Esta monserga del «Halloween» suena a papanatismo , a colonización cultural pura y dura, a fascinación cateta por culturas ajenas a las que se permite que suplanten las propias.
Si hay que montar fiesta, se monta, faltaría más. El negocio es el negocio, pero también se podrían fomentar las propias tradiciones fomentando así que pervivan.
Lo que sobra es esta imitación barata y bobalicona tan ajena y tan escandalosamente comercial.
Cualquier día estamos comiendo pavos gigantescos en Navidad, como hacen esos pavos que se creyeron los salvadores del mundo hasta que llegó The King, peligroso y pelirrojo, y les hizo vivir una pesadilla que nos amenaza a todos.
Ante las últimas catástrofes, más o menos naturales, mucha gente anda, y con razón, cabreada y preocupada. Algo anda mal y alguien no ha hecho lo que debía, pero estaría genial poder explicar y convencer de su error a quienes echan la culpa, de eso como de todo, al Gobierno de España . Cabrearse con el gobierno es un deporte nacional que no tiene nada de malo porque es evidente que no siempre cumple lo que promete. También se le da genial lanzar humo para disfrazar renuncias imperdonables como ha hecho ante el genocidio de Gaza, dicho sea de paso.
Pero en el tema de la gestión de catástrofes, las cosas también están claras y solo adjudicando a quien corresponde realmente su cuota de responsabilidad será posible hacerles pagar la factura correspondiente por la pérdida de vidas y de recursos naturales. Que no es nada fácil, véase a Mazón sobreviviendo a la décima manifestación que pide su dimisión.
La cuestión es que son las Comunidades Autónomas y sus gobernantes quienes tienen las competencias para afrontar las emergencias y catástrofes. Tienen el derecho y la obligación. Aunque siempre han de contar con la colaboración del Gobierno, según sea solicitada, en materia de personal y material. Pero no es lo mismo colaborar que pasarle el marrón a otros cuando vienen mal dadas.
Así que ya está bien de ver como Presidentes de comunidades autónomas hechos y derechos que ganaron las elecciones y asumieron la dirección de sus territorios, cuando les viene grande la tarea, cuando no saben realizarla con eficacia, cuando se equivocan y sus errores causan víctimas y daños materiales, reclaman a grito pelado a papá Estado lo que no es de su competencia atribuyéndole una responsabilidad que no tiene. Ya está bien de intentar despistar a la inquieta y decepcionada opinión pública manipulando su inquietud y pretendiendo obtener rédito político.
Solo en tres circunstancias ( cuando se declara estado de alarma, excepción o sitio) el gobierno del Estado puede intervenir. Sólo si la propia Comunidad autónoma lo reclama formalmente el Gobierno puede encabezar la gestión de la catástrofe. No es un hecho opinable, es lo que recoge la Constitución. Son las reglas del juego y no se pueden variar según convenga para confundir al personal y esquivar la bronca. Sobran maniobras de distracción que solo sirven para que los verdaderos responsables no asuman sus errores y deficiencias en la gestión.
A los nuevos padres, a los que se estrenan, a los que exploran realidades que han dejado de ser imaginadas. Que acunan a sus retoños desde la soberbia de creer que podrán protegerlos siempre y garantizarles una vida sin elecciones equivocadas que les causen dolor. Que están descubriendo el misterio de dejar de ser el centro de la propia vida para colocar allí a alguien que acaban de conocer. Que lo van a hacer bien porque nunca van a dejar de intentarlo.
A los padres en ejercicio, que han aprendido sin manual las difíciles artes de la crianza, que conocen la satisfacción de oírles roncar en su cama, la plenitud de verlos sanos y fuertes, la alegría basada en los éxitos ajenos y el deseo permanente de que la vida les trate bien. Que superan cada día miedos e incertidumbres intentando marcar la ruta que los lleve a puerto seguro.
A los padres en retirada, pero nunca jubilados que mantienen vivo ese vínculo tácito con quienes trajeron al mundo y los ven ahora adultos autónomos, que siguen tropezando y levantándose, intentando vivir sin hacer ni hacerse daño. Que recuerdan el trayecto sin nostalgia, pero con alegría, lleno de renuncias necesarias y satisfacciones impagables.
