Que el fútbol es un deporte complicado en el que confluyen muchos intereses, y no sólo los deportivos, es algo que todo el mundo sabe.
Que las mujeres somos unas impertinentes que queremos hacer y estar allí donde nos da la gana porque consideramos que nada nos debe estar prohibido, ni somos menos aptas para ninguna actividad, también es algo que deberíamos empezar a asumir.
Es un hecho es que 40 millones de mujeres en todo el mundo juegan al futbol. Que en España, cada vez más se pueden ver niñas disputando un partido de fútbol base, muchas veces participando con niños en las competiciones mixtas. Y que las escuelas de fútbol femeninas proliferan mientras que las licencias federativas de mujeres futbolistas en España han crecido un 561% en los diez últimos años.
Con todo, efectivamente el deporte rey ya no es , como tantas otras cosas, cosa de hombres. Quizás desde que una tal Ada Hegerberg, a la que nadie conoce pero que fue quien ganó el primer Balón de Oro femenino, lanzó un mensaje al recogerlo dirigido a todas las niñas del mundo que decía: «creed en vosotras». Y muchas se lo tomaron al pie de la letra.
A esta fecha, en el ámbito deportivo no sólo se trata de que las mujeres consigan los logros más señalados del deporte español en disciplinas como atletismo o natación, o en competiciones como los Juegos Olímpicos, sino de que en el día a día, a pie de calle, hay más mujeres que practican sin complejos su deporte favorito que va y resulta que es el futbol, un deporte que no tiene porqué tener sexo preferente, exactamente igual que el patinaje artístico o la natación sincronizada.
Sin embargo, si es difícil ganar partidos más lo es ganarse el derecho a intentarlo. Las diferencias con el fútbol masculino son evidentes porque factores como el merchandising, el seguimiento mediático, la acogida por parte de público…marcan una contundente diferencia en el prestigio y reconocimiento social de un talento deportivo que sin embargo, no debería depender del sexo de quien lo practique. Y no solamente se trata de la gloria, sino de cuestiones más domésticas y materiales que deben estar resueltas para que una deportista pueda concentrarse únicamente en dar el mejor juego posible.
De ahí la huelga del futbol femenino de Primera División, convocada recientemente en exigencia de un salario mínimo, un protocolo para los casos de acoso, 30 días de vacaciones pagadas, coberturas sanitarias en caso de lesiones de larga duración y ayudas a la maternidad.
Como se ven, condiciones laborales que tampoco son del otro mundo, pero que les permitirían no tener que renunciar a sus sueños ni echar a perder su talento deportivo.
Han tenido que ir a la huelga, secundada mayoritariamente y han podido desconvocarla recientemente, tras torcer la mano de la patronal que se ha resignado a negociar, consciente de que no puede dar la espalda a las que son ya capaces de congregar a más de 60000 personas para presenciar un partido como sucedió recientemente en el enfrentamiento entre los femeninos del Atlético de Madrid y el Barcelona.
Y es que escuchar la negativa de la patronal de clubes deportivos a fijar un salario mínimo digno para las jugadoras alegando escasez de presupuesto, suena poco creíble y bastante ridículo, dadas las cantidades estratosféricas que se manejan con naturalidad para los fichajes de las superestrellas masculinas , y que nadie pone en cuestión. O negarse a reconocer los derechos de estas mujeres en relación a la maternidad o frente al acoso sexual , en los tiempos que corren, es simplemente inadmisible.
A señalar que en esta pugna, las jugadoras han contado con el apoyo de algunos, tampoco demasiados, jugadores varones que han expresado su solidaridad. A destacar el de Andrés Iniesta que cuando ha dicho: «Todo mi apoyo a las futbolistas que luchan por sus derechos. Por la igualdad» ha hecho una inmensa aportación a la causa de las mujeres. Porque con su mensaje ha demostrado que además de un deportista irrepetible y una figura admirada y respetada, es también un hombre que cree en la igualdad entre mujeres y hombres.
Fue el 11 de Junio cuando asesinaron a una vecina de Xàtiva, Isabel Elena Raducanu. Todos los demás detalles que se dieron en su momento por algunos medios -no todos- rozaron el mal gusto y el sensacionalismo más mezquino pero sobre todo no tuvieron ninguna utilidad para hacer comprender la crueldad que esa muerte suponía y las causas reales que la provocaban. Algunos de los titulares que se emplearon para contar lo sucedido a la opinión pública, es mejor olvidarlos porque fueron vergonzosos, apelando a los más bajos instintos del personal y convirtiendo lo que era otro asesinato machista en una especie de espectáculo gore, en el que se jugaba con las hipótesis como quien participa en un espacio de ciencia ficción.
Sin embargo, no votar sería un enorme error. Un verdadero tiro en el pie. En el derecho o en el izquierdo, da igual. Significaría esconder la cabeza bajo tierra para huir del espanto del fracaso político presenciado, dejando expuestas de forma imprudente, otras partes de la anatomía muy vulnerables.
Quizás antaño, la práctica deportiva llevaba nombre de varón. Durante muchos años, hubo un único deporte rey y un único perfil de las personas aficionadas al ejercicio físico. Aunque las mujeres lo realizaban, por supuesto, atendiendo al número de calorías que se queman con las labores domésticas. Pero estaban excluidas de la práctica deportiva como tal, y, lo que es peor, no se veían con cualidades ni disponibilidad para ello. Tampoco ganaban campeonatos, ni ocupaban portadas de los periódicos. Hace apenas 50 años ni siquiera podían participar en carreras populares, hasta que en 1967, Katherin Switzer, burlando la prohibición expresa se convirtió en la primera mujer en competir en la maratón de Boston.

Pero dando por hecho que todavía no nos hemos vuelto locos del todo, hay que pensar que cuando el pasado lunes, todo el mundo, literalmente, clamó por el Trabajo decente es porque existe la convicción general de que el trabajo es un derecho que debe darse en condiciones de libertad, equidad, seguridad y dignidad humana. Lo que no sucede en general si se piensa en las personas que han fabricado algunas de los productos que usamos a diario, desde la ropa a los móviles.
Es una iniciativa que refleja un interés creciente y sostenido por analizar una realidad tan cotidiana como son los problemas para trasladarse que se sufren en las ciudades y pueblos. El objetivo es detectar esos conflictos, menores en apariencia, que complican la vida de la gente para intentar ponerles solución. En 2019 se celebra del 16 al 23 de Septiembre en multitud de ciudades de España y Europa.