgencias sociales que hoy vivimos , nuestras preocupaciones cotidianas serían invalidadas si cambiaran las reglas básicas del juego de la convivencia que nos permite la supervivencia. Imprescindible fomentar el respeto y el entendimiento entre las personas, negando cualquier legitimidad al discurso del odio y huyendo del buenismo fatuo para construir con inteligencia una sociedad asentada en la justicia y la igualdad .

Hace falta un discurso permanente que no solo mire atrás, sino también al presente para identificar y extirpar todos los rebrotes envenenados que intentan renacer. Y convendría que fuera un discurso único y sin fisuras de todos los partidos democráticos sin ausencias ni desencuentros que deberían subordinarse a la relevancia del objetivo que se persigue.  Nos jugamos mucho ante un desafío, fruto del eterno conflicto entre el amor y el odio, que nos hace invencibles o nos condena a la autodestrucción.

EL TREN QUE NO LLEGA

La conjunción de las protestas ciudadanas, la difusión mediática y la intervención política son tres elementos en íntima interrelación, cuya acción conjunta suele conseguir reacciones de calado, aunque no siempre definitivas.

Esta vez han conseguido la visita de toda una Ministra de Transportes que visitó recientemente la Estación del Norte de Valencia e intentó dar respuesta a los graves problemas existentes en la Red de Cercanías. Lo intentó, aunque lo consiguió muy relativamente, quizás porque el problema no se arregla con unas cuantas contrataciones, ni sustituyendo trenes por autobuses, ni devolviendo el dinero de los viajes fallidos.

A la mayoría de las personas usuarias de este servicio público les sabe a poco, a poquísimo, que haya informadores a pie de vía que ilustren sobre los retrasos y cancelaciones de los trenes que te debían llevar puntualmente al trabajo o a casa, después de un día cansado. De lo que se trata es de que no haya nada que informar en ese sentido.

Dijo la ministra que en un par de semanas serán contratados ocho maquinistas. Aleluya, porque es, efectivamente, uno de los elementos esenciales para que el tren funcione. Pero son  pocos para una plantilla con demasiadas bajas, por otra parte previsibles, en razón a las jubilaciones previstas que  nadie se ocupó de cubrir. De los restantes elementos imprescindibles para el saneamiento integral de la red de cercanías, nada dijo. Nada sobre las inversiones estructurales que se precisan para mejorar la red ferroviaria, nada sobre la adquisición de nuevos equipamientos. Que se abaraten los precios, es de agradecer pero el malestar de las personas usuarias no se resuelve con rebajas económicas sino con medidas que garanticen que todos los  trenes  previstos  salgan y  lleguen a su hora.

Eso no pasará mientras que la Red de cercanías siga siendo tratada como la hermana pobre, merecedora de una raquítica inversión de 3600 millones para sus más de 500 millones de pasajeros en todo el Estado frente a la generosidad con las líneas de alta velocidad que siendo utilizadas por  cerca de 30 millones de pasajeros han recibido una inversión de casi 56.000 millones de euros, según la AIREF. Las cifras aburren, pero permiten entender de un vistazo dónde está el origen del problema.

A la Comunidad valenciana, de esa “lluvia” escasa de millones nos han tocado unos 700 millones, que son calderilla en un paquete macroeconómico destinado a hacer frente a un conflicto  social de tan enorme envergadura.

El problema no admite demora. Más de ocho millones de viajeros se han buscado la vida para sus traslados personales o laborales y es seguro que las forzosas soluciones adoptadas no colaboran a la sostenibilidad medioambiental. Pero lo han hecho, hartos de verse perjudicados por un servicio público que les ha hecho llegar tarde al trabajo, perder consultas médicas, retrasarse ante exámenes decisivos…. Problemas del día a día que exasperan y desesperan, añadidos a otros tantos con los que hay que lidiar inevitablemente y absorben toda nuestra capacidad de resistencia a la frustración que se vive en un andén plagado de gente  cabreada.

Las propuestas de la ministra han conseguido, por otra parte, la total coincidencia en la respuesta de partidos políticos y entidades ciudadanas que han salido en tromba, con argumentos más o menos interesantes o interesados, a contradecir a la Ministra del ramo.