A los padres que se fueron, pero ahí están mirando un presente en el que les sería difícil encajar, desde viejas fotografías en ocasiones memorables. Los que siguen en ese recuerdo que parece inexistente, pero está sólidamente instalado en nuestra memoria y nos guiña el ojo a menudo, al ver unas manos, un gesto, una frase que lo saca a pasear. Esos padres que el tiempo desdibuja, pero jamás borra de nuestra memoria.
Es un espejismo la celebración de los premios de la Lotería que han tocado en localidades afectadas por la Dana y la gestión de Mazón, porque no dejan de ser casos puntuales para alegría de algunas escasas familias, mientras que las de al lado siguen en su travesía por el desierto. Es una alucinación colectiva la que pretende hacernos creer que por ser Navidad, las sombras se desvanecen, las injusticias se borran y los abusos desaparecen
Es una utopía creer que la Navidad sea capaz de resolver todos los conflictos, dejando atrás todas las miserias con las que convivimos. Que sentados a la mesa seremos personas diferentes, sin pasado y con un historial limpio de rencores y carencias. Es pura ficción confiar en que por ser Navidad la felicidad se convertirá en un estado universal de carácter obligatorio para todo el mundo.
Es pura quimera que ese dolor , íntimo y privado, que todas llevamos dentro, se disuelva como la gaseosa porque lo dicen el calendario y los titulares. Los fantasmas siguen ahí, como heridas que quizás ya no sangran, pero duelen como el primer día.
Lo que es realidad y certeza como la vida misma, es que en Navidad compartimos un acuerdo general e implícito de resucitar, aunque sea durante unas horas, la fe en el futuro, la confianza en las personas y la esperanza en la justicia. Durará unos días, unas horas y a veces solo minutos, tras los cuales cerraremos el capítulo con resignación pero con obligado realismo. Y seguiremos trabajando por un futuro que quizás sea imposible pero es también obligatorio
Nunca entendió la palabra patria. Siempre le sonó a tricornio, a marcha militar, a vozarrón marcial, a leyenda para atrapar incautos…
Es que nunca le gustaron los uniformes , ni uniformarse. No podía creer -y ya le hubiera gustado- en las certezas absolutas, en las verdades a ciegas, en las lealtades incuestionables..
No podía tragar los discursos fervorosos y vacíos, los golpes de pecho, ni identificarse con quienes marcaban esa línea que solo admitía dentro a quienes tomaban la pastilla de la sinrazón.
Pero ahora viendo esas cadenas humanas, de gente armada con escobas que, sin necesidad de hacer discursos, caminaba con pocas esperanzas pero con absoluta determinación , descubrió la patria a la que quería pertenecer .
Los vio frágiles pero poseedores de enorme fuerza. Vulnerables pero generosos. Atacando el barro, puerta a puerta, calle a calle, sabiendo que aunque sus medios son insuficientes aportan algo infinitamente necesario para mirar con esperanza el futuro: la capacidad de compartir el sufrimiento sin resignación, la fe en el ser humano, la solidaridad entre iguales.
Y entendió cuál era la patria que quería defender.
Interesante conversación entre abuela y nieto. La disyuntiva era entre Tarzán y Hulk, dos personajes míticos e impactantes correspondientes a épocas diferentes e infancias muy distintas.
La abuela tiene una preferencia indiscutible por Tarzán, ese tipo apolíneo pero sin exagerar. Nada que ver con los modelos ciclados ,llenos de protuberancias y que brillan engrasados como un pato chino laqueado. Recuerda a la perfección las pelis de Weismuller, que lleva ya finiquitado un montón de años y no era demasiado buen actor aunque lanzaba un grito inolvidable , auténtico, que ponía los pelos de punta sin que nadie nunca tuviera las cuerdas vocales necesarias para reproducirlo .
