El blog de Mar Vicent Artículos destacados

EN EL SUPERMERCADO

Nunca fue especialmente divertido o gratificante ir a comprar al supermercado, peaje obligado que, a pesar del compromiso ético con el pequeño comercio,  se sigue pagando alguna vez que otra. Sin embargo en los tiempos del coronavirus, las incursiones han perdido cualquier atractivo que pudieran tener ( rapidez, diversidad, aparcamiento..) para convertirse en una experiencia estresante y peligrosa. comprador 2

Para empezar cualquiera con dos dedos de frente sabe que allí como en cualquier sitio cerrado y de previsible confluencia con otras personas, hay que llevar el equipo completo antiCOVID, consistente en la mascarilla antipática y los guantes torturadores. A éstos últimos se ha de añadir después los de la propia empresa que te los proporciona junto con un remojón gratuito de solución  hidroalcohólica.  Ahí ya se suelen ver muestras del despiste y estado de nervios que la experiencia ocasiona a algunos, porque esa debe ser la causa de ver a compradores  confusos intentando dilucidar ante el extintor de fuegos, la palanca que han de apretar para cumplir con su responsabilidad. Si hay suerte y un guardia de seguridad cercano, les echará una mano y se podrán ir con la cabeza alta, las manos húmedas y un mayor conocimiento de las medidas de seguridad existentes en la tienda.

También se ha visto quien en lugar de estrenar guantes, los coge  – usados y por evidente confusión- de la papelera cercana cuya ubicación no es la más acertada por lo que se ve. O peor aun, se quita los que llevaba puestos, estirando la punta de los dedos con la boca (¡!!), para sustituirlos por los que les facilitan.

Una vez dentro, la mascarilla ejerce un efecto sorprendente porque no solo acaba produciendo  una apnea considerable,  tal cual como si estuvieras en inmersión submarina , sino que además, contra toda lógica, te impide ver y oir  bien. No ves los productos, no encuentras lo que buscas, y no reconoces a nadie. En cambio hay gente   que te saluda, o lo intenta, con una efusividad  totalmente fuera de lugar. El espectáculo de quien quiere saludar con beso y abrazo entregado porque es de talante cariñoso y no considera que haya que exagerar las normas,  frente  a quien rechaza de plano el contacto mediante la interposición de carrito o  el disparo del codo,  puede resultar sumamente revelador de la naturaleza humana. Casi tanto, como ver a criaturas aburridas que en momentos de despiste de sus cuidadores -que tienen un punto humano y falible- pasan la lengua con delectación por el asa del carro , en una visión que fascina tanto como paraliza.

En fin, la etapa final en la caja que te suele pillar en un estado considerable de cansancio y confusión, exige concentración y agilidad. Te enfrentas a una cajera, pertrechada con la armadura necesaria, más cansada seguro que tú que  llevas solo un rato , mientras que ella lleva toda la jornada,  que seguramente te echará una sonrisa comprensiva al ver tus agobios y sofocos,  aunque tú no te enterarás porque solamente le ves las orejas.

Si no te has actualizado y pretendes pagar en efectivo –mal hecho- tendrás el castigo añadido de intentar contar billetes y monedas con esa doble capa de guantes, bajo las cuales ya no hay manos, sino muñones chorreantes.  Si pagas con tarjeta, cuidado, porque ya se han dado casos en que en el fragor del embolsamiento, una se lleva el datáfono a casa junto con las lechugas. Y luego ha de devolverlo y afrontar un cierto sentimiento de culpa y ridículo.

Experiencias del coronavirus en clave de humor. No porque el tema no sea terriblemente serio, sino porque si no ponemos humor para sobrevivir, la supervivencia hará que nos olvidemos de reir que es la terapia más barata y efectiva contra el pesimismo desintegrador.

IR DE COMPRAS

Seguimos saliendo a la calle, asustados ante la presencia de un virus invisible pero peligroso, pero empezamos a mirar el mañana, el día de después, que casi resulta igual de aterrador. Oir las cifras es como padecer una granizada al descubierto, porque cada una es peor que la anterior. Nos perdemos en los miles de millones, pero lo cierto es que cualquiera es capaz de anticipar que vienen malos tiempos, malísimos, en los que vamos a tener que cuadrarnos ante la andanada económica y protegernos mutuamente para que, a diferencia de lo que ha pasado en otras ocasiones, no haya una salida con alfombra roja para algunos, mientras que la gran mayoría intenta escabullirse aunque sea a cuatro patas para poder sobrevivir. apoyo al comercio

