Categoría: política

Candidaturas

En tiempos de elecciones suceden,  entre otros  fenómenos que también proliferan,  las presentaciones de las  candidaturas. Son esos equipos de personas que posan en grupo, con la mejor de sus sonrisas y de sus atuendos, que miran a la cámara con una mezcla de incomodidad  y expectación. En  escaleras y plazas, delante de edificios personalísimos , buscan rincones con identidad propia, paisajes con mensaje peculiar, con los que de alguna manera buscan identificarse.

Ahora también actúan en vídeos más o menos caseros en los que se les ve gesticular, saludarse afectuosamente, abrazarse con cariño o mirar a su amado líder o lideresa con admiración ilimitada. Caminan juntos , doblan esquinas y protagonizan encuentros casuales que dan lugar a conversaciones algo artificiales porque ser candidato o candidata no implica dotes para la representación. O son entrevistados por su cabeza de lista que intenta mostrar su mejor cara, su afán de servicio o su alto grado de responsabilidad social.

Todos ellos, sin excepción, son unos valientes , con un coraje a prueba de bomba porque es bien difícil ponerse en el escaparate de la política y significarse saliendo de la cómoda ambigüedad del anonimato. Hacen lo que una inmensa mayoría de la ciudadanía no se atreve a hacer , dar la cara y comprometerse para trabajar en conseguir una sociedad más justa. Por eso, merecen nuestro absoluto  respeto y consideración, excepto en el hipotético caso de que hubiera algún garbanzo negro de los que antes proliferaban tanto en el campo de la política y la convirtieron un lodazal inmundo lleno de corrupción y miseria moral. Afortunadamente a día de hoy, tras casi tocar fondo en este país, las reglas del juego  han mejorado considerablemente a la hora de establecer cortafuegos y garantizar vacunas que eviten la podredumbre. Lo que no quita para que las cautelas sigan siendo necesarias para evitar tentaciones desastrosas.

Lo que sigue siendo una tara evidente en estos equipos es la constante infrarrepresentación de las mujeres como cabezas de lista.  Porque así es, aunque sea lamentable y cansino tener que seguir reincidiendo en el tema.  La Ley de Igualdad vigente, del año 2007, obliga a que la proporción entre sexos en las listas tenga como máximo una diferencia del 60% y 40%, y que esta se vea cada cinco puestos. Pero no dice nada sobre quien tiene que encabezar la lista.

En Xàtiva de las  cuatro formaciones que optan a ocupar alguna silla o sillón, sillita o mecedora,  el 50 % están dirigidas por mujeres ( Xàtiva Unida y Ciudadanos)  lo que es de agradecer. Pero a nivel autonómico, de las  seis candidaturas existentes, solo una la encabeza una mujer. Y por si acaso habrá que repetir una vez más, que tal exclusión no obedece a que las mujeres  no estén capacitadas para la dirección política, ni porque sean tímidas o prefieran otras ocupaciones,  sino a que la competencia es dura, el puesto goloso y el reglamento tácito del juego siempre las perjudica a ellas, sea cual sea el partido. Aunque ciertamente, en esto  como en todo, no todos los partidos son iguales. De hecho a nivel nacional algunos partidos tienen hasta el 80% de mujeres como cabezas de lista lo que demuestra que sí se puede.

Sería estúpido entregar el voto en función del sexo de la persona. Pero sería inteligente juzgar a las formaciones políticas , entre otras cosas, por su capacidad de presentar candidaturas cuyo  primer nombre corresponda única y exclusivamente a las mejores personas, las más preparadas y empeñadas en cambiar la vida del electorado a quien piden el voto. Y de esas muchas, sin duda, son mujeres.

7 mayo, 2023

El pisito

Es una realidad indiscutible que el problema de la vivienda amarga la vida de cantidad de familias  desesperadas por no poder asegurar una de las necesidades básicas. Tampoco que representa un contundente bloqueo vital para las nuevas generaciones que han de  seguir okupando la casa familiar no por deseo sino por obligación y, en muchos casos,  con desesperación.

Comprar una vivienda en los tiempos que corren es como un deporte de riesgo parecido a subir al Everest, por la dificultades y exigencias que comporta. Pero alquilarla, la solución intermedia y a veces definitiva en otros países europeos, también está fuera del alcance de la mayoría. Importante señalar que tal cosa no sucede porque el parque inmobiliario haya alcanzado sus límites de ocupación sino más bien porque son demasiadas las viviendas vacías que con sus persianas bajadas no contribuyen demasiado al progreso del país.

