Categoría: sociedad

ANIMALES

Esta semana ha sido San Antoni Abad, festividad con gran seguimiento popular que incluye la multitudinaria bendición de los animales que es un acto la mar de pintoresco y entrañable en el que las familias llevan desde el canario a la mula, pasando por la pecera y la jaula del hámster,  para que reciban las bendiciones de la Iglesia que  les  procurarán, o por lo menos esa es la idea, una  larga y buena vida.

Y es que el amor a los animales es patente en Xàtiva. Hay más de 4000 perros inscritos en el  censo de perros existente, siendo la segunda localidad con más animales registrados. Aunque no están todos los que son,  ya que según el colegio de veterinarios son más de 7000 los animales que viven en la ciudad. Una población perruna que da trabajo a más de 130 hospitales y clínicas veterinarias por lo que se convierte en un nicho laboral de considerable interés.

Lo cierto es que a pesar de algunas tradiciones que más valdría olvidar, el amor a los animales que es rasgo que dignifica a un país y a su ciudadanía, está muy extendido en España . Un amor en la mayoría de los casos que se manifiesta con responsabilidad y coherencia.  De hecho, el 52% de los españoles que tienen mascota reconocen que dedican más de cuatro horas al día a estar con sus animales, siendo así el país en el que más tiempo se dedica a los animales domésticos, por delante de Estados Unidos (39%), Francia (36%) y Alemania (35%).

No solo se trata de perros, aunque sea la opción preferente. Casi un 60 % se inclinan por los gatos y, sorprendentemente, los peces también representan una cifra muy elevada en comparación a otros países, con un 19% de españoles que tienen en casa un pez.

Con todo sigue habiendo prácticas más que rechazables como el abandono de más de 280.000 perros y gatos durante el 2022. Sin contar con episodios que trascienden de vez en cuando relacionados frecuentemente con perros de caza, así como casos de salvajismo con gatos, como el recientemente sucedido en Xàtiva , cuando alguien encontró divertido disparar balines a gatos vulnerables. Actividad que choca de frente con el trabajo y la preocupación que demuestran por el bienestar gatuno,  asociaciones muy activas en la ciudad como Una Huella en el Corazón y CES Colonias Felinas.

No habría que olvidar que el trato hacia los animales no es más que la demostración del grado de civismo y capacidad de convivencia de una sociedad moderna. La brutalidad que demostraban antiguas tradiciones hoy ya extinguidas afortunadamente, la falta de respeto a la vida de otros seres desde la soberbia de considerarse superior y todopoderoso, no son rasgos que configuren precisamente a una sociedad madura. Ya están afortunadamente superados festejos consistentes en apalear a animales, lancearlos, colgarlos, prender fuego a partes de sus cuerpos o arrancárselas, lanzarlos desde alturas o al agua… con el sorprendente objetivo de honrar a patrones y patronas que allí donde estén debían alucinar ante tales espectáculos.

Existe una Ley de Bienestar animal ya aprobada y vigente que exige cambios e impone condiciones en el trato con los animales, pero está pendiente de desarrollos reglamentarios que clarificarán su aplicación. Hay que confiar en que las Administraciones no convertirán el tema en pelota sobre el tejado de otros, sino que lo afrontarán con sensatez y rigor, haciendo lo que haga falta para que los derechos de los animales y de sus amos sean respetados en su integridad y no colisionen entre ellos ni con el resto de la ciudadanía.

POESÍA GASTRONÓMICA

La Navidad es la época de los buenos deseos, los regalos, la lotería, y también del buen comer en cantidad y en calidad.  De llenarnos la panza como si no hubiera un mañana, de cargar las mesas de alimentos, que ya no parecen ser tales, porque pasan a ser gratificaciones, caprichos hedonistas que rozan el empacho, pulverizando momentáneamente cualquier pretensión de dieta sana. Nos los permitimos porque sabemos que solo durará un período limitado de tiempo ya que en caso contrario reventaríamos o nos arruinaríamos.

Las comidas además no solo se producen en el interior de los hogares como la mayoría de los días del resto del año. Es por excelencia época de comidas fuera de casa, de citas gastronómicas para comer y beber. Almuerzos de empresa, comidas de amigas, meriendas de colegio, cenas con el club deportivo, con la gente del gimnasio, de la banda de música o del club de lectura. Da igual la compañía, pero el motivo de la cita es inevitable. Comer y beber hasta límites insospechados.

En respuesta a esta demanda desorbitada se produce también una pelea titánica en el sector de la restauración para conseguir el mayor número de comensales, con estrategias comerciales que pretendiendo ser atrayentes y seductoras, confunden un poco al personal.

