Categoría: SOY CIUDADANA

LA DISCAPACIDAD QUE NO INCAPACITA

Mañana es el día de las personas con discapacidad funcional, un colectivo cuyo mayor problema no es su discapacidad, sino la forma en que la sociedad obstaculiza, por acción u omisión, su derecho   disfrutar de una vida digna y sin limitaciones. La discapacidad sustituye afortunadamente al término antaño utilizado,  de incapacidad, que de un solo manotazo relegaba a las personas con una realidad diferente a una condición de dependencia total, absolutamente excluyente de cualquier posibilidad de proyecto vital propio. Hoy en día, se impone, gracias a los propios interesados, a sus familias y asociaciones, el concepto de diversidad funcional del que se deriva la obligación de dar el apoyo social necesario a las personas que lo requieren para vivir una vida independiente, acorde con su proyecto de vida elegido.

Es un enfoque de agradecer porque, huyendo de cualquier tipo de paternalismo compasivo y vomitivo, se exige a la sociedad que, en coherencia con las premisas de equidad y justicia, ponga los medios para que nadie sufra exclusión por su forma de ser y estar en la vida. De lo que se trata es de impedir que la sociedad ponga límites, margine o reduzca de cualquier forma la capacidad de elección de las personas que viven y conviven con algún tipo de discapacidad.

Actualmente, las personas con discapacidad son la minoría más amplia que existe ya que en España son más de 3,8 millones de personas, lo que supone casi el 9% de la población. Es enormemente preocupante la afectación que sufren las criaturas, más de cien millones en todo el mundo, teniendo en cuenta que cuentan con cuatro veces más posibilidades de ser víctimas de algún tipo de violencia.

Su existencia es todo un reto para la sociedad que debe garantizarles las mismas oportunidades, eliminando cualquier trato empalagoso y sobreprotector que los infantilice y denigre. Las personas con diversidad funcional necesitan cariño como cualquiera y respeto como el que más. Sobre todo, necesitan de un pragmatismo absoluto a la hora de resolver los problemas que les impiden ejercer sus potencialidades y dar respuesta a sus necesidades. Entran ahí todas las cuestiones relacionadas con la accesibilidad universal que implica la eliminación de todo tipo de barreras (físicas, actitudinales…) para impedir que un bordillo demasiado alto, una puerta demasiado estrecha, la falta de ascensores o rampas o simplemente la falta de paciencia, dejen a la intemperie a la persona y su discapacidad.

Quizás, para entender de verdad que las personas con discapacidad son gente con capacidades diferentes que han de convivir con su limitación, igual que otras conviven con su diabetes, vendrían bien algunos ejemplos inefables que nos ha dejado el cine.

Vean ustedes, si no lo han hecho todavía, la película “Intocable”, versión algo edulcorada, todo hay que decirlo, de la vida de un millonario que queda tetrapléjico tras un accidente.  O sin ir más lejos, la oscarizada Forrest Gump, que no es más que la historia a veces trágica, a veces tan sorprendente y surrealista como la vida misma, de un personaje afectado de una evidente discapacidad intelectual que, sin embargo, es capaz de extraer sabiduría de una caja de bombones, aunque para muchos no es más que un retrasado mental, aborrecible término que habría que prohibir.

Somos estúpidamente miopes cuando no percibimos que cualquiera, en algún momento de su vida, puede experimentar una discapacidad temporal o permanente, generadora de nuevas necesidades que desearíamos que estuvieran perfectamente resueltas. Olvidamos con demasiada facilidad, las necesidades que ya tienen ahora las personas con discapacidad funcional. Mañana es su día de lucha y reivindicación. Deberían percibir que tienen todas las puertas están abiertas.

LEJANÍAS (5.10.2021)

Los llaman CERCANIAS, porque efectivamente son los más cercanos, los que más necesitamos, los que nos llevan a nuestros compromisos diarios, a estudiar o trabajar  en localidades cercanas . Nos llevan a las consultas médicas, a los trámites administrativos que no apetecen, pero son esenciales para nuestra vida.

Llevamos varios días en los que se han convertido en una pesadilla para miles de usuarios y usuarias que, si ya andaban bastante damnificados, han aprendido con esta experiencia que siempre se puede ir a peor.

