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REFLEXIONES VERANIEGAS (3)

Hace algunas décadas, bastantes en realidad, no se preguntaba opinión a la gente pequeña a la que se empaquetaba como una maleta más para superar largos veranos, sin que enloquecieran a quienes debían hacerse cargo de ellos. Casi siempre ese papel era para las madres pero si se les acumulaba la faena con cinco o siete retoños, entraban en el terreno de juego las abuelas, las tías o las suegras , más o menos dispuestas y preparadas para la crianza. Lo de hacer turismo todavía no se había inventado y el destino era el pueblo, el del siempre y el único posible, donde las criaturas podían campar por las calles aparentemente sin control, aunque vigiladas por decenas de ojos protectores que no las perdían de vista.

Con la adolescencia, los veranos eran otra cosa. A veces se conseguía hacer viajes aventureros, en condiciones bastante precarias, cuyo destino daba igual porque lo que importaba era evitar el control ajeno. O pasar días dorados en casas ajenas siempre fuera del alcance de la vista criticona de los adultos. El objetivo era vivir nuevas experiencias , temidas y deseadas a la vez, desde el protagonismo más absoluto, a veces desde la más ingenua soberbia.

Los veranos de la edad adulta a día de hoy , son momentos muy planificados. Con una cuidadosa selección previa: destino, duración, fechas, coste….Todo tiene que encajar en las preferencias personales, pero también en las modas, en las experiencias ajenas, en las posibilidades materiales. Y sobre todo hay que dejar constancia de ellos, aunque no haya nada más aburrido que visionar miles de fotos de viajes ajenos. Los veranos de la edad adulta construyen año a año, la imagen de la propia vida y por tanto no se pueden descuidar.

Los veranos de la vejez pueden ser pacíficos si no hay asignaturas pendientes. Lo que se ha hecho , ya está bien. También perturbadores si se impone en la balanza lo que falta: los viajes que no se hicieron, las experiencias que no se vivieron, las compañías que ya no serán posibles…

Si hay suerte, pueden ser los más libres. Menos obligaciones autoimpuestas, menos decorados falsos. Es habitual que se sientan como si fueran el último, sencillamente porque pueden serlo. Algo que se ha de aceptar sin dramas intentando soltar lastre. Eso no quiere decir tumbarse en la hamaca para descansar en paz, en sentido literal. Quien así lo entienda, necesita terapia urgente. Al contrario, se trata de echarse a la espalda el pasado, sin permitir que nos aplaste, para disfrutar sin filtros del presente. Significa abrir las ventanas y atreverse a mirar por ellas para ver lo que la vida ofrece.

MI LIBÉLULA

Este verano no ha venido. Quizás esté semijubilada, como ella. O muerta, como ella no está, aunque a ratos así se siente.

Tampoco había tenido nunca asegurada su presencia. Pero la había acostumbrado año tras año a hacer acto de presencia al inicio del verano. Sin que la llamaran, sin invitación, solo porque sí. De repente, cuando menos se lo esperaba, invadía el espacio aéreo entre las tumbonas y los flotadores, con un desparpajo total, de aquí para allá , sin ningún tipo de contención y una alegría desbordante.

Pero este año le había fallado.

Su libélula azul, porque suya era y de nadie más, competía con el agua de la piscina y el cielo despejado con el color de sus alas, de un azul intenso, casi desafiante y provocador que desde luego no le permitían pasar inadvertida. Aleteaba con fuerza, en vuelos rasantes y atrevidos con los que exhibía su belleza y su agilidad. A veces se paraba sobre la piedra y se dejaba mirar, presumida y soberbia en su perfección. Pero en general disfrutaba de la vida volando, viéndolo todo desde perspectivas desconocidas y a toda velocidad.

Han venido otras. Rojas o naranjas que de ninguna manera podían competir con ella aunque han sido adoptadas por otros habitantes de la casa. Pero no pueden competir porque están muy lejos de poseer su atrevimiento y su belleza.

Mejor pensar que está decorando otra parte del mundo. Quizás otra piscina, o mejor un lago o un estanque donde deja boquiabiertos a quienes todavía conserven la facultad de ver cuando miran. Pero seguro que seguirá igual de exhibicionista y salvaje, de presumida y apasionado por una vida en libertad, sin compromisos ni ataduras.

Porque para jubilarse parecía joven.

LAS QUE NO VOLVERÁN

No una, ni dos, ni tres. Sólo desde Julio, hay hasta 16 mujeres más, según las cifras oficiales, y 4 más que no entran en el conteo de la Administración pero también fueron asesinadas por su condición de mujeres, que no volverán tras las vacaciones a sus ocupaciones habituales. Dos criaturas también se quedaron en el camino.

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Es cansino, aburrido, amargo tener que reincidir tanto en el mismo tema. Se ha dicho, escrito, cantado y monologado todo lo que hacia falta decir. Sobran las palabras. Faltan los hechos

Porque conocemos las causas y la envergadura del monstruo. Sin leer manuales, ni guías, sabemos que hay hombres que matan a las mujeres porque son unos cafres que creen estar en su derecho de estrangularlas, tirarlas por el balcón o acuchillarlas. Que las matan porque no saben y no aprenden, ni a las buenas ni a las malas, lo que es la libertad, y el derecho a la vida. Porque se sienten autorizados. Lo hacen porque pueden, porque ellos son los putos amos, y ellas las sirvientas.

Ya está bien. De campañas mediáticas, de lacitos, de silencios….Ya sobran complicados procedimientos, normativas, pactos y otros compromisos que no pasan del papel a la realidad y si lo hacen, es de forma tan lenta, tan escalonada, tan difusa que sus efectos son casi nulos.

Basta de hablar de educación en las aulas y no garantizar que el profesorado tenga la formación necesaria para poder impartirla. De esperar que por ciencia infusa, hayan de promover valores y desmontar prejuicios, afrontando una responsabilidad descomunal sin haber recibido ningún tipo de formación ni ideológica, ni pedagógica. Cuando no saben ni lo que tienen que enseñar, ni cómo hacerlo. Y además casi, sin tiempo en la jornada escolar destinado a tal fin.

Ya está bien de pedir denuncias a las mujeres como quien pide aplausos, sin dar garantías de protección y de subsistencia. Sin preparar y formar debidamente a quienes serán responsables de su seguridad y tendrán el poder de decidir sobre sus vidas. Sin exigir responsabilidades por equivocaciones que podrían haberse evitado. Sin poner el foco sobre el delincuente y no sobre la víctima, penalizando a éste con traslados y seguimientos y no a ellas, que lo único que quieren es que las dejen vivir en paz.

Ya nos vale de asistir a concentraciones, ponernos lazos, y aguantar los chistes machistas y repugnantes en la barra del bar, o admitir condenas a mujeres sólo porque lo son, y no por los errores que puedan cometer. De oir canciones que mandan mensajes repugnantes o comprar prensa con titulares que dan ganas de vomitar. De tolerar opinadores y tertulianas que intentan hacer negocio y no justicia con el último asesinato de una mujer. Ya no toca asombrarse ante el último anuncio publicitario que utiliza a la mujer como un trozo de carne, sin derechos ni sentimientos, a disposición de quien lo pueda comprar porque lo que procede es declarar un boicot inexorable a la firma que se atreva a alimentar el monstruo de la violencia.

Ya es hora de actuar y dejar de resignarse ante un fracaso crónico que endurece conciencias y nos hace cada día un poco más inhumanos.