Categoría: sociedad

Santa parálisis

Es esta una semana entre el todo y la nada, noticiosamente hablando. Porque más allá del tema monotemático de la Semana santa y el debate abierto sobre religión o cultura, es como si el país se paralizara y se abriera un gigantesco kit kat que a todo se superpone imponiendo una especie de respiro, que rompe las rutinas habituales.

Lo cierto es que seis de cada 10 personas, que son muchas, habrán acudido a algún desfile o procesión de las 15.000 que pasean las calles de todo el país, pero muy pocos asistirán a los oficios de Jueves o viernes Santo. Y tal vez se debería reflexionar sobre el interesante dato que habla de los casi tres millones de hombres  que componen las cofradías o hermandades en convivencia con un número muy inferior de mujeres que siguen teniendo dificultades para participar como costaleras o similar. Y eso pasa a estas alturas, si.

Los datos hacen pensar  que cada vez está más consolidada una España laica que sabe distinguir a la perfección entre la institución eclesiástica y la práctica religiosa sometida a dogmas, en situación de caída libre en cuanto a número de fieles practicantes, frente al vínculo emocional fruto del sentimiento y del respeto, de la fascinación y del aprecio a la belleza plástica e incuestionable de las tradiciones y figuras de la Semana Santa. Así se explican la abrumadora muchedumbre que llena las calles pero deja vacías las iglesias.

El país se divide pues entre los que se van de procesión y los que se van de viaje. Porque son días viajeros en las que abundan las opciones de viajes de más o menos distancia. Vale tanto irse al pueblo como tres días a Nueva York. Tan frecuente es destensarse a la sombra de los pinos, con buenas charlas, buen tiempo y buenos antidepresivos naturales como marcarse un viaje express a algún destino exótico para romper a martillazos  la rutina cotidiana. Todo vale para marcarse una aparición en las redes sociales dando a conocer, tanto a quien interese como a quien no, la ubicación y ocupación de esos días.

Son fechas  de alta saturación para las casetas y chalets de la contornada, no solo de Bixquert sino en un círculo mucho más extenso, que se perciben ocupadas hasta los máximos posibles e incluso recomendables. Así lo evidencian las docenas de coches aparcados y los griteríos atenuados por la distancia que se multiplican por todos los rincones. Se consumen toneladas de comida y bebidas como si no hubiera un mañana y multitud de pascueros y pascueras diseminados por caminos y senderos, con su longaniza y su mona de Pascua, dan identidad a estas semanas que transcurren con placidez.

No vienen mal para prepararse para la tempestad. La que nos espera en breve, con la vuelta a la estresante actividad habitual con sus tensiones y esfuerzos para superar cada día , más o menos exitosamente, es decir, con alegría y sin sufrir demasiado castigo . A lo que hay que añadir la fiesta de las elecciones que se avecina con su campaña, sus anuncios bomba, sus candidaturas , a veces sorprendentes a veces todo lo contrario.

Debemos considerarlas la fiesta de la democracia, a pesar de las decepciones, los desencuentros y los sonados fracasos que se les asocian. Pero solo hay que pensar en lo malo que era no poder elegir y tener que resignarse a que otros decidieran por nosotras para recuperar algo de la ilusión en dar nuestro voto a quien más nos guste o menos malo nos parezca.

Vayan calentando motores porque la fiesta empieza en breve.

26 abril, 2023

EL DILEMA DE LAS EXTRAESCOLARES

Muchas familias disfrutan anticipadamente del inicio del curso escolar, como agua de mayo en años de sequía, porque el verano se hace largo y tortuoso cuando se han de atender a criaturas de corta edad que no se pueden almacenar en vitrinas durante el verano. Sin olvidar que ellas están en su derecho de vivir días sin horarios ni obligaciones, en resumen, a tener vacaciones.

Es el manido tema de la conciliación, término al que se la va poniendo el apellido de la corresponsabilidad para significar que no es un problema unipersonal que sólo atañe a un miembro de la pareja, sino que son ambas partes las implicadas y responsables del cuidado de los menores a su cargo. Y esa es la intención, faltaría más, aunque sea ciertamente difícil conjugar las necesidades de unos con las obligaciones de otros, por lo que el caos está servido.

Tras el paréntesis veraniego, muchas familias andan como pollos sin cabeza intentando

Pablo picaso

Es la hora de las extraescolares porque la tendencia inmediata es buscar la colocación de las criaturas. Sobre todo, cuando no se tienen como antaño familiares con el suficiente grado de abnegación y buen estado de conservación como para afrontar esta responsabilidad. Hace 10 años el último estudio realizado por el Ministerio de Educación dictaminó que el 90% de los alumnos de Primaria ocupaba las tardes después de clase con actividades deportivas, aprendizaje de idiomas, música o baile.