La Red de Cercanías de la Comunidad Valenciana  ha perdido 10 millones de usuarios en la última década a cuenta de su mal servicio, del incumplimiento de sus horarios, de la incomodidad de sus trenes, de la escasez de personal, de la frecuencia inexplicable de sus averías. Un servicio que siendo público, sin búsqueda de beneficios, debería garantizar un acreditado  nivel de calidad . Y no se aprecia demasiada calidad viajando en trenes sobrecargados con demasiados años a cuesta, que circulan a velocidad de tortuga pasmada. No es nada satisfactorio que cada vez más maquinas atiendan a personas en la expedición de billetes, en la información de horarios e incidencias, cuyo funcionamiento defectuoso perjudica sin posibilidad de reclamación o queja.

Su deplorable situación no es fruto de la casualidad o del destino, sino de la ridícula inversión realizada en un servicio que es de uso preferente para miles de personas todos los días del año y que se decide  en despachos que ni están en Xàtiva, ni están en Valencia.

Es en Madrid  donde se decide cuánto y para qué se invierte en esta red, porque es suya la competencia y el poder que permite la toma de decisiones. Quizás eso explique porque se han invertido 98 euros por persona  en el AVE, que no un es tren utilizado por grandes multitudes todos los días, frente a los 0.0015 céntimos invertidos en la red de Cercanías.

Algunas de las reivindicaciones de los maquinistas, convocantes de la huelga, pueden ser compartidas en la medida en que contribuyen a la mejora del servicio. Siempre es conveniente ampliar y rejuvenecer la plantilla. Pero las huelgas son lo que son, medidas de presión necesarias, utilizadas por la  clase trabajadora  a lo largo de su historia para conquistar cada uno de sus derechos, porque ninguna ha sido regalo generoso de la patronal. Con todo, las huelgas tienen sus reglas, se someten a unas normas pactadas que de alguna manera “dosifican” el daño causado a la ciudadanía que casi siempre es la moneda de cambio que queda en medio de los intereses de las partes en conflicto.

Por eso, exige una cuota extra de solidaridad, paciencia y templanza soportar lo que no se sabe si es una huelga salvaje o asilvestrada como resultado de la gestión inepta de una empresa que no funciona ni en la normalidad, ni en la anormalidad.

Depender de un panel y de una voz robotizada para saber si llegarás al trabajo a la hora o si podrás volver a casa, es una experiencia sumamente desagradable. Oír como se anuncian cancelaciones que convierten los servicios mínimos en un espejismo, correr para pillar plaza a la desesperada en los pocos trenes que circulan o terminar haciendo un viaje infernal, notando en el cogote la respiración de una persona con la esperanza de que todo el vagón este correctamente vacunado contra el COVID genera una crispación e insolidaridad añadida que todos deberían intentar evitar.

Salvajes son las fieras de la selva, pero no deben serlo las huelgas, necesarias para adquirir derechos y mejorar un servicio público que tanta gente necesita.

LA CELEBRACIÓN DE LA MUERTE (1.11.2021)

La fiesta que se celebrará el próximo Lunes -Día de Todos los Santos la llama el calendario- se la inventó como es habitual, un Papa, Gregorio IV, que decidió festejar en tropel a todos los santos, conocidos o desconocidos, incluyendo a quienes alcanzaron el ansiado estatus de santidad tras una obligada temporada en el Purgatorio. Su loable objetivo era no olvidar a ninguno, puesto que, aunque canonizados hay cantidad,  existe además una inmensa cantidad de santos desconocidos (seguramente aquí se podrá incluir a las santas) que también merecían reconocimiento.

Otra cosa es la celebración del día siguiente, Día de los fieles difuntos, (rasgo éste de la fidelidad que no queda claro si excluye automáticamente a los infieles) en la que para ser protagonista ya no hay que ser santo y vivir la vida eterna. Aquí, se produce una curiosa mezcla entre la celebración religiosa compartida entre ortodoxos, anglicanos o católicos y las arraigadas tradiciones culturales de muchos países latinoamericanos. Las celebraciones religiosas se centran en orar por las almas de las personas difuntas para desearles suerte y pronta llegada al paraíso que sea, dando por hecho que muchas de ellas todavía estarán a mitad camino. Las otras celebraciones, vinculadas al culto a la muerte, de origen remoto y vinculadas a ritos paganos, resultan mucho más divertidas.

A ambas fechas y celebraciones, se une ahora el Halloween anglosajón, fruto de un marketing eficiente que fomenta la imitación sustentada en un papanatismo congénito. Es evidente nuestra afición a las fiestas propias y ajenas, pero parece cuestionable la adopción de costumbres foráneas por simple imitación bien teledirigida.  La fiesta de Halloween de origen irlandés se celebra el 31 de octubre por la noche e implica la aparición de calabazas, arañas y otros accesorios exóticos junto a juegos de palabras incomprensibles.