Un factor esencial para la recuperación es el mantenimiento de los pequeños comercios que al subir las persianas en las actuales circunstancias, no solo hacen una apuesta valerosa para salir adelante sino también una importante contribución al futuro de las ciudades y pueblos. No es fácil amasar grandes fortunas desde un pequeño comercio, pero con suerte se puede vivir bien a la vez que se presta un servicio fundamental a unas ciudades a las que facilitan un eje vertebrador  basado en la presencialidad y el reconocimiento mutuo. Ya antes del virus, sus negocios  no eran fáciles de sacar adelante porque exigían  mucho trabajo con cero garantías y en durísima competición con otros modelos (la venta online, las grandes superficies…) que no daban tregua en su inequívoca pretensión de ocupar el mercado. Parece cómodo y fácil comprar desde el sillón a golpe de tecla, pero el efecto final es demoledor para las economías de subsistencia  y  la convivencia.

Pero ahora, noqueados y llenos de temores, las peluquerías y las pastelerías,  las tiendas de ropa, los bares y restaurantes, las librerías y papelerías,  los gimnasios, herboristerías … no hablan de rendición, ni de resignación. Al modo de David contra Goliath, el pequeño comercio presenta una tozuda resistencia para no desaparecer.  Ya se sabe que no es  valiente quien no tiene miedo, sino quien se enfrenta a él.

Por ellos no va a quedar, y así queda demostrado en las redes sociales donde en un grupo llamado  “Yo compro en Xàtiva”, se suman esfuerzos, experiencias, consejos y algo de terapia. Se percibe su  firme voluntad de no tirar la toalla y pelear duro por sacar adelante sus negocios. Van a contar, sin duda,  con ayudas y subvenciones provenientes de las Administraciones, pero su mayor garantía de victoria es su capacidad de resistencia, de rebelarse  contra las cifras que sólo indican pérdidas, de no entregarse al catastrofismo y darse por derrotados,  buscando culpables a quien insultar  en lugar de soluciones para progresar. Saldrán adelante con imaginación y creatividad, con persistencia, con generosidad y humildad. Son comerciantes y tienen algo que las grandes superficies y el comercio electrónico no pueden ofrecer: contacto humano,  mutuo conocimiento,  trato amable y  cercanía. Y son también una forma de invertir en el futuro de la ciudad ya que los estudios demuestran que el dinero de las compras que se hacen en los negocios de proximidad se mueve en la ciudad tres veces más que el dinero invertido en grandes cadenas que sale casi de inmediato de la región y en muchas ocasiones del país Su existencia es  imprescindible si  queremos vivir en un espacio que sea sostenible, sano, donde no sea obligatorio coger el coche para comprar el pan.

Ir de compras es una actividad cotidiana de quienes somos el último eslabón del sistema económico, pero nuestra decisión, nuestra elección tiene repercusión directa en el modelo de sociedad que queremos vivir.

OPOSICIÓN LEAL O CRIMINAL

Que el PP sea desleal a Sanchez no es ninguna novedad, como que los nacionalistas tiren para casa como hace la cabra al monte, porque es su naturaleza y no se puede evitar. Pero si entre unos y otros, por la aritmética de las votaciones, todo el entramado de protección jurídica y social que se ha levantado en este país se va a la mierda, la deslealtad no será entre los partidos, sino hacia una ciudadanía que ha hecho un esfuerzo histórico por asumir sus responsabilidades, a caballo entre el miedo y la esperanza.lealtad2Vivir en Estado de alarma no es algo deseable para nadie. Sentirse constreñido, controlado, dirigido hasta en las decisiones más personales, tutorizado por el Estado como si fuéramos menores de edad mental, a los que no se puede dejar a su libre albedrío no es situación grata para nadie. Vivir rodeados de prohibiciones, de normas, de horarios e imposiciones no es cómodo, ni fácil, ni deseable. Percibir un país parado que presencia pasivo como la inactividad nos conduce, lentos para seguros, a la ruina individual y colectiva, es una experiencia amarga y desasosegante.

Pero si, como la mayoría hemos acabado por comprender, es la única forma y garantía de superar un trance colectivo que afecta algo tan básico como la supervivencia, abrazamos el Estado de Alarma, no con cariño, pero sí con absoluta responsabilidad. Y no es amor al Gobierno, ni a los partidos que lo componen. No es seguidismo,  connivencia, complicidad. Responde a un instinto básico de conservación junto a una confianza relativa pero refrendada porque las decisiones tomadas parecen razonables, están avaladas por quienes tienen realmente el libro de instrucciones para combatir el virus y además parecen dar buen resultado.