Tanta unanimidad plantea diferentes reflexiones. La primera, ya antigüa, sobre los efectos causados a la población infantil con ese stress formativo, esa saturación de horarios , esa presión para desarrollar actividades dirigidas, que como a todo hijo de vecino, a veces les apetecerán y otras no tanto. Ya se va detectando que una de las carencias de la gente joven es la incapacidad para organizar sus tiempos, para aprender a administrarlos, algo que no aprenden en su infancia cuando sus horarios están pautados por lo menos cinco días a la semana desde que se levantan hasta que se lavan los dientes para irse a la cama y el concepto de tiempo libre es un puro espejismo.

Muy preocupante también, según avisan especialistas en la materia, es la desigualdad que generan las extraescolares, que a veces pueden ser un lujo al alcance de las familias con más recursos que arrincona a los más pobres. Si ya en edades tan tempranas, desde los 6 a los 12 años, hay quienes reciben refuerzo, amplían conocimientos, consolidan técnicas…se están gestando ya futuros diferentes. De ahí la importancia de una oferta de extraescolares pública, asequible y de calidad.

En todo caso, se debería ir pensando en soluciones que dieran tiempo de respiro a los menores, rechazando la prolongación de sus horas “lectivas” y apostando por la reducción de los tiempos de trabajo de los adultos. Algo que por supuesto no depende de la voluntad de quienes viven a costa del sudor de sus frentes y tienen poca voz y ningún voto en la organización del mundo laboral. Aunque van surgiendo, tímidas pero consistentes propuestas e iniciativas que apoyan la racionalidad de los horarios y la disminución de la jornada laboral. Y por ahí se abre un fecundo camino a recorrer.

LA DISCAPACIDAD QUE NO INCAPACITA

Mañana es el día de las personas con discapacidad funcional, un colectivo cuyo mayor problema no es su discapacidad, sino la forma en que la sociedad obstaculiza, por acción u omisión, su derecho   disfrutar de una vida digna y sin limitaciones. La discapacidad sustituye afortunadamente al término antaño utilizado,  de incapacidad, que de un solo manotazo relegaba a las personas con una realidad diferente a una condición de dependencia total, absolutamente excluyente de cualquier posibilidad de proyecto vital propio. Hoy en día, se impone, gracias a los propios interesados, a sus familias y asociaciones, el concepto de diversidad funcional del que se deriva la obligación de dar el apoyo social necesario a las personas que lo requieren para vivir una vida independiente, acorde con su proyecto de vida elegido.

Es un enfoque de agradecer porque, huyendo de cualquier tipo de paternalismo compasivo y vomitivo, se exige a la sociedad que, en coherencia con las premisas de equidad y justicia, ponga los medios para que nadie sufra exclusión por su forma de ser y estar en la vida. De lo que se trata es de impedir que la sociedad ponga límites, margine o reduzca de cualquier forma la capacidad de elección de las personas que viven y conviven con algún tipo de discapacidad.

Actualmente, las personas con discapacidad son la minoría más amplia que existe ya que en España son más de 3,8 millones de personas, lo que supone casi el 9% de la población. Es enormemente preocupante la afectación que sufren las criaturas, más de cien millones en todo el mundo, teniendo en cuenta que cuentan con cuatro veces más posibilidades de ser víctimas de algún tipo de violencia.

Su existencia es todo un reto para la sociedad que debe garantizarles las mismas oportunidades, eliminando cualquier trato empalagoso y sobreprotector que los infantilice y denigre. Las personas con diversidad funcional necesitan cariño como cualquiera y respeto como el que más. Sobre todo, necesitan de un pragmatismo absoluto a la hora de resolver los problemas que les impiden ejercer sus potencialidades y dar respuesta a sus necesidades. Entran ahí todas las cuestiones relacionadas con la accesibilidad universal que implica la eliminación de todo tipo de barreras (físicas, actitudinales…) para impedir que un bordillo demasiado alto, una puerta demasiado estrecha, la falta de ascensores o rampas o simplemente la falta de paciencia, dejen a la intemperie a la persona y su discapacidad.

Quizás, para entender de verdad que las personas con discapacidad son gente con capacidades diferentes que han de convivir con su limitación, igual que otras conviven con su diabetes, vendrían bien algunos ejemplos inefables que nos ha dejado el cine.

Vean ustedes, si no lo han hecho todavía, la película “Intocable”, versión algo edulcorada, todo hay que decirlo, de la vida de un millonario que queda tetrapléjico tras un accidente.  O sin ir más lejos, la oscarizada Forrest Gump, que no es más que la historia a veces trágica, a veces tan sorprendente y surrealista como la vida misma, de un personaje afectado de una evidente discapacidad intelectual que, sin embargo, es capaz de extraer sabiduría de una caja de bombones, aunque para muchos no es más que un retrasado mental, aborrecible término que habría que prohibir.

