Brindis para una boda

Tras la celebración de una boda por el rito católico, surgen interrogantes de diversa índole. Si ha sido por el rito católico, la escenografía impone, aunque todo huela un poco a naftalina. La liturgia ejerce un efecto sedante, aunque causa una extraña sensación, como de teatro arcaico y obsoleto. Chirría demasiado oír al oficiante mencionar a la muerte como única causa de disolución del contrato desde el convencimiento de que sólo el amor debería ser el factor imprescindible para la existencia y la permanencia de las parejas.
Claro que previamente habría que pactar la definición del término, porque todavía demasiada gente cree que el amor es oír sonar los violines de forma continua e ininterrumpida con el volumen suficiente para apagar los ruidos, las broncas y lágrimas , que suelen poblar la vida de cualquier pareja. A menos que sean Sam y Molly la pareja de Ghost, tan amorosos ambos, aunque jugaban con ventaja siendo él un fantasma. También hay quien entiende el amor como una tarea titánica en la que una se empeña con tozudez , sean cuales sean los sacrificios o cesiones hasta llegar si hace falta a la autoanulación como David el gnomo y Lisa su señora, a la que nunca se escuchó hablar.
Las relaciones amorosas duraderas están llenas de agujeros, de remiendos y zurcidos, de avances y retrocesos, de éxtasis y batacazos. Se basan en la generosidad, que no es lo mismo que la renuncia, en la sabiduría que no es lo mismo que la inteligencia y cuentan como elemento indispensable con el sentido del humor, lo que no quiere decir que su vida sea un chiste permanente.
Tampoco hablar de contratos ayuda a construir esa relación que siempre debería ser voluntaria, de libre elección, sin plazos, ni términos fijados. Ningún documento escrito ,a pesar de las firmas que lleve, debería ser capaz de obligar a nadie a permanecer con quien no encuentre la felicidad. Otra cosa son los acuerdos íntimos y personales, los pactos tácitos de respeto mutuo, de sinceridad y de apoyo incondicional que quieran suscribir los integrantes de la pareja.. Pero eso no interesa a nadie más que a ellos.
En resumen , nada que objetar a una celebración festiva que siempre viene bien. Que además es útil para comunicar al público asistente la felicidad existente o para presentar a la persona elegida. Que da excusa para la música y el baile, para engalanarse como árboles de Navidad, para huir de la rutina. Para zampar hasta reventar que es una afición nacional indiscutible y beber como si no hubiera un mañana, o mejor para olvidarlo, dada la resaca que traerá.
Que vivan los novios, mientras que así se sientan, que ojalá sea toda una vida. O incluso varias. Si procede, que sigan su camino cada uno por su lado, en paz y sin mirar atrás, con la mochila cargada de buenos momentos. Pero que no se conformen nunca con vivir en el silencio y la oscuridad , en la tristeza solitaria y la insatisfacción permanente. Ese sería el mejor brindis que nunca se pronuncia.

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