Así, los menús ofrecen platos que suenan bien en el oído, pero no dan pistas que indiquen si se comerán con cuchara, tenedor, palillos o con pajita. Es lo que sucede, cuando poseyendo una cultura gastronómica media, se ha de elegir entre un cubalibre de foie gras, de Quique Dacosta o unas aceitunas líquidas de Ferran Adriá. Grave problema para los afortunados que pisen sus comedores.

Sin osar opinar de instancias tan altas del cielo culinario de este país, quedándose en nuestra propia ciudad, se pueden encontrar ofertas de carrilladas con parmentier de boniato trompeta negra y su demiglacé que no aclara si es la ternera o el boniato el que toca la trompeta. A la contra, hay quien describe su plato principal como merluza que se muerde la cola con suquet de rap que ya da muchas más pistas de por dónde van los tiros.

En cualquier caso, todo debe estar buenísimo, y lo que se persigue es motivar la comanda para que resulte más atractiva. Y es que no tiene nada que ver pedirse un medallón de papa horneado con emulsión de aceite, ajo y cítricos que encargar unas patatas con alioli de toda la vida. O un bombón de bechamel envuelto en tempura de pan hidrolizado, como aparecen en algunos menús las sufridas croquetas de siempre. Son intentos imaginativos de renovación de los nombres de los platos clásicos pero insustituibles para que no pierdan su atractivo revistiéndolos de cierta capa de modernidad que les permita seguir manteniendo su encanto y poder de atracción.

Se trata de mantener el justo equilibrio entre tradición y renovación, valorando la clásica ropavieja de nombre inadecuado, pero sabor inmejorable y el coulant de chocolate que te hace tocar el cielo. O una buena tortilla de patata (ahora llamada en ocasiones semicuajo de campero con secreto de cebolla y patata pochada) que no tiene nada que envidiar a los revolucionarios y selectos chupa-chups de codorniz de algún restaurante de infinitas estrellas. 

El nombre del plato debería facilitar suficiente información para realizar la elección adecuada, más teniendo en cuenta el coste que supondrá, aunque se pueda dar cierta cabida a la imaginación. Es un rasgo de esta cocina que no persigue la supervivencia, sino que es otra forma de cultura, uno de los placeres que los seres humanos disfrutan cuando tienen suerte y oportunidad.

La Navidad y los turrones

La Lotería de Navidad tiene muchos enemigos, bastante merecidos, todo sea dicho. Porque a estas alturas todo el mundo sabe que representa, sobre todo, un inmenso negocio para las arcas del Estado, esas que son de todos, pero administran algunos, según su saber y entender, sin acertar siempre, ni guiarse sin despistarse por intereses legítimos y colectivos. Es un inmenso negocio, sí, aunque no tanto como los bulos alimentan, ya que no llega al 50 % el porcentaje recaudado

Este año la cantidad destinada a premios es de 2590 millones de euros, cifra impresionante, aunque relativamente, porque no supera por ejemplo a los casi 3500 millones de euros que las grandes empresas, Telefónica, Endesa, Iberdrola…pagaran en dividendos a sus accionistas en razón a los beneficios obtenidos 

Casi nadie ignora que las posibilidades de que le toque la Lotería con una cantidad importante que le saque de pobre y no solo sirva para cubrir agujeros que más parecen socavones, son ínfimas, ridículas, anecdóticas.  Si cada año, en el bombo de los números se introducen 100.000 bolas, que van desde el 00000 al 99.999, la cuenta es sencilla. Habiendo solo un número ganador para el primer, el segundo y tercer premio la probabilidad de que toque habiendo adquirido solamente un décimo es de 1 entre 100.000, por lo tanto, es del 0,0001%.

 Además de las escasas posibilidades de que el azar nos escoja, es de dominio público que muchos de los exultantes ganadores que destaparon botellas de cava y se las prometieron muy felices, acabaron tristes, solos y arruinados. Porque el dinero no siempre trae la felicidad, aunque indudablemente ayude. Pero hay momentos vitales en los que es fácil creer que todas las respuestas están en la cuenta bancaria y que  no hay nada que amenace nuestra felicidad que no pueda ser neutralizado con un montón suficiente de euros. Cosa de la edad es averiguar, nunca desde la experiencia ajena y por la vía del batacazo a veces, que las cosas no son tan simples.

También se escuchan historias fantásticas que otorgan a videntes, magos y otras especies la capacidad no solo de sacar conejos del sombrero, algo que ya está muy visto y anticuado, sino de acertar con el número premiado. Pero no hay inteligencia artificial, ni natural, capaz de contradecir las leyes de probabilidades matemáticas.

