Categoría: SOY CIUDADANA

HUELE MAL

Esta semana se ha recordado una vez más, una realidad maloliente que, como no desaparece, se hace necesario repasar año tras año. Maloliente es lo que huele mal, y así se ha de percibir el hecho de que las mujeres con empleo remunerado de este país, en cómputo general, reciban salarios inferiores al de los hombres.

La diferencia salarial, no es un espejismo, ni un montaje demagógico que inventan algunas mujeres a las que les gusta sentirse víctimas. Es un hecho empírico que queda demostrado fehacientemente tras el análisis de los datos salariales provenientes de fuentes oficiales. Que establece, fuera de toda discusión, que, en 2019, las mujeres ganaron 5.252 euros menos al año que los hombres. CCOO traduce esta cantidad en una brecha del 24%, que es el porcentaje en el que se debería aumentar el salario anual de las mujeres para igualar al de los hombres.

El primer truco consiste en pagar de forma distinta empleos que en realidad tienen igual valor, si se consideraran las funciones desempeñadas. Hay que hilar fino para encontrar la diferencia entre las tareas de administración y secretaría que determinan que la  primera tenga retribución más alta que la segunda,  dándose la pasmosa casualidad de que los puestos de administrativos suelen ser ocupados por hombres mientras que el secretariado, tradicionalmente, es cosa de mujeres.

Otro elemento causante de que las nóminas de las mujeres sean, casi siempre y en general inferiores, es la falta de corresponsabilidad. Abordar la tarea de los cuidados casi en solitario, excepto honrosas excepciones, mengua significativamente la bolsa salarial de las mujeres. No solo en su presente, sino también en su futuro. Las jornadas parciales que casi monopolizan para poder atender todas sus obligaciones, no son nada rentables. Todas esas reducciones de jornada para atender a menores y dependientes, todas esas excedencias forzadas por circunstancias familiares conforman una vida laboral con grandes agujeros que derivan en pensiones inferiores por término medio, a las de los hombres que, ciertamente, tampoco son para echar cohetes.

Por último, hay un tercer mecanismo, origen de esta brecha que es casi precipicio, que son los complementos salariales, cantidades asignadas a cada trabajador o trabajadora que valoran aspectos determinados de su tarea. Es curioso que se retribuya la circunstancia de estar disponible a toda hora, de currar en festivos o de noche que son “méritos” asequibles para los hombres, quizás porque hay alguien que se queda con la familia durante su ausencia. Es intrigante la razón por la que complementos como la toxicidad se asigna sin discusión a operarios que manejan productos químicos, pero no a las trabajadoras de la limpieza que manejan un verdadero arsenal. Es difícil explicar porque se recompensa, muy justamente, con un plus el esfuerzo físico de quien levanta sacos de 50 Kg, pero no a las mujeres que movilizan a pulso y con cuidado a personas enfermas que superan ese peso.

El diagnóstico está hecho. Da igual tu ocupación o tu formación: si eres mujer, la brecha salarial te roba más de una hora de sueldo al día. Si eres mujer y vives en Valencia trabajas gratis desde el 15 de octubre.                            Si eres mujer trabajarás el doble para cobrar la mitad.

Falta el capítulo de soluciones que pasan por valorar con justicia cada puesto de trabajo, hacer una asignación justa de los complementos que correspondan y, sobre todo, por equilibrar y redistribuir la tarea de los cuidados entendiéndola como factor esencial y determinante de la economía de un país que no puede seguir recayendo abusivamente sobre las sobrecargadas espaldas de las mujeres. Ya toca empezar a hablar de eso.

MEMORIA HISTÓRICA

A veces, hay que vencer esa insidiosa tentación de encerrar bajo siete llaves cualquier recuerdo o mención a episodios tan insoportables como las políticas de exterminio vividas durante la Segunda Guerra Mundial. Para mucha gente, resultan tan increíblemente crueles y denotan tal anestesia moral y crueldad infinita que resulta imposible asimilarlas. Más teniendo en cuenta que más allá del ingente número de víctimas, hubo una considerable parte de la población que se sumó, no ya con su silencio sino incluso con su protagonismo activo al bando criminal. Esa innegable realidad, vista con los ojos de la memoria histórica, es especialmente inquietante por lo que demuestra de nuestra capacidad de enterrar de un plumazo nuestros valores en un pozo oscuro donde no molesten. Aunque de ello pudiera depender la supervivencia, dice muy poco de esa superioridad moral que decimos que nos identifica y nos hace superiores a los animales.