El chiquillo, que además solo conoce versiones actualizadas y edulcoradas de Tarzán, apuesta por Hulk. Un monstruo verde y amorfo, que aparecía como resultado del ataque de ira que sufría el desgraciado poseedor de ese extraño poder de conversión. Hulk también tenía vozarrón pero sin matices. Llevaba poca ropa porque era experto en reventar camisas y pantalones que tras la explosión se quedaban en bermudas algo ridículas. Tarzán llevaba en cambio un elegante taparrabos que ondeaba al viento con elegancia inigualable.
Para la abuela, el asunto está claro. Tarzán defendía a los débiles y aunque parecía siempre a punto de ser vencido, siempre resurgía de sus cenizas. El crío defiende a Hulk ante el que se quedaba hipnotizado por su fuerza bruta, porque se imponía por el miedo, por su tamaño y su poderío. Solo su presencia, su rugido y algún mandoble que otro bastaban para quitarse de en medio a sus enemigos.
Qué escasez de recursos y pobre inteligencia -pensaba la abuela.
Qué héroe más birrioso, tan blanco y sin músculos -pensaba él.
Todas tenemos opiniones. Casi todas son respetables, excepto algunas que no son opiniones, sino delitos. Pero si se puede debatir con alegría e ingenio, sin hostilidad ni generando animadversión; si se pueden defender las propias opiniones con respeto y sin descalificar al contrario , incluso admitiendo la improbable pero teórica posibilidad de cambiar la propia opinión, bienvenida sea la discrepancia. Nos hace más sabios y aptos para vivir en sociedad.
Esta semana ha sido San Antoni Abad, festividad con gran seguimiento popular que incluye la multitudinaria bendición de los animales que es un acto la mar de pintoresco y entrañable en el que las familias llevan desde el canario a la mula, pasando por la pecera y la jaula del hámster, para que reciban las bendiciones de la Iglesia que les procurarán, o por lo menos esa es la idea, una larga y buena vida.
Y es que el amor a los animales es patente en Xàtiva. Hay más de 4000 perros inscritos en el censo de perros existente, siendo la segunda localidad con más animales registrados. Aunque no están todos los que son, ya que según el colegio de veterinarios son más de 7000 los animales que viven en la ciudad. Una población perruna que da trabajo a más de 130 hospitales y clínicas veterinarias por lo que se convierte en un nicho laboral de considerable interés.
Lo cierto es que a pesar de algunas tradiciones que más valdría olvidar, el amor a los animales que es rasgo que dignifica a un país y a su ciudadanía, está muy extendido en España . Un amor en la mayoría de los casos que se manifiesta con responsabilidad y coherencia. De hecho, el 52% de los españoles que tienen mascota reconocen que dedican más de cuatro horas al día a estar con sus animales, siendo así el país en el que más tiempo se dedica a los animales domésticos, por delante de Estados Unidos (39%), Francia (36%) y Alemania (35%).
No solo se trata de perros, aunque sea la opción preferente. Casi un 60 % se inclinan por los gatos y, sorprendentemente, los peces también representan una cifra muy elevada en comparación a otros países, con un 19% de españoles que tienen en casa un pez.
Con todo sigue habiendo prácticas más que rechazables como el abandono de más de 280.000 perros y gatos durante el 2022. Sin contar con episodios que trascienden de vez en cuando relacionados frecuentemente con perros de caza, así como casos de salvajismo con gatos, como el recientemente sucedido en Xàtiva , cuando alguien encontró divertido disparar balines a gatos vulnerables. Actividad que choca de frente con el trabajo y la preocupación que demuestran por el bienestar gatuno, asociaciones muy activas en la ciudad como Una Huella en el Corazón y CES Colonias Felinas.
No habría que olvidar que el trato hacia los animales no es más que la demostración del grado de civismo y capacidad de convivencia de una sociedad moderna. La brutalidad que demostraban antiguas tradiciones hoy ya extinguidas afortunadamente, la falta de respeto a la vida de otros seres desde la soberbia de considerarse superior y todopoderoso, no son rasgos que configuren precisamente a una sociedad madura. Ya están afortunadamente superados festejos consistentes en apalear a animales, lancearlos, colgarlos, prender fuego a partes de sus cuerpos o arrancárselas, lanzarlos desde alturas o al agua… con el sorprendente objetivo de honrar a patrones y patronas que allí donde estén debían alucinar ante tales espectáculos.