La Lotería de Navidad además de enriquecer a unos pocos, poquísimos, aporta otro capital importante a las Fiestas que es su anuncio publicitario. Pequeñas obras de arte, dramones de alta calidad, que hacen saltar las lágrimas empatizando totalmente con sus personajes e impulsan a salir corriendo a la Administración de Lotería más cercana. El “Vuelve a casa, vuelve” sigue siendo un soniquete que remueve las entrañas de muchas familias. El de turrones Suchard de este año que habla de la acertada faena familiar de una pareja conmueve y hace pensar, aunque lo cierto, porque lo cortés no quita lo valiente, es que se omiten muchas otras realidades familiares que también lo hacen muy, muy bien. Sin hablar del calvo, el famoso calvo de la Navidad, espécimen encantador y elegante, capaz de superar la connotación peyorativa que se atribuyen injustamente a los cráneos pelados.

Creer que te va a tocar la lotería es como esperar con ansiedad a los Reyes Magos y acostarse el día previo con el corazón en un puño a la espera de que traigan el regalo deseado. Algo lógico a ciertas edades, pero inaudito a los 40 años. Aunque en un contexto tan vociferante y crispado como el que vivimos, quizás sea de valientes, inmunes al desaliento, permitirse una dosis mínima de ingenuidad.

Vejez sin idiotez

Se habló hace poco de las Personas Mayores. Era su Día. Vaya por delante que la denominación confunde más que aclara porque excepto las criaturas de cortísima edad y jóvenes menores de edad legal, todo el mundo es mayor.

También se les llama personas de edad. ¿De qué edad? – diría la preguntona impertinente. De una considerable, podría ser la respuesta, por ejemplo los 65 años. Aunque peor aún es oír hablar de “edad del retiro”, como si se tratara de un coche viejo abandonado en la vía pública. O de pensionistas, definiendo a la persona por su situación administrativa.

Como son un botín jugoso en la batalla política, hay quien pretende apropiárselos, y se refiere a ellos como “nuestros mayores “, acepción francamente paternalista y algo humillante en referencia a un grupo humano que se las sabe todas, fruto de su larga experiencia que aunque a veces los haga crédulos y vulnerables, también les proporciona la sabiduría de la supervivencia.

Incurren en un gravísimo error de apreciación, porque los mayores no son de nadie. Sobre todo, son muy suyos, con sus errores y sus aciertos, porque después de toda una vida, la adquisición de la vela 65 no suele producir una catarsis transformadora, sino todo lo contrario un afianzamiento contundente, a veces rozando la terquedad para qué negarlo, en los principios, hábitos y comportamientos que han mantenido durante su larga vida.

La terminología, sin duda, daría para mucho, pero aceptando que hay que marcar un punto, por aquello de ordenar el tráfico generacional, se asume que las personas de más de 65 años, que son más de 5000 almas en Xàtiva, merecen gozar de un merecido descanso, un razonable reconocimiento social y una suficiente calidad de vida.

El envejecimiento es un proceso natural que no lleva obligatoriamente a la dependencia. Ser mayor no es sinónimo de limitación física ni de idiotez. Y de hecho tales situaciones se pueden dar en plena juventud. Ejemplos los hay a montones.

Ellos no son idiotas y por eso aprecian a la perfección el buen o mal trato que se les da. Y no debe haber persona mayor, ni joven tampoco, a quien no se le hiele el alma ante el trato recibido por los 7291 ancianos y ancianas muertos en las residencias madrileñas como resultado de unos protocolos que los condenaron a morir de forma cruel e inhumana y cuyos responsables siguen hoy cómodamente instalados en el poder escondidos tras mentiras obscenas.

Como no son idiotas saben que es su nivel de ingresos lo que asegura su sustento, su cuidado, su autonomía. Y por eso saben que las pensiones se defienden, gobierne quien gobierne. Así han conseguido a día de hoy unas pensiones dignas, suficientes y sostenibles que otros les negaron durante años.

Como no son idiotas saben que a pesar de las mejoras conseguidas, queda mucho que hacer. Como asegurar servicios públicos esenciales como la atención domiciliaria o los centros de día atendidos por personal especializado y satisfecho de sus condiciones laborales. Como contener los precios de la energía y artículos básicos para no ser arrastrados a situaciones de pobreza. Como asegurar la accesibilidad de espacios públicos y viviendas como bien saben quienes habitan el Casc Antic de Xàtiva. Como conseguir que las nuevas tecnologías no sean un factor extra de marginación. Que se lo digan al señor que desafió al sistema bancario que pretendía ningunearlos.