Se puede comprender que haya gente que nunca visitaría Auschwitz en un placentero viaje de turismo, ni un horno crematorio, ni la casa de Ana Frank. O que no leería jamás “El Pijama a rayas” por muy best seller que fuera, o vería a regañadientes “La vida es bella”, sólo porque la calidad cinematográfica del guion permitía soportar  el retortijón y la angustia hábilmente mezcladas  con el sentido del humor y la ternura. En todo caso, ninguna opción es cuestionable porque cada cual afronta sus miedos y congojas como puede.

De lo que nunca deberíamos prescindir, en todo caso, es del recuerdo como homenaje a las víctimas y como garantía del nunca más. Y sobre todo de lo que no deberíamos abdicar jamás es de denunciar, acusar, recriminar e inculpar siempre y en todo lugar a los personajes, y sobre todo a las ideologías que están en el origen de la matanza y la tortura de tantísimos millones de personas. No son admisibles los silencios cansados, la indiferencia desde la superioridad , el desprecio mudo que no se comparte. No caben aquí criterios de rendimiento político, de prioridades en función de intereses partidistas o personales. Es una obligación personal y colectiva negar el pan y la sal, cerrando todas las puertas a todas aquellas teorías, personas u organizaciones, que empiezan trivializando, siguen poniendo en duda y acaban por negar una historia que efectivamente la inmensa mayoría preferiría que no hubiera existido. Porque su objetivo no es otro que es recrear un escenario donde fueran más afortunados en el reparto de poder y  pudieran repetirse tales hazañas. Y eso tiene mucho peligro.

Por eso hace falta mucha pedagogía para la gente joven a la que resulta difícil percibir en el aburrido relato de los libros de historia , el pánico vivido en los campos de exterminio. Mucha persuasión para no olvidar que las urgencias sociales que hoy vivimos , nuestras preocupaciones cotidianas serían invalidadas si cambiaran las reglas básicas del juego de la convivencia que nos permite la supervivencia. Imprescindible fomentar el respeto y el entendimiento entre las personas, negando cualquier legitimidad al discurso del odio y huyendo del buenismo fatuo para construir con inteligencia una sociedad asentada en la justicia y la igualdad .

Hace falta un discurso permanente que no solo mire atrás, sino también al presente para identificar y extirpar todos los rebrotes envenenados que intentan renacer. Y convendría que fuera un discurso único y sin fisuras de todos los partidos democráticos sin ausencias ni desencuentros que deberían subordinarse a la relevancia del objetivo que se persigue.  Nos jugamos mucho ante un desafío, fruto del eterno conflicto entre el amor y el odio, que nos hace invencibles o nos condena a la autodestrucción.

EL TREN QUE NO LLEGA

La conjunción de las protestas ciudadanas, la difusión mediática y la intervención política son tres elementos en íntima interrelación, cuya acción conjunta suele conseguir reacciones de calado, aunque no siempre definitivas.

Esta vez han conseguido la visita de toda una Ministra de Transportes que visitó recientemente la Estación del Norte de Valencia e intentó dar respuesta a los graves problemas existentes en la Red de Cercanías. Lo intentó, aunque lo consiguió muy relativamente, quizás porque el problema no se arregla con unas cuantas contrataciones, ni sustituyendo trenes por autobuses, ni devolviendo el dinero de los viajes fallidos.

A la mayoría de las personas usuarias de este servicio público les sabe a poco, a poquísimo, que haya informadores a pie de vía que ilustren sobre los retrasos y cancelaciones de los trenes que te debían llevar puntualmente al trabajo o a casa, después de un día cansado. De lo que se trata es de que no haya nada que informar en ese sentido.

Dijo la ministra que en un par de semanas serán contratados ocho maquinistas. Aleluya, porque es, efectivamente, uno de los elementos esenciales para que el tren funcione. Pero son  pocos para una plantilla con demasiadas bajas, por otra parte previsibles, en razón a las jubilaciones previstas que  nadie se ocupó de cubrir. De los restantes elementos imprescindibles para el saneamiento integral de la red de cercanías, nada dijo. Nada sobre las inversiones estructurales que se precisan para mejorar la red ferroviaria, nada sobre la adquisición de nuevos equipamientos. Que se abaraten los precios, es de agradecer pero el malestar de las personas usuarias no se resuelve con rebajas económicas sino con medidas que garanticen que todos los  trenes  previstos  salgan y  lleguen a su hora.