Existe una Ley de Bienestar animal ya aprobada y vigente que exige cambios e impone condiciones en el trato con los animales, pero está pendiente de desarrollos reglamentarios que clarificarán su aplicación. Hay que confiar en que las Administraciones no convertirán el tema en pelota sobre el tejado de otros, sino que lo afrontarán con sensatez y rigor, haciendo lo que haga falta para que los derechos de los animales y de sus amos sean respetados en su integridad y no colisionen entre ellos ni con el resto de la ciudadanía.
La Navidad es la época de los buenos deseos, los regalos, la lotería, y también del buen comer en cantidad y en calidad. De llenarnos la panza como si no hubiera un mañana, de cargar las mesas de alimentos, que ya no parecen ser tales, porque pasan a ser gratificaciones, caprichos hedonistas que rozan el empacho, pulverizando momentáneamente cualquier pretensión de dieta sana. Nos los permitimos porque sabemos que solo durará un período limitado de tiempo ya que en caso contrario reventaríamos o nos arruinaríamos.
Las comidas además no solo se producen en el interior de los hogares como la mayoría de los días del resto del año. Es por excelencia época de comidas fuera de casa, de citas gastronómicas para comer y beber. Almuerzos de empresa, comidas de amigas, meriendas de colegio, cenas con el club deportivo, con la gente del gimnasio, de la banda de música o del club de lectura. Da igual la compañía, pero el motivo de la cita es inevitable. Comer y beber hasta límites insospechados.
En respuesta a esta demanda desorbitada se produce también una pelea titánica en el sector de la restauración para conseguir el mayor número de comensales, con estrategias comerciales que pretendiendo ser atrayentes y seductoras, confunden un poco al personal.
Así, los menús ofrecen platos que suenan bien en el oído, pero no dan pistas que indiquen si se comerán con cuchara, tenedor, palillos o con pajita. Es lo que sucede, cuando poseyendo una cultura gastronómica media, se ha de elegir entre un cubalibre de foie gras, de Quique Dacosta o unas aceitunas líquidas de Ferran Adriá. Grave problema para los afortunados que pisen sus comedores.
Sin osar opinar de instancias tan altas del cielo culinario de este país, quedándose en nuestra propia ciudad, se pueden encontrar ofertas de carrilladas con parmentier de boniato trompeta negra y su demiglacé que no aclara si es la ternera o el boniato el que toca la trompeta. A la contra, hay quien describe su plato principal como merluza que se muerde la cola con suquet de rap que ya da muchas más pistas de por dónde van los tiros.
En cualquier caso, todo debe estar buenísimo, y lo que se persigue es motivar la comanda para que resulte más atractiva. Y es que no tiene nada que ver pedirse un medallón de papa horneado con emulsión de aceite, ajo y cítricos que encargar unas patatas con alioli de toda la vida. O un bombón de bechamel envuelto en tempura de pan hidrolizado, como aparecen en algunos menús las sufridas croquetas de siempre. Son intentos imaginativos de renovación de los nombres de los platos clásicos pero insustituibles para que no pierdan su atractivo revistiéndolos de cierta capa de modernidad que les permita seguir manteniendo su encanto y poder de atracción.
Se trata de mantener el justo equilibrio entre tradición y renovación, valorando la clásica ropavieja de nombre inadecuado, pero sabor inmejorable y el coulant de chocolate que te hace tocar el cielo. O una buena tortilla de patata (ahora llamada en ocasiones semicuajo de campero con secreto de cebolla y patata pochada) que no tiene nada que envidiar a los revolucionarios y selectos chupa-chups de codorniz de algún restaurante de infinitas estrellas.