Lo cual no quiere decir que los rojos se hagan rosas, o que los azules dejen de serlo. Que hayamos dejado de ser país de lealtades ciegas y odios infundados. Solo que la gente es mil veces más sensata y juiciosa de lo que está demostrando la oposición de este país que sigue practicando la política estrecha y mezquina  de dar leña al mono. Que al contrario de lo que están haciendo en otros países, está utilizando una crisis sanitaria global y descomunal para mantener ese sucio estilo opositor que consiste en ensuciar, desgastar y demoler aunque se dañe y se destruya de paso a toda la sociedad, sin ofrecer mejores alternativas, cultivando el rencor y la desazón para convertirlo en munición para sus intereses.

Pues ya se sabe, quien siembra vientos….y si se desarman todos los mecanismos de protección social dejando a las familias solas con su miseria, si se permiten los viajes y los abrazos que tanto ansiamos,  es muy probable que se pierdan los inestables avances en esta guerra sin cuartel. Y eso significa perder vidas que es lo único que debería preocupar a cualquier persona decente.

MADRES

Fuimos madres a veces sin pretenderlo, a modo de sorpresa que te da la vida y que  te dura, ya toda la existencia. Otras veces fue resultado de nuestro empeño, de nuestra personal decisión que tomamos por razones que nunca explicamos a nadie, ni siquiera a nosotras mismas.

Fuimos madres reidoras, divertidas,  satisfechas que disfrutamos de la infancia feliz y cansada de quienes giraban en torno a nosotras, pidiendo amor y papillas, higiene y canciones de cuna. Que a veces tuvimos instructoras  que nos silbaban en el oído, pero otras,  estuvimos solas, sin manual de instrucciones  y así superamos largas noches de insomnio por un diente impertinente o un oído doliente.MAMA

Fuimos madres dedicadas, esforzadas, empeñadas. Sufridoras, preocupadas, siempre intentando estar a la altura del desafío que significaba hacerse cargo en cuerpo y alma del destino de otro ser. Hasta que comprendimos que, en realidad, su  destino estaba en sus manos, no en las nuestras. Y lo que hacen las madres , en realidad, es solo intentar colocarte en la mejor posición de salida,  abrocharte unos buenos zapatos que no te hagan tropezar a mitad camino, y mirarte, ya calladas, mientras que inicias el recorrido.

Somos madres definitivas que jamás abdicamos, que nunca  dejamos de repasar cada noche la lista de nuestros retoños aunque sean hombres y mujeres autónomos y autosuficientes, competentes en sus vidas y soberanos en sus decisiones. Pero somos sus madres, lo hemos sido siempre, y lo seguiremos siendo porque  hemos peleado por construir vidas completas, las suyas y las nuestras, y entre ambas, a pesar de la  distancia visible e invisible, existe un  vínculo que es permanente e indestructible.

 

PAÍS EN CHANDAL

Igual que fue sorprendente en su día constatar el alto número de paseantes de perro que habitaba el país,  ha sido hoy emocionante descubrir  la fantástica y generalizada afición a la práctica deportiva.  En cualquiera de sus grados, desde el runner superequipado al que se solo se ve el trasero cuando te adelanta hasta el paseo cansino pero satisfecho de parejas convencionales que no van a ninguna parte.

odiar para flojitosTodo un país en chándal  ha tomado las calles y las avenidas para darse el sencillo placer de estirar las piernas o sudar las camisetas porque lo importante no era, aunque también, ver y dejarse ver después de tantos días de soledad. Ni tampoco estrenar ropa deportiva que mola, ni conseguir un cuerpo escultural, que eso vendrá después.  Era respirar aire libre precisamente el que no suele oler a nada, o levantar la vista sin toparse con una pared o una finca. Se trataba simplemente de  mover ese cuerpo anquilosado  al que parecían sobrarle las piernas después de tanta inactividad .

El paseo puede causar efectos alucinógenos tras el periodo de privación vivido, provocando desaforados  sentimientos de estima y solidaridad. Quizás por eso se vuelve con la idea pujante de que somos un país que se merece salir adelante, compuesto en su mayoría de buena gente, de gente decente que no le desea mal a nadie y solo quiere vivir en paz. Que no le pide a la vida grandes posesiones o inmensos poderes, sino  poder vivir con dignidad, con bienestar y en libertad, disfrutando sin privilegios ni exclusiones de placeres tan  básicos y usualmente poco valorados, como el de pasear una tarde de casi verano, a la hora de la puesta del sol.