Eso no pasará mientras que la Red de cercanías siga siendo tratada como la hermana pobre, merecedora de una raquítica inversión de 3600 millones para sus más de 500 millones de pasajeros en todo el Estado frente a la generosidad con las líneas de alta velocidad que siendo utilizadas por  cerca de 30 millones de pasajeros han recibido una inversión de casi 56.000 millones de euros, según la AIREF. Las cifras aburren, pero permiten entender de un vistazo dónde está el origen del problema.

A la Comunidad valenciana, de esa “lluvia” escasa de millones nos han tocado unos 700 millones, que son calderilla en un paquete macroeconómico destinado a hacer frente a un conflicto  social de tan enorme envergadura.

El problema no admite demora. Más de ocho millones de viajeros se han buscado la vida para sus traslados personales o laborales y es seguro que las forzosas soluciones adoptadas no colaboran a la sostenibilidad medioambiental. Pero lo han hecho, hartos de verse perjudicados por un servicio público que les ha hecho llegar tarde al trabajo, perder consultas médicas, retrasarse ante exámenes decisivos…. Problemas del día a día que exasperan y desesperan, añadidos a otros tantos con los que hay que lidiar inevitablemente y absorben toda nuestra capacidad de resistencia a la frustración que se vive en un andén plagado de gente  cabreada.

Las propuestas de la ministra han conseguido, por otra parte, la total coincidencia en la respuesta de partidos políticos y entidades ciudadanas que han salido en tromba, con argumentos más o menos interesantes o interesados, a contradecir a la Ministra del ramo.

Ella se habrá vuelto, seguro que en el AVE, a su despacho en el Ministerio, aunque es de esperar que se haya llevado la potente impresión de que esta gente de la Comunidad Valenciana no va a parar hasta conseguir el tren que les lleve a donde quieren ir.

LA DISCAPACIDAD QUE NO INCAPACITA

Mañana es el día de las personas con discapacidad funcional, un colectivo cuyo mayor problema no es su discapacidad, sino la forma en que la sociedad obstaculiza, por acción u omisión, su derecho   disfrutar de una vida digna y sin limitaciones. La discapacidad sustituye afortunadamente al término antaño utilizado,  de incapacidad, que de un solo manotazo relegaba a las personas con una realidad diferente a una condición de dependencia total, absolutamente excluyente de cualquier posibilidad de proyecto vital propio. Hoy en día, se impone, gracias a los propios interesados, a sus familias y asociaciones, el concepto de diversidad funcional del que se deriva la obligación de dar el apoyo social necesario a las personas que lo requieren para vivir una vida independiente, acorde con su proyecto de vida elegido.

Es un enfoque de agradecer porque, huyendo de cualquier tipo de paternalismo compasivo y vomitivo, se exige a la sociedad que, en coherencia con las premisas de equidad y justicia, ponga los medios para que nadie sufra exclusión por su forma de ser y estar en la vida. De lo que se trata es de impedir que la sociedad ponga límites, margine o reduzca de cualquier forma la capacidad de elección de las personas que viven y conviven con algún tipo de discapacidad.

Actualmente, las personas con discapacidad son la minoría más amplia que existe ya que en España son más de 3,8 millones de personas, lo que supone casi el 9% de la población. Es enormemente preocupante la afectación que sufren las criaturas, más de cien millones en todo el mundo, teniendo en cuenta que cuentan con cuatro veces más posibilidades de ser víctimas de algún tipo de violencia.

Su existencia es todo un reto para la sociedad que debe garantizarles las mismas oportunidades, eliminando cualquier trato empalagoso y sobreprotector que los infantilice y denigre. Las personas con diversidad funcional necesitan cariño como cualquiera y respeto como el que más. Sobre todo, necesitan de un pragmatismo absoluto a la hora de resolver los problemas que les impiden ejercer sus potencialidades y dar respuesta a sus necesidades. Entran ahí todas las cuestiones relacionadas con la accesibilidad universal que implica la eliminación de todo tipo de barreras (físicas, actitudinales…) para impedir que un bordillo demasiado alto, una puerta demasiado estrecha, la falta de ascensores o rampas o simplemente la falta de paciencia, dejen a la intemperie a la persona y su discapacidad.

Quizás, para entender de verdad que las personas con discapacidad son gente con capacidades diferentes que han de convivir con su limitación, igual que otras conviven con su diabetes, vendrían bien algunos ejemplos inefables que nos ha dejado el cine.