En Xàtiva hace poco las inmobiliarias dieron la voz de alarma ante el descenso en picado de las viviendas en alquiler que no superaban las 30. Una cifra ridícula a todas luces para una ciudad de casi 30.000 habitantes que pretende crecer en censo y servicios. Algo que se consigue ofreciendo un nivel aceptable de calidad de vida, lo que en todos los casos sin excepción, requiere tener un techo en el que cobijarse a un precio que no sea disparatado.

La mayor parte del importante número de viviendas vacías existentes son propiedad de  alrededor de treinta grandes empresas y cuatro bancos. También hay alrededor de 200 personas propietarias de más de 10 pisos a las que parece razonable considerar grandes propietarias. El Ayuntamiento de Xàtiva dio a conocer hace meses su intención de aplicar recargos del 30% del IBI para animarles a poner sus viviendas al servicio de la comunidad , por supuesto a cambio de una ganancia justa y con todas las garantías.

Y sobre todo está la SAREB , ese banco que empezó siendo malo y que sigue siéndolo a pesar de que cambiara su titularidad que ahora es pública. Y lo es porque las viviendas que posee seguían  sin ponerse a disposición de quienes lo necesitan, a la espera de decisiones como la que se ha hecho pública esta semana. Esa es la decisión que se anuncia ahora a bombo y platillo que py que complementa las medidas anunciadas en la futura Ley de Vivienda  que está recorriendo ya las últimas fases de su carrera para conseguir la aprobación.

Mas de un centenar de pisos son de su propiedad en Xàtiva y facilitarlas en régimen de alquiler con precios sociales, marcará sin duda,  una enorme diferencia.

Bienvenida sea la presión mediática si sirve para contar la realidad, reflejando la inquietud que se vive en la calle a causa de problemas reales que la política ha de resolver. Bienvenidos sean los socios de gobierno si sacan la parte más solidaria y progresista de sus compañeros de viaje.  Bienvenidas sean las elecciones, si ello implica decisiones. Y sobre todo, feliz día de votación para que pierdan unos pocos y ganemos todas.        

16 abril, 2023

Parir a la carta

Lo de parir con dolor se ha quedado francamente anticuado y en los días que vivimos las mayoría de las personas no considera en absoluto a pesar del mandato bíblico que el sufrimiento sea imprescindible para traer a las criaturas al mundo.

La ciencia avanza que es una barbaridad como decía la zarzuela y por eso hoy existen protocolos sanitarios para la atención al parto que no tienen nada que ver con esas escenas cinematográficas de parto realmente espeluznantes, llenas de gritos aterradores que rompían el tímpano de cualquiera y conducían directamente a la extinción de la especie.

Sin embargo el número de cesáreas se ha incrementado en nuestro país de forma exponencial incluyendo a la comunidad valenciana que además de ser la tierra de las flores, la luz y el amor, puede “presumir” de ser la autonomía con mayor porcentaje de cesáreas de todo el Estado debido, todo hay que decirlo, al número de éstas que se practica en los centros privados.

Una cesárea es una operación quirúrgica que se lleva a cabo cuando los profesionales deciden que el parto por vía vaginal puede ser peligroso para el bebe o la madre. Siendo una intervención mayor que conlleva sus riesgos, no debería realizarse por libre elección de la madre, ni ser una decisión médica que no esté avalada por el diagnóstico necesario. De hecho, la OMS considera admisible sólo un 15% de cesáreas del total de los partos, porcentaje altamente superado en España, según el reciente estudio publicado en los medios de comunicación.

En el Hospital de Xàtiva se produjeron 9575 partos en los últimos 10 años de los cuales el 21 % fueron por cesárea. Mucha mejor marca que el hospital de Ontinyent cuyo porcentaje es del 41.2 % e infinitamente preferible al de cierto hospital privado de Alacant que practica cesáreas al 60% de las mujeres que acuden allí a parir.

En cualquier caso, lo que debería primar en este proceso es el bienestar y la salud del nonato que quiere dejar de serlo y de su madre, que se deberían imponer a las ansiedades personales o la agenda . Lo que no parece recomendable es que los partos se conviertan en una especie de menú a la carta en relación a los cuales la futura madre elige parir con cesárea o de forma natural, como quien elige el color de los patucos. Como tampoco debiera fijar hora y día el especialista responsable que programa las cesáreas según su agenda personal por aquello de la organización del trabajo y no en función de razones médicas fundadas y objetivas.