Aquí en España y en nuestra ciudad, más allá de la disquisición histórica y de la clarificación del calendario, el 1 de noviembre es el día en que florecen nuestros cementerios Y no es una metáfora. Lo que no son más que espacios de piedra que suelen estar en respetuoso silencio, se convierte ese día y los precedentes, en una explosión de colores, de olores, de floración natural o de plástico, que es difícil distinguir a veces. Ese día los patios silenciosos y las avenidas solitarias se llenan de conversaciones, de saludos, de presentaciones formales y de abrazos sentidos. A veces hay lágrimas, pero suele haber serenidad y resignación porque muchas de las despedidas ya están hechas. Es el momento de la reflexión existencial, del rescate de anécdotas nunca olvidadas y de compartir nostalgias rememorando rostros, tactos, olores y sonidos que reconstruyen a las personas que se fueron y que estimamos igual que cuando marcharon.

Hay personas, sin embargo, que no necesitan un día al año, ni un paseo al cementerio para recuperar a su gente desaparecida porque, aunque no ven cosas, sus muertos van con ellos, silenciosamente partícipes de sus vidas cotidianas, quizás haciéndose un poco pesados, pero reales y queridos como lo fueron cuando eran de carne y hueso y se les podía abrazar.

Hay grandes diferencias entre el culto a la muerte y la compañía de los muertos. Lo primero, tiene mucho de metafísico y misterioso, de oscuro y tenebroso, causando cierta desazón. Quienes viven tranquilamente su vida, acompañados de sus muertos privados, son discretos y no necesariamente gente triste. Lo hacen en silencio, de forma íntima y cotidiana. No rinden culto a nadie, pero los llevan sin ningún tipo de sentimiento trágico ni funerario en su corazón y en su recuerdo. Hasta que la muerte los vuelva a juntar.

A OSCURAS Y CON MIEDO

Llevan semanas metiendo miedo con el gran apagón. Aunque afortunadamente parece que el 70 % de la población no ha picado en la engañifa y no cree en esa posibilidad fantástica y malintencionada que predice una catástrofe mundial en la que se fundirían todas las bombillas a la vez y volveríamos a tener que encender hogueras con palitos y pedernales en hogares fríos e inhóspitos. A señalar que la ocurrencia ha permitido la lectura de ingeniosas propuestas en materia de kits de supervivencia que recomendaban desde pasaportes por si alguien quería hacer turismo aprovechando la oscuridad, hasta aguja e hilo para quien le apeteciera dedicarse a hacer punto de cruz a la luz de las velas. Lo cierto es que las ferreterías avisaron que se les terminaron los hornillos de gas y las linternas. Que se agotaron las velas y hubo demanda extra de pitos, cuya utilidad no está clara del todo. Dato curioso que la demanda se concentrara en una clientela de avanzada edad quizás con más memoria para rememorar tragedias pasadas.

El gran apagón es una gran mentira. Lo afirman por activa y por pasiva, autoridades científicas, políticos de diferentes colores, pero, en todo caso, respetuosos con la verdad… Sin basarse en opiniones interesadas o en debates trucados, sino a partir de informaciones contrastadas y rigurosas sobre la red eléctrica de nuestro país, su capacidad y su funcionamiento. Pero la verdad no acaba de imponerse sobre el ruido y las mentiras.

¿A quién les interesa cultivar la tóxica planta del miedo? La respuesta es fácil: a los que lo aprovechan para llevarnos, como ovejas memas y manipulables, al redil donde mejor serviremos a sus intereses. Si se canaliza debidamente el miedo a quedarnos sin trabajo o a ser pobres como ratas a pesar de tenerlo, el miedo a no tener pensión o que sea tan escasa que sólo nos permita morirnos poco a poco o el temor a quedarnos sin casa porque no podamos mantenerla o nos la ocupen, será más fácil alcanzar esa sociedad neoliberal en su versión más pura, con mano de obra barata y esclava, diseñada para la supervivencia del más fuerte y el abandono de los más débiles e improductivos.

Si el miedo les sirve para echar por tierra todo el edificio de la convivencia entre las personas, construido y sustentado en la justicia social, la sostenibilidad y la solidaridad, , saldrán ganando algunos, es cierto, pero perderemos la inmensa mayoría, al formar parte involuntaria e irrelevante de una sociedad donde no seamos ciudadanos sino supervivientes y no exista la política, entendida como el arte de convivir y resolver juntos los problemas comunes, porque la convivencia sea una fantasía y los problemas, angustias individuales a resolver en completa soledad.

