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NICA

Lo cierto es que ha tenido una buena vida desde que hace muchos años, alguien la recogió en mitad de la carretera, cuando con agilidad y reflejos intentaba evitar que los coches la machacaran. Ya era fea entonces, paticorta y regordeta, con unas largas orejas totalmente desproporcionadas. Tenía mal genio y no le gustaban las carantoñas aunque a su favor tenía que ladraba poco, con poco interés, casi por cumplir.

Ahora debe tener 120 años en cómputo humano. Y se le notan. No le quedan dientes así que sólo come alimentos blandos que no tenga que masticar, aunque sigue siendo tan tragona como siempre. No debe ver nada o casi nada porque tiene en los ojos una película que los hace opacos. Por eso cuando se aleja demasiado de su caseta, choca con cualquier obstáculo que se encuentre. Aunque lo disimula con elegancia, como si lo hubiera hecho adrede. Sus uñas le crecen tanto por falta de ejercicio, que al andar repican en el suelo, como si tocara las castañuelas. Cuando la llamas no responde a su nombre, a menos que se lo grites en la oreja y entonces gira la cabeza, como ofendida. El pelo de toda su cara y gran parte del cuerpo se ha vuelto blanco, tan duro como siempre, tan blanco como nunca.

Es una perra fea, para qué negarlo, pero es resistente y dura como una anciana que se empeña en respirar cada mañana. Que no renuncia a defender su caseta, que no comparte con nadie por impertinente que se ponga. Que es la dueña y señora de los escasos metros por los que deambula con parsimonia pero sin permitir que la avasallen. Cualquier día se irá, pero es dudoso que se rinda. Se irá porque le dará la gana, con ese pasito tembloroso, dándose topetazos con cualquier obstáculo imprevisto, pero llena de dignidad y amor a la vida.

ANIMALES

Esta semana ha sido San Antoni Abad, festividad con gran seguimiento popular que incluye la multitudinaria bendición de los animales que es un acto la mar de pintoresco y entrañable en el que las familias llevan desde el canario a la mula, pasando por la pecera y la jaula del hámster,  para que reciban las bendiciones de la Iglesia que  les  procurarán, o por lo menos esa es la idea, una  larga y buena vida.

Y es que el amor a los animales es patente en Xàtiva. Hay más de 4000 perros inscritos en el  censo de perros existente, siendo la segunda localidad con más animales registrados. Aunque no están todos los que son,  ya que según el colegio de veterinarios son más de 7000 los animales que viven en la ciudad. Una población perruna que da trabajo a más de 130 hospitales y clínicas veterinarias por lo que se convierte en un nicho laboral de considerable interés.

Lo cierto es que a pesar de algunas tradiciones que más valdría olvidar, el amor a los animales que es rasgo que dignifica a un país y a su ciudadanía, está muy extendido en España . Un amor en la mayoría de los casos que se manifiesta con responsabilidad y coherencia.  De hecho, el 52% de los españoles que tienen mascota reconocen que dedican más de cuatro horas al día a estar con sus animales, siendo así el país en el que más tiempo se dedica a los animales domésticos, por delante de Estados Unidos (39%), Francia (36%) y Alemania (35%).

No solo se trata de perros, aunque sea la opción preferente. Casi un 60 % se inclinan por los gatos y, sorprendentemente, los peces también representan una cifra muy elevada en comparación a otros países, con un 19% de españoles que tienen en casa un pez.

Con todo sigue habiendo prácticas más que rechazables como el abandono de más de 280.000 perros y gatos durante el 2022. Sin contar con episodios que trascienden de vez en cuando relacionados frecuentemente con perros de caza, así como casos de salvajismo con gatos, como el recientemente sucedido en Xàtiva , cuando alguien encontró divertido disparar balines a gatos vulnerables. Actividad que choca de frente con el trabajo y la preocupación que demuestran por el bienestar gatuno,  asociaciones muy activas en la ciudad como Una Huella en el Corazón y CES Colonias Felinas.

No habría que olvidar que el trato hacia los animales no es más que la demostración del grado de civismo y capacidad de convivencia de una sociedad moderna. La brutalidad que demostraban antiguas tradiciones hoy ya extinguidas afortunadamente, la falta de respeto a la vida de otros seres desde la soberbia de considerarse superior y todopoderoso, no son rasgos que configuren precisamente a una sociedad madura. Ya están afortunadamente superados festejos consistentes en apalear a animales, lancearlos, colgarlos, prender fuego a partes de sus cuerpos o arrancárselas, lanzarlos desde alturas o al agua… con el sorprendente objetivo de honrar a patrones y patronas que allí donde estén debían alucinar ante tales espectáculos.

Existe una Ley de Bienestar animal ya aprobada y vigente que exige cambios e impone condiciones en el trato con los animales, pero está pendiente de desarrollos reglamentarios que clarificarán su aplicación. Hay que confiar en que las Administraciones no convertirán el tema en pelota sobre el tejado de otros, sino que lo afrontarán con sensatez y rigor, haciendo lo que haga falta para que los derechos de los animales y de sus amos sean respetados en su integridad y no colisionen entre ellos ni con el resto de la ciudadanía.