Vean ustedes, si no lo han hecho todavía, la película “Intocable”, versión algo edulcorada, todo hay que decirlo, de la vida de un millonario que queda tetrapléjico tras un accidente.  O sin ir más lejos, la oscarizada Forrest Gump, que no es más que la historia a veces trágica, a veces tan sorprendente y surrealista como la vida misma, de un personaje afectado de una evidente discapacidad intelectual que, sin embargo, es capaz de extraer sabiduría de una caja de bombones, aunque para muchos no es más que un retrasado mental, aborrecible término que habría que prohibir.

Somos estúpidamente miopes cuando no percibimos que cualquiera, en algún momento de su vida, puede experimentar una discapacidad temporal o permanente, generadora de nuevas necesidades que desearíamos que estuvieran perfectamente resueltas. Olvidamos con demasiada facilidad, las necesidades que ya tienen ahora las personas con discapacidad funcional. Mañana es su día de lucha y reivindicación. Deberían percibir que tienen todas las puertas están abiertas.

LEJANÍAS (5.10.2021)

Los llaman CERCANIAS, porque efectivamente son los más cercanos, los que más necesitamos, los que nos llevan a nuestros compromisos diarios, a estudiar o trabajar  en localidades cercanas . Nos llevan a las consultas médicas, a los trámites administrativos que no apetecen, pero son esenciales para nuestra vida.

Llevamos varios días en los que se han convertido en una pesadilla para miles de usuarios y usuarias que, si ya andaban bastante damnificados, han aprendido con esta experiencia que siempre se puede ir a peor.

La Red de Cercanías de la Comunidad Valenciana  ha perdido 10 millones de usuarios en la última década a cuenta de su mal servicio, del incumplimiento de sus horarios, de la incomodidad de sus trenes, de la escasez de personal, de la frecuencia inexplicable de sus averías. Un servicio que siendo público, sin búsqueda de beneficios, debería garantizar un acreditado  nivel de calidad . Y no se aprecia demasiada calidad viajando en trenes sobrecargados con demasiados años a cuesta, que circulan a velocidad de tortuga pasmada. No es nada satisfactorio que cada vez más maquinas atiendan a personas en la expedición de billetes, en la información de horarios e incidencias, cuyo funcionamiento defectuoso perjudica sin posibilidad de reclamación o queja.

Su deplorable situación no es fruto de la casualidad o del destino, sino de la ridícula inversión realizada en un servicio que es de uso preferente para miles de personas todos los días del año y que se decide  en despachos que ni están en Xàtiva, ni están en Valencia.

Es en Madrid  donde se decide cuánto y para qué se invierte en esta red, porque es suya la competencia y el poder que permite la toma de decisiones. Quizás eso explique porque se han invertido 98 euros por persona  en el AVE, que no un es tren utilizado por grandes multitudes todos los días, frente a los 0.0015 céntimos invertidos en la red de Cercanías.

Algunas de las reivindicaciones de los maquinistas, convocantes de la huelga, pueden ser compartidas en la medida en que contribuyen a la mejora del servicio. Siempre es conveniente ampliar y rejuvenecer la plantilla. Pero las huelgas son lo que son, medidas de presión necesarias, utilizadas por la  clase trabajadora  a lo largo de su historia para conquistar cada uno de sus derechos, porque ninguna ha sido regalo generoso de la patronal. Con todo, las huelgas tienen sus reglas, se someten a unas normas pactadas que de alguna manera “dosifican” el daño causado a la ciudadanía que casi siempre es la moneda de cambio que queda en medio de los intereses de las partes en conflicto.

Por eso, exige una cuota extra de solidaridad, paciencia y templanza soportar lo que no se sabe si es una huelga salvaje o asilvestrada como resultado de la gestión inepta de una empresa que no funciona ni en la normalidad, ni en la anormalidad.

Depender de un panel y de una voz robotizada para saber si llegarás al trabajo a la hora o si podrás volver a casa, es una experiencia sumamente desagradable. Oír como se anuncian cancelaciones que convierten los servicios mínimos en un espejismo, correr para pillar plaza a la desesperada en los pocos trenes que circulan o terminar haciendo un viaje infernal, notando en el cogote la respiración de una persona con la esperanza de que todo el vagón este correctamente vacunado contra el COVID genera una crispación e insolidaridad añadida que todos deberían intentar evitar.

Salvajes son las fieras de la selva, pero no deben serlo las huelgas, necesarias para adquirir derechos y mejorar un servicio público que tanta gente necesita.