Solo sobran, en este paisaje idílico,  y no del todo irreal, ese puñado de ciudadanos que viven en y para el odio. Que disparan a todo lo que se mueve. Que llevan el NO tatuado en la conciencia, porque decir SI , si es muestra de apoyo mutuo o solidaridad, les parece que es muestra de debilidad Que mienten a los demás y a ellos mismos, que no saben construir nada porque su empeño es dinamitar las bases de la convivencia. No son muchos pero vociferan con una potencia que engaña y contamina. De hecho son capaces de arrastrar a quienes, aun estando a veces en las antípodas políticas, interiorizan ese discurso de desafección permanente y crítica feroz que sólo habla de lo mal que hacemos las cosas, de nuestro espíritu de insubordinación egoísta e irresponsable.

Pero somos un país que ha cumplido con lealtad y sacrificio las condiciones que le impusieron para garantizar un final feliz para todas las personas, sin dejar efectivamente a nadie atrás. Somos, es verdad, un país nada fácil  que todo lo discute y lo critica pero que en esta ocasión hemos dado la talla. Cada cual en la parte que le tocaba. En el compromiso colectivo y en la responsabilidad individual. Le pese a quien le pese.

Así que a pesar de que sean tan insistentes los tambores del odio, mejor no entrar en el refugio inútil del rencor y la descalificación global, y reconocer y celebrar que valemos la pena como sociedad, que el esfuerzo ha valido la pena  y que por eso hay que seguir luchando  por salir de ésta.

CUANDO TRUENA…

Este año se presenta un primero de Mayo obligatoriamente  imaginativo y virtual protagonizado por toda esa  gente que trabaja para vivir o vive para trabajar. Y que por ello, agradecería  poder hacerlo en las mejores condiciones. sindicatos roto

Es un Primero de Mayo raro, pero más necesario que nunca porque si alguien ha sido protagonista de la experiencia colectiva que estamos viviendo ha sido la gente trabajadora y si alguien merece esas medallas que algunos tanto ansían aunque  no sirven para nada, es la gente currante que se gana el pan con el sudor de su frente,  un día sí y otro también. Esa gente que conforma una mayoría más silenciosa de lo que debiera y que a base de pico y pala, aunque sea en sentido figurado, saca adelante un país que no tiene riqueza mayor que su inagotable capacidad de trabajo y esfuerzo.

Los Sindicatos que son por definición el espacio en donde se asocian los trabajadores y trabajadoras con el objetivo de defender sus derechos  políticos, sociales y laborales convocan en esta fecha  manifestaciones  donde  las organizaciones sindicales se hacen presentes para demostrar quienes son y dónde están. Pero quizás, ante las sonrisas sardónicas que se puedan haber producido al hacer mención a los Sindicatos, sería conveniente alguna reflexión previa.

Los Sindicatos como organizaciones que defienden los derechos de los trabajadores y trabajadoras existen en España desde  1840. Existen en el Estado español más de 50 organizaciones sindicales, siendo las que obtienen mayor representación CCOO y UGT.  Conquistaron  derechos y contribuyeron al levantamiento del Estado de bienestar cuando eran tiempos de fábricas, minas, astilleros y grandes empresas donde el roce hacía el cariño y la solidaridad y los currantes se organizaban con facilidad y poderío. Ahora no viven su mejor momento  aunque Comisiones Obreras,  la organización no gubernamental con mayor afiliación de todas las existentes, cuenta con más de un millón de personas afiliadas. Pero el  auge de las pequeñas y medianas empresas o  la aparición de nuevos modelos productivos se lo ha puesto difícil, sin mencionar la precariedad laboral que es terreno abonado para la resignación y el miedo. A  ello  se suman  decisiones a veces equivocadas y el desprestigio sufrido por casos puntuales de corrupción  aunque sea injusto que las manzanas podridas contaminen la credibilidad y prestigio de toda una organización.

Con todo, cuando vienen mal dadas, cuando en las empresas se imponen condiciones que pisotean alegremente  derechos laborales, cuando se ofrecen salarios de miseria al modo de las lentejas, cuando se estafa con  las horas extras o los horarios, cuando, en resumen,  se oyen los truenos, es cuando se recuerda a Santa Bárbara, es decir a los Sindicatos. Porque constituyen la última barrera de protección ante abusos, el batallón de caballería que podrá impedir que el capitalismo en su expresión más feroz les robe  hasta la cabellera. Quizás de ahí vienen tantas molestias para desacreditarlos y neutralizar su faena reivindicativa que tan incómoda puede resultar a veces.