Hay que rendirles homenaje y también mirarlos con respeto. Son el espejo del futuro que nos espera a cualquiera, si hay suerte. Y si exigen mucho a la vida, es porque saben el valor que tiene.

Santa parálisis

Es esta una semana entre el todo y la nada, noticiosamente hablando. Porque más allá del tema monotemático de la Semana santa y el debate abierto sobre religión o cultura, es como si el país se paralizara y se abriera un gigantesco kit kat que a todo se superpone imponiendo una especie de respiro, que rompe las rutinas habituales.

Lo cierto es que seis de cada 10 personas, que son muchas, habrán acudido a algún desfile o procesión de las 15.000 que pasean las calles de todo el país, pero muy pocos asistirán a los oficios de Jueves o viernes Santo. Y tal vez se debería reflexionar sobre el interesante dato que habla de los casi tres millones de hombres  que componen las cofradías o hermandades en convivencia con un número muy inferior de mujeres que siguen teniendo dificultades para participar como costaleras o similar. Y eso pasa a estas alturas, si.

Los datos hacen pensar  que cada vez está más consolidada una España laica que sabe distinguir a la perfección entre la institución eclesiástica y la práctica religiosa sometida a dogmas, en situación de caída libre en cuanto a número de fieles practicantes, frente al vínculo emocional fruto del sentimiento y del respeto, de la fascinación y del aprecio a la belleza plástica e incuestionable de las tradiciones y figuras de la Semana Santa. Así se explican la abrumadora muchedumbre que llena las calles pero deja vacías las iglesias.

El país se divide pues entre los que se van de procesión y los que se van de viaje. Porque son días viajeros en las que abundan las opciones de viajes de más o menos distancia. Vale tanto irse al pueblo como tres días a Nueva York. Tan frecuente es destensarse a la sombra de los pinos, con buenas charlas, buen tiempo y buenos antidepresivos naturales como marcarse un viaje express a algún destino exótico para romper a martillazos  la rutina cotidiana. Todo vale para marcarse una aparición en las redes sociales dando a conocer, tanto a quien interese como a quien no, la ubicación y ocupación de esos días.

Son fechas  de alta saturación para las casetas y chalets de la contornada, no solo de Bixquert sino en un círculo mucho más extenso, que se perciben ocupadas hasta los máximos posibles e incluso recomendables. Así lo evidencian las docenas de coches aparcados y los griteríos atenuados por la distancia que se multiplican por todos los rincones. Se consumen toneladas de comida y bebidas como si no hubiera un mañana y multitud de pascueros y pascueras diseminados por caminos y senderos, con su longaniza y su mona de Pascua, dan identidad a estas semanas que transcurren con placidez.

No vienen mal para prepararse para la tempestad. La que nos espera en breve, con la vuelta a la estresante actividad habitual con sus tensiones y esfuerzos para superar cada día , más o menos exitosamente, es decir, con alegría y sin sufrir demasiado castigo . A lo que hay que añadir la fiesta de las elecciones que se avecina con su campaña, sus anuncios bomba, sus candidaturas , a veces sorprendentes a veces todo lo contrario.

Debemos considerarlas la fiesta de la democracia, a pesar de las decepciones, los desencuentros y los sonados fracasos que se les asocian. Pero solo hay que pensar en lo malo que era no poder elegir y tener que resignarse a que otros decidieran por nosotras para recuperar algo de la ilusión en dar nuestro voto a quien más nos guste o menos malo nos parezca.

Vayan calentando motores porque la fiesta empieza en breve.

26 abril, 2023

EL DILEMA DE LAS EXTRAESCOLARES

Muchas familias disfrutan anticipadamente del inicio del curso escolar, como agua de mayo en años de sequía, porque el verano se hace largo y tortuoso cuando se han de atender a criaturas de corta edad que no se pueden almacenar en vitrinas durante el verano. Sin olvidar que ellas están en su derecho de vivir días sin horarios ni obligaciones, en resumen, a tener vacaciones.

Es el manido tema de la conciliación, término al que se la va poniendo el apellido de la corresponsabilidad para significar que no es un problema unipersonal que sólo atañe a un miembro de la pareja, sino que son ambas partes las implicadas y responsables del cuidado de los menores a su cargo. Y esa es la intención, faltaría más, aunque sea ciertamente difícil conjugar las necesidades de unos con las obligaciones de otros, por lo que el caos está servido.