LA CELEBRACIÓN DE LA MUERTE (1.11.2021)

La fiesta que se celebrará el próximo Lunes -Día de Todos los Santos la llama el calendario- se la inventó como es habitual, un Papa, Gregorio IV, que decidió festejar en tropel a todos los santos, conocidos o desconocidos, incluyendo a quienes alcanzaron el ansiado estatus de santidad tras una obligada temporada en el Purgatorio. Su loable objetivo era no olvidar a ninguno, puesto que, aunque canonizados hay cantidad,  existe además una inmensa cantidad de santos desconocidos (seguramente aquí se podrá incluir a las santas) que también merecían reconocimiento.

Otra cosa es la celebración del día siguiente, Día de los fieles difuntos, (rasgo éste de la fidelidad que no queda claro si excluye automáticamente a los infieles) en la que para ser protagonista ya no hay que ser santo y vivir la vida eterna. Aquí, se produce una curiosa mezcla entre la celebración religiosa compartida entre ortodoxos, anglicanos o católicos y las arraigadas tradiciones culturales de muchos países latinoamericanos. Las celebraciones religiosas se centran en orar por las almas de las personas difuntas para desearles suerte y pronta llegada al paraíso que sea, dando por hecho que muchas de ellas todavía estarán a mitad camino. Las otras celebraciones, vinculadas al culto a la muerte, de origen remoto y vinculadas a ritos paganos, resultan mucho más divertidas.

A ambas fechas y celebraciones, se une ahora el Halloween anglosajón, fruto de un marketing eficiente que fomenta la imitación sustentada en un papanatismo congénito. Es evidente nuestra afición a las fiestas propias y ajenas, pero parece cuestionable la adopción de costumbres foráneas por simple imitación bien teledirigida.  La fiesta de Halloween de origen irlandés se celebra el 31 de octubre por la noche e implica la aparición de calabazas, arañas y otros accesorios exóticos junto a juegos de palabras incomprensibles.

Aquí en España y en nuestra ciudad, más allá de la disquisición histórica y de la clarificación del calendario, el 1 de noviembre es el día en que florecen nuestros cementerios Y no es una metáfora. Lo que no son más que espacios de piedra que suelen estar en respetuoso silencio, se convierte ese día y los precedentes, en una explosión de colores, de olores, de floración natural o de plástico, que es difícil distinguir a veces. Ese día los patios silenciosos y las avenidas solitarias se llenan de conversaciones, de saludos, de presentaciones formales y de abrazos sentidos. A veces hay lágrimas, pero suele haber serenidad y resignación porque muchas de las despedidas ya están hechas. Es el momento de la reflexión existencial, del rescate de anécdotas nunca olvidadas y de compartir nostalgias rememorando rostros, tactos, olores y sonidos que reconstruyen a las personas que se fueron y que estimamos igual que cuando marcharon.

Hay personas, sin embargo, que no necesitan un día al año, ni un paseo al cementerio para recuperar a su gente desaparecida porque, aunque no ven cosas, sus muertos van con ellos, silenciosamente partícipes de sus vidas cotidianas, quizás haciéndose un poco pesados, pero reales y queridos como lo fueron cuando eran de carne y hueso y se les podía abrazar.

Hay grandes diferencias entre el culto a la muerte y la compañía de los muertos. Lo primero, tiene mucho de metafísico y misterioso, de oscuro y tenebroso, causando cierta desazón. Quienes viven tranquilamente su vida, acompañados de sus muertos privados, son discretos y no necesariamente gente triste. Lo hacen en silencio, de forma íntima y cotidiana. No rinden culto a nadie, pero los llevan sin ningún tipo de sentimiento trágico ni funerario en su corazón y en su recuerdo. Hasta que la muerte los vuelva a juntar.

A OSCURAS Y CON MIEDO

Llevan semanas metiendo miedo con el gran apagón. Aunque afortunadamente parece que el 70 % de la población no ha picado en la engañifa y no cree en esa posibilidad fantástica y malintencionada que predice una catástrofe mundial en la que se fundirían todas las bombillas a la vez y volveríamos a tener que encender hogueras con palitos y pedernales en hogares fríos e inhóspitos. A señalar que la ocurrencia ha permitido la lectura de ingeniosas propuestas en materia de kits de supervivencia que recomendaban desde pasaportes por si alguien quería hacer turismo aprovechando la oscuridad, hasta aguja e hilo para quien le apeteciera dedicarse a hacer punto de cruz a la luz de las velas. Lo cierto es que las ferreterías avisaron que se les terminaron los hornillos de gas y las linternas. Que se agotaron las velas y hubo demanda extra de pitos, cuya utilidad no está clara del todo. Dato curioso que la demanda se concentrara en una clientela de avanzada edad quizás con más memoria para rememorar tragedias pasadas.