Las causas de este fenómeno son variadas y diversas. Las matronas dicen, y con razón, que cada vez son menos en la sanidad pública a pesar de que su intervención es decisiva para que las cosas se desarrollen lo más pacíficamente posible. Pero con dos matronas por cada 10.000 habitantes, son difíciles de encontrar. También se habla del perfil de las embarazadas cada vez de mayor edad, lo que no facilita los partos naturales y sobre todo de cierta tendencia a medicalizar el parto exagerando la nota, porque una cosa es cargarse de plano el mandato del dolor y otra añadir riesgos innecesarios al nacimiento de las criaturas. Queda pendiente hablar de la episiotomía, palabro desconocido para muchos pero de fácil y doloroso recuerdo para muchas madres.

En todo caso, parece necesario revisar los protocolos de algunos hospitales y hacer pedagogía con las mujeres que están embarazadas pero no son idiotas para rectificar tendencias peligrosas y bajar el porcentaje. Ganará el sistema, las mujeres y sobre todo las criaturas.

Querida menopausia

En ocasiones da la sensación de que es una enfermedad vergonzosa como la sarna o la gonorrea. Funciona bien como insulto faltón y grosero. Estás menopáusica, les dicen a las mujeres de cierta edad cuando están malhumoradas, cuando enrojecen con facilidad, cuando engordan…Algo similar al uso perverso que se hace de la menstruación adjudicándole un poder limitante sobre las capacidades de las mujeres.

La menopausia como la menstruación son procesos que las mujeres han aprendido a disimular, como si fueran algo vergonzoso. Y sin embargo no son más que diferentes fases que se presentan en la vida de las mujeres. No son ni deberían suponer un problema para ninguna de ellas, porque la modificación de su equilibrio hormonal es un proceso natural que en absoluto compromete su valor como seres humanos.

Para empezar, habría que erradicar esa actitud ligeramente condenatoria y salpicada de compasión que convierte la menopausia en una especie de punto final. Una microcatástrofe cuya aparición indica, desde la atrevida ignorancia, que la mujer está iniciando un proceso de deterioro irreversible que la privará paulatinamente de sus aptitudes físicas y mentales. No importa que, en realidad, lo único que haya terminado sea la capacidad reproductiva de la mujer, estando plenamente vigentes todas las restantes cualidades. La leyenda cuenta otra cosa.

Sin embargo, en ese momento, a los 45 o 50 años, las mujeres pueden vivir, si las dejan, un momento esplendoroso, en el que ser protagonistas de su propia vida como no lo han sido hasta entonces. La esperanza de vida de las mujeres en este país supera los 85 años, por lo que queda un puñado de años para vivir con esperanza y felicidad. Y con salud porque la menopausia no es una enfermedad, ni requiere siempre y en todos los casos tratamientos farmacológicos.

Hace falta acabar con los bulos y mentiras que rodean ese cambio hormonal, destruyendo la autoconfianza de quien sigue siendo quien era, a pesar de los intentos de desvalorizarla o llevarla al rincón de los trastos averiados. La menopausia no engorda, no produce cáncer, no te vuelve loca ni acaba con la vida sexual de nadie. Si se apuesta por una vida sana, por el cuidado en la alimentación y se desarrolla el ejercicio físico necesario y suficiente, el resultado será una mujer plena que no necesitará medicación.

Quizás es difícil creerlo en una sociedad como la nuestra que adora en sus altares la belleza y la juventud. La belleza según unos patrones preestablecidos y nada democráticos que impone con férrea tiranía, decidiendo cual ha de ser el aspecto de las mujeres en cualquier momento de su vida si quieren recibir la aprobación social. La juventud, de una forma falsa e hipócrita, porque si de verdad se valorara a la juventud de este país se actuaría de forma mucho más contundente para ofrecerles un futuro. Pero lo que se adora en realidad es la estética juvenil aun siendo una cualidad efímera, que inevitablemente se perderá con el tiempo.