Ahora resulta pasado de moda recordar que fue la lucha de los Sindicatos  la que consiguió la jornada de ocho horas, o la prohibición del trabajo de niños y mujeres en jornadas interminables de hasta 14 horas. Pero está a la vuelta de la esquina la necesidad imperiosa de evitar que en Madrid despachen, entre aplausos y poco más, a más de 10.000 sanitarios como pretende la Comunidad de Madrid o impedir que 2000 trabajadores de Ferrovial se queden en la calle a las bravas como pretendía la empresa.

Se avecina una tormenta casi perfecta en materia económica que se va a llevar por delante el empleo y va a traer sufrimiento y miseria a gran parte del personal que, sin embargo,  todavía está a tiempo de acordarse de Santa Bárbara y no precisamente para ponerse a rezar.

LA CASA DE PAJA

Esta es  una versión actualizada del famoso cuento de los tres cerditos, adaptada a las circunstancias como se suele decir. Todo el mundo sabe que  uno de los cerdos en cuestión se construyó , por aquello de trabajar lo menos posible, una casita de paja , que ardió con facilidad cuando el lobo atacó y le dejó, como vulgarmente se dice, con el culo el aire. Luego la  historia continuo, y tuvo un final feliz, que no voy a destripar por respeto a quienes a estas alturas, se hayan olvidado del relato. casita paja

Habría tenido poco éxito una versión, que relatara que el tonto del cerdo ante el lobo pirómano volvió a construir una casa exactamente igual, es decir, de paja. Porque todo el mundo hubiera captado la estupidez de tal decisión, que volvía a dejar al cochino en la misma situación vulnerable. El ataque se podría repetir  y  también la tragedia, incluso con peores resultados. Claro que el animal, que no tiene fama de listo precisamente,  podría alegar que lo necesario era levantar cuatro paredes para protegerse y que no era momento para ponerse exigente, porque el tiempo amenazaba lluvia y lo urgente era buscarse un techo, que más da que fuera de paja, madera o hierro.

A algo así suena lo que nos está pasando cuando se oye hablar de planes de reactivación, de vuelta a la normalidad, que pretenden reproducir sin variar una coma, el modelo económico que teníamos ante del desastre,  como si fuera un modelo perfecto e inamovible que no necesitara mejoras y nos permitía vivir en el mejor de los mundos posibles.

Quizás habría que recordar que en este país había mucha gente que trabajando vivía en la pobreza, con una precariedad humillante y unos salarios de miseria. Que la desigualdad era la norma con tremendas asimetrías entre unos y otras, que la convivencia era difícil porque el cuidado de las personas no estaba garantizado, porque el valor del trabajo siempre se medía en cifras y no en el bienestar común que generaba.

Quizas habrá que refrescar memorias y recordar que la pandemia que hemos sufrido no es casual, ni un accidente, ni una jugada del destino. Es la consecuencia lógica de una forma de administrar la riqueza que sólo tiene en cuenta el beneficio económico fomentando un consumo compulsivo a base de la explotación descontrolada de los recursos. Aunque sea a  costa de devastar un planeta cuyas posibilidades de subsistencia son finitas y dependen de un cuidado equilibrio de las especies que lo habitan. Todo eso del calentamiento y del cambio climático, de las catástrofes naturales, de la desaparición de especies vegetales y naturales no es un estudio de ciencia ficción que ni comprendemos ni nos importa un pimiento. Es la clave, el origen y la explicación de lo que está pasando y de lo que puede llegar a pasar. No es un discurso de gente moderna, de científicos locos, de políticos paranoicos. Es una realidad, una puñetera y terrible realidad que ahora se ha manifestado de la forma  más brutal, que ni aun así está consiguiendo hacer entrar en razón a los afectados, es decir, a nosotros, a la Humanidad.

Porque somos tan miopes que tras el lamento sincero y lógico por las muertes ocasionadas, dominados por una comprensible preocupación por las situaciones de miseria económica que se van a generar, nos empeñamos en volver a la normalidad, esa normalidad que ahora tenemos la oportunidad de revisar de cabo a rabo, para ver  lo que  hay que mantener y  lo que hay que enterrar y erradicar, lo mejor y más rápido posible.