Somos estúpidamente miopes cuando no percibimos que cualquiera, en algún momento de su vida, puede experimentar una discapacidad temporal o permanente, generadora de nuevas necesidades que desearíamos que estuvieran perfectamente resueltas. Olvidamos con demasiada facilidad, las necesidades que ya tienen ahora las personas con discapacidad funcional. Mañana es su día de lucha y reivindicación. Deberían percibir que tienen todas las puertas están abiertas.

LA CELEBRACIÓN DE LA MUERTE (1.11.2021)

La fiesta que se celebrará el próximo Lunes -Día de Todos los Santos la llama el calendario- se la inventó como es habitual, un Papa, Gregorio IV, que decidió festejar en tropel a todos los santos, conocidos o desconocidos, incluyendo a quienes alcanzaron el ansiado estatus de santidad tras una obligada temporada en el Purgatorio. Su loable objetivo era no olvidar a ninguno, puesto que, aunque canonizados hay cantidad,  existe además una inmensa cantidad de santos desconocidos (seguramente aquí se podrá incluir a las santas) que también merecían reconocimiento.

Otra cosa es la celebración del día siguiente, Día de los fieles difuntos, (rasgo éste de la fidelidad que no queda claro si excluye automáticamente a los infieles) en la que para ser protagonista ya no hay que ser santo y vivir la vida eterna. Aquí, se produce una curiosa mezcla entre la celebración religiosa compartida entre ortodoxos, anglicanos o católicos y las arraigadas tradiciones culturales de muchos países latinoamericanos. Las celebraciones religiosas se centran en orar por las almas de las personas difuntas para desearles suerte y pronta llegada al paraíso que sea, dando por hecho que muchas de ellas todavía estarán a mitad camino. Las otras celebraciones, vinculadas al culto a la muerte, de origen remoto y vinculadas a ritos paganos, resultan mucho más divertidas.

A ambas fechas y celebraciones, se une ahora el Halloween anglosajón, fruto de un marketing eficiente que fomenta la imitación sustentada en un papanatismo congénito. Es evidente nuestra afición a las fiestas propias y ajenas, pero parece cuestionable la adopción de costumbres foráneas por simple imitación bien teledirigida.  La fiesta de Halloween de origen irlandés se celebra el 31 de octubre por la noche e implica la aparición de calabazas, arañas y otros accesorios exóticos junto a juegos de palabras incomprensibles.

Aquí en España y en nuestra ciudad, más allá de la disquisición histórica y de la clarificación del calendario, el 1 de noviembre es el día en que florecen nuestros cementerios Y no es una metáfora. Lo que no son más que espacios de piedra que suelen estar en respetuoso silencio, se convierte ese día y los precedentes, en una explosión de colores, de olores, de floración natural o de plástico, que es difícil distinguir a veces. Ese día los patios silenciosos y las avenidas solitarias se llenan de conversaciones, de saludos, de presentaciones formales y de abrazos sentidos. A veces hay lágrimas, pero suele haber serenidad y resignación porque muchas de las despedidas ya están hechas. Es el momento de la reflexión existencial, del rescate de anécdotas nunca olvidadas y de compartir nostalgias rememorando rostros, tactos, olores y sonidos que reconstruyen a las personas que se fueron y que estimamos igual que cuando marcharon.

Hay personas, sin embargo, que no necesitan un día al año, ni un paseo al cementerio para recuperar a su gente desaparecida porque, aunque no ven cosas, sus muertos van con ellos, silenciosamente partícipes de sus vidas cotidianas, quizás haciéndose un poco pesados, pero reales y queridos como lo fueron cuando eran de carne y hueso y se les podía abrazar.

Hay grandes diferencias entre el culto a la muerte y la compañía de los muertos. Lo primero, tiene mucho de metafísico y misterioso, de oscuro y tenebroso, causando cierta desazón. Quienes viven tranquilamente su vida, acompañados de sus muertos privados, son discretos y no necesariamente gente triste. Lo hacen en silencio, de forma íntima y cotidiana. No rinden culto a nadie, pero los llevan sin ningún tipo de sentimiento trágico ni funerario en su corazón y en su recuerdo. Hasta que la muerte los vuelva a juntar.

COLAS

Si algo hemos aprendido , entre otras muchas otras enseñanzas de carácter vital, fruto de las inesperadas e indeseadas experiencias de este ultimo año es , sin duda, a hacer colas.