El nombre del plato debería facilitar suficiente información para realizar la elección adecuada, más teniendo en cuenta el coste que supondrá, aunque se pueda dar cierta cabida a la imaginación. Es un rasgo de esta cocina que no persigue la supervivencia, sino que es otra forma de cultura, uno de los placeres que los seres humanos disfrutan cuando tienen suerte y oportunidad.
La Lotería de Navidad tiene muchos enemigos, bastante merecidos, todo sea dicho. Porque a estas alturas todo el mundo sabe que representa, sobre todo, un inmenso negocio para las arcas del Estado, esas que son de todos, pero administran algunos, según su saber y entender, sin acertar siempre, ni guiarse sin despistarse por intereses legítimos y colectivos. Es un inmenso negocio, sí, aunque no tanto como los bulos alimentan, ya que no llega al 50 % el porcentaje recaudado
Este año la cantidad destinada a premios es de 2590 millones de euros, cifra impresionante, aunque relativamente, porque no supera por ejemplo a los casi 3500 millones de euros que las grandes empresas, Telefónica, Endesa, Iberdrola…pagaran en dividendos a sus accionistas en razón a los beneficios obtenidos
Casi nadie ignora que las posibilidades de que le toque la Lotería con una cantidad importante que le saque de pobre y no solo sirva para cubrir agujeros que más parecen socavones, son ínfimas, ridículas, anecdóticas. Si cada año, en el bombo de los números se introducen 100.000 bolas, que van desde el 00000 al 99.999, la cuenta es sencilla. Habiendo solo un número ganador para el primer, el segundo y tercer premio la probabilidad de que toque habiendo adquirido solamente un décimo es de 1 entre 100.000, por lo tanto, es del 0,0001%.
Además de las escasas posibilidades de que el azar nos escoja, es de dominio público que muchos de los exultantes ganadores que destaparon botellas de cava y se las prometieron muy felices, acabaron tristes, solos y arruinados. Porque el dinero no siempre trae la felicidad, aunque indudablemente ayude. Pero hay momentos vitales en los que es fácil creer que todas las respuestas están en la cuenta bancaria y que no hay nada que amenace nuestra felicidad que no pueda ser neutralizado con un montón suficiente de euros. Cosa de la edad es averiguar, nunca desde la experiencia ajena y por la vía del batacazo a veces, que las cosas no son tan simples.
También se escuchan historias fantásticas que otorgan a videntes, magos y otras especies la capacidad no solo de sacar conejos del sombrero, algo que ya está muy visto y anticuado, sino de acertar con el número premiado. Pero no hay inteligencia artificial, ni natural, capaz de contradecir las leyes de probabilidades matemáticas.
La Lotería de Navidad además de enriquecer a unos pocos, poquísimos, aporta otro capital importante a las Fiestas que es su anuncio publicitario. Pequeñas obras de arte, dramones de alta calidad, que hacen saltar las lágrimas empatizando totalmente con sus personajes e impulsan a salir corriendo a la Administración de Lotería más cercana. El “Vuelve a casa, vuelve” sigue siendo un soniquete que remueve las entrañas de muchas familias. El de turrones Suchard de este año que habla de la acertada faena familiar de una pareja conmueve y hace pensar, aunque lo cierto, porque lo cortés no quita lo valiente, es que se omiten muchas otras realidades familiares que también lo hacen muy, muy bien. Sin hablar del calvo, el famoso calvo de la Navidad, espécimen encantador y elegante, capaz de superar la connotación peyorativa que se atribuyen injustamente a los cráneos pelados.
Creer que te va a tocar la lotería es como esperar con ansiedad a los Reyes Magos y acostarse el día previo con el corazón en un puño a la espera de que traigan el regalo deseado. Algo lógico a ciertas edades, pero inaudito a los 40 años. Aunque en un contexto tan vociferante y crispado como el que vivimos, quizás sea de valientes, inmunes al desaliento, permitirse una dosis mínima de ingenuidad.
Se habló hace poco de las Personas Mayores. Era su Día. Vaya por delante que la denominación confunde más que aclara porque excepto las criaturas de cortísima edad y jóvenes menores de edad legal, todo el mundo es mayor.