No se trata de perder ahora, precisamente ahora el contacto con la realidad y ponerse a pelear contra molinos de vientos. Pero sí es posible  tratar de hacer las cosas de otra forma,  enderezar el rumbo que claramente nos llevaba a un desastre anunciado, para establecer otras formas de subsistencia, de producción, de relación con la naturaleza y el entorno. Otros modelos productivos donde se valore  lo local, se trabaje por la autosuficiencia,  se proteja  la agricultura y la ganadería como fuente de recursos básicos. Donde la industria del turismo no sea el único recurso y las tareas de cuidado, de atención a las personas vulnerables, de limpieza,  merezcan la atención y los medios y el reconocimiento que merecen aunque ya no tengan los aplausos de las ocho. Donde la gente no viva para trabajar, sino que  trabaje para vivir, con salarios suficientes, con horarios y modelos de trabajo racionales que permitan la conciliación.

Vivíamos en un sistema lleno de contradicciones y lo sabíamos. Lo sufríamos. Y entramos ahora en un período de recesión  que amenaza duramente la subsistencia de muchísimas familias. Para hacerle frente se organizan los Ayuntamientos, como han hecho aquí en nuestra ciudad. Pero se trataría ahora de no olvidar lo aprendido e incluso lo prometido en programas electorales, para que al  trabajar para reactivar la ciudad no se reiteren  errores históricos. Para hacerlo  en clave de futuro,  sin tener miedo a quemar lo que es viejo y caduco al más puro estilo fallero y a innovar lo que haga falta, sin someterse a inercias que son cómodas pero no nos harán progresar.

No construyamos otra casa de paja, que nos puedan incendiar en cualquier momento.

 

 

 

 

 

QUE NADIE SE QUEDE ATRÁS

Se ha reunido ya, y al parecer lo va a hacer con carácter semanal,  una comisión convocada por el Ayuntamiento para empezar  a trabajar en la reactivación de la ciudad. Estamos lejos de cantar victoria en la crisis sanitaria, pero no viene mal esforzarse en definir las vías de recuperación de una ciudad  que como tantas otras, afronta una situación económica que roza la tragedia,  aunque ciertamente no se hayan puesto todavía sobre la mesa las cifras exactas del desastre.

FOTO XATIVAEn esa comisión no va a ser como la de los hermanos Marx que recomendaban formar comisiones para garantizar el fracaso de cualquier proyecto. Participa el   Gobierno municipal, la oposición y los agentes sociales y es una apuesta muy seria porque son muy graves los problemas que se han de afrontar. En ese sentido, quizás se podría pensar  que le  falta gente porque Xàtiva es una ciudad vivida de diversas maneras por muchas personas y toda ayuda es necesaria para  resurgir de las cenizas, algo que los setabenses saben hacer tan bien. Más  aún, cuando se debería tener la  pretensión añadida de aprovechar la oportunidad para impulsar un nuevo modelo de ciudad, que dejara atrás  los lastres que la empobrecían y diera paso a una  comunidad diversa, sostenible, moderna y culta de la que nadie sea excluido.

Esa es la idea, al parecer. Que nadie debe quedar atrás. Por ello, es obligado  que los esfuerzos iniciales,  el primer empujón,  la primera ayuda se destina a  los que más atrás se han quedado. A los que más han perdido,  y han  quedado más desnudos y expuestos que nadie porque así estaban antes de que  sonaran las sirenas y todo lo sucedido no ha contribuido precisamente a mejorar su estado de cuentas.

La primera prioridad debiera ser constatar con toda crudeza y realismo las nuevas  situaciones de necesidad aparecidas en materias tan básicas como la comida o el techo por  la desaparición de medios de vida sustentados en la economía informal, no reconocida pero que daban de comer a muchas familias. Es prioritario atender a la gente que hace semanas que  no percibe ningún tipo de ingreso y no tiene  colchón alguno  que amortigüe su desgarro económico o asumir la nueva realidad de las familias que se mantenían, casi rozando la  exclusión social pero luchando con uñas y dientes para sobrevivir y ahora se ven ahora completamente noqueadas

A esa gente hay que darles respuesta ya. Esas neveras se han de llenar,  esos recibos de la luz  y esas facturas de gas, esos alquileres han de encontrar solución. Y no se trata de incrementar la caridad, jodido concepto que siempre resulta humillante porque transita de arriba abajo, sino de hacer un reparto equitativo de lo que se dispone. No se trata de subvencionar por compasión sino de facilitar ese oxígeno imprescindible  que ahora tantos necesitan para poder retomar el control sobre sus vidas.

Habrá quien no entenderá la urgencia, incapaz de empatizar con situaciones tan desesperadas. Quien pensará en la intimidad de su conciencia,  que merecen ahogarse quienes se tiran al  río sin salvavidas. Y a esos habrá que explicarles que no superaremos en realidad la crisis, no seremos mejor ciudad, ni será posible alcanzar el nivel de bienestar al que aspiramos, si no es participado por todos y resultante también del esfuerzo común.