Si , si no se rían los sabihondos. Antes de la pandemia, como país de picaros y tramposos que somos, o por lo menos eso dice el estereotipo, lo de hacer colas lo llevábamos muy mal. No nos gustaba en absoluto tener que esperar y si era obligatorio porque al final  nos esperaba algo que de verdad deseábamos,  ideábamos mil y una maneras para saltarnos la cola. Inventábamos excusas que demostraban impepinablemente que nos tenían que dejar pasar, incluso intentábamos seducir con nuestros encantos si es que los teníamos al personal para adelantar algún puesto . Había toda una cultura popular  para conseguir colarse mediante diversas artimañas y estrategias. Había expertos y expertas en trucos y  engañifas para reducir la espera. Aunque también, evidentemente   hay gente que ahora y siempre, disfruta con las colas, porque les permite  el contacto social, la conversación banal, el intercambio de información. Gente de buen acomodo que se resigna con facilidad, que vive instalada en la paciencia, siempre curiosa en relación a todo lo que se mueve en su entorno, siempre dispuesta a contar o escuchar una buena historia de esas que nunca serán escritas pero tienen un interés indiscutible.  Buena gente, sin duda, que asumen  las colas como hábitat natural y se enrollan con quien estará a su lado un buen rato, sin nada mejor que hacer que arrastrar los pies cuando la cola se mueve.

Como país que somos lleno de contradicciones también hay quien antes de hacer colas prefiere renunciar a la compra del producto que ya adquirirá en otro rato, o  comprar por internet, o encargárselo a alguien que pertenezca a la anterior categoría.  Gente impaciente, nerviosa, que siente que el tiempo se le escapa entre los dedos y no está dispuesto a invertirlo en dilatadas esperas que al final solo te permiten llevarte un cepillo de dientes o un kilo de mandarinas.

Claro que todo esto era antes de la pandemia. Ahora, si o si, nos vemos obligados a guardar cola casi que para todo. En algunas casos nos evitan la posibilidad, aunque no se sabe si para bien, porque también muy frustrante y fastidioso contar tus males al médico por teléfono en un vagón de tren abarrotado, o no encontrar en la relación con los bancos, dueños de nuestros ni dineros,  ni una sola persona humana a quien consultar dudas. Pero  las colas se imponen en  la farmacia,  la frutería, la ferretería  o el estanco…A la hora de recoger a las criaturas, de llevar un paquete a Correos, de atravesar las puertas de alguna oficina de la Administración…

 Y las hacemos. Colas disciplinadas, en las que la gente no se amontona y suele dejar la obligada distancia de separación. Colas que a veces se mantienen con estoicismo, aunque estén  expuestas a la lluvia ,a la intemperie, haga el tiempo que haga.  Y es que vamos aprendiendo. Lentas, pero seguras las personas vamos aprendiendo, que esto que nos ha pasado no se va resolver por lo que haga el Gobierno, ni Europa, ni el sumsum corda, que decían las personas mayores. No se soluciona con ofrendas a los dioses, ni con quejas y gruñidos. No se detendrá porque miremos a otro lado, enterrando la cabeza como el avestruz,  porque ya se sabe que otras partes de nuestra anatomía quedarán al descubierto.

Esto que nos ha pasado, 75 millones de personas contagiadas en todo el mundo, más de un millón y  medio  de fallecidos en el mundo , de ellos 50.000 en España, es demasiado gordo, demasiado grave, demasiado letal como para intentar pasar  página con rapidez. No es posible, ya querríamos todos que nuestros deseos fueran órdenes para el virus,  pero como no es así, hay que hacer a la fuerza  un ejercicio de madurez  y erradicar conductas infantiles en el peor sentido de la palabra.

Haremos colas, llevaremos mascarillas y nos lavaremos las manos hasta desollarlas mientras nos  privamos de besos y abrazos,  siempre necesarios. Pero si es esa la forma y manera de superar este desafío que tanto daño nos ha hecho y puede seguir haciéndonos, si hemos de cambiar hábitos y rutinas,  ordenar prioridades y tomarnos en serio la protección de nuestras vidas, no hay mejor momento ni mayor necesidad que ahora. Ahora mismo. Es algo para pensar mientras hacemos la cola.

