Su primer empleo remunerado fue en unos grandes almacenes de nombre olvidado, que pasaron a la historia por ser los primeros que instalaron una bonita escalera mecánica que hacía más ruido que el puente levadizo de un castillo medieval. Era un empleo para la campaña de Navidad, una semana escasa con horario indefinido en función de las necesidades. No había papeles, ni contrato, ni acuerdo de salario…Total, era para una menor que se quería sacar unas pesetas avalada por su padre que había pedido algún favor para conseguir el puesto.
Y allí estaba ella que, en lugar de largarse a la Feria, fue instalada en un pupitre minúsculo, con una única misión: empaquetar objetos de todas las formas y tamaños a velocidad supersónica para no impacientar a la distinguida clientela.
Sus herramientas: un pesado rollo de papel, casi de su altura, estampado con renos salidos directamente de Disney, unas tijeras gigantescas que se le escurrían de los dedos y varios rollos de celo transparente aficionados a pegarse entre sí. Sin olvidar unos florones bastante cursis, con lazos colgantes que obligatoriamente debían decorar el producto final.
La quinceañera no estaba acostumbrada a trabajar bajo presión. Si apuran, no estaba acostumbrada a trabajar, más allá de las tareas domésticas siempre susceptibles de negociación. Así que la tragedia estaba anunciada. Hay que reconocer que la faena tenía su complicación. No hay más que intentar envolver una cometa o una olla Magefesa que entonces no se servían en cajas de cartón sino a pelo, con todas sus curvas y ángulos.

La pelea con el rollo de papel acabó pronto en derrota, dado que no había superficie suficiente para extenderlo , el celo se pegaba en todas partes menos allí donde estaba indicado, la clientela no demostraba ni pizca de espíritu navideño sino más bien un rencor inexplicable hacia la pobre criatura, y ésta, para acabarlo de rematar, dominada por los nervios, se pegó un pellizco importante con las malditas tijeras, que aunque no se llevó por delante ningún dedo, la hizo sangrar como una cerdita degollada, causando un empastre total en lo que llamaban pomposamente “área de embalaje”.
Ahí acabó su primera aventura laboral. Ahí decidió que ningún trabajo manual estaba hecho para ella. Ahí aprendió que la clase trabajadora siempre sale perdiendo si va a pecho descubierto, en solitario. Ahí asumió que el dinero no da siempre la felicidad.
Con su dedo mal vendado, porque los riesgos laborales ni estaban, ni se les esperaba, abandonó el establecimiento por la puerta grande y se fue a la Feria a ver si todavía encontraba a sus amigos.








