Es un espejismo la celebración de los premios de la Lotería que han tocado en localidades afectadas por la Dana y la gestión de Mazón, porque no dejan de ser casos puntuales para alegría de algunas escasas familias, mientras que las de al lado siguen en su travesía por el desierto. Es una alucinación colectiva la que pretende hacernos creer que por ser Navidad, las sombras se desvanecen, las injusticias se borran y los abusos desaparecen

Es una utopía creer que la Navidad sea capaz de resolver todos los conflictos, dejando atrás todas las miserias con las que convivimos. Que sentados a la mesa seremos personas diferentes, sin pasado y con un historial limpio de rencores y carencias. Es pura ficción confiar en que por ser Navidad la felicidad se convertirá en un estado universal de carácter obligatorio para todo el mundo.
Es pura quimera que ese dolor , íntimo y privado, que todas llevamos dentro, se disuelva como la gaseosa porque lo dicen el calendario y los titulares. Los fantasmas siguen ahí, como heridas que quizás ya no sangran, pero duelen como el primer día.
Lo que es realidad y certeza como la vida misma, es que en Navidad compartimos un acuerdo general e implícito de resucitar, aunque sea durante unas horas, la fe en el futuro, la confianza en las personas y la esperanza en la justicia. Durará unos días, unas horas y a veces solo minutos, tras los cuales cerraremos el capítulo con resignación pero con obligado realismo. Y seguiremos trabajando por un futuro que quizás sea imposible pero es también obligatorio