El gran apagón es una gran mentira. Lo afirman por activa y por pasiva, autoridades científicas, políticos de diferentes colores, pero, en todo caso, respetuosos con la verdad… Sin basarse en opiniones interesadas o en debates trucados, sino a partir de informaciones contrastadas y rigurosas sobre la red eléctrica de nuestro país, su capacidad y su funcionamiento. Pero la verdad no acaba de imponerse sobre el ruido y las mentiras.

¿A quién les interesa cultivar la tóxica planta del miedo? La respuesta es fácil: a los que lo aprovechan para llevarnos, como ovejas memas y manipulables, al redil donde mejor serviremos a sus intereses. Si se canaliza debidamente el miedo a quedarnos sin trabajo o a ser pobres como ratas a pesar de tenerlo, el miedo a no tener pensión o que sea tan escasa que sólo nos permita morirnos poco a poco o el temor a quedarnos sin casa porque no podamos mantenerla o nos la ocupen, será más fácil alcanzar esa sociedad neoliberal en su versión más pura, con mano de obra barata y esclava, diseñada para la supervivencia del más fuerte y el abandono de los más débiles e improductivos.

Si el miedo les sirve para echar por tierra todo el edificio de la convivencia entre las personas, construido y sustentado en la justicia social, la sostenibilidad y la solidaridad, , saldrán ganando algunos, es cierto, pero perderemos la inmensa mayoría, al formar parte involuntaria e irrelevante de una sociedad donde no seamos ciudadanos sino supervivientes y no exista la política, entendida como el arte de convivir y resolver juntos los problemas comunes, porque la convivencia sea una fantasía y los problemas, angustias individuales a resolver en completa soledad.

El miedo nos hace egoístas, insolidarios, casi hasta la idiotez. En su forma más extrema nos hace perder las capas de civilización, de humanidad hasta convertirnos en seres tan básicos como los animales a los que solo preocupa la propia seguridad, la propia supervivencia…. El miedo nos deshumaniza, nos entontece y se lo pone fácil a la demagogia que fomenta el individualismo y la falta de empatía.

El miedo es tóxico, nos envenena y cambia nuestras prioridades. Para una sociedad temerosa y acongojada la necesidad más apremiante es la seguridad. Sentirse protegida a costa de lo que sea, aunque paguen justos por pecadores, aunque se cometan injusticias, se pierdan derechos para garantizar la autoprotección o se renuncie a libertades. Quien controla el miedo de la gente, se hace el amo de sus almas, decía Maquiavelo. Y por nuestro peor miedo debería ser vivir en el miedo.

DESPIDOS IMPROCEDENTES (26.5.2021)

Fue una cifra que pasó desapercibida, dicha con la boca pequeña, emparedada entre noticias mucho más impactantes que la actualidad proporciona con toda generosidad. Decía que la Consellería de Sanidad, obligada por las limitaciones de la todopoderosa Hacienda, no iba renovar 4000 contratos covid a profesionales de la sanidad valenciana perdiéndose así, sobre todo, puestos de enfermería, pero también de personal médico, celador o técnicos de laboratorio.

El departamento Xàtiva-Ontinyent, tenía el dudoso honor de ser, junto con la Fe, el área donde más se iba a adelgazar la plantilla ya que de las 442 personas contratadas, se verían en la calle el 42%, es decir 184 personas.

Una medida que parece lógica y coherente ya que ante la previsible y deseada desaparición de la pandemia, minimizados los ingresos hospitalarios y las UCIS casi vacías, ningún sentido tiene mantener un personal que cuesta una pasta. No vaya a pasar como con los 270 millones de euros que la Iglesia destina a pagar sueldos de curas, obispos y cuotas de la seguridad social.

Es mejor apuntarse -es tan buen momento como cualquier otro- al ahorro público, que ya nos gastamos 60.000 millones en salvar a los bancos de la quiebra, para que ahora, los muy desagradecidos, llegado el momento de repartir beneficios y subir sus astronómicos sueldos de directivos, ni se les ocurra saldar deudas que, por otra parte, nadie les reclama

El personal sanitario, cumplido satisfactoriamente su papel, ya recibió tantos aplausos como los trapecistas del circo, de un público que siempre reconocerá su trabajo y les estará agradecido. Aunque el reconocimiento de sus méritos no impida que se prescinda de sus servicios, cuando dejan de ser necesarios.