Así pues, una mujer en fase menopáusica no es bella, tal como establecen los cánones. Tampoco es joven, obviamente, atendiendo exclusivamente al calendario. Pero si la mirada que recibe no es peyorativa, ni está cargada de prejuicios, se puede descubrir en ella a una mujer que ha acumulado experiencias que quizás la hayan hecho más sabia, emociones que le permiten entender conflictos ajenos, resistencias que le permite sobrevivir a pesar de obstáculos realmente difíciles. Una mujer pasada la menopausia puede elegir no ser bella, sino ser ella, tal como prefiera, en función de su propio recorrido vital. Una gran diferencia que marca solo una letra.

MEMORIA HISTÓRICA

A veces, hay que vencer esa insidiosa tentación de encerrar bajo siete llaves cualquier recuerdo o mención a episodios tan insoportables como las políticas de exterminio vividas durante la Segunda Guerra Mundial. Para mucha gente, resultan tan increíblemente crueles y denotan tal anestesia moral y crueldad infinita que resulta imposible asimilarlas. Más teniendo en cuenta que más allá del ingente número de víctimas, hubo una considerable parte de la población que se sumó, no ya con su silencio sino incluso con su protagonismo activo al bando criminal. Esa innegable realidad, vista con los ojos de la memoria histórica, es especialmente inquietante por lo que demuestra de nuestra capacidad de enterrar de un plumazo nuestros valores en un pozo oscuro donde no molesten. Aunque de ello pudiera depender la supervivencia, dice muy poco de esa superioridad moral que decimos que nos identifica y nos hace superiores a los animales.

Se puede comprender que haya gente que nunca visitaría Auschwitz en un placentero viaje de turismo, ni un horno crematorio, ni la casa de Ana Frank. O que no leería jamás “El Pijama a rayas” por muy best seller que fuera, o vería a regañadientes “La vida es bella”, sólo porque la calidad cinematográfica del guion permitía soportar  el retortijón y la angustia hábilmente mezcladas  con el sentido del humor y la ternura. En todo caso, ninguna opción es cuestionable porque cada cual afronta sus miedos y congojas como puede.

De lo que nunca deberíamos prescindir, en todo caso, es del recuerdo como homenaje a las víctimas y como garantía del nunca más. Y sobre todo de lo que no deberíamos abdicar jamás es de denunciar, acusar, recriminar e inculpar siempre y en todo lugar a los personajes, y sobre todo a las ideologías que están en el origen de la matanza y la tortura de tantísimos millones de personas. No son admisibles los silencios cansados, la indiferencia desde la superioridad , el desprecio mudo que no se comparte. No caben aquí criterios de rendimiento político, de prioridades en función de intereses partidistas o personales. Es una obligación personal y colectiva negar el pan y la sal, cerrando todas las puertas a todas aquellas teorías, personas u organizaciones, que empiezan trivializando, siguen poniendo en duda y acaban por negar una historia que efectivamente la inmensa mayoría preferiría que no hubiera existido. Porque su objetivo no es otro que es recrear un escenario donde fueran más afortunados en el reparto de poder y  pudieran repetirse tales hazañas. Y eso tiene mucho peligro.

Por eso hace falta mucha pedagogía para la gente joven a la que resulta difícil percibir en el aburrido relato de los libros de historia , el pánico vivido en los campos de exterminio. Mucha persuasión para no olvidar que las urgencias sociales que hoy vivimos , nuestras preocupaciones cotidianas serían invalidadas si cambiaran las reglas básicas del juego de la convivencia que nos permite la supervivencia. Imprescindible fomentar el respeto y el entendimiento entre las personas, negando cualquier legitimidad al discurso del odio y huyendo del buenismo fatuo para construir con inteligencia una sociedad asentada en la justicia y la igualdad .

Hace falta un discurso permanente que no solo mire atrás, sino también al presente para identificar y extirpar todos los rebrotes envenenados que intentan renacer. Y convendría que fuera un discurso único y sin fisuras de todos los partidos democráticos sin ausencias ni desencuentros que deberían subordinarse a la relevancia del objetivo que se persigue.  Nos jugamos mucho ante un desafío, fruto del eterno conflicto entre el amor y el odio, que nos hace invencibles o nos condena a la autodestrucción.