El miedo nos hace egoístas, insolidarios, casi hasta la idiotez. En su forma más extrema nos hace perder las capas de civilización, de humanidad hasta convertirnos en seres tan básicos como los animales a los que solo preocupa la propia seguridad, la propia supervivencia…. El miedo nos deshumaniza, nos entontece y se lo pone fácil a la demagogia que fomenta el individualismo y la falta de empatía.

El miedo es tóxico, nos envenena y cambia nuestras prioridades. Para una sociedad temerosa y acongojada la necesidad más apremiante es la seguridad. Sentirse protegida a costa de lo que sea, aunque paguen justos por pecadores, aunque se cometan injusticias, se pierdan derechos para garantizar la autoprotección o se renuncie a libertades. Quien controla el miedo de la gente, se hace el amo de sus almas, decía Maquiavelo. Y por nuestro peor miedo debería ser vivir en el miedo.

DESPIDOS IMPROCEDENTES (26.5.2021)

Fue una cifra que pasó desapercibida, dicha con la boca pequeña, emparedada entre noticias mucho más impactantes que la actualidad proporciona con toda generosidad. Decía que la Consellería de Sanidad, obligada por las limitaciones de la todopoderosa Hacienda, no iba renovar 4000 contratos covid a profesionales de la sanidad valenciana perdiéndose así, sobre todo, puestos de enfermería, pero también de personal médico, celador o técnicos de laboratorio.

El departamento Xàtiva-Ontinyent, tenía el dudoso honor de ser, junto con la Fe, el área donde más se iba a adelgazar la plantilla ya que de las 442 personas contratadas, se verían en la calle el 42%, es decir 184 personas.

Una medida que parece lógica y coherente ya que ante la previsible y deseada desaparición de la pandemia, minimizados los ingresos hospitalarios y las UCIS casi vacías, ningún sentido tiene mantener un personal que cuesta una pasta. No vaya a pasar como con los 270 millones de euros que la Iglesia destina a pagar sueldos de curas, obispos y cuotas de la seguridad social.

Es mejor apuntarse -es tan buen momento como cualquier otro- al ahorro público, que ya nos gastamos 60.000 millones en salvar a los bancos de la quiebra, para que ahora, los muy desagradecidos, llegado el momento de repartir beneficios y subir sus astronómicos sueldos de directivos, ni se les ocurra saldar deudas que, por otra parte, nadie les reclama

El personal sanitario, cumplido satisfactoriamente su papel, ya recibió tantos aplausos como los trapecistas del circo, de un público que siempre reconocerá su trabajo y les estará agradecido. Aunque el reconocimiento de sus méritos no impida que se prescinda de sus servicios, cuando dejan de ser necesarios.

Pero es así? Esa es la cuestión a la que habría que responder con rigor y sin mentiras pero con inteligencia, intentando evitar cualquier falseamiento o manipulación de la realidad para lograr que encaje nuestra respuesta preferida. Sin tratar de hacerle un favor a nadie, pero anticipando una realidad que no conviene negar.

El primer factor es el deseo de no tropezar dos veces en la misma piedra. Si el viento cambiara y hubiera que enfrentar nuevas olas letales, sería imperdonable no contar con un sistema dotado del personal necesario para hacerle frente y proteger eficazmente la salud pública. Se trata de no repetir las patéticas situaciones vividas al principio de la pandemia cuando la escandalosa escasez de profesionales obligó inicialmente a pedir la colaboración de personas jubiladas hasta que se pudieron hacer las imprescindibles contrataciones. Dejar en cuadro, otra vez, las plantillas y debilitar el sistema no parece una actitud muy inteligente ni previsora.

Además estamos en plena campaña de vacunación, una apuesta de enorme envergadura que pretende conseguir el mayor número de personas inmunizadas en el menor tiempo posible. Para ello hacen falta vacunas pero también personal, casualmente de enfermería.

Pero incluso más allá de las vacunaciones, el hecho es que la concentración de esfuerzos y recursos en el tratamiento del covid han generado retrasos en la detección y tratamiento de muchas otras patologías. Algunas, muy graves, y también otras no tan graves que imponen listas de espera insufribles, enormemente perjudiciales para la calidad de vida de las personas. Que se lo digan a quien espera una artroscopia o una prótesis de cadera durante 5 meses. O a quien tardarán más de 4 meses en quitarle las amígdalas o unos juanetes que pueden ser muy, muy fastidiosos.

