Hace algunas décadas, bastantes en realidad, no se preguntaba opinión a la gente pequeña a la que se empaquetaba como una maleta más para superar largos veranos, sin que enloquecieran a quienes debían hacerse cargo de ellos. Casi siempre ese papel era para las madres pero si se les acumulaba la faena con cinco o siete retoños, entraban en el terreno de juego las abuelas, las tías o las suegras , más o menos dispuestas y preparadas para la crianza. Lo de hacer turismo todavía no se había inventado y el destino era el pueblo, el del siempre y el único posible, donde las criaturas podían campar por las calles aparentemente sin control, aunque vigiladas por decenas de ojos protectores que no las perdían de vista.
Con la adolescencia, los veranos eran otra cosa. A veces se conseguía hacer viajes aventureros, en condiciones bastante precarias, cuyo destino daba igual porque lo que importaba era evitar el control ajeno. O pasar días dorados en casas ajenas siempre fuera del alcance de la vista criticona de los adultos. El objetivo era vivir nuevas experiencias , temidas y deseadas a la vez, desde el protagonismo más absoluto, a veces desde la más ingenua soberbia.
Los veranos de la edad adulta a día de hoy , son momentos muy planificados. Con una cuidadosa selección previa: destino, duración, fechas, coste….Todo tiene que encajar en las preferencias personales, pero también en las modas, en las experiencias ajenas, en las posibilidades materiales. Y sobre todo hay que dejar constancia de ellos, aunque no haya nada más aburrido que visionar miles de fotos de viajes ajenos. Los veranos de la edad adulta construyen año a año, la imagen de la propia vida y por tanto no se pueden descuidar.
Los veranos de la vejez pueden ser pacíficos si no hay asignaturas pendientes. Lo que se ha hecho , ya está bien. También perturbadores si se impone en la balanza lo que falta: los viajes que no se hicieron, las experiencias que no se vivieron, las compañías que ya no serán posibles…

Si hay suerte, pueden ser los más libres. Menos obligaciones autoimpuestas, menos decorados falsos. Es habitual que se sientan como si fueran el último, sencillamente porque pueden serlo. Algo que se ha de aceptar sin dramas intentando soltar lastre. Eso no quiere decir tumbarse en la hamaca para descansar en paz, en sentido literal. Quien así lo entienda, necesita terapia urgente. Al contrario, se trata de echarse a la espalda el pasado, sin permitir que nos aplaste, para disfrutar sin filtros del presente. Significa abrir las ventanas y atreverse a mirar por ellas para ver lo que la vida ofrece.