A OSCURAS Y CON MIEDO

Llevan semanas metiendo miedo con el gran apagón. Aunque afortunadamente parece que el 70 % de la población no ha picado en la engañifa y no cree en esa posibilidad fantástica y malintencionada que predice una catástrofe mundial en la que se fundirían todas las bombillas a la vez y volveríamos a tener que encender hogueras con palitos y pedernales en hogares fríos e inhóspitos. A señalar que la ocurrencia ha permitido la lectura de ingeniosas propuestas en materia de kits de supervivencia que recomendaban desde pasaportes por si alguien quería hacer turismo aprovechando la oscuridad, hasta aguja e hilo para quien le apeteciera dedicarse a hacer punto de cruz a la luz de las velas. Lo cierto es que las ferreterías avisaron que se les terminaron los hornillos de gas y las linternas. Que se agotaron las velas y hubo demanda extra de pitos, cuya utilidad no está clara del todo. Dato curioso que la demanda se concentrara en una clientela de avanzada edad quizás con más memoria para rememorar tragedias pasadas.

El gran apagón es una gran mentira. Lo afirman por activa y por pasiva, autoridades científicas, políticos de diferentes colores, pero, en todo caso, respetuosos con la verdad… Sin basarse en opiniones interesadas o en debates trucados, sino a partir de informaciones contrastadas y rigurosas sobre la red eléctrica de nuestro país, su capacidad y su funcionamiento. Pero la verdad no acaba de imponerse sobre el ruido y las mentiras.

¿A quién les interesa cultivar la tóxica planta del miedo? La respuesta es fácil: a los que lo aprovechan para llevarnos, como ovejas memas y manipulables, al redil donde mejor serviremos a sus intereses. Si se canaliza debidamente el miedo a quedarnos sin trabajo o a ser pobres como ratas a pesar de tenerlo, el miedo a no tener pensión o que sea tan escasa que sólo nos permita morirnos poco a poco o el temor a quedarnos sin casa porque no podamos mantenerla o nos la ocupen, será más fácil alcanzar esa sociedad neoliberal en su versión más pura, con mano de obra barata y esclava, diseñada para la supervivencia del más fuerte y el abandono de los más débiles e improductivos.

Si el miedo les sirve para echar por tierra todo el edificio de la convivencia entre las personas, construido y sustentado en la justicia social, la sostenibilidad y la solidaridad, , saldrán ganando algunos, es cierto, pero perderemos la inmensa mayoría, al formar parte involuntaria e irrelevante de una sociedad donde no seamos ciudadanos sino supervivientes y no exista la política, entendida como el arte de convivir y resolver juntos los problemas comunes, porque la convivencia sea una fantasía y los problemas, angustias individuales a resolver en completa soledad.

El miedo nos hace egoístas, insolidarios, casi hasta la idiotez. En su forma más extrema nos hace perder las capas de civilización, de humanidad hasta convertirnos en seres tan básicos como los animales a los que solo preocupa la propia seguridad, la propia supervivencia…. El miedo nos deshumaniza, nos entontece y se lo pone fácil a la demagogia que fomenta el individualismo y la falta de empatía.

El miedo es tóxico, nos envenena y cambia nuestras prioridades. Para una sociedad temerosa y acongojada la necesidad más apremiante es la seguridad. Sentirse protegida a costa de lo que sea, aunque paguen justos por pecadores, aunque se cometan injusticias, se pierdan derechos para garantizar la autoprotección o se renuncie a libertades. Quien controla el miedo de la gente, se hace el amo de sus almas, decía Maquiavelo. Y por nuestro peor miedo debería ser vivir en el miedo.

OBESIDAD LETAL

La gordura es un concepto relativo, como es bien sabido a la vista de las enormes variaciones que a lo largo de la historia ha habido sobre el standard deseable relacionado con el peso y formas de los seres humanos. No hay uniformidad de criterios y lo que en un país es belleza, en otros no es más que un saco de huesos o, por el contrario, el cuerpo que unos aprecian, para otros no es más que adiposidad y flacidez.

En todo caso, a estas alturas, los criterios sanitarios deberían primar sobre los estéticos, por lo menos en aquellas sociedades que tienen el privilegio de poder elegir.

Hoy, la obesidad de personas adultas y menores es un problema en este país. Que el 40% de los niños/as, uno de cada tres, tengan sobrepeso es un serio aviso de lo que vendrá después: graves problemas de salud  que comprometerán la calidad de vida de esos niños que serán adultos,  sufridores de patologías que podrían haberse evitado.