Tras el paréntesis veraniego, muchas familias andan como pollos sin cabeza intentando

Pablo picaso

Es la hora de las extraescolares porque la tendencia inmediata es buscar la colocación de las criaturas. Sobre todo, cuando no se tienen como antaño familiares con el suficiente grado de abnegación y buen estado de conservación como para afrontar esta responsabilidad. Hace 10 años el último estudio realizado por el Ministerio de Educación dictaminó que el 90% de los alumnos de Primaria ocupaba las tardes después de clase con actividades deportivas, aprendizaje de idiomas, música o baile.

Tanta unanimidad plantea diferentes reflexiones. La primera, ya antigüa, sobre los efectos causados a la población infantil con ese stress formativo, esa saturación de horarios , esa presión para desarrollar actividades dirigidas, que como a todo hijo de vecino, a veces les apetecerán y otras no tanto. Ya se va detectando que una de las carencias de la gente joven es la incapacidad para organizar sus tiempos, para aprender a administrarlos, algo que no aprenden en su infancia cuando sus horarios están pautados por lo menos cinco días a la semana desde que se levantan hasta que se lavan los dientes para irse a la cama y el concepto de tiempo libre es un puro espejismo.

Muy preocupante también, según avisan especialistas en la materia, es la desigualdad que generan las extraescolares, que a veces pueden ser un lujo al alcance de las familias con más recursos que arrincona a los más pobres. Si ya en edades tan tempranas, desde los 6 a los 12 años, hay quienes reciben refuerzo, amplían conocimientos, consolidan técnicas…se están gestando ya futuros diferentes. De ahí la importancia de una oferta de extraescolares pública, asequible y de calidad.

En todo caso, se debería ir pensando en soluciones que dieran tiempo de respiro a los menores, rechazando la prolongación de sus horas “lectivas” y apostando por la reducción de los tiempos de trabajo de los adultos. Algo que por supuesto no depende de la voluntad de quienes viven a costa del sudor de sus frentes y tienen poca voz y ningún voto en la organización del mundo laboral. Aunque van surgiendo, tímidas pero consistentes propuestas e iniciativas que apoyan la racionalidad de los horarios y la disminución de la jornada laboral. Y por ahí se abre un fecundo camino a recorrer.

LA DISCAPACIDAD QUE NO INCAPACITA

Mañana es el día de las personas con discapacidad funcional, un colectivo cuyo mayor problema no es su discapacidad, sino la forma en que la sociedad obstaculiza, por acción u omisión, su derecho   disfrutar de una vida digna y sin limitaciones. La discapacidad sustituye afortunadamente al término antaño utilizado,  de incapacidad, que de un solo manotazo relegaba a las personas con una realidad diferente a una condición de dependencia total, absolutamente excluyente de cualquier posibilidad de proyecto vital propio. Hoy en día, se impone, gracias a los propios interesados, a sus familias y asociaciones, el concepto de diversidad funcional del que se deriva la obligación de dar el apoyo social necesario a las personas que lo requieren para vivir una vida independiente, acorde con su proyecto de vida elegido.

Es un enfoque de agradecer porque, huyendo de cualquier tipo de paternalismo compasivo y vomitivo, se exige a la sociedad que, en coherencia con las premisas de equidad y justicia, ponga los medios para que nadie sufra exclusión por su forma de ser y estar en la vida. De lo que se trata es de impedir que la sociedad ponga límites, margine o reduzca de cualquier forma la capacidad de elección de las personas que viven y conviven con algún tipo de discapacidad.

Actualmente, las personas con discapacidad son la minoría más amplia que existe ya que en España son más de 3,8 millones de personas, lo que supone casi el 9% de la población. Es enormemente preocupante la afectación que sufren las criaturas, más de cien millones en todo el mundo, teniendo en cuenta que cuentan con cuatro veces más posibilidades de ser víctimas de algún tipo de violencia.

Su existencia es todo un reto para la sociedad que debe garantizarles las mismas oportunidades, eliminando cualquier trato empalagoso y sobreprotector que los infantilice y denigre. Las personas con diversidad funcional necesitan cariño como cualquiera y respeto como el que más. Sobre todo, necesitan de un pragmatismo absoluto a la hora de resolver los problemas que les impiden ejercer sus potencialidades y dar respuesta a sus necesidades. Entran ahí todas las cuestiones relacionadas con la accesibilidad universal que implica la eliminación de todo tipo de barreras (físicas, actitudinales…) para impedir que un bordillo demasiado alto, una puerta demasiado estrecha, la falta de ascensores o rampas o simplemente la falta de paciencia, dejen a la intemperie a la persona y su discapacidad.