Ella se habrá vuelto, seguro que en el AVE, a su despacho en el Ministerio, aunque es de esperar que se haya llevado la potente impresión de que esta gente de la Comunidad Valenciana no va a parar hasta conseguir el tren que les lleve a donde quieren ir.

LA DISCAPACIDAD QUE NO INCAPACITA

Mañana es el día de las personas con discapacidad funcional, un colectivo cuyo mayor problema no es su discapacidad, sino la forma en que la sociedad obstaculiza, por acción u omisión, su derecho   disfrutar de una vida digna y sin limitaciones. La discapacidad sustituye afortunadamente al término antaño utilizado,  de incapacidad, que de un solo manotazo relegaba a las personas con una realidad diferente a una condición de dependencia total, absolutamente excluyente de cualquier posibilidad de proyecto vital propio. Hoy en día, se impone, gracias a los propios interesados, a sus familias y asociaciones, el concepto de diversidad funcional del que se deriva la obligación de dar el apoyo social necesario a las personas que lo requieren para vivir una vida independiente, acorde con su proyecto de vida elegido.

Es un enfoque de agradecer porque, huyendo de cualquier tipo de paternalismo compasivo y vomitivo, se exige a la sociedad que, en coherencia con las premisas de equidad y justicia, ponga los medios para que nadie sufra exclusión por su forma de ser y estar en la vida. De lo que se trata es de impedir que la sociedad ponga límites, margine o reduzca de cualquier forma la capacidad de elección de las personas que viven y conviven con algún tipo de discapacidad.

Actualmente, las personas con discapacidad son la minoría más amplia que existe ya que en España son más de 3,8 millones de personas, lo que supone casi el 9% de la población. Es enormemente preocupante la afectación que sufren las criaturas, más de cien millones en todo el mundo, teniendo en cuenta que cuentan con cuatro veces más posibilidades de ser víctimas de algún tipo de violencia.

Su existencia es todo un reto para la sociedad que debe garantizarles las mismas oportunidades, eliminando cualquier trato empalagoso y sobreprotector que los infantilice y denigre. Las personas con diversidad funcional necesitan cariño como cualquiera y respeto como el que más. Sobre todo, necesitan de un pragmatismo absoluto a la hora de resolver los problemas que les impiden ejercer sus potencialidades y dar respuesta a sus necesidades. Entran ahí todas las cuestiones relacionadas con la accesibilidad universal que implica la eliminación de todo tipo de barreras (físicas, actitudinales…) para impedir que un bordillo demasiado alto, una puerta demasiado estrecha, la falta de ascensores o rampas o simplemente la falta de paciencia, dejen a la intemperie a la persona y su discapacidad.

Quizás, para entender de verdad que las personas con discapacidad son gente con capacidades diferentes que han de convivir con su limitación, igual que otras conviven con su diabetes, vendrían bien algunos ejemplos inefables que nos ha dejado el cine.

Vean ustedes, si no lo han hecho todavía, la película “Intocable”, versión algo edulcorada, todo hay que decirlo, de la vida de un millonario que queda tetrapléjico tras un accidente.  O sin ir más lejos, la oscarizada Forrest Gump, que no es más que la historia a veces trágica, a veces tan sorprendente y surrealista como la vida misma, de un personaje afectado de una evidente discapacidad intelectual que, sin embargo, es capaz de extraer sabiduría de una caja de bombones, aunque para muchos no es más que un retrasado mental, aborrecible término que habría que prohibir.

Somos estúpidamente miopes cuando no percibimos que cualquiera, en algún momento de su vida, puede experimentar una discapacidad temporal o permanente, generadora de nuevas necesidades que desearíamos que estuvieran perfectamente resueltas. Olvidamos con demasiada facilidad, las necesidades que ya tienen ahora las personas con discapacidad funcional. Mañana es su día de lucha y reivindicación. Deberían percibir que tienen todas las puertas están abiertas.

LEJANÍAS (5.10.2021)

Los llaman CERCANIAS, porque efectivamente son los más cercanos, los que más necesitamos, los que nos llevan a nuestros compromisos diarios, a estudiar o trabajar  en localidades cercanas . Nos llevan a las consultas médicas, a los trámites administrativos que no apetecen, pero son esenciales para nuestra vida.

