Ese puño cerrado, que no tiene connotaciones políticas, aunque también podría, es símbolo de un éxito espectacular y el resultado de nueve largos meses de trabajo y dolor. Tras el batacazo y la fractura, sobre todo a cierta edad, no es fácil recuperar una mano morcillona, rígida como una pala de ping-pong, flojucha como una bola de algodón, para convertirla en una extremidad más o menos útil y operativa. Doblegar esas falanges rígidas a pesar de la brutal resistencia que ofrecían para poder cepillarse los dientes o agarrar la mano de las criaturas no es un objetivo de fácil alcance. Implica dolor combinado con impotencia y soportado con enorme impaciencia.
Pero llega el día en que el puño se cierra y vuelve a tener casi toda la fuerza que perdió. Y con la experiencia, se ha perdido el miedo al dolor, aunque nunca será un amigo deseable. Y se ha aprendido a convivir con las limitaciones a base de ingenio y paciencia en dosis que nunca se creyó tener.
No es deseable tener que aprender de las catástrofes, pero si suceden, para superarlas se exige de la persona su mejor versión, minimizando necesidades o preocupaciones que en realidad son secundarias, para centrarse en recuperar la vida que se quiere.

