NICA

Lo cierto es que ha tenido una buena vida desde que hace muchos años, alguien la recogió en mitad de la carretera, cuando con agilidad y reflejos intentaba evitar que los coches la machacaran. Ya era fea entonces, paticorta y regordeta, con unas largas orejas totalmente desproporcionadas. Tenía mal genio y no le gustaban las carantoñas aunque a su favor tenía que ladraba poco, con poco interés, casi por cumplir.

Ahora debe tener 120 años en cómputo humano. Y se le notan. No le quedan dientes así que sólo come alimentos blandos que no tenga que masticar, aunque sigue siendo tan tragona como siempre. No debe ver nada o casi nada porque tiene en los ojos una película que los hace opacos. Por eso cuando se aleja demasiado de su caseta, choca con cualquier obstáculo que se encuentre. Aunque lo disimula con elegancia, como si lo hubiera hecho adrede. Sus uñas le crecen tanto por falta de ejercicio, que al andar repican en el suelo, como si tocara las castañuelas. Cuando la llamas no responde a su nombre, a menos que se lo grites en la oreja y entonces gira la cabeza, como ofendida. El pelo de toda su cara y gran parte del cuerpo se ha vuelto blanco, tan duro como siempre, tan blanco como nunca.

Es una perra fea, para qué negarlo, pero es resistente y dura como una anciana que se empeña en respirar cada mañana. Que no renuncia a defender su caseta, que no comparte con nadie por impertinente que se ponga. Que es la dueña y señora de los escasos metros por los que deambula con parsimonia pero sin permitir que la avasallen. Cualquier día se irá, pero es dudoso que se rinda. Se irá porque le dará la gana, con ese pasito tembloroso, dándose topetazos con cualquier obstáculo imprevisto, pero llena de dignidad y amor a la vida.

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