Llevamos varios días en los que se han convertido en una pesadilla para miles de usuarios y usuarias que, si ya andaban bastante damnificados, han aprendido con esta experiencia que siempre se puede ir a peor.

La Red de Cercanías de la Comunidad Valenciana  ha perdido 10 millones de usuarios en la última década a cuenta de su mal servicio, del incumplimiento de sus horarios, de la incomodidad de sus trenes, de la escasez de personal, de la frecuencia inexplicable de sus averías. Un servicio que siendo público, sin búsqueda de beneficios, debería garantizar un acreditado  nivel de calidad . Y no se aprecia demasiada calidad viajando en trenes sobrecargados con demasiados años a cuesta, que circulan a velocidad de tortuga pasmada. No es nada satisfactorio que cada vez más maquinas atiendan a personas en la expedición de billetes, en la información de horarios e incidencias, cuyo funcionamiento defectuoso perjudica sin posibilidad de reclamación o queja.

Su deplorable situación no es fruto de la casualidad o del destino, sino de la ridícula inversión realizada en un servicio que es de uso preferente para miles de personas todos los días del año y que se decide  en despachos que ni están en Xàtiva, ni están en Valencia.

Es en Madrid  donde se decide cuánto y para qué se invierte en esta red, porque es suya la competencia y el poder que permite la toma de decisiones. Quizás eso explique porque se han invertido 98 euros por persona  en el AVE, que no un es tren utilizado por grandes multitudes todos los días, frente a los 0.0015 céntimos invertidos en la red de Cercanías.

Algunas de las reivindicaciones de los maquinistas, convocantes de la huelga, pueden ser compartidas en la medida en que contribuyen a la mejora del servicio. Siempre es conveniente ampliar y rejuvenecer la plantilla. Pero las huelgas son lo que son, medidas de presión necesarias, utilizadas por la  clase trabajadora  a lo largo de su historia para conquistar cada uno de sus derechos, porque ninguna ha sido regalo generoso de la patronal. Con todo, las huelgas tienen sus reglas, se someten a unas normas pactadas que de alguna manera “dosifican” el daño causado a la ciudadanía que casi siempre es la moneda de cambio que queda en medio de los intereses de las partes en conflicto.

Por eso, exige una cuota extra de solidaridad, paciencia y templanza soportar lo que no se sabe si es una huelga salvaje o asilvestrada como resultado de la gestión inepta de una empresa que no funciona ni en la normalidad, ni en la anormalidad.

Depender de un panel y de una voz robotizada para saber si llegarás al trabajo a la hora o si podrás volver a casa, es una experiencia sumamente desagradable. Oír como se anuncian cancelaciones que convierten los servicios mínimos en un espejismo, correr para pillar plaza a la desesperada en los pocos trenes que circulan o terminar haciendo un viaje infernal, notando en el cogote la respiración de una persona con la esperanza de que todo el vagón este correctamente vacunado contra el COVID genera una crispación e insolidaridad añadida que todos deberían intentar evitar.

Salvajes son las fieras de la selva, pero no deben serlo las huelgas, necesarias para adquirir derechos y mejorar un servicio público que tanta gente necesita.

LA CELEBRACIÓN DE LA MUERTE (1.11.2021)

La fiesta que se celebrará el próximo Lunes -Día de Todos los Santos la llama el calendario- se la inventó como es habitual, un Papa, Gregorio IV, que decidió festejar en tropel a todos los santos, conocidos o desconocidos, incluyendo a quienes alcanzaron el ansiado estatus de santidad tras una obligada temporada en el Purgatorio. Su loable objetivo era no olvidar a ninguno, puesto que, aunque canonizados hay cantidad,  existe además una inmensa cantidad de santos desconocidos (seguramente aquí se podrá incluir a las santas) que también merecían reconocimiento.

Otra cosa es la celebración del día siguiente, Día de los fieles difuntos, (rasgo éste de la fidelidad que no queda claro si excluye automáticamente a los infieles) en la que para ser protagonista ya no hay que ser santo y vivir la vida eterna. Aquí, se produce una curiosa mezcla entre la celebración religiosa compartida entre ortodoxos, anglicanos o católicos y las arraigadas tradiciones culturales de muchos países latinoamericanos. Las celebraciones religiosas se centran en orar por las almas de las personas difuntas para desearles suerte y pronta llegada al paraíso que sea, dando por hecho que muchas de ellas todavía estarán a mitad camino. Las otras celebraciones, vinculadas al culto a la muerte, de origen remoto y vinculadas a ritos paganos, resultan mucho más divertidas.