Pero es así? Esa es la cuestión a la que habría que responder con rigor y sin mentiras pero con inteligencia, intentando evitar cualquier falseamiento o manipulación de la realidad para lograr que encaje nuestra respuesta preferida. Sin tratar de hacerle un favor a nadie, pero anticipando una realidad que no conviene negar.

El primer factor es el deseo de no tropezar dos veces en la misma piedra. Si el viento cambiara y hubiera que enfrentar nuevas olas letales, sería imperdonable no contar con un sistema dotado del personal necesario para hacerle frente y proteger eficazmente la salud pública. Se trata de no repetir las patéticas situaciones vividas al principio de la pandemia cuando la escandalosa escasez de profesionales obligó inicialmente a pedir la colaboración de personas jubiladas hasta que se pudieron hacer las imprescindibles contrataciones. Dejar en cuadro, otra vez, las plantillas y debilitar el sistema no parece una actitud muy inteligente ni previsora.

Además estamos en plena campaña de vacunación, una apuesta de enorme envergadura que pretende conseguir el mayor número de personas inmunizadas en el menor tiempo posible. Para ello hacen falta vacunas pero también personal, casualmente de enfermería.

Pero incluso más allá de las vacunaciones, el hecho es que la concentración de esfuerzos y recursos en el tratamiento del covid han generado retrasos en la detección y tratamiento de muchas otras patologías. Algunas, muy graves, y también otras no tan graves que imponen listas de espera insufribles, enormemente perjudiciales para la calidad de vida de las personas. Que se lo digan a quien espera una artroscopia o una prótesis de cadera durante 5 meses. O a quien tardarán más de 4 meses en quitarle las amígdalas o unos juanetes que pueden ser muy, muy fastidiosos.

Quizás no sea sólo problema de personal, pero desde luego, también se necesita personal. Con la salud no se juega, y con quien ha de cuidarla, tampoco se debería, ni se lo merece.

AGUA

Agua que no has de beber déjala correr, dice el refranero a veces astuto, a veces francamente idiota. Y este es concreto, no es un buen consejo, porque el agua a día de hoy es un bien preciado y finito, a pesar de que se utilice y derroche como si las reservas fueran ilimitadas. Su gestión es hoy un elemento esencial en el gobierno de las ciudades tanto para facilitar su acceso en condiciones óptimas a la población, como para fomentar políticas de ahorro. Además, si procede, hay que impedir que factores añadidos, como el deficiente estado de redes de distribución a veces prehistóricas, generen daños materiales a viviendas y particulares, que son los paganos forzosos de una situación que no se puede cronificar.

En Xàtiva hay trabajo en este sentido, a la vista del festival de incidentes y accidentes causados por el deficiente estado de la red de abastecimiento que de vez en cuando, inunda alegremente viviendas y garajes. A eso hay que añadir, la reivindicación permanente y bastante justificada de una parte de la población que aspira con todo derecho a tener un suministro de agua potable con todas las garantías de calidad.

Todo ello no es una realidad sorprendente y repentina, sino resultado del muy deficiente estado de depósitos y cañerías que llevan años reclamando a gritos unas mejoras e inversiones que nunca han llegado. Es ejemplo válido de esas asignaturas pendientes que todo el mundo nombra en sus programas electorales pero que desaparecen mágicamente durante los años en que se dirige la gestión municipal para reaparecer cuando se vuelve a la oposición.

La costumbre parece hacer norma y nos hemos habituado a cortes de agua eso sí, previamente señalados con mucha amabilidad, que suceden un día sí y otro también. Últimamente parece que además de la ciudad de las fuentes donde el agua corre mansa, somos la ciudad de los géiseres, donde de repente el pavimento se abre y deja escapar un chorro de agua, furioso y

dañino. Los bajos y garajes de algunas zonas, en algunos barrios se convierten periódicamente en estanques de agua, y no precisamente japoneses.

Y todo ello, lógicamente va colmando la paciencia del vecindario que quizás no sea sabedor de los innumerables problemas que hay que superar para lograr una solución integral del problema pero que sinceramente, a estas alturas, mojados, cabreados y perjudicados, les da igual, porque quieren soluciones y no necesitan más explicaciones.

