Si de algo sabe Xàtiva , si en algo somos especialistas, es en sufrir las más altas temperaturas estivales, hasta casi el punto de la incineración, para resurgir de las cenizas, verano tras verano, tostados pero supervivientes . Los veranos asfixiantes constituyen una seña de identidad de la ciudad, como el bastón o la sandía que siempre aparecen en los carteles publicitarios. Y hay una cierta unanimidad en señalar que en los últimos años los termómetros han subido todavía más, de forma escandalosa hasta alcanzar temperaturas volcánicas difíciles de soportar, incluso para el más aguerrido socarrat.
El cambio climático viene a ser el ogro del cuento al que echamos la culpa de todos nuestros males, sin reconocer hasta qué punto le hemos dado de comer para que adquiriera las dimensiones actuales. Sin mencionar que hace tiempo que lo vemos venir, cada vez más amenazador, sin hacer absolutamente nada ante sus evidentes intenciones de dejarnos sin un hábitat que permita nuestra supervivencia.
No acabamos de entender las causas y, mucho menos, la necesidad, de combatir el cambio climático. Lo del efecto invernadero de tan repetido, aburre, y nos falta imaginación para anticipar el peligro que generan todos esos gases acumulados en la atmósfera impidiendo que el calor del sol pueda escapar. Gases causados por la enorme hoguera que la Humanidad enciende para obtener energía, por las emisiones de la gigantesca cabaña ganadera y la pérdida de enormes extensiones vegetales. Todo ello provoca que el calor del sol no pueda escapar y se acumule en la Tierra, con consecuencias encadenadas que están detrás de las inundaciones, de las sequías, de los tsunamis y de las borrascas anticiclónicas que nos amargan la existencia.
A pesar de todo, el diseño de las ciudades sigue, en general, sin tener presente un tema tan caliente para intentar ponerle remedio con estrategias urbanísticas. Que existen, no cabe duda y permitirían hacer la ciudad más habitable para quienes no pueden huir de ella. En ese sentido, para combatir el calor hay opciones. Algunas son curiosas como lo que hacen en Los Ángeles (EE.UU.), donde han pintado de blanco el asfalto de algunas calles para mitigar el calor. También se trata de evitar las superficies impermeables – asfaltos y plazas duras, que tanto nos gustan por aquí- pero almacenan el calor de forma significativamente mayor que las superficies permeables, es decir, zonas verdes o suelos sin alquitrán. Y sobre todo son elementos decisivos los árboles, los grandes árboles que modifican el microclima a través de la sombra y la respiración y contribuyen a la hora de atrapar la humedad y la lluvia, como bien sabe quien haya paseado por un bosque umbrío. A señalar que los árboles son seres vivos, necesitados de cuidado y mantenimiento en mayor medida que las farolas, para evitar las averías que al igual que ocurre en otras especies, aparecen con la edad.
En todo caso, las abonadas al abanico, y los del sudor perenne en la frente, tienen una buena noticia que celebrar que es la reciente aprobación en España de la Ley del Cambio climático. Norma que más pronto que tarde impondrá cambios no solo en la macropolítica sino en nuestros hábitos más cotidianos, desde encender la luz sin necesidad hasta acabar con los desplazamientos en coche para ir a la farmacia de la esquina. La manera de producir y transportar de las empresas, los materiales y diseño de las viviendas, las políticas de ahorro de agua de calidad, el diseño urbanístico tendrá que someterse a normas indiscutibles para evitar que el efecto invernadero seque nuestras raíces y nos convierta en Historia antigüa