Quizás no sea sólo problema de personal, pero desde luego, también se necesita personal. Con la salud no se juega, y con quien ha de cuidarla, tampoco se debería, ni se lo merece.

AGUA

Agua que no has de beber déjala correr, dice el refranero a veces astuto, a veces francamente idiota. Y este es concreto, no es un buen consejo, porque el agua a día de hoy es un bien preciado y finito, a pesar de que se utilice y derroche como si las reservas fueran ilimitadas. Su gestión es hoy un elemento esencial en el gobierno de las ciudades tanto para facilitar su acceso en condiciones óptimas a la población, como para fomentar políticas de ahorro. Además, si procede, hay que impedir que factores añadidos, como el deficiente estado de redes de distribución a veces prehistóricas, generen daños materiales a viviendas y particulares, que son los paganos forzosos de una situación que no se puede cronificar.

En Xàtiva hay trabajo en este sentido, a la vista del festival de incidentes y accidentes causados por el deficiente estado de la red de abastecimiento que de vez en cuando, inunda alegremente viviendas y garajes. A eso hay que añadir, la reivindicación permanente y bastante justificada de una parte de la población que aspira con todo derecho a tener un suministro de agua potable con todas las garantías de calidad.

Todo ello no es una realidad sorprendente y repentina, sino resultado del muy deficiente estado de depósitos y cañerías que llevan años reclamando a gritos unas mejoras e inversiones que nunca han llegado. Es ejemplo válido de esas asignaturas pendientes que todo el mundo nombra en sus programas electorales pero que desaparecen mágicamente durante los años en que se dirige la gestión municipal para reaparecer cuando se vuelve a la oposición.

La costumbre parece hacer norma y nos hemos habituado a cortes de agua eso sí, previamente señalados con mucha amabilidad, que suceden un día sí y otro también. Últimamente parece que además de la ciudad de las fuentes donde el agua corre mansa, somos la ciudad de los géiseres, donde de repente el pavimento se abre y deja escapar un chorro de agua, furioso y

dañino. Los bajos y garajes de algunas zonas, en algunos barrios se convierten periódicamente en estanques de agua, y no precisamente japoneses.

Y todo ello, lógicamente va colmando la paciencia del vecindario que quizás no sea sabedor de los innumerables problemas que hay que superar para lograr una solución integral del problema pero que sinceramente, a estas alturas, mojados, cabreados y perjudicados, les da igual, porque quieren soluciones y no necesitan más explicaciones.

Un ayuntamiento progresista no puede de ninguna forma, permanecer impávido ante esas concentraciones de vecinos y vecinas cabreados que manifiestan su cabreo semana tras semana. No puede mirar a otra parte, no debe entender el conflicto desde la confrontación política y lavarse las manos, abandonando a quienes sólo disponen de agua sucia o ven dañadas repetidamente sus viviendas y garajes. Tiene que remangarse y articular soluciones definitivas, que no pueden ser el parcheo improvisado, sino la planificación de la inversión necesaria para garantizar la mejora estructural de la red hidráulica. No siendo cantidades menores y habiendo ayudas previstas para tal fin, hay que pelear con por ellas con el empeño suficiente y sin perezas recurrentes.

Lo que sea necesario para evitar que se cronifiquen, como está pasando, determinadas carencias básicas que alimentan unas protestas vecinales absolutamente justificadas. Porque no se puede pedir a nadie que viva desde hace 20 años consumiendo agua no apta para consumo humano, ni viendo caer la propia casa a cuenta de fugas y filtraciones.

No siempre el agua apaga fuegos sino que a veces, puede ser gasolina causante de graves incendios sociales que hay que atender con la urgencia que merecen.

CALOR

Si de algo sabe Xàtiva , si en algo somos especialistas, es en sufrir las más altas temperaturas estivales, hasta casi el punto de la incineración, para resurgir de las cenizas, verano tras verano, tostados pero supervivientes . Los veranos asfixiantes constituyen una seña de identidad de la ciudad, como el bastón o la sandía que siempre aparecen en los carteles publicitarios. Y hay una cierta unanimidad en señalar que en los últimos años los termómetros han subido todavía más, de forma escandalosa hasta alcanzar temperaturas volcánicas difíciles de soportar, incluso para el más aguerrido socarrat.