De ahí, la medida del Gobierno de limitar la publicidad de alimentos, que entrará en vigor en 2022 y abarcará todos los medios, incluida televisión, radio, redes sociales y aplicaciones. Se pretende prohibir que se publiciten como alimentos, productos que en realidad no son tales, insanos por definición o que falsifican su composición. Impedir que seduzcan con malas artes a la gente pequeña que es mayormente la que sufre el bombardeo y se hace adicta a productos comestibles pero insanos. Cierto que las medidas restrictivas por definición, no gustan y producen rechazo, pero a veces hace falta prohibir determinadas conductas peligrosas para uno mismo y los ajenos, a riesgo de tener que oír ridículas e irresponsables declaraciones de personajes públicos que se atreven a reclamar, por ejemplo, su derecho a beber y conducir sin mesura ni restricción.

La publicidad al servicio del negocio de la alimentación nos hace comer con los ojos sucumbiendo ante envases coloridos, de productos de escasa calidad, que te regalan tonterías innecesarias. Fomenta la imitación de modelos estereotipados de criaturas angelicales, gente joven guapa o personas ancianas de melenas blancas y dentaduras perfectas que se hinchan a comer chocolatinas. Es sibilina la intención de quien dispone las estanterías de los supermercados para que, en las cajas, donde se realizan las esperas y a la altura de los ojos de la gente pequeña estén todos esos productos, baratos, atractivos, insanos y perfectamente prescindibles.

Con todo, la lucha contra la obesidad requiere abrir otros frentes como la educación nutricional, el fomento de la actividad física o la reducción de grasas y azúcares en determinados productos. En Japón, la introducción de la asignatura de educación nutricional en los colegios redujo en un 20% la obesidad infantil en dos años. Hay  familias dispuestas a comer bien pero que no saben cómo hacerlo. Quizá por ello, el 60% de los escolares desayuna galletas y solo dos de cada diez toma fruta fresca en la primera comida del día.

Cada cual come y da de comer lo que quiere, es cierto. Faltaría más. Pero asumiendo que la salud que deseamos fervientemente para quienes estimamos depende en gran medida de la alimentación, sabemos sin lugar a dudas que no es lo mismo alimentarse de gominolas, chocolatinas y bollicaos que de lechugas, lentejas y plátanos. 

El resultado final en nuestros cuerpos no será igual ni de lejos, y por eso, para empezar, sean bienvenidas las medidas que apoyan a quienes con nervios de acero han de hacer frente a los aullidos infantiles que exigen su ración de azúcar  o al ansia irracional de un bombón para sobrevivir.

TÓCATE LAS TETAS

Ese el consejo, directo y contundente que ha facilitado una diputada en el Congreso con motivo de la reciente celebración del Dia Mundial de la lucha contra el Cáncer de mama, jornada en la que todos nos acordamos de esa maldita enfermedad. Aunque hay quien se acuerda de ella todos los días porque le ha tocado sobrellevarla, enfrentarse a ella y vivirla en primera persona, por lo que no hace falta que nadie les recuerde nada, ni les dé lecciones de coraje y superación.

Solo en España, cada año se diagnostican alrededor de 28.000 nuevos cánceres de mama. Una de cada ocho mujeres lo padecerá en algún momento de su vida.

Por eso, el consejo de la diputada es acertado. Lo primero que hay que hacer para enfrentar una enfermedad que mata a 6500 mujeres al año es intentar prevenirla, detectarla con la mayor anticipación posible porque así las posibilidades de superación serán mucho mayores, como todo el mundo sabe. Y hacerlo no sólo ha de depender de la actuación individual (tócate…) sino de la existencia de programas de cribado suficientes que contribuyen a reducir hasta en un 30 % la tasa de mortalidad.

Lo que todo el mundo no sabe es que el cáncer de mama tiene causas multifactoriales, lo que quiere decir que nadie está predestinada a sufrirlo ni nadie está libre de padecerlo. Lo que todo el mundo debería saber es que lo peor que se puede hacer cuando se trata con personas enfermas es adjudicarles cualquier tipo de responsabilidad o culpa, por sus hábitos, sus antecedentes o sus circunstancias.

Otra cosa que solemos hacer fatal es afrontar la enfermedad como una batalla, en la que se vence o se muere, porque de ahí se infiere que quienes fallecen son perdedoras que no fueron capaces de alcanzar la victoria. Quizás sería mucho mejor abandonar todas esas metáforas bélicas que hablan de guerra contra la enfermedad, de derrotas y triunfos y considerar la enfermedad como lo que es: un suceso vital aleatorio que no hay que afrontar con resignación pero que hay que vivir con serenidad y confianza en el futuro.

