Ya se inaugurado el Belén que es el como el disparo de salida que indica que la Navidad, en Xàtiva echa a andar. Y lo hace sin pedir permiso a nadie, atropellando a los escépticos, entusiasmando a los que están rendidos a sus pies porque para ellos la Navidad es un regalo y un privilegio a disfrutar al que no están dispuestos a renunciar.
Como todo la Navidad, tiene su parte de luz y de sombra. Aunque haría falta decidir previamente lo que entendemos por Navidad. Porque ciertamente es una fiesta religiosa que se sigue celebrando en Iglesias y centros de culta de forma algo residual aunque eso sí omnipresente, porque para eso vivimos en un país laico bastante rarito, donde la religión se cuela en todos los rincones de la práctica institucional y social. Es también momento vacacional, para algunos más que para otros, pero en general, momento de relajación laboral. También es momento de encuentros lúdico festivos, de los que obedecen a una inercia festera que a todos conviene, por lo que la mayoría se apunta sin hacer demasiado preguntas a cenas de empresa, de amigos y amigas, de comunidad de vecinos o de comunidad virtual que también las hay, que toda excusa es buena para darle al comercio y al bebercio. Así somos la gente de este país que nos apuntamos a un bombardeo, eso sí, si la gente es maja y se prevee que habrá buena comida y bebida.
No solo esto, tan material, es la Navidad. Es también el momento de los buenos deseos. Con el inicio del año los buenos deseos y propósitos, casi calcados de los del año anterior, resultan prometedores. Somos un año más viejos, y por tanto se supone que más sabios así que esta vez, sí que seremos capaces de aprender inglés, de preparar en serio la subida al Castell , o de escribir ese libro de memorias o de poemas que tenemos en la punta de la lengua. Como nos sentimos generosos, miramos a quienes nos rodean con estima y les deseamos también con bastante sinceridad un buen año, sin concretar demasiado, porque a saber lo que eso significa para cada cual, más allá de prosperidad y salud, significantes lo suficientemente amplios y vacíos como para que todo el mundo los reciba con alegría y agradecimiento.
Que tiene de malo la Navidad? Pues los escépticos, reticentes y algo cínicos podrían alegar que la hipocresía y la falsedad alcanzan cotas de campeonato. Que las miserias materiales y de las otras que no se ven, pero ahí están, siguen existiendo igual de dañinas y vergonzantes aunque haya un pacto de silencio que las haga desaparecer. Que toda la Navidad es una inmensa farsa que encubre carencias reales y falsifica sentimientos con un solo objetivo, vaciar nuestras carteras sometiéndonos a una presión consumista brutal que nubla conciencias y hace cometer verdaderas imprudencias económicas que se recuperan luego penosamente en lo que llaman con toda propiedad, cuesta de Enero.
No se equivocan del todo, y quizás lo sabemos en el fondo de nuestros estómagos llenos y nuestros abrazos de compromiso con ese de la empresa que nos cae como un tiro en el pie. Pero hay un tópico típico que sigue siendo capaz de desmontar una crítica tan tristemente realista. Ese que habla de la mirada de la infancia, de la chiquillería ingenua y estupefacta. Esa gentecilla que no acaba de entender la extraña convivencia entre Papa Noel y sus renos de nombres americanos, los Reyes Magos de Oriente y sus camellos de dos jorobas , el Home dels Nassos y algunos personajes más pero que se los cree todos, los espera a todos, juntos o revueltos y no sólo por los regalos que traerán sino porque encarnan esa mágica creencia en la vida que desgraciadamente los adultos perdemos para sobrevivir.
Solo por eso, ojalá podamos vivirla el resto de nuestros días. No diciendo mentiras de cortesía, ni comiendo como si no hubiera un mañana, ni gastando lo que no tenemos. Simplemente reconociendo y compartiendo con la gente pequeña, sin cursilerías ni poesía barata, esa confianza infinita en la bondad de la vida.