AL FÚTBOL, LO QUE ES DEL FÚTBOL

La historia nos enseña que los grandes cambios llegaron a veces de la mano de pequeños gestos. Fueron personas humildes, anónimas, las que a veces tiraron del hilo que todo lo precipitó, derribando enormes edificios de injusticias y desigualdades

Valga como ejemplo Rosa Parks, que un día como hoy, hace justo ahora 65 años,  se negó a cederle su sitio a un blanco soberbio , porque estaba cansada y de mal humor, y harta muy harta de que las leyes jugaran en su contra y la colocaran a ella y a todas las de su raza en una posición de subordinación. Así que se plantó y le dijo al blanco que se buscara otro asiento que el suyo ya estaba ocupado. Pagó las consecuencias, claro que sí, pero encendió una hoguera que prendió en muchas personas, tan hartas y cansadas como ellas, que se fueron sumando hasta convertirse un en movimiento liderado por Martin Lutero King , en defensa de los derechos humanos que consiguió así una de sus más conocidas victorias.

También se aprende, normalmente a base de malas experiencias, que es más cómodo ponerse a favor de la corriente. Resulta más fácil ponerse de perfil y compartir el discurso de la mayoría, incluso cuando no se comparte o incluso se discrepa completamente, que oponerse y arriesgarse a despertar fervientes antipatías o incluso la cólera irracional y desorbitada de quienes desde la emoción y la víscera convierten sus opiniones en verdades absolutas, sin admitir disidencias que están dispuestos a aplastar de la forma que sea.  Pero también es una conclusión indiscutible que actuar bajo la presión de las mayorías , sin utilizar los propios criterios, la propia opinión, obviando las creencias y valores propios solo conduce a  una sociedad de borregas, uniforme, de una sola voz,  fácil de manipular.

Algo así ha pasado aquí con una jugadora de un modesto equipo gallego que acudió a un partido amistoso y se encontró ante la decisión unilateral y no consultada de guardar un minuto de silencio por la muerte reciente de Maradona. Se llama Paula Dapena y tiene 24 años, y las ideas muy claras . Para ella, Maradona no era más que un violador, un pedófilo, un putero y un maltratador, y no creía que mereciera ningún homenaje. También era un futbolista excepcional, sin ninguna duda, pero consideraba esta chica, como nos pasa a muchas,  que en la balanza que usamos para juzgar a las personas, ninguna habilidad, ningún don o cualidad excepcional puede disfrazar el valor del ser humano, ese que se manifiesta no porque pinte, baile, o juegue al futbol o al ajedrez mejor que nadie, sino en su conducta y los valores que manifiesta.  Maradona tuvo que morirse además precisamente el día en que en todo el mundo se condenaba la violencia machista. Si sus habilidades para manejar un balón no admiten discusión, tampoco la admiten sus conductas personales, su concepto de las mujeres y el trato que les dispensaba.. Nadie es perfecto, alegaran algunos, pero de no serlo, como nos pasa a la mayoría  a ser un agresor machista , va mucho trecho. Fue una víctima de su propia fama , justifican otros, y una piensa en las 40.000 denuncias presentadas en el último trimestre en este país por mujeres que fueron agredidas por quien más cerca estaba de ellas y concluye que evidentemente hasta en la categoría de víctimas, hay clases. El caso de este hombre, al que algunos llaman dios o semidios, se hace más duro por lo que tiene de consolidar un referente al quieren parecerse muchos chicos jóvenes que querrían ser como él.

Lo cierto es que morirse provoca muchas veces indudables ataques de amnesia, oportunos olvidos que nos hacen reconocer el mejor perfil del finado y tender un velo opaco sobre sus debilidades o errores. Es una muestra de respeto y consideración aceptable, siempre que no se exagere hasta el punto de  santificar alegremente a quienes tienen un lado oscuro que contamina cualquier otra valoración en positivo.

Maradona era y será siempre una referencia como futbolista, que no es lo mismo que deportista, pero también ejemplifica ese modelo de hombre cuyas relaciones con las mujeres se basan en el abuso de poder y en el ejercicio de una violenta masculinidad. Démosle al futbol lo que es del futbol, pero dejemos para la mitología sólo a  aquellos personajes que merezcan entrar en ella porque enseñaron a vivir y a convivir, en paz y con respeto.

L

HEROÍNAS, NO . GRACIAS.

Héroe es Superman, ese tipo ocurrente que va vestido con unas mallas ajustadas y se sube por las paredes. O quizás ése es Spiderman, no se acaban de distinguir bien. Heroína es Juana de Arco que ya sabe que no tuvo un final feliz.

Pero no son héroes ni tienen ningún interés en serlo muchas mujeres y hombres que así lo han declarado y que desean afrontar sus responsabilidad profesionales ahora, como  han hecho anteriormente, para hacer lo que les toca como toca, sin aspavientos admirativos, simplemente poniéndose su uniforme, fichando a su hora, cumpliendo sus obligaciones y ganándose el pan con dignidad y profesionalidad.