En cualquier caso,  la recuperación de una ciudad como Xàtiva está vinculada de forma indiscutible a la recuperación del pequeño comercio y las medianas empresas. Muchas de ellas andan en la cuerda floja, haciendo difíciles equilibrios entre el cierre definitivo y la acumulación de deudas y facturas, con tristes  balances sin ingresos, ni ventas, mientras que sus deudas  y compromisos financieros siguen vigentes. Son multitud en Xàtiva los  y las autónomas,  gente valiente que arriesga su capital y aporta su inmenso esfuerzo en una apuesta sin garantías que a veces sale bien, y a veces se estrella contra la dura realidad. Profesionales que se esmeran en progresar, gente joven que desde la nada quiere hacerse su hueco de futuro y que ahora han naufragado ante una tormenta perfecta que ha desbancado todas sus posibilidades.

Con ellos y para ellos se ha de establecer la hoja de ruta que permita construir una Xàtiva moderna pero respetuosa con el pasado, sostenible en su relación con el entorno, diversa en su modelo productivo, justa en el reparto de la riqueza. Una ciudad con pasado y con futuro que siempre pueda presumir de que, cuando vinieron mal dadas, hizo el esfuerzo necesario para hacer de la desdicha, oportunidad, actuando con inteligencia para deshacerse de modelos obsoletos y con generosidad  para no dejar a nadie atrás.

UN DUELO DIFERENTE

Estamos viviendo una situación  dolorosa y llena de incertidumbres,  difícil de  asumir en toda su integridad, que, como en los duelos, implica atravesar  diversas  fases, aunque con alguna diferencia esencial.mujer pensando

Hubo un primer momento de negación  de mayor o menor duración según el índice de tozudez de cada cual. Parecía imposible, era una pesadilla, una inmensa broma, un delirio grandilocuente para tomar el  pelo a todo un país. Con todo, la inmensa mayoría asumió disciplinadamente los costes del confinamiento derivado del Estado de Alarma aunque, en algunos casos, superar la fase del descreimiento fue especialmente duro. Hubo quienes ofrecieron   brutales resistencias hasta que  la realidad se impuso con toda rotundidad. Entonces, los últimos recelosos, los más displicentes se vieron obligados a abandonar esa cómoda actitud de elegante escepticismo para hacer,  en algunos casos,  un rápido y sorprendente viaje al otro extremo, al de los que ya  habían captado la magnitud del problema mucho antes que cualquiera. Y por eso de ser abanderados del escepticismo y ridiculizar las primeras medidas,  acusando de catastrofistas cobardicas a quienes las proponían, pasaron a ser pontífices del desastre, almas en pena  predicando los mayores infortunios  como bien habían predicho ellos desde siempre. Sería divertido observar su vaivén si no fuera porque en ambos puntos del péndulo, su actitud solo ha servido para cavar más hondo el agujero, para echar más tierra en los ojos de quienes los tenían bien abiertos, absolutamente necesitados de encontrar un camino que ofreciera esperanza.

Avanzando  las semanas fue fácil sentir la ira, la indignación, las ganas de pelea que se veían enormemente frustradas por la falta de enemigo. Porque el virus que nos amenaza es omnipresente, pero el maldito no da la cara hasta que ya es demasiado tarde. Y eso alentaba, y mucho,  esa furia interior que necesitaba alguien a quien tumbar para no asfixiarse en la propia rabia. No todas las furias son iguales porque a las de origen espontáneo se unen otras,  fríamente fomentadas por gusanos sociales de negro corazón que sólo pretenden dinamitar los puentes para conseguir el propio beneficio, aún a costa de  un desastre fenomenal.

Tras la cólera que agota y es estéril, se intenta negociar. Pero hay poco que negociar en esta situación.  Este enemigo no hace prisioneros, ni ofrece tregua. Aquí no caben soluciones individuales, ni tratos de favor. Aunque no todos sean igual de vulnerables y frágiles, se necesita un compromiso universal para hacer triunfar a la vida sobre la muerte. Y por eso la negociación es no sólo es  imposible, sino inútil.

Y entonces llega la depresión, la tristeza que paraliza, la nostalgia de lo que teníamos y no dábamos valor. Recordar a quienes éramos ayer es constatar la infravaloración de todo aquello que constituía nuestra vida y que entonces nos parecía, en muchos casos, insuficiente. Anticipar el futuro es desalentador porque todas las señales indican que va a ser mucho más complejo y dificultoso de lo que somos capaces de imaginar.