Un ayuntamiento progresista no puede de ninguna forma, permanecer impávido ante esas concentraciones de vecinos y vecinas cabreados que manifiestan su cabreo semana tras semana. No puede mirar a otra parte, no debe entender el conflicto desde la confrontación política y lavarse las manos, abandonando a quienes sólo disponen de agua sucia o ven dañadas repetidamente sus viviendas y garajes. Tiene que remangarse y articular soluciones definitivas, que no pueden ser el parcheo improvisado, sino la planificación de la inversión necesaria para garantizar la mejora estructural de la red hidráulica. No siendo cantidades menores y habiendo ayudas previstas para tal fin, hay que pelear con por ellas con el empeño suficiente y sin perezas recurrentes.

Lo que sea necesario para evitar que se cronifiquen, como está pasando, determinadas carencias básicas que alimentan unas protestas vecinales absolutamente justificadas. Porque no se puede pedir a nadie que viva desde hace 20 años consumiendo agua no apta para consumo humano, ni viendo caer la propia casa a cuenta de fugas y filtraciones.

No siempre el agua apaga fuegos sino que a veces, puede ser gasolina causante de graves incendios sociales que hay que atender con la urgencia que merecen.

CALOR

Si de algo sabe Xàtiva , si en algo somos especialistas, es en sufrir las más altas temperaturas estivales, hasta casi el punto de la incineración, para resurgir de las cenizas, verano tras verano, tostados pero supervivientes . Los veranos asfixiantes constituyen una seña de identidad de la ciudad, como el bastón o la sandía que siempre aparecen en los carteles publicitarios. Y hay una cierta unanimidad en señalar que en los últimos años los termómetros han subido todavía más, de forma escandalosa hasta alcanzar temperaturas volcánicas difíciles de soportar, incluso para el más aguerrido socarrat.

El cambio climático viene a ser el ogro del cuento al que echamos la culpa de todos nuestros males, sin reconocer hasta qué punto le hemos dado de comer para que adquiriera las dimensiones actuales. Sin mencionar que hace tiempo que lo vemos venir, cada vez más amenazador, sin hacer absolutamente nada ante sus evidentes intenciones de dejarnos sin un hábitat que permita nuestra supervivencia.

No acabamos de entender las causas y, mucho menos, la necesidad, de combatir el cambio climático. Lo del efecto invernadero de tan repetido, aburre, y nos falta imaginación para anticipar el peligro que generan todos esos gases acumulados en la atmósfera impidiendo que el calor del sol pueda escapar. Gases causados por la enorme hoguera que la Humanidad enciende para obtener energía, por las emisiones de la gigantesca cabaña ganadera y la pérdida de enormes extensiones vegetales. Todo ello provoca que el calor del sol no pueda escapar y se acumule en la Tierra, con consecuencias encadenadas que están detrás de las inundaciones, de las sequías, de los tsunamis y de las borrascas anticiclónicas que nos amargan la existencia.

A pesar de todo, el diseño de las ciudades sigue, en general, sin tener presente un tema tan caliente para intentar ponerle remedio con estrategias urbanísticas. Que existen, no cabe duda y permitirían hacer la ciudad más habitable para quienes no pueden huir de ella. En ese sentido, para combatir el calor hay opciones. Algunas son curiosas como lo que hacen en Los Ángeles (EE.UU.), donde han pintado de blanco el asfalto de algunas calles para mitigar el calor. También se trata de evitar las superficies impermeables – asfaltos y plazas duras, que tanto nos gustan por aquí- pero almacenan el calor de forma significativamente mayor que las superficies permeables, es decir, zonas verdes o suelos sin alquitrán. Y sobre todo son elementos decisivos los árboles, los grandes árboles que modifican el microclima a través de la sombra y la respiración y contribuyen a la hora de atrapar la humedad y la lluvia, como bien sabe quien haya paseado por un bosque umbrío. A señalar que los árboles son seres vivos, necesitados de cuidado y mantenimiento en mayor medida que las farolas, para evitar las averías que al igual que ocurre en otras especies, aparecen con la edad.

En todo caso, las abonadas al abanico, y los del sudor perenne en la frente, tienen una buena noticia que celebrar que es la reciente aprobación en España de la Ley del Cambio climático. Norma que más pronto que tarde impondrá cambios no solo en la macropolítica sino en nuestros hábitos más cotidianos, desde encender la luz sin necesidad hasta acabar con los desplazamientos en coche para ir a la farmacia de la esquina. La manera de producir y transportar de las empresas, los materiales y diseño de las viviendas, las políticas de ahorro de agua de calidad, el diseño urbanístico tendrá que someterse a normas indiscutibles para evitar que el efecto invernadero seque nuestras raíces y nos convierta en Historia antigüa