También se les llama personas de edad. ¿De qué edad? – diría la preguntona impertinente. De una considerable, podría ser la respuesta, por ejemplo los 65 años. Aunque peor aún es oír hablar de “edad del retiro”, como si se tratara de un coche viejo abandonado en la vía pública. O de pensionistas, definiendo a la persona por su situación administrativa.
Como son un botín jugoso en la batalla política, hay quien pretende apropiárselos, y se refiere a ellos como “nuestros mayores “, acepción francamente paternalista y algo humillante en referencia a un grupo humano que se las sabe todas, fruto de su larga experiencia que aunque a veces los haga crédulos y vulnerables, también les proporciona la sabiduría de la supervivencia.
Incurren en un gravísimo error de apreciación, porque los mayores no son de nadie. Sobre todo, son muy suyos, con sus errores y sus aciertos, porque después de toda una vida, la adquisición de la vela 65 no suele producir una catarsis transformadora, sino todo lo contrario un afianzamiento contundente, a veces rozando la terquedad para qué negarlo, en los principios, hábitos y comportamientos que han mantenido durante su larga vida.
La terminología, sin duda, daría para mucho, pero aceptando que hay que marcar un punto, por aquello de ordenar el tráfico generacional, se asume que las personas de más de 65 años, que son más de 5000 almas en Xàtiva, merecen gozar de un merecido descanso, un razonable reconocimiento social y una suficiente calidad de vida.
El envejecimiento es un proceso natural que no lleva obligatoriamente a la dependencia. Ser mayor no es sinónimo de limitación física ni de idiotez. Y de hecho tales situaciones se pueden dar en plena juventud. Ejemplos los hay a montones.
Ellos no son idiotas y por eso aprecian a la perfección el buen o mal trato que se les da. Y no debe haber persona mayor, ni joven tampoco, a quien no se le hiele el alma ante el trato recibido por los 7291 ancianos y ancianas muertos en las residencias madrileñas como resultado de unos protocolos que los condenaron a morir de forma cruel e inhumana y cuyos responsables siguen hoy cómodamente instalados en el poder escondidos tras mentiras obscenas.
Como no son idiotas saben que es su nivel de ingresos lo que asegura su sustento, su cuidado, su autonomía. Y por eso saben que las pensiones se defienden, gobierne quien gobierne. Así han conseguido a día de hoy unas pensiones dignas, suficientes y sostenibles que otros les negaron durante años.
Como no son idiotas saben que a pesar de las mejoras conseguidas, queda mucho que hacer. Como asegurar servicios públicos esenciales como la atención domiciliaria o los centros de día atendidos por personal especializado y satisfecho de sus condiciones laborales. Como contener los precios de la energía y artículos básicos para no ser arrastrados a situaciones de pobreza. Como asegurar la accesibilidad de espacios públicos y viviendas como bien saben quienes habitan el Casc Antic de Xàtiva. Como conseguir que las nuevas tecnologías no sean un factor extra de marginación. Que se lo digan al señor que desafió al sistema bancario que pretendía ningunearlos.
Hay que rendirles homenaje y también mirarlos con respeto. Son el espejo del futuro que nos espera a cualquiera, si hay suerte. Y si exigen mucho a la vida, es porque saben el valor que tiene.
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Paréntesis y nueva función
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Desde 2016, tenía un blog que ha sido un fiel recipiente para alojar reflexiones más o menos divinas o humanas. Pero la tecnología tiene vida propia y hace meses que perdí el control de esa pantalla donde se colgaban escritos propios sin mayores aspiraciones.
Ha vuelto, no se cómo, pero sí gracias a quien, al que estaré eternamente agradecida. Y ahora quiero darle más utilidades.
Darle más alimento y mejor presentación. Ya se sabe que comemos y leemos por la vista…
Seguirá siendo un archivo histórico para esa posteridad que pretendemos anticipar de forma imposible
Pero también va a ser un divertimento, un volcado de ideas y sensaciones. Un sitio para la risa y para la trascendencia. Para las minucias y las grandes verdades de la existencia.
Para lo que me dé la gana. Es mi blog. Leedme si os apetece.