Quizás, para entender de verdad que las personas con discapacidad son gente con capacidades diferentes que han de convivir con su limitación, igual que otras conviven con su diabetes, vendrían bien algunos ejemplos inefables que nos ha dejado el cine.

Vean ustedes, si no lo han hecho todavía, la película “Intocable”, versión algo edulcorada, todo hay que decirlo, de la vida de un millonario que queda tetrapléjico tras un accidente.  O sin ir más lejos, la oscarizada Forrest Gump, que no es más que la historia a veces trágica, a veces tan sorprendente y surrealista como la vida misma, de un personaje afectado de una evidente discapacidad intelectual que, sin embargo, es capaz de extraer sabiduría de una caja de bombones, aunque para muchos no es más que un retrasado mental, aborrecible término que habría que prohibir.

Somos estúpidamente miopes cuando no percibimos que cualquiera, en algún momento de su vida, puede experimentar una discapacidad temporal o permanente, generadora de nuevas necesidades que desearíamos que estuvieran perfectamente resueltas. Olvidamos con demasiada facilidad, las necesidades que ya tienen ahora las personas con discapacidad funcional. Mañana es su día de lucha y reivindicación. Deberían percibir que tienen todas las puertas están abiertas.

LA CELEBRACIÓN DE LA MUERTE (1.11.2021)

La fiesta que se celebrará el próximo Lunes -Día de Todos los Santos la llama el calendario- se la inventó como es habitual, un Papa, Gregorio IV, que decidió festejar en tropel a todos los santos, conocidos o desconocidos, incluyendo a quienes alcanzaron el ansiado estatus de santidad tras una obligada temporada en el Purgatorio. Su loable objetivo era no olvidar a ninguno, puesto que, aunque canonizados hay cantidad,  existe además una inmensa cantidad de santos desconocidos (seguramente aquí se podrá incluir a las santas) que también merecían reconocimiento.

Otra cosa es la celebración del día siguiente, Día de los fieles difuntos, (rasgo éste de la fidelidad que no queda claro si excluye automáticamente a los infieles) en la que para ser protagonista ya no hay que ser santo y vivir la vida eterna. Aquí, se produce una curiosa mezcla entre la celebración religiosa compartida entre ortodoxos, anglicanos o católicos y las arraigadas tradiciones culturales de muchos países latinoamericanos. Las celebraciones religiosas se centran en orar por las almas de las personas difuntas para desearles suerte y pronta llegada al paraíso que sea, dando por hecho que muchas de ellas todavía estarán a mitad camino. Las otras celebraciones, vinculadas al culto a la muerte, de origen remoto y vinculadas a ritos paganos, resultan mucho más divertidas.

A ambas fechas y celebraciones, se une ahora el Halloween anglosajón, fruto de un marketing eficiente que fomenta la imitación sustentada en un papanatismo congénito. Es evidente nuestra afición a las fiestas propias y ajenas, pero parece cuestionable la adopción de costumbres foráneas por simple imitación bien teledirigida.  La fiesta de Halloween de origen irlandés se celebra el 31 de octubre por la noche e implica la aparición de calabazas, arañas y otros accesorios exóticos junto a juegos de palabras incomprensibles.

Aquí en España y en nuestra ciudad, más allá de la disquisición histórica y de la clarificación del calendario, el 1 de noviembre es el día en que florecen nuestros cementerios Y no es una metáfora. Lo que no son más que espacios de piedra que suelen estar en respetuoso silencio, se convierte ese día y los precedentes, en una explosión de colores, de olores, de floración natural o de plástico, que es difícil distinguir a veces. Ese día los patios silenciosos y las avenidas solitarias se llenan de conversaciones, de saludos, de presentaciones formales y de abrazos sentidos. A veces hay lágrimas, pero suele haber serenidad y resignación porque muchas de las despedidas ya están hechas. Es el momento de la reflexión existencial, del rescate de anécdotas nunca olvidadas y de compartir nostalgias rememorando rostros, tactos, olores y sonidos que reconstruyen a las personas que se fueron y que estimamos igual que cuando marcharon.

Hay personas, sin embargo, que no necesitan un día al año, ni un paseo al cementerio para recuperar a su gente desaparecida porque, aunque no ven cosas, sus muertos van con ellos, silenciosamente partícipes de sus vidas cotidianas, quizás haciéndose un poco pesados, pero reales y queridos como lo fueron cuando eran de carne y hueso y se les podía abrazar.