El cambio climático viene a ser el ogro del cuento al que echamos la culpa de todos nuestros males, sin reconocer hasta qué punto le hemos dado de comer para que adquiriera las dimensiones actuales. Sin mencionar que hace tiempo que lo vemos venir, cada vez más amenazador, sin hacer absolutamente nada ante sus evidentes intenciones de dejarnos sin un hábitat que permita nuestra supervivencia.

No acabamos de entender las causas y, mucho menos, la necesidad, de combatir el cambio climático. Lo del efecto invernadero de tan repetido, aburre, y nos falta imaginación para anticipar el peligro que generan todos esos gases acumulados en la atmósfera impidiendo que el calor del sol pueda escapar. Gases causados por la enorme hoguera que la Humanidad enciende para obtener energía, por las emisiones de la gigantesca cabaña ganadera y la pérdida de enormes extensiones vegetales. Todo ello provoca que el calor del sol no pueda escapar y se acumule en la Tierra, con consecuencias encadenadas que están detrás de las inundaciones, de las sequías, de los tsunamis y de las borrascas anticiclónicas que nos amargan la existencia.

A pesar de todo, el diseño de las ciudades sigue, en general, sin tener presente un tema tan caliente para intentar ponerle remedio con estrategias urbanísticas. Que existen, no cabe duda y permitirían hacer la ciudad más habitable para quienes no pueden huir de ella. En ese sentido, para combatir el calor hay opciones. Algunas son curiosas como lo que hacen en Los Ángeles (EE.UU.), donde han pintado de blanco el asfalto de algunas calles para mitigar el calor. También se trata de evitar las superficies impermeables – asfaltos y plazas duras, que tanto nos gustan por aquí- pero almacenan el calor de forma significativamente mayor que las superficies permeables, es decir, zonas verdes o suelos sin alquitrán. Y sobre todo son elementos decisivos los árboles, los grandes árboles que modifican el microclima a través de la sombra y la respiración y contribuyen a la hora de atrapar la humedad y la lluvia, como bien sabe quien haya paseado por un bosque umbrío. A señalar que los árboles son seres vivos, necesitados de cuidado y mantenimiento en mayor medida que las farolas, para evitar las averías que al igual que ocurre en otras especies, aparecen con la edad.

En todo caso, las abonadas al abanico, y los del sudor perenne en la frente, tienen una buena noticia que celebrar que es la reciente aprobación en España de la Ley del Cambio climático. Norma que más pronto que tarde impondrá cambios no solo en la macropolítica sino en nuestros hábitos más cotidianos, desde encender la luz sin necesidad hasta acabar con los desplazamientos en coche para ir a la farmacia de la esquina. La manera de producir y transportar de las empresas, los materiales y diseño de las viviendas, las políticas de ahorro de agua de calidad, el diseño urbanístico tendrá que someterse a normas indiscutibles para evitar que el efecto invernadero seque nuestras raíces y nos convierta en Historia antigüa

CAJERAS

Hemos pasado de estar hasta las narices de ver cómo metían bastoncillo en las ídem de todo el mundo, a ver cómo se pinchan brazos musculosos o huesudos, pertenecientes a gente más o menos escéptica o asustada pero que apuesta por lo que a día de hoy es la única solución para salir de la triste situación que vivimos. Los informativos , en ese repaso cansino de cifras de contagios, botellones ilegales, informaciones internacionales y ,ahora, vacunaciones, no dejan de repetir en un bucle infinito las imágenes de esas colas ordenadas de gente que, o bien con cierta intimidad o de forma pública recibe su banderilla y acaba en una silla de plástico , en esos minutos de reflexión obligada y espera precavida en la que los hipocondríacos sienten todo tipo de efectos tan secundarios como imaginarios, mientras que la inmensa mayoría se dedica a charlar relajadamente con los compañeros de vacunación, colegas de aguja para siempre. El hecho de darse además una coincidencia generacional total, y verse rodeada de gente de la misma edad, causa también un ligero shock en quien no acaba de reconocerse en las canas y arrugas que uniforman a todos los presentes.

En todo caso, se puede afirmar que en Xàtiva la organización de las vacunaciones está siendo impecable, en cuanto a seguridad, puntualidad, trato y, es de esperar, que efectividad, algo que ya no depende de las autoridades sanitarias de la zona. La colaboración entre administraciones, mayormente el Ayuntamiento y la Conselleria, ha sido generosa y sin fisuras, aunque quizás, en una sugerencia algo gamberra, el material de lectura que se facilita para la espera con la misma finalidad que en la consulta de los buenos dentistas podría ser algo más variado, entretenido y con menos autobombo.