A ambas fechas y celebraciones, se une ahora el Halloween anglosajón, fruto de un marketing eficiente que fomenta la imitación sustentada en un papanatismo congénito. Es evidente nuestra afición a las fiestas propias y ajenas, pero parece cuestionable la adopción de costumbres foráneas por simple imitación bien teledirigida.  La fiesta de Halloween de origen irlandés se celebra el 31 de octubre por la noche e implica la aparición de calabazas, arañas y otros accesorios exóticos junto a juegos de palabras incomprensibles.

Aquí en España y en nuestra ciudad, más allá de la disquisición histórica y de la clarificación del calendario, el 1 de noviembre es el día en que florecen nuestros cementerios Y no es una metáfora. Lo que no son más que espacios de piedra que suelen estar en respetuoso silencio, se convierte ese día y los precedentes, en una explosión de colores, de olores, de floración natural o de plástico, que es difícil distinguir a veces. Ese día los patios silenciosos y las avenidas solitarias se llenan de conversaciones, de saludos, de presentaciones formales y de abrazos sentidos. A veces hay lágrimas, pero suele haber serenidad y resignación porque muchas de las despedidas ya están hechas. Es el momento de la reflexión existencial, del rescate de anécdotas nunca olvidadas y de compartir nostalgias rememorando rostros, tactos, olores y sonidos que reconstruyen a las personas que se fueron y que estimamos igual que cuando marcharon.

Hay personas, sin embargo, que no necesitan un día al año, ni un paseo al cementerio para recuperar a su gente desaparecida porque, aunque no ven cosas, sus muertos van con ellos, silenciosamente partícipes de sus vidas cotidianas, quizás haciéndose un poco pesados, pero reales y queridos como lo fueron cuando eran de carne y hueso y se les podía abrazar.

Hay grandes diferencias entre el culto a la muerte y la compañía de los muertos. Lo primero, tiene mucho de metafísico y misterioso, de oscuro y tenebroso, causando cierta desazón. Quienes viven tranquilamente su vida, acompañados de sus muertos privados, son discretos y no necesariamente gente triste. Lo hacen en silencio, de forma íntima y cotidiana. No rinden culto a nadie, pero los llevan sin ningún tipo de sentimiento trágico ni funerario en su corazón y en su recuerdo. Hasta que la muerte los vuelva a juntar.

APOSTANDO POR LA VIDA

Hay que tener el corazón de piedra y la mente en blanco para asumir  que más de medio centenar de mujeres perderán la vida en el próximo año sólo por ser mujeres o que la mitad de las mujeres con las que convives y a las que estimas, sufrirán en algún grado la violencia machista. Es lo que va a pasar, según advierten predicciones basadas en datos objetivos, mucho más precisas que las de Nostradamus.

Hay que carecer de alma para resignarse ante las agresiones sexuales que se producen en este país cada cuatro horas. O para sentirse indiferente ante el acoso sexual en el trabajo, que no es más que la manifestación de la violencia machista en horario laboral. Es lógico descomponerse frente a la inocencia de las criaturas, ante la posibilidad de que algunas acaben convirtiéndose en víctimas y otros en verdugos.

Todo ello encardinado en un entramado cultural que alienta la sumisión de las mujeres y la soberbia de los hombres, convirtiendo en normalidad lo que no es más que una terrible y sangrante injusticia.   

La proliferación de casos,  la saturación emocional, la asfixiante impotencia  consiguen incorporar cada vez a más gente al pelotón de los duros de corazón , de  los cortos de vista y sordos al sufrimiento que no quieren comprometer su existencia con causas que consideran o bien imaginarias o bien perdidas.

