Sería un puntazo que en lugar de seguir rezongando por el calor que hace , de temer lo que nos espera cuando llegue el verano que ya se anticipa, de protestar airados ante estas temperaturas extremas que nos han robado la primavera. …fuéramos capaces de afrontar el problema de cara para ponerle solución. Se nos da bien el parloteo, la queja furibunda, la protesta desnatada pero nos cuesta comprender que no es un problema con el que podamos convivir eternamente porque si no acabamos con él, acabará él con nosotros. Y no es una peli apocalíptica para visionar relajadamente comiéndose un helado, sino una promesa cada vez más real y menos virtual.
El verano de 2022 fue cinco semanas más largo que los anteriores, dice la AEMET, el más caluroso desde hace 107 años, causante directo o indirecto de la muerte de más de 4700 personas en España. Las flores no brotan cuando toca, cada vez hay menos insectos que aunque nos mortifiquen son necesarios para la supervivencia y este mes la temperatura media de los océanos ha superado todos los registros históricos. Si nada lo remedia, el calor y la sequía podrían instalarse en España en 30 años dejando en Madrid un clima similar al del Marrakech.
El cambio climático es hoy el segundo problema del país y eso ayuda a modificar hábitos , como estamos haciendo indudablemente.
Pero no todo depende de nuestras modestas acciones relacionadas con el ahorro de agua o energía. No depende solo y en exclusiva de que reciclemos más o usemos menos plásticos. De que comamos menos carne o vayamos en bus o compremos bombillas de bajo consumo o nos compremos coches no contaminantes. Todo eso ayuda, claro que sí, y es imprescindible para conseguir invertir las prioridades poniendo por delante las necesidades del planeta y no las propias.
Pero ante la absoluta unanimidad científica que avisa de las gravísimas consecuencias del aumento de tan solo 0’5 grados al llegar a final de siglo ( elevación del nivel del mar, extinción de los arrecifes de coral…) hace falta, sobre todo, el compromiso responsable y coherente de los gobernantes de las potencias mundiales con las políticas de sostenibilidad .
Se trata pues de desalojar de los sillones del poder -a empujones, a codazos, mayormente con votos que es lo más recomendable- a quienes los ocupan y son perezosos, ignorantes o defensores de intereses ajenos a la mayoría. Gente como ese cretino senador republicano capaz de asegurar que el calentamiento global es beneficioso a menos que vivas en África. Quizás ese nos pille lejos, pero otros hay mas cercanos que afirman que el cambio climático que vivimos es natural , sin mayores consecuencias que algunos osos polares esqueléticos utilizados para crear un alarmismo medioambiental injustificado.
Más cerca todavía, al alcance de nuestro voto y nuestra exigencia están las candidaturas autonómicas y municipales que en sus programas electorales deberían incluir inexcusablemente políticas verdaderamente contundentes y eficaces en materia medioambiental.
Se consiguen menos coches con más transporte público. Se reduce el gasto de energía si las calles son lugares habitables con sombras que permitan la supervivencia. Se ahorra agua si la red pública está en las condiciones adecuadas. Los árboles atemperan el ambiente, si no se les deja morir y pueden hacer su labor. La pintura blanca o la grava frente al hormigón o el asfalto construyen ciudades aptas para la vida.
En época electoral la responsabilidad es compartida entre quien pide el voto y el que lo da. Hay que votar con responsabilidad, apostando por la sostenibilidad si no tienen otro planeta al que irse a vivir.
25 abril, 2023