Tampoco hay que permitir que los lazos rosados disimulen la dureza de la enfermedad y nos hagan olvidar donde están las soluciones. No es en las carreras populares, en los desfiles de modas o en las camisetas apropiadas, todas ellas iniciativas surgidas mayormente de la buena voluntad que, sin embargo, no deben ocultar los elementos que en realidad nos protegen de la enfermedad.

Uno es una Sanidad pública, fuerte y bien dotada de todos los recursos necesarios desde tecnología punta hasta personal sanitario especializado. En este terreno, como en todos aquellos que comprometen la vida de las personas no puede haber listas de espera, pruebas demoradas, consultas tardías, tratamientos condicionados por la economía… La Sanidad pública y quienes la defienden con hechos y no con palabras deben contar con el apoyo incondicional de todas las personas que son y serán susceptibles de necesitar sus servicios, sin que el tamaño de su cartera importe.

El otro es la existencia de líneas de investigación científica que no sean reclamos testimoniales, de bajo coste y escasa proyección. Hace falta mimar al personal que investiga tratamientos, que mejora procedimientos de cribado y detección, que persigue un conocimiento amplio y profundo de la enfermedad para detectarla y curarla con la mayor rapidez. Sus frutos se verán a medio y largo plazo, pero deben contar con los recursos presupuestarios para hacer su trabajo durante el tiempo que sea necesario hasta conseguir los objetivos propuestos.

Esta es la receta: ponte el lacito, vota sin equivocarte y tócate las tetas.

COMO MIURAS AL CAMPO

Es difícil conocer a alguien que haya manifestado claridad su deseo de morir por coronavirus, pero debe haberlos a cuenta de la gran cantidad de covidiotas que hacen lo necesario para obtener los puntos necesarios para no poder contarlo. Con la finalización del Estado de alarma, hay demasiados que han dado por finiquitada la pandemia y han salido como toros bravos al campo dispuestos a embestir contra cualquiera que les niegue su derecho a bailar la conga y brindar hasta reventar.

Debe ser un problema de falta de imaginación o de déficit de memoria. El primero impide anticipar situaciones nada deseables que pueden convertirse en realidad, ingrata y fúnebre. La desmemoria permite refugiarse en espejismos donde caben argumentos autocomplacientes que autorizan a la persona a ir a su bola, como una máquina quitanieves que aparta lo que molesta y allana el camino para circular por donde se quiere con toda comodidad. Ayuda que la gran mayoría de medios de comunicación trasladen imágenes de la felicidad negada tras la barra de los bares y no de la tragedia que se sigue viviendo entre batas blancas y respiradores.

Se puede entender el hartazgo y la amargura de quienes se ven privados de hábitos y costumbres que eran la chispa de su vida. Y no solo se trata de las cañas y los gin-tonic, que cualquiera diría que vivimos en un país de alcohólicos. Se trata de un rasgo identitario del país con más bares y restaurantes por persona de todo el mundo: uno por cada 175 habitantes, sumando en total 277.539 establecimientos gastronómicos, según el Instituto Nacional de Estadística. Una oferta de ocio que no sólo se basa en el consumo, sino que supone un espacio fundamental de encuentro y convivencia entre las personas.

Lo que no es explicable es la estupidez humana -tan infinita como el Universo dicen- que ignorando las evidencias, desatendiendo las alarmas convierte a personas pensantes en seres irracionales instalados en el autoengaño que confunde los deseos con realidad.

La guerra contra el COVID no está ganada, aunque esta misma semana se publicara que en Xàtiva la incidencia era mínima y los contagios inexistentes. Pero en seis Comunidades autónomas el porcentaje de ocupación de las camas de UCI sigue estando en niveles extremos. Y en el

mundo, véase la India, las piras funerarias arden en la calle y se presencia con congoja la victoria total de la muerte, entre otras cosas, por haber abandonado toda prudencia de forma prematura.

Es cierto que llegados a este punto la gestión política deja mucho que desear, precisamente porque parece que se ha impuesto a los criterios científicos o sanitarios. Y eso desmoraliza y hace perder confianza y credibilidad, que son un capital necesario para mantener la autoridad moral necesaria para liderar una situación que exige sacrificios y renuncias.