Hay demasiadas excusas para la inacción, para ponerse de perfil y no leer la noticia que avanza el titular, para huir de otro  relato patético y preocupante de sangre y miseria. Influye también la decepción ante la incoherencia de quienes preparan el discurso adecuado en la circunstancia apropiada pero no consiguen esconder el infame postureo que sustenta su actitud. Se suman además los discursos que niegan lo evidente y rematan a las víctimas, quitándoles credibilidad y la oportunidad de ser recordadas como inocentes que perdieron injustamente la vida. Se añade el cansancio legítimo y explicable de quien lleva años invirtiendo inteligencia, tiempo y energía, en esa guerra sin tregua contra una violencia desatada, irracional y eminentemente cruel. Ahí se va acumulando la desesperanza que carcome y debilita ante un combate permanente en el que todo el mundo pierde.

Pero con todo y a pesar de todo, llega el 25 de noviembre, Día internacional contra la violencia machista, y se vuelven a llenar las calles y se percibe la fuerza de una ciudadanía que quiere vivir en la paz y en el respeto. Sería injusto negar la existencia en esta ciudad y en otras muchas, de personas que no se acomodan a vivir en una sociedad, podrida en su indiferencia, que no han perdido su capacidad de rabia e indignación ante los discursos que niegan la evidencia más desgraciada, desde la mentira y la manipulación.  

Todas ellas saben que es la desigualdad es la que alimenta al monstruo de la violencia. Que son esas grandes diferencias en la situación de unos y otras, la inexistencia de un reparto equitativo de la riqueza, del empleo (aunque del bueno no hay casi para nadie), el sometimiento de las mujeres, que a las buenas o a las malas, deben aprender y ejercer sus ancestrales, imprescindibles y jamás reconocidas tareas de cuidado, las que sustentan el edificio donde la violencia sobre las mujeres es útil y admisible.

 Ese edificio lo vamos a destruir.  Ojala más pronto que tarde, a base de  constancia sin treguas ni rendiciones, de contundencia en las acciones y de total beligerancia con las actitudes falsas e hipócritas. Siempre que permanezcamos unidas, apostando por la vida y un futuro feliz para todas las mujeres.

A OSCURAS Y CON MIEDO

Llevan semanas metiendo miedo con el gran apagón. Aunque afortunadamente parece que el 70 % de la población no ha picado en la engañifa y no cree en esa posibilidad fantástica y malintencionada que predice una catástrofe mundial en la que se fundirían todas las bombillas a la vez y volveríamos a tener que encender hogueras con palitos y pedernales en hogares fríos e inhóspitos. A señalar que la ocurrencia ha permitido la lectura de ingeniosas propuestas en materia de kits de supervivencia que recomendaban desde pasaportes por si alguien quería hacer turismo aprovechando la oscuridad, hasta aguja e hilo para quien le apeteciera dedicarse a hacer punto de cruz a la luz de las velas. Lo cierto es que las ferreterías avisaron que se les terminaron los hornillos de gas y las linternas. Que se agotaron las velas y hubo demanda extra de pitos, cuya utilidad no está clara del todo. Dato curioso que la demanda se concentrara en una clientela de avanzada edad quizás con más memoria para rememorar tragedias pasadas.

El gran apagón es una gran mentira. Lo afirman por activa y por pasiva, autoridades científicas, políticos de diferentes colores, pero, en todo caso, respetuosos con la verdad… Sin basarse en opiniones interesadas o en debates trucados, sino a partir de informaciones contrastadas y rigurosas sobre la red eléctrica de nuestro país, su capacidad y su funcionamiento. Pero la verdad no acaba de imponerse sobre el ruido y las mentiras.

¿A quién les interesa cultivar la tóxica planta del miedo? La respuesta es fácil: a los que lo aprovechan para llevarnos, como ovejas memas y manipulables, al redil donde mejor serviremos a sus intereses. Si se canaliza debidamente el miedo a quedarnos sin trabajo o a ser pobres como ratas a pesar de tenerlo, el miedo a no tener pensión o que sea tan escasa que sólo nos permita morirnos poco a poco o el temor a quedarnos sin casa porque no podamos mantenerla o nos la ocupen, será más fácil alcanzar esa sociedad neoliberal en su versión más pura, con mano de obra barata y esclava, diseñada para la supervivencia del más fuerte y el abandono de los más débiles e improductivos.