La convocatoria para la vacunación se está realizando, pues, en riguroso orden cronológico y profesional, según los criterios acordados en instancias superiores. Y es ahí donde se ha producido algún que otro olvido injusto e injustificado.

Se ha vacunado de forma prioritaria, por supuesto, al personal sanitario, a policías y bomberos , a personal de las farmacias o a quienes trabajan en los centros educativos. Pero no se ha considerado la necesidad de vacunar a quienes también trabajaron durante todo el confinamiento y lo siguen haciendo, en un trabajo que exigen cercanía y contacto con la clientela. Son las cajeras de supermercados y en general de tiendas de alimentación.

Muchas personas que estuvieron al pie del cañón, al principio protegidas de la forma más precaria como pasó a muchos colectivos. Recuérdense los patéticos delantales de bolsas de basura que improvisaban las sanitarias. Que después, han continuado en su puesto de trabajo, en las grandes cadenas, en las pequeñas tiendas de alimentación, cobrando y devolviendo el cambio correspondiente, embolsando productos, viendo desfilar cientos de personas al día, algunas más respetuosas que otras con la salud ajena.

Alguien debería haber pensado en ellas para incluirlas en esos listados de personal que precisaba de una vacunación preferente. No por conceder un premio, sino por proteger a un colectivo al que también se dedicaban los aplausos de las ocho, desde la plena conciencia de que poder comprar el pan y los suministros básicos dependía de que alguien rompiera el aislamiento protector para estar en su puesto de trabajo. En su caso, un puesto de trabajo que en muchos casos, está mal pagado y es precario.

LA MOCIÓN DEL AYUNTAMIENTO

El Ayuntamiento de Xàtiva, dispuesto a hacer los deberes cuando toca, se reúne  este sábado para aprobar la moción correspondiente al 8 de Marzo, Día de las Mujeres.

 Las mociones, como todo el mundo sabe, son mensajes que las instituciones lanzan al mundo  para manifestar su adhesión a causas o su rechazo a realidades que  intentan erradicar. Su operatividad es escasa, para qué vamos a engañarnos, pero su valor radica en el compromiso que explicita ante la sociedad, marcando una identidad que debería determinar las líneas de acción posteriores. Mucho peor sin duda, eran los tiempos en los que  conmemoraciones, hoy muy señaladas en el calendario, obtenían  respuesta cero, es decir, la total indiferencia como manifestación evidente del  peor de los desprecios.

Por eso , al trasladarse la propuesta de moción al Consell de les Dones, para recabar su opinión como está previsto dentro de sus competencias,  se propuso la adición de  un par de líneas, poca cosa, pero importantes para  convertir la palabra en acción, el mensaje en hecho, el compromiso en realidad.

“Asimismo renovamos nuestro compromiso con la Xàtiva Violeta y todas las acciones suscritas para conseguir una ciudad igualitaria donde las mujeres vivirán con dignidad e igualdad de derechos”,  fue el párrafo sugerido.

La Xàtiva violeta es un conjunto de acciones  concretas, por las que se comprometieron a trabajar los gobernantes de la ciudad elegidos en 2015 y también en  2019 . Algunas de ellas se han cumplido, en otras se ha avanzado pero sin rematar, y otras permanecen en el más cruel de los olvidos.

Es una realidad la existencia hoy en Xàtiva de una Casa de les Dones, dotada de presupuesto y un plan de gestión que aprueba el Consell de les Dones. Parece que está cerca, pero manteniéndose en el limbo de los anuncios repetidos e incumplidos, el Punto de Encuentro Familiar, recurso imprescindible para evitar situaciones difíciles relacionadas con menores, cuya apertura se lleva anunciando desde hace lustros pero que no acaba de hacerse realidad.

Y luego quedan , negro sobre blanco, más de una docena de acciones que siguen siendo palabras en un papel. Algunas se reiteran periódicamente sin encontrar respuesta,  como ese informe que debería acompañar a los Presupuestos municipales para certificar que no hay discriminación entre mujeres y hombres  a la hora de utilizar los fondos. Informe que, por otra parte, es  de existencia obligatoria por imperativo legal . Tampoco existe un Plan local para luchar contra la violencia machista ni grupo especializado en esta materia  en la Policía Local , ambas carencias que no se corresponden con las rotundas declaraciones que condenan sin fisuras las agresiones machistas.