El País valenciano ha dado ejemplo de inteligencia y responsabilidad colectiva que hoy permiten exhibir las mejores cifras de toda Europa en relación al control de la pandemia. Valores que no nos han librado, también en Xàtiva, de presenciar escenas que recuerdan al borracho suicida que cita al miura en la plaza. Protagonizadas por gente de toda edad y condición, ya que no es de justicia adjudicar a una determinada generación el monopolio de las conductas imprudentes e incívicas.

A estas alturas deberíamos haber aprendido que el problema sigue siendo colectivo y que no existen atajos ni huidas en solitario. Hace falta una dosis extra de coraje y responsabilidad para asumir, aunque duela, que sigue habiendo razones más que evidentes para las restricciones. Aunque también, cada vez más , razones para la esperanza.

PAÍSES RICOS, PACIENTES DESAMPARADOS

El 7 de Abril es el   Día Mundial de la Salud porque la Organización Mundial de la Salud así lo escogió para crear conciencia sobre las enfermedades mortales mundiales. En el contexto que vivimos, una celebración de lo más adecuada desde una realidad que proporciona por sí sola argumentos más que suficientes. El lema de este año es «Construir un mundo más justo y saludable» y viene al pelo para justificar una campaña que pretende evitar lo que está pasando con las vacunas a escala mundial: hasta hace bien poco, se habían administrado más de 455 millones de dosis de vacunas contra el covid-19 pero solamente el 0,1% de éstas se han destinado a  los 29 países de menores ingresos.

Esta brecha en la inmunización entre países ricos y pobres no sólo es rechazable desde la ética y la justicia social, sino que es además una estrategia torpe y calamitosa desde el punto de vista epidemiológico, ya que allí donde  el virus campa a sus anchas, se producirán mutaciones imprevisibles que se extenderán inevitablemente, inutilizarán las vacunas y volverán a amenazar a las poblaciones de esos países ricos que pretenden ocupar en exclusiva  los botes de salvamento y dejar que se ahoguen los demás.

Con todo, la salud de las personas no sólo está directamente relacionada con la pandemia. Es evidentemente, a día de hoy, un factor esencial y lo seguirá siendo hasta que se cumplan las tranquilizadoras predicciones de la comunidad científica que hablan de que con el virus que hoy mata, mañana podremos convivir. Y lo haremos,  si no en paz, por lo menos en un empate técnico que no significará para la Humanidad tantísimas pérdidas como hasta ahora.

Pero además del COVID, la salud de las personas está amenazada por otras patologías y dolencias que correctamente tratadas en tiempo y forma,  deberían llevarse por delante al menor número de personas posible. Enfermedades que comprometen  gravemente la calidad de vida de quienes las sufren, que aunque comprendan a la perfección el  orden de prioridades impuesto por la gravedad de la situación, necesitan y merecen ayuda ante los dolores,  malestares o limitaciones que sufren. Nada más terrible que la sensación de desprotección y vulnerabilidad al percibir que las puertas de la atención médica están cerradas porque no hay capacidad de atender a nadie más.

Es cierto que nuestro sistema de salud ha tenido que tensarse hasta límites insospechados en este último año. Y que ha dado una respuesta más que aceptable, rozando el nivel de la excelencia por lo que toca al esfuerzo del personal sanitario y auxiliar que ha dado la cara en las circunstancias más difíciles y complejas.  Pero el esfuerzo ha puesto de manifiesto la fragilidad de las costuras de un sistema que salió tocado  tras la crisis económica, con la disminución de su personal, del gasto público y de las inversiones.

De ahí, las alertas de los propios profesionales y las personas afectadas sobre el enorme perjuicio que se deriva de la incapacidad del sistema de dar respuesta a todas las situaciones de riesgo para la salud, sin excepción. La paralización de las consultas esenciales como las de Oncología, Neurología o Cardiología supone poner en riesgo la vida de muchas personas que dependen de controles, pruebas o tratamientos. No es de recibo que en el Área de Salud Xàtiva-Ontinyent haya demoras de 7 o 10 meses para conseguir citas con determinados especialistas. El problema no son las personas que lo trabajan, sino un sistema infradotado y sobrepasado que exige cambios y mejoras que no sean coyunturales,  porque no sólo de COVID se muere la gente.