Si el miedo les sirve para echar por tierra todo el edificio de la convivencia entre las personas, construido y sustentado en la justicia social, la sostenibilidad y la solidaridad, , saldrán ganando algunos, es cierto, pero perderemos la inmensa mayoría, al formar parte involuntaria e irrelevante de una sociedad donde no seamos ciudadanos sino supervivientes y no exista la política, entendida como el arte de convivir y resolver juntos los problemas comunes, porque la convivencia sea una fantasía y los problemas, angustias individuales a resolver en completa soledad.

El miedo nos hace egoístas, insolidarios, casi hasta la idiotez. En su forma más extrema nos hace perder las capas de civilización, de humanidad hasta convertirnos en seres tan básicos como los animales a los que solo preocupa la propia seguridad, la propia supervivencia…. El miedo nos deshumaniza, nos entontece y se lo pone fácil a la demagogia que fomenta el individualismo y la falta de empatía.

El miedo es tóxico, nos envenena y cambia nuestras prioridades. Para una sociedad temerosa y acongojada la necesidad más apremiante es la seguridad. Sentirse protegida a costa de lo que sea, aunque paguen justos por pecadores, aunque se cometan injusticias, se pierdan derechos para garantizar la autoprotección o se renuncie a libertades. Quien controla el miedo de la gente, se hace el amo de sus almas, decía Maquiavelo. Y por nuestro peor miedo debería ser vivir en el miedo.

OBESIDAD LETAL

La gordura es un concepto relativo, como es bien sabido a la vista de las enormes variaciones que a lo largo de la historia ha habido sobre el standard deseable relacionado con el peso y formas de los seres humanos. No hay uniformidad de criterios y lo que en un país es belleza, en otros no es más que un saco de huesos o, por el contrario, el cuerpo que unos aprecian, para otros no es más que adiposidad y flacidez.

En todo caso, a estas alturas, los criterios sanitarios deberían primar sobre los estéticos, por lo menos en aquellas sociedades que tienen el privilegio de poder elegir.

Hoy, la obesidad de personas adultas y menores es un problema en este país. Que el 40% de los niños/as, uno de cada tres, tengan sobrepeso es un serio aviso de lo que vendrá después: graves problemas de salud  que comprometerán la calidad de vida de esos niños que serán adultos,  sufridores de patologías que podrían haberse evitado.

De ahí, la medida del Gobierno de limitar la publicidad de alimentos, que entrará en vigor en 2022 y abarcará todos los medios, incluida televisión, radio, redes sociales y aplicaciones. Se pretende prohibir que se publiciten como alimentos, productos que en realidad no son tales, insanos por definición o que falsifican su composición. Impedir que seduzcan con malas artes a la gente pequeña que es mayormente la que sufre el bombardeo y se hace adicta a productos comestibles pero insanos. Cierto que las medidas restrictivas por definición, no gustan y producen rechazo, pero a veces hace falta prohibir determinadas conductas peligrosas para uno mismo y los ajenos, a riesgo de tener que oír ridículas e irresponsables declaraciones de personajes públicos que se atreven a reclamar, por ejemplo, su derecho a beber y conducir sin mesura ni restricción.

La publicidad al servicio del negocio de la alimentación nos hace comer con los ojos sucumbiendo ante envases coloridos, de productos de escasa calidad, que te regalan tonterías innecesarias. Fomenta la imitación de modelos estereotipados de criaturas angelicales, gente joven guapa o personas ancianas de melenas blancas y dentaduras perfectas que se hinchan a comer chocolatinas. Es sibilina la intención de quien dispone las estanterías de los supermercados para que, en las cajas, donde se realizan las esperas y a la altura de los ojos de la gente pequeña estén todos esos productos, baratos, atractivos, insanos y perfectamente prescindibles.

Con todo, la lucha contra la obesidad requiere abrir otros frentes como la educación nutricional, el fomento de la actividad física o la reducción de grasas y azúcares en determinados productos. En Japón, la introducción de la asignatura de educación nutricional en los colegios redujo en un 20% la obesidad infantil en dos años. Hay  familias dispuestas a comer bien pero que no saben cómo hacerlo. Quizá por ello, el 60% de los escolares desayuna galletas y solo dos de cada diez toma fruta fresca en la primera comida del día.