Hay grandes diferencias entre el culto a la muerte y la compañía de los muertos. Lo primero, tiene mucho de metafísico y misterioso, de oscuro y tenebroso, causando cierta desazón. Quienes viven tranquilamente su vida, acompañados de sus muertos privados, son discretos y no necesariamente gente triste. Lo hacen en silencio, de forma íntima y cotidiana. No rinden culto a nadie, pero los llevan sin ningún tipo de sentimiento trágico ni funerario en su corazón y en su recuerdo. Hasta que la muerte los vuelva a juntar.

COLAS

Si algo hemos aprendido , entre otras muchas otras enseñanzas de carácter vital, fruto de las inesperadas e indeseadas experiencias de este ultimo año es , sin duda, a hacer colas.

Si , si no se rían los sabihondos. Antes de la pandemia, como país de picaros y tramposos que somos, o por lo menos eso dice el estereotipo, lo de hacer colas lo llevábamos muy mal. No nos gustaba en absoluto tener que esperar y si era obligatorio porque al final  nos esperaba algo que de verdad deseábamos,  ideábamos mil y una maneras para saltarnos la cola. Inventábamos excusas que demostraban impepinablemente que nos tenían que dejar pasar, incluso intentábamos seducir con nuestros encantos si es que los teníamos al personal para adelantar algún puesto . Había toda una cultura popular  para conseguir colarse mediante diversas artimañas y estrategias. Había expertos y expertas en trucos y  engañifas para reducir la espera. Aunque también, evidentemente   hay gente que ahora y siempre, disfruta con las colas, porque les permite  el contacto social, la conversación banal, el intercambio de información. Gente de buen acomodo que se resigna con facilidad, que vive instalada en la paciencia, siempre curiosa en relación a todo lo que se mueve en su entorno, siempre dispuesta a contar o escuchar una buena historia de esas que nunca serán escritas pero tienen un interés indiscutible.  Buena gente, sin duda, que asumen  las colas como hábitat natural y se enrollan con quien estará a su lado un buen rato, sin nada mejor que hacer que arrastrar los pies cuando la cola se mueve.

Como país que somos lleno de contradicciones también hay quien antes de hacer colas prefiere renunciar a la compra del producto que ya adquirirá en otro rato, o  comprar por internet, o encargárselo a alguien que pertenezca a la anterior categoría.  Gente impaciente, nerviosa, que siente que el tiempo se le escapa entre los dedos y no está dispuesto a invertirlo en dilatadas esperas que al final solo te permiten llevarte un cepillo de dientes o un kilo de mandarinas.

Claro que todo esto era antes de la pandemia. Ahora, si o si, nos vemos obligados a guardar cola casi que para todo. En algunas casos nos evitan la posibilidad, aunque no se sabe si para bien, porque también muy frustrante y fastidioso contar tus males al médico por teléfono en un vagón de tren abarrotado, o no encontrar en la relación con los bancos, dueños de nuestros ni dineros,  ni una sola persona humana a quien consultar dudas. Pero  las colas se imponen en  la farmacia,  la frutería, la ferretería  o el estanco…A la hora de recoger a las criaturas, de llevar un paquete a Correos, de atravesar las puertas de alguna oficina de la Administración…

 Y las hacemos. Colas disciplinadas, en las que la gente no se amontona y suele dejar la obligada distancia de separación. Colas que a veces se mantienen con estoicismo, aunque estén  expuestas a la lluvia ,a la intemperie, haga el tiempo que haga.  Y es que vamos aprendiendo. Lentas, pero seguras las personas vamos aprendiendo, que esto que nos ha pasado no se va resolver por lo que haga el Gobierno, ni Europa, ni el sumsum corda, que decían las personas mayores. No se soluciona con ofrendas a los dioses, ni con quejas y gruñidos. No se detendrá porque miremos a otro lado, enterrando la cabeza como el avestruz,  porque ya se sabe que otras partes de nuestra anatomía quedarán al descubierto.

Esto que nos ha pasado, 75 millones de personas contagiadas en todo el mundo, más de un millón y  medio  de fallecidos en el mundo , de ellos 50.000 en España, es demasiado gordo, demasiado grave, demasiado letal como para intentar pasar  página con rapidez. No es posible, ya querríamos todos que nuestros deseos fueran órdenes para el virus,  pero como no es así, hay que hacer a la fuerza  un ejercicio de madurez  y erradicar conductas infantiles en el peor sentido de la palabra.