Lo único que sucede es que  las circunstancias vividas han puesto en valor la enorme importancia de algunos trabajos y ocupaciones que gozaban de escaso visibilidad y prestigio social. Ese reconocimiento público se reservaba, por ejemplo,  para futbolistas y otros  animales  mediáticos que embobaban al personal en base a unos méritos que de ninguna manera justificaban sus privilegios sociales y económicos. Pero la experiencia del confinamiento trastocó esa visión inducida y mentirosa del valor de los trabajos y generó una valoración, en general sincera,  de  profesiones normalmente ignoradas y devaluadas que, de forma nada casual, desempeñan las mujeres. Sonó la hora de las cajeras  de los supermercados (aunque ahora en Xàtiva, haya grandes cadenas que  las dejan en la calle sin que les tiemble el pulso), de las limpiadoras, las auxiliares de enfermería.… un sinfín de categorías profesionales infravaloradas, y totalmente carentes de prestigio. Todas ellas, -por obra y gracia de ese bicho francamente desagradable, que pintan redondo y lleno de cráteres lunares-  se convirtieron en estrellas del sistema, merecedoras de reverencia y peloteo, susceptibles de obtener el homenaje social, aunque con fecha de caducidad. No hay nada mejor para curar la miopía existencial de la gente, que percibir que es una buena limpieza y desinfección lo que salvará nuestras vidas,  que nuestro bienestar no depende del gol de alguna carísima estrella, sino de la reponedora que nos facilita ese papel higiénico, objeto de nuestros deseos irracionales.

Seguro que todas ellas hubieran agradecido más allá de los aplausos pactados en horario prefijado, algunas medidas  concretas  que mejoraran sus condiciones laborales. Y ya no se trata solo de salarios, que también, sino del aumento de medios y  plantillas para hacer frente con todas las garantías a sus tareas.

 Ejercer de héroe o heroína, sale caro. Su vida es solitaria y se las ha de apañar sin ayuda. Cierto que al final suele salir ganando,  pero hasta alcanzar la victoria final,  lo que sucede casi cuando salen los títulos de crédito que anuncian el fin de la película, ha de recibir golpes y palizas e incluso perder a alguien a quien estimaba, y todo para ser rápidamente olvidado hasta la aparición del próximo villano.

La heroicidad no es buen negocio. Es  mucho más rentable la responsabilidad y el coraje. Ambas cosas necesarias  para caminar hacia adelante y mirar al futuro con esperanza. A estas alturas de la pesadilla, se hace imprescindible  huir del relato catastrófico,  del cuento de terror con el que algunos fomentan paranoias y cultivan la insolidaridad para imaginar, con inteligencia y sensatez,  que las  cosas pueden ir mejor. Y hacerlo, no desde el buenismo ingenuo  sino desde la confianza en poder hacerlo porque hay  gente que vale la pena.  Si no apostamos por la esperanza, si el relato de nuestro fracaso como sociedad no se nos cae de la boca, si nos regodeamos en las miserias propias y ajenas con verdadero obcecación, al final esa será la realidad de la que no podremos escapar.

IR DE COMPRAS

Seguimos saliendo a la calle, asustados ante la presencia de un virus invisible pero peligroso, pero empezamos a mirar el mañana, el día de después, que casi resulta igual de aterrador. Oir las cifras es como padecer una granizada al descubierto, porque cada una es peor que la anterior. Nos perdemos en los miles de millones, pero lo cierto es que cualquiera es capaz de anticipar que vienen malos tiempos, malísimos, en los que vamos a tener que cuadrarnos ante la andanada económica y protegernos mutuamente para que, a diferencia de lo que ha pasado en otras ocasiones, no haya una salida con alfombra roja para algunos, mientras que la gran mayoría intenta escabullirse aunque sea a cuatro patas para poder sobrevivir. apoyo al comercio

Un factor esencial para la recuperación es el mantenimiento de los pequeños comercios que al subir las persianas en las actuales circunstancias, no solo hacen una apuesta valerosa para salir adelante sino también una importante contribución al futuro de las ciudades y pueblos. No es fácil amasar grandes fortunas desde un pequeño comercio, pero con suerte se puede vivir bien a la vez que se presta un servicio fundamental a unas ciudades a las que facilitan un eje vertebrador  basado en la presencialidad y el reconocimiento mutuo. Ya antes del virus, sus negocios  no eran fáciles de sacar adelante porque exigían  mucho trabajo con cero garantías y en durísima competición con otros modelos (la venta online, las grandes superficies…) que no daban tregua en su inequívoca pretensión de ocupar el mercado. Parece cómodo y fácil comprar desde el sillón a golpe de tecla, pero el efecto final es demoledor para las economías de subsistencia  y  la convivencia.

