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EL PUÑO CERRADO

Ese puño cerrado, que no tiene connotaciones políticas, aunque también podría, es símbolo de un éxito espectacular y el resultado de nueve largos meses de trabajo y dolor. Tras el batacazo y la fractura, sobre todo a cierta edad, no es fácil recuperar una mano morcillona, rígida como una pala de ping-pong, flojucha como una bola de algodón, para convertirla en una extremidad más o menos útil y operativa. Doblegar esas falanges rígidas a pesar de la brutal resistencia que ofrecían para poder cepillarse los dientes o agarrar la mano de las criaturas no es un objetivo de fácil alcance. Implica dolor combinado con impotencia y soportado con enorme impaciencia.

Pero llega el día en que el puño se cierra y vuelve a tener casi toda la fuerza que perdió. Y con la experiencia, se ha perdido el miedo al dolor, aunque nunca será un amigo deseable. Y se ha aprendido a convivir con las limitaciones a base de ingenio y paciencia en dosis que nunca se creyó tener.

No es deseable tener que aprender de las catástrofes, pero si suceden, para superarlas se exige de la persona su mejor versión, minimizando necesidades o preocupaciones que en realidad son secundarias, para centrarse en recuperar la vida que se quiere.

LA REHABILITACIÓN

Cuando te quitan la escayola es como un parto en el que lo peor ha pasado y lo que se avecina tiene buena pinta, aunque no hay nada asegurado.

El brazo va a su bola y te recuerda constantemente su existencia con dolores de diferente clase e intensidad en cuanto te despistas y crees que eres una persona completa.  Los dedos de la mano que en principio no han sufrido ninguna rotura, son víctimas colaterales de la larga inmovilización. Aparecen morcillones, desteñidos, flácidos y absolutamente inútiles. Como mucho puedes moverlos a modo de saludo casual, sin extralimitarte demasiado.

Así que acudes a la consulta de rehabilitación esperando algún milagro que de forma instantánea te devuelva el control de todas las partes de tu cuerpo. Y claro, no es así, sino que la leve manipulación realizada te hace sudar la gota gorda anticipando dolorosas sesiones para conseguir el magnífico objetivo de cerrar el puño , aunque sin poder atizarle a nadie como desahogo.

Ya en la salida, esperando la recogida como el trasto inmovilizado que eres y en plena campaña de autocompasión llega una ambulancia de la que baja una chica peculiar que va en silla de ruedas. Pelo largo ,orejas perforadas, piel tatuada.. algo más de veinte años.

Tiene las dos piernas amputadas por debajo de la rodilla pero, riendo, desafía al conductor de la ambulancia que debía ayudarla y emprende una carrera a base de brazos para superar la corta rampa que la llevará a su sesión de rehabilitación, seguro que infinitamente más dura. Debe ser muy gamberra.

Tras verla, se acaba para siempre la autoterapia compasiva y queda desmontado hasta los cimientos el discurso de la lamentación. Queda claro el grado de estupidez al que nos conduce creernos el centro del mundo perdiendo totalmente el sentido de la relatividad, que no es una fórmula matemática descubierta por Einstein, sino la capacidad de entender la realidad propia y ajena desde la empatía y la objetividad.

ADIÓS A LA ESCAYOLA

El tipo se acerca con las tijeras pero no resulta amenazador. Coge el brazo y empieza a cortar decidido, es de  suponer que porque sabe que no hay riesgo de seccionar venas y arterias. Algo que la paciente no tiene tan claro. Tiene que hacer fuerza porque la escayola, dura como una piedra, no se deja reventar así como así .Pero una vez el tajo está hecho, la batalla está perdida y aplicando un poco de fuerza bruta abandona al final ese antebrazo y mano que parasitaba o protegía desde hace tantas semanas.

La dueña de la extremidad tiene una especie de colapso emocional. Por un lado, la visión de esa piel castigada la impresiona. También se siente expuesta, enormemente vulnerable, como si hubieran desnudado una parte inconveniente de su anatomía.  Luego aparece un potente sentimiento de liberación al intuir que es el primer paso para recuperar la propia vida, la independencia y la autonomía.

Aunque ese sentimiento es rápidamente machacado al percibir que la mano y el brazo, antaño tan funcionales y apreciados, se han convertido en dos tarugos inertes e hinchados, de aspecto desagradable y apariencia tan vulnerable que casi hacen echar de menos la dureza protectora de la escayola.

El traumatólogo, de una juventud y salud envidiable y una empatía mejorable, explica los ejercicios a realizar, cuya sola visión aterroriza a la paciente. Sí que siente los dedos a diferencia de aquel idiota quejica famoso, pero solo para preocuparse por si el roce del aire le causa dolor.

Sale de la consulta con una única obsesión: sumergir el brazo bajo un chorro de agua fría, aunque sea en la primera fuente que encuentre en la calle, aunque dé la nota y la crean loca Pero tiene la sensación de que, aunque no resuciten así sus tendones y articulaciones, la piel fina y delicada, y ahora tensa como la piel de un tambor,  agradecerá enormemente, casi tanto como ella, ese alivio refrescante después de tanto encierro y oscuridad.

PELEA A MUERTE

La miraba con sus ojos planos, desafiante, desde el silencio más absoluto. Su gran envergadura era en sí misma, una amenaza latente que avisaba que cualquier intento de imponer límites y reducir sus dimensiones  no sería aceptado sin una feroz resistencia.

Pero había que hacerlo porque el calor apretaba y ese edredón campando a sus anchas con todo su volumen ocupaba un espacio indebido y creaba un caos insoportable.