Pero en las actuales circunstancias, el incumplimiento que  resulta especialmente doloroso  es la inexistencia de análisis que valoren el  impacto de las ayudas y subvenciones impulsadas ante las urgencias de la pandemia sobre más de la mitad de la población que son las mujeres. Demuestra una desalentadora  falta  de interés que no se haga o no se conozca la evaluación de las diferentes líneas de ayudas y subvenciones que el Ayuntamiento ha promovido. No se conocen porcentajes por sexo.   No hay información sobre el número de mujeres y hombres  beneficiarios de los numerosos planes de Empleo promovidos.

Y ese dato no es en absoluto trivial, ni anecdótico sino que permitiría certificar que en esta ciudad mujeres y hombres son atendidos y protegidos de igual manera sin que nadie, por su sexo, reciba más atención o disponga de menos ayudas. Esa es la idea matriz de la moción, el principio de igualdad que salimos  a pelear en la calle  el 8 de Marzo.

APARCA COMO PUEDAS

No se sabe quien tiene la culpa . A estas horas, después de tanta espera, tanta explicación, comentario, promesa y aclaración en relación al parking del Hospital Lluis Alcanyis, ya es difícil deshacer la madeja y decidir quien tiene la culpa, o por lo menos,  más culpa que los demás .

Pero lo que es cierto es que el parking del Hospital que tiene asignada una población que se acerca a las 200.000 personas, sigue siendo una necesidad imperiosa, urgente, casi  sangrante para la ciudadanía de Xàtiva  porque el actual con  sus 800 plazas solo cubre un porcentaje ridículo de las necesidades reales de quienes visitan el  Hospital y han de añadir en muchos casos, un factor de crispación y malestar a situaciones ya de por sí estresantes y angustiosas.

Dado el flujo de vehículos que ha de atender todos los días, el problema no es que el aparcamiento sufra  eventualmente un colapso. El hecho es que está a reventar la mayoría de los días y a todas horas, convirtiéndose en un foco de tensiones, fuente de problemas, origen de situaciones de riesgo que añaden un plus de conflicto a la visita al Hospital totalmente innecesario.

Xàtiva ampliará el aparcamiento del hospital a partir de Junio tras cerrar la compra del suelo, se publicó en Enero de 2019 y la declaración causó muchos suspiros, entre el escepticismo y la satisfacción. Lo cierto es que el Ayuntamiento adquirió, vía subvención de la Diputación, los terrenos necesarios para ponerlos a disposición de la Consellería que es quien tiene la competencia para realizar la obra. Pero, ahora, vistos los Presupuestos para este año de la Generalitat Valenciana, por razones que seguro que existirán pero nunca conoceremos, no aparece presupuesto alguno para su construcción. Y si ya es complicado que se ejecuten los proyectos que cuentan con  presupuesto asignado, tal hazaña es completamente imposible  sin la existencia de partidas presupuestarias.

Se pueden dar explicaciones, otra vez, de lo sucedido para ignorar esta demanda perenne de la ciudadanía. Pero en todo caso, no hay justificaciones posibles para que, siendo incluso promesa invariable en los programas electorales de derechas e izquierdas,  no se priorice su realización.

Es cierto que conseguir mover  a una Administración pública es como empujar a un elefante obeso excesivamente miedoso a la hora de mover sus patas. Pero si, además, son dos Administraciones,  Ayuntamiento y  Consellería,  las que han de ponerse de acuerdo para trabajar de común acuerdo en la misma dirección, la tarea ya es heroica. Y es innegable -capítulo de justificaciones- que se está luchando contra una pandemia que absorbe, como corresponde, gran parte de las energías públicas y privadas. Pero intentando precisamente facilitar la vida de la gente, habría que empeñarse en dar solución a aquellos problemas cotidianos que la política, la buena política puede resolver.

Porque mientras se suceden las explicaciones, las disputas políticas, la utilización legítima o no, de la inacción ajena olvidando la propia, lo cierto es que pagan el pato los de siempre, la ciudadanía que padece, que se desespera para aparcar el coche al ir al Hospital, cuando quizás ya anda bastante desesperada.

El propio concejal de Obras no ha descartado, en declaraciones públicas, que sea el Ayuntamiento quien tenga, finalmente, que realizar la obra. Y  abre así  una posibilidad que se agradece frente  a la respuesta habitual,  basada  en la espera resignada de una  intervención de la Generalitat cada vez más improbable y que implica esperar unas cuantas décadas más pasándose la pelota y dando explicaciones pobres e inútiles que no hacen falta. Lo que hace falta es un aparcamiento en el Hospital.