Alcanzamos entonces la fase de la aceptación que incorpora una diferencia esencial.  Porque ante la muerte de los seres queridos no hay más herramienta que el recuerdo. Pero al final de este duelo motivado por la desaparición de una forma de vivir y convivir,  la pérdida no es irreparable, aunque sí lo sean las miles de vidas truncadas. Cuando aterricemos en esa realidad difícil y arriesgada que nos espera, tenemos la posibilidad, solo la posibilidad, de reaccionar como nunca hemos sabido hacer hasta ahora, sacando lo mejor que cada persona lleva dentro para construir un presente diferente y prometedor, libre de todo tipo de virus tóxicos, los  microscópicos y los bien visibles.

TORPEDOS A TRAICIÓN

Quien diga  que la situación que estamos viviendo es fácil, mentirá como un cochino. Quien intente minimizar el alto coste que estamos pagando  las personas que vivimos confinadas desde hace ya un mes largo, se merece un buen cachete. Un poco más contundente incluso para los listos que quieren aliviar de forma tramposa la dureza del encierro considerando que se merecen un trato de favor por ser quienes son.

Fácil no es, lo que estamos pasando, porque lo que al principio parecía ser una experiencia provisional, digna de ser contada a nuestros nietos, dura pero concentrada en el tiempo, se está convirtiendo en una especie de pesadilla de la que no nos dejan despertar. Tanto tiempo viviendo con restricciones hace que las tensiones se acumulen y las carencias se hagan más evidentes. Y la incertidumbre sobre el final, no ayuda precisamente a sobrellevar una situación que requiere paciencia, confianza y responsabilidad a toneladas.

Por ello, no es tolerable que nadie pretenda  estafarnos haciendo uso de privilegios para darse un paseo al aire libre, como el que todo hijo de vecina se daría la mar de a gusto. Y es cierto que nos come la mala leche cuando se ve, por ejemplo,  a un Expresidente del Gobierno, a ese  que cuando camina mueve los bracitos como si fuera Lola la Piconera,  pillado  cuando se da su  paseo  habitual. Un paseo por el que hoy pagarían muchas personas.

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Verle a él, precisamente a él,  hunde un poco la moral de esa mayoría ciudadana que  en todo el Estado y en Xàtiva también,  está dando el callo, con una gran responsabilidad colectiva para levantar barreras ante un enemigo invisible y letal. Que no puede admitir trampas y deserciones, sobre todo en personajes cuyo compromiso debería ser ejemplar por las responsabilidades que han ocupado.

Pero igualmente son condenables, porque nos debilitan y nos hacen más vulnerables,  esas voces negras que desde el cinismo desacreditan el esfuerzo que realizamos, falseando la realidad. Esas voces negras que solo señalan los errores, que solo resaltan los traspiés que evidentemente se están produciendo para afrontar una situación para la que no hay manual, ni precedente, ni solución fácil e inmediata.

Lo cierto e innegable es que somos  mayoría los que apostamos por el bienestar común desde el encierro y solo unos pocos  ególatras  endiosados los  que se pasan por el forro lo anterior.  Porque conductas como la del Ex presidente,  no son la regla sino la excepción.

Lo honesto es reconocer que con improvisaciones, tropezones, incongruencias y seguro que multitud de errores,  a quienes les ha tocado este marrón están haciendo lo que mejor creen y pueden,  para solventar la situación de la mejor manera.

Así que sería hora, por una vez que este país de escépticos profesionales, de criticones crónicos bajara el cañón del fusil de la crítica destructiva que todo se lo lleva por delante  y arrimara el hombro. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que en su momento, cuando de todo esto se pueda hablar en pasado,  se pasen cuentas, se haga balance y se asuman responsabilidades. Pero el sentido común impone una lógica espera, una necesaria espera hasta que la situación no se lea en base a insufribles cifras de personas fallecidas, sino pudiendo mirar hacia delante con esperanza.

En Xàtiva hay una lectura única y solidaria de la situación, compartida por toda la ciudadanía, por todo el Ayuntamiento, por todas las instituciones.

Una unidad de acción que hay que agradecer, y que ojala existiera en todo el país, porque bastante peligro y riesgo tiene la situación como para aumentar la tensión atacando con críticas y descalificaciones nuestra moral de victoria. Sólo saldremos de esto, juntos,  desde la confianza mutua, desde el apoyo recíproco. Solo con esperanza, con lealtad y concordia , encontraremos la puerta de salida de esta pesadilla que vivimos.