La pelea no era justa. Un edredón enorme, vigoroso, lleno de aire indomable contra una solitaria mano izquierda bastante torpe y cansada que trataba de reducirlo a la mínima expresión para meterlo en una bolsa plastificada donde debía reposar los próximos meses.

Todo un desafío.

 A él le bastaba con dejarse hacer, con una resistencia pasiva, casi burlona.

La mano luchadora, por el contrario, tenía que lanzar un ataque infernal , en alianza  con cualquier otra parte útil de la anatomía: dientes, torso,  codos, rodillas… Todo aquello que sirviera para someter y doblegar la resistencia infame de esa masa amorfa y rebelde.

No hay sonido en la gran batalla como si fuera una película muda, o mejor una película porno llena de gemidos, bramidos, suspiros y sudores,  todos con el mismo origen.

Hay dos finales posibles . Aviso a navegantes que se creen invencibles como el bote de mermelada,  la  pastilla del lavavajillas o el cierre anti-niños de algunos productos.

Para acertar, solo hay que recordar el poder de una mujer enfurecida, empeñada en salir victoriosa ante un adversario prepotente y burlón que parece no tomarla en serio.

LA AMBULANCIA Y LAS URGENCIAS

La experiencia de la ambulancia,  aunque no es la primera vez, sucede como con el sexo que siempre, o casi siempre, es diferente. El personal sanitario que acude está entrenado para transmitir amabilidad y empatía lo que no obsta para que se acerquen con prevención al no saber lo que se van a encontrar.

Al ver sentada en el banquito a alguien con la mirada un poco perdida pero sin sangre ni otros fluidos corporales desparramados por el asfalto se tranquilizan. Entablan una animada conversación con el policía para determinar los hechos como si la víctima estuviera incapacitada para el habla y no para jugar a los bolos, por ejemplo. Cosas de la profesión.

El servicio de Urgencias del hospital de referencia es como todos, deplorable y deprimente por el exceso de trabajo y la falta de recursos que repercuten en un puñado de gente, más o menos fastidiada, que se amontona en las salas de espera

A la transeúnte besa-suelos la aparcan en su silla de ruedas al lado por pura casualidad de una criatura con uniforme escolar que llora a moco tendido al parecer como resultado de una lesión similar a la suya porque se agarra el bracito con la misma delicadeza y aúlla para protegerlo hasta de las miradas. Aprovecha para reclamar a su padre una extensa lista de privilegios y adquisiciones compensatorias y la adulta de al lado lamenta mucho que no le esté permitida  una conducta similar.

Tras las horas necesarias para hacer la obligada rueda de pruebas y contar la misma historia, que cada vez interesa menos, a estresados profesionales sanitarios que a veces parecen más fastidiados que los pacientes que esperan , la mujer caída, dicho sea sin ninguna connotación moral, se va a su casa con una bonita fractura distal de radio y una escayola que se hace antipática desde el primer momento y con la que tendrá que convivir de forma obligada como una hemorroides mal ubicada pero igual de molesta durante las próximas semanas

EL BATACAZO

Esa sensación cuando tropiezas con un desnivel de cinco centímetros que no debería haber estado allí y sales propulsada por un motor invisible que te empuja con fuerza contra el suelo. Antes de llegar , previendo que tu cabeza va a sufrir mucho con el impacto usas tu brazo derecho para amortiguar. Aún así cuando llega el dolor es tan fuerte que no sabes exactamente dónde empieza y dónde acaba.

 El tiempo es relativo, lo dijo Einstein ,y así se percibe claramente cuando el rato que te quedas aplastada contra el pavimento ,se hace eterno hasta que aparece el primer alma caritativa a socorrerte .

Es un chaval  joven que hace la  pregunta improcedente y provocadora pero lógica por la inercia:  señora está usted bien ?

Como no sabes por dónde empezar ni exactamente que responder para no ser desagradecida y desagradable te callas e intentas evaluar daños.

Tras él llegan los refuerzos, sobre todo, y es curioso, mujeres, hasta doce o quince que se congregan a tu alrededor. Tú solo quieres que te enderecen un poco para no sentirte como un chicle pegado al asfalto y revisar los daños causados que sigues sin tener claros

Este es un país al que le gustan los debates democráticos y tras un pequeña discusión sobre la conveniencia del cambio de postura,  con mención a conmociones cerebrales o roturas de cuello algo preocupantes, acabas en un banquito cercano al que también llevan todas tus pertenencias, dispersas por la zona de guerra. Alguien muy amable que se identifica como médica  te palpa el antebrazo con verdadera pasión y te hace ver que no morirás en ese momento aunque el dolor sea absoluto. Pero es un consuelo que no sea el definitivo.

Te ofrecen agua y ahí se abre otro pequeño debate sobre la conveniencia o no de su ingesta, a cuenta de futuros e hipotéticos vómitos pero pesa la opinión de la profesional.

En la espera de la ambulancia que llega precedida de la Policía local hay un interesante intercambio de experiencias vividas en relación a caídas propias o ajenas, a sus secuelas y sobre todo relacionadas con la búsqueda implacable de un culpable que es el Ayuntamiento, como no podía ser de otra manera.

En cualquier caso hay que destacar el cariño, la atención y el buen trato recibido por parte de todas las viandantes, sus buenas intenciones y su perfecta actuación que quieras que no facilita la situación y te permite no ser protagonista sino espectadora , aunque lo que querrías es salirte del cine e irte a tu casa a meterte en la cama.