Cada cual come y da de comer lo que quiere, es cierto. Faltaría más. Pero asumiendo que la salud que deseamos fervientemente para quienes estimamos depende en gran medida de la alimentación, sabemos sin lugar a dudas que no es lo mismo alimentarse de gominolas, chocolatinas y bollicaos que de lechugas, lentejas y plátanos. 

El resultado final en nuestros cuerpos no será igual ni de lejos, y por eso, para empezar, sean bienvenidas las medidas que apoyan a quienes con nervios de acero han de hacer frente a los aullidos infantiles que exigen su ración de azúcar  o al ansia irracional de un bombón para sobrevivir.

TÓCATE LAS TETAS

Ese el consejo, directo y contundente que ha facilitado una diputada en el Congreso con motivo de la reciente celebración del Dia Mundial de la lucha contra el Cáncer de mama, jornada en la que todos nos acordamos de esa maldita enfermedad. Aunque hay quien se acuerda de ella todos los días porque le ha tocado sobrellevarla, enfrentarse a ella y vivirla en primera persona, por lo que no hace falta que nadie les recuerde nada, ni les dé lecciones de coraje y superación.

Solo en España, cada año se diagnostican alrededor de 28.000 nuevos cánceres de mama. Una de cada ocho mujeres lo padecerá en algún momento de su vida.

Por eso, el consejo de la diputada es acertado. Lo primero que hay que hacer para enfrentar una enfermedad que mata a 6500 mujeres al año es intentar prevenirla, detectarla con la mayor anticipación posible porque así las posibilidades de superación serán mucho mayores, como todo el mundo sabe. Y hacerlo no sólo ha de depender de la actuación individual (tócate…) sino de la existencia de programas de cribado suficientes que contribuyen a reducir hasta en un 30 % la tasa de mortalidad.

Lo que todo el mundo no sabe es que el cáncer de mama tiene causas multifactoriales, lo que quiere decir que nadie está predestinada a sufrirlo ni nadie está libre de padecerlo. Lo que todo el mundo debería saber es que lo peor que se puede hacer cuando se trata con personas enfermas es adjudicarles cualquier tipo de responsabilidad o culpa, por sus hábitos, sus antecedentes o sus circunstancias.

Otra cosa que solemos hacer fatal es afrontar la enfermedad como una batalla, en la que se vence o se muere, porque de ahí se infiere que quienes fallecen son perdedoras que no fueron capaces de alcanzar la victoria. Quizás sería mucho mejor abandonar todas esas metáforas bélicas que hablan de guerra contra la enfermedad, de derrotas y triunfos y considerar la enfermedad como lo que es: un suceso vital aleatorio que no hay que afrontar con resignación pero que hay que vivir con serenidad y confianza en el futuro.

Tampoco hay que permitir que los lazos rosados disimulen la dureza de la enfermedad y nos hagan olvidar donde están las soluciones. No es en las carreras populares, en los desfiles de modas o en las camisetas apropiadas, todas ellas iniciativas surgidas mayormente de la buena voluntad que, sin embargo, no deben ocultar los elementos que en realidad nos protegen de la enfermedad.

Uno es una Sanidad pública, fuerte y bien dotada de todos los recursos necesarios desde tecnología punta hasta personal sanitario especializado. En este terreno, como en todos aquellos que comprometen la vida de las personas no puede haber listas de espera, pruebas demoradas, consultas tardías, tratamientos condicionados por la economía… La Sanidad pública y quienes la defienden con hechos y no con palabras deben contar con el apoyo incondicional de todas las personas que son y serán susceptibles de necesitar sus servicios, sin que el tamaño de su cartera importe.

El otro es la existencia de líneas de investigación científica que no sean reclamos testimoniales, de bajo coste y escasa proyección. Hace falta mimar al personal que investiga tratamientos, que mejora procedimientos de cribado y detección, que persigue un conocimiento amplio y profundo de la enfermedad para detectarla y curarla con la mayor rapidez. Sus frutos se verán a medio y largo plazo, pero deben contar con los recursos presupuestarios para hacer su trabajo durante el tiempo que sea necesario hasta conseguir los objetivos propuestos.

Esta es la receta: ponte el lacito, vota sin equivocarte y tócate las tetas.