Haremos colas, llevaremos mascarillas y nos lavaremos las manos hasta desollarlas mientras nos  privamos de besos y abrazos,  siempre necesarios. Pero si es esa la forma y manera de superar este desafío que tanto daño nos ha hecho y puede seguir haciéndonos, si hemos de cambiar hábitos y rutinas,  ordenar prioridades y tomarnos en serio la protección de nuestras vidas, no hay mejor momento ni mayor necesidad que ahora. Ahora mismo. Es algo para pensar mientras hacemos la cola.

AL FÚTBOL, LO QUE ES DEL FÚTBOL

La historia nos enseña que los grandes cambios llegaron a veces de la mano de pequeños gestos. Fueron personas humildes, anónimas, las que a veces tiraron del hilo que todo lo precipitó, derribando enormes edificios de injusticias y desigualdades

Valga como ejemplo Rosa Parks, que un día como hoy, hace justo ahora 65 años,  se negó a cederle su sitio a un blanco soberbio , porque estaba cansada y de mal humor, y harta muy harta de que las leyes jugaran en su contra y la colocaran a ella y a todas las de su raza en una posición de subordinación. Así que se plantó y le dijo al blanco que se buscara otro asiento que el suyo ya estaba ocupado. Pagó las consecuencias, claro que sí, pero encendió una hoguera que prendió en muchas personas, tan hartas y cansadas como ellas, que se fueron sumando hasta convertirse un en movimiento liderado por Martin Lutero King , en defensa de los derechos humanos que consiguió así una de sus más conocidas victorias.

También se aprende, normalmente a base de malas experiencias, que es más cómodo ponerse a favor de la corriente. Resulta más fácil ponerse de perfil y compartir el discurso de la mayoría, incluso cuando no se comparte o incluso se discrepa completamente, que oponerse y arriesgarse a despertar fervientes antipatías o incluso la cólera irracional y desorbitada de quienes desde la emoción y la víscera convierten sus opiniones en verdades absolutas, sin admitir disidencias que están dispuestos a aplastar de la forma que sea.  Pero también es una conclusión indiscutible que actuar bajo la presión de las mayorías , sin utilizar los propios criterios, la propia opinión, obviando las creencias y valores propios solo conduce a  una sociedad de borregas, uniforme, de una sola voz,  fácil de manipular.

Algo así ha pasado aquí con una jugadora de un modesto equipo gallego que acudió a un partido amistoso y se encontró ante la decisión unilateral y no consultada de guardar un minuto de silencio por la muerte reciente de Maradona. Se llama Paula Dapena y tiene 24 años, y las ideas muy claras . Para ella, Maradona no era más que un violador, un pedófilo, un putero y un maltratador, y no creía que mereciera ningún homenaje. También era un futbolista excepcional, sin ninguna duda, pero consideraba esta chica, como nos pasa a muchas,  que en la balanza que usamos para juzgar a las personas, ninguna habilidad, ningún don o cualidad excepcional puede disfrazar el valor del ser humano, ese que se manifiesta no porque pinte, baile, o juegue al futbol o al ajedrez mejor que nadie, sino en su conducta y los valores que manifiesta.  Maradona tuvo que morirse además precisamente el día en que en todo el mundo se condenaba la violencia machista. Si sus habilidades para manejar un balón no admiten discusión, tampoco la admiten sus conductas personales, su concepto de las mujeres y el trato que les dispensaba.. Nadie es perfecto, alegaran algunos, pero de no serlo, como nos pasa a la mayoría  a ser un agresor machista , va mucho trecho. Fue una víctima de su propia fama , justifican otros, y una piensa en las 40.000 denuncias presentadas en el último trimestre en este país por mujeres que fueron agredidas por quien más cerca estaba de ellas y concluye que evidentemente hasta en la categoría de víctimas, hay clases. El caso de este hombre, al que algunos llaman dios o semidios, se hace más duro por lo que tiene de consolidar un referente al quieren parecerse muchos chicos jóvenes que querrían ser como él.

Lo cierto es que morirse provoca muchas veces indudables ataques de amnesia, oportunos olvidos que nos hacen reconocer el mejor perfil del finado y tender un velo opaco sobre sus debilidades o errores. Es una muestra de respeto y consideración aceptable, siempre que no se exagere hasta el punto de  santificar alegremente a quienes tienen un lado oscuro que contamina cualquier otra valoración en positivo.

Maradona era y será siempre una referencia como futbolista, que no es lo mismo que deportista, pero también ejemplifica ese modelo de hombre cuyas relaciones con las mujeres se basan en el abuso de poder y en el ejercicio de una violenta masculinidad. Démosle al futbol lo que es del futbol, pero dejemos para la mitología sólo a  aquellos personajes que merezcan entrar en ella porque enseñaron a vivir y a convivir, en paz y con respeto.

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