Pero ahora, noqueados y llenos de temores, las peluquerías y las pastelerías,  las tiendas de ropa, los bares y restaurantes, las librerías y papelerías,  los gimnasios, herboristerías … no hablan de rendición, ni de resignación. Al modo de David contra Goliath, el pequeño comercio presenta una tozuda resistencia para no desaparecer.  Ya se sabe que no es  valiente quien no tiene miedo, sino quien se enfrenta a él.

Por ellos no va a quedar, y así queda demostrado en las redes sociales donde en un grupo llamado  “Yo compro en Xàtiva”, se suman esfuerzos, experiencias, consejos y algo de terapia. Se percibe su  firme voluntad de no tirar la toalla y pelear duro por sacar adelante sus negocios. Van a contar, sin duda,  con ayudas y subvenciones provenientes de las Administraciones, pero su mayor garantía de victoria es su capacidad de resistencia, de rebelarse  contra las cifras que sólo indican pérdidas, de no entregarse al catastrofismo y darse por derrotados,  buscando culpables a quien insultar  en lugar de soluciones para progresar. Saldrán adelante con imaginación y creatividad, con persistencia, con generosidad y humildad. Son comerciantes y tienen algo que las grandes superficies y el comercio electrónico no pueden ofrecer: contacto humano,  mutuo conocimiento,  trato amable y  cercanía. Y son también una forma de invertir en el futuro de la ciudad ya que los estudios demuestran que el dinero de las compras que se hacen en los negocios de proximidad se mueve en la ciudad tres veces más que el dinero invertido en grandes cadenas que sale casi de inmediato de la región y en muchas ocasiones del país Su existencia es  imprescindible si  queremos vivir en un espacio que sea sostenible, sano, donde no sea obligatorio coger el coche para comprar el pan.

Ir de compras es una actividad cotidiana de quienes somos el último eslabón del sistema económico, pero nuestra decisión, nuestra elección tiene repercusión directa en el modelo de sociedad que queremos vivir.

TORPEDOS A TRAICIÓN

Quien diga  que la situación que estamos viviendo es fácil, mentirá como un cochino. Quien intente minimizar el alto coste que estamos pagando  las personas que vivimos confinadas desde hace ya un mes largo, se merece un buen cachete. Un poco más contundente incluso para los listos que quieren aliviar de forma tramposa la dureza del encierro considerando que se merecen un trato de favor por ser quienes son.

Fácil no es, lo que estamos pasando, porque lo que al principio parecía ser una experiencia provisional, digna de ser contada a nuestros nietos, dura pero concentrada en el tiempo, se está convirtiendo en una especie de pesadilla de la que no nos dejan despertar. Tanto tiempo viviendo con restricciones hace que las tensiones se acumulen y las carencias se hagan más evidentes. Y la incertidumbre sobre el final, no ayuda precisamente a sobrellevar una situación que requiere paciencia, confianza y responsabilidad a toneladas.

Por ello, no es tolerable que nadie pretenda  estafarnos haciendo uso de privilegios para darse un paseo al aire libre, como el que todo hijo de vecina se daría la mar de a gusto. Y es cierto que nos come la mala leche cuando se ve, por ejemplo,  a un Expresidente del Gobierno, a ese  que cuando camina mueve los bracitos como si fuera Lola la Piconera,  pillado  cuando se da su  paseo  habitual. Un paseo por el que hoy pagarían muchas personas.

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Verle a él, precisamente a él,  hunde un poco la moral de esa mayoría ciudadana que  en todo el Estado y en Xàtiva también,  está dando el callo, con una gran responsabilidad colectiva para levantar barreras ante un enemigo invisible y letal. Que no puede admitir trampas y deserciones, sobre todo en personajes cuyo compromiso debería ser ejemplar por las responsabilidades que han ocupado.

Pero igualmente son condenables, porque nos debilitan y nos hacen más vulnerables,  esas voces negras que desde el cinismo desacreditan el esfuerzo que realizamos, falseando la realidad. Esas voces negras que solo señalan los errores, que solo resaltan los traspiés que evidentemente se están produciendo para afrontar una situación para la que no hay manual, ni precedente, ni solución fácil e inmediata.

Lo cierto e innegable es que somos  mayoría los que apostamos por el bienestar común desde el encierro y solo unos pocos  ególatras  endiosados los  que se pasan por el forro lo anterior.  Porque conductas como la del Ex presidente,  no son la regla sino la excepción.

Lo honesto es reconocer que con improvisaciones, tropezones, incongruencias y seguro que multitud de errores,  a quienes les ha tocado este marrón están haciendo lo que mejor creen y pueden,  para solventar la situación de la mejor manera.

