Vejez sin idiotez

Se habló hace poco de las Personas Mayores. Era su Día. Vaya por delante que la denominación confunde más que aclara porque excepto las criaturas de cortísima edad y jóvenes menores de edad legal, todo el mundo es mayor.

También se les llama personas de edad. ¿De qué edad? – diría la preguntona impertinente. De una considerable, podría ser la respuesta, por ejemplo los 65 años. Aunque peor aún es oír hablar de “edad del retiro”, como si se tratara de un coche viejo abandonado en la vía pública. O de pensionistas, definiendo a la persona por su situación administrativa.

Como son un botín jugoso en la batalla política, hay quien pretende apropiárselos, y se refiere a ellos como “nuestros mayores “, acepción francamente paternalista y algo humillante en referencia a un grupo humano que se las sabe todas, fruto de su larga experiencia que aunque a veces los haga crédulos y vulnerables, también les proporciona la sabiduría de la supervivencia.

Incurren en un gravísimo error de apreciación, porque los mayores no son de nadie. Sobre todo, son muy suyos, con sus errores y sus aciertos, porque después de toda una vida, la adquisición de la vela 65 no suele producir una catarsis transformadora, sino todo lo contrario un afianzamiento contundente, a veces rozando la terquedad para qué negarlo, en los principios, hábitos y comportamientos que han mantenido durante su larga vida.

La terminología, sin duda, daría para mucho, pero aceptando que hay que marcar un punto, por aquello de ordenar el tráfico generacional, se asume que las personas de más de 65 años, que son más de 5000 almas en Xàtiva, merecen gozar de un merecido descanso, un razonable reconocimiento social y una suficiente calidad de vida.

El envejecimiento es un proceso natural que no lleva obligatoriamente a la dependencia. Ser mayor no es sinónimo de limitación física ni de idiotez. Y de hecho tales situaciones se pueden dar en plena juventud. Ejemplos los hay a montones.

Ellos no son idiotas y por eso aprecian a la perfección el buen o mal trato que se les da. Y no debe haber persona mayor, ni joven tampoco, a quien no se le hiele el alma ante el trato recibido por los 7291 ancianos y ancianas muertos en las residencias madrileñas como resultado de unos protocolos que los condenaron a morir de forma cruel e inhumana y cuyos responsables siguen hoy cómodamente instalados en el poder escondidos tras mentiras obscenas.

Como no son idiotas saben que es su nivel de ingresos lo que asegura su sustento, su cuidado, su autonomía. Y por eso saben que las pensiones se defienden, gobierne quien gobierne. Así han conseguido a día de hoy unas pensiones dignas, suficientes y sostenibles que otros les negaron durante años.

Como no son idiotas saben que a pesar de las mejoras conseguidas, queda mucho que hacer. Como asegurar servicios públicos esenciales como la atención domiciliaria o los centros de día atendidos por personal especializado y satisfecho de sus condiciones laborales. Como contener los precios de la energía y artículos básicos para no ser arrastrados a situaciones de pobreza. Como asegurar la accesibilidad de espacios públicos y viviendas como bien saben quienes habitan el Casc Antic de Xàtiva. Como conseguir que las nuevas tecnologías no sean un factor extra de marginación. Que se lo digan al señor que desafió al sistema bancario que pretendía ningunearlos.

Hay que rendirles homenaje y también mirarlos con respeto. Son el espejo del futuro que nos espera a cualquiera, si hay suerte. Y si exigen mucho a la vida, es porque saben el valor que tiene.

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