Así que sería hora, por una vez que este país de escépticos profesionales, de criticones crónicos bajara el cañón del fusil de la crítica destructiva que todo se lo lleva por delante  y arrimara el hombro. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que en su momento, cuando de todo esto se pueda hablar en pasado,  se pasen cuentas, se haga balance y se asuman responsabilidades. Pero el sentido común impone una lógica espera, una necesaria espera hasta que la situación no se lea en base a insufribles cifras de personas fallecidas, sino pudiendo mirar hacia delante con esperanza.

En Xàtiva hay una lectura única y solidaria de la situación, compartida por toda la ciudadanía, por todo el Ayuntamiento, por todas las instituciones.

Una unidad de acción que hay que agradecer, y que ojala existiera en todo el país, porque bastante peligro y riesgo tiene la situación como para aumentar la tensión atacando con críticas y descalificaciones nuestra moral de victoria. Sólo saldremos de esto, juntos,  desde la confianza mutua, desde el apoyo recíproco. Solo con esperanza, con lealtad y concordia , encontraremos la puerta de salida de esta pesadilla que vivimos.

EN CASA

Siempre  hay diferentes fórmulas  de contar la realidad, múltiples maneras de sentirla e infinitas formas de explicarla. Todo ello, sin contradecir la versión oficial que hoy nos  es sobradamente conocida y merece absoluto respeto,  asumiendo sin discusión las responsabilidades que nos tocan.

Pero más allá de la obstinada realidad, la experiencia se puede contar de muchas maneras. Desde el drama, desde el amor o desde el humor. Con optimismo o miedo. Con paciencia o exaltación. En plan suicida o en plan Paquito el chocolatero. Y mientras podamos elegir, parece más inteligente apostar por el optimismo que no es candorosa ingenuidad, sino garantía y  confianza en la vida que nos espera.virus

Poco de  bueno tiene el  el confinamiento que vivimos, término poco acertado porque en nuestro caso hay – debe haber- más de autoconfinamiento que de encierro impuesto e incomprensible. Pero, en todo caso, se dan experiencias seguro que ampliamente compartidas.

La obligada permanencia entre esas paredes que llamamos casa  es un descubrimiento a analizar. Los escasos días que llevamos fueron, inicialmente, como una aventura vivida con cierta prevención ante la obligación de  tener que habituarse a nuevos escenarios y habilitar nuevas rutinas. Pero en general, salimos triunfantes. Los salones han pasado a ser despachos, las cocinas, aulas de estudio, el pasillo,  pista de entrenamiento. Quienes tienen terrazas o amplias balcones se felicitaron por su acierto y los que no maldijeron haber preferido en su momento la galería de la cocina.

Hemos explorado territorios ignotos que teníamos al alcance de la mano, aunque siempre sin tiempo para bucear en ellos. Pero ahora llegó el momento de abrir armarios, en sentido literal –nada que ver con exponer la orientación sexual de nadie- y extraer de sus oscuros fondos, objetos, prendas, recuerdos, accesorios de todo tipo y mayormente de escasa utilidad. Hay quien ha recuperado cartas de las que se escribían a mano y se depositaban en un buzón, o el traje con el que se casó que no entiende como se pudo calzar en su día. O los patucos de aquellos niños que hoy son hombretones o la revista porno que escondió para que nadie encontrara. Todos descubrimientos que impulsan a escribir las memorias si creyéramos que a alguien las iba a leer. Aunque siempre es una opción.

Tanto tiempo en casa, sin tener que ir a ninguna parte, nos ha hecho sustituir actividades habituales, ahora descartadas, por otras, más infrecuentes. De ahí, el éxito del bricolaje, de la jardinería de interior, de los mandalas, de los tutoriales para hacer gimnasia o magnesia, qué más da……Hay quien ha desarrollado  una pasión enfermiza por la limpieza que roza la asepsia total y persigue ferozmente  a los virus que pueda haber sueltos por su casa. Y también, seguramente, quien se pasa el día durmiendo, recuperando el sueño perdido durante el último decenio.

Cada cual hace lo que puede, consciente de que el premio, que es salir indemnes de esta situación, será compartido. Una mención especial merecen quienes conviven con criaturas, con personas con discapacidad o   gente mayor que no admite tregua en su atención y cuidado. Sobre todo los primeros que están haciendo un incuestionable esfuerzo de imaginación y creatividad ( véase la conga-vaquilla que persigue criaturas, los arco-iris en las ventanas, etc..)

Pero esto es una apuesta  que, como bien nos han explicado,  justifica todos los esfuerzos y sacrificios. Y por eso, ante el miedo y la incertidumbre, superando soledades y aceptando renuncias,  hemos de sacar a pasear el amor a la vida y la esperanza en el  futuro para hacernos fuertes y conseguir que ningún bicho asqueroso y rastrero pueda con nosotros.