Categoría: salud

CACEROLAS Y LIBERTAD

Es fácil perderse entre fases enteras y medias fases, entre franjas horarias, tamaño máximo/mínimo  de los grupos y esa sutil distinción que obliga a pasear con las criaturas para no ser abroncadas, distribuidas equitativamente entre los progenitores, mientras que al pelotón, en amor y compañía, pueden dirigirse a sentarse en una terraza a tomarse un helado, sin que nadie les respire.

Son, en todo caso, menudencias, disonancias, difíciles de evitar cuando se tiene que organizar la vida de todo un país, que por otro lado no es demasiado aficionado a que le digan lo que tiene que hacer. cacerolada1

Aunque es también  un país que, como ha quedado demostrado, es muy capaz de actuar ante la disyuntiva correcta (vivir sano en aislamiento o morir enfermo en la barra del bar)  con absoluta responsabilidad.

Todos, menos ciertos ciudadanos para los que las manifestaciones siempre habían sido algaradas de la chusma,  y que  justamente ahora han descubierto que las cacerolas, objeto doméstico tan invisible e ignorado como quienes las limpian todos los días, tienen otra utilidad.

Así que apropiándose del glorioso y prostituido concepto de  libertad, salen a la calle a reclamarla al mismo tiempo que hacen un  uso indebido  de  ella, sin explicar  que  su exigencia pasa por  saltarse las normas que  han salvado el pellejo de mucha gente, a costa del sacrificio de otros muchas, y dejando en el camino unas ausencias intolerables que no merecen ser olvidadas.

Crece la impaciencia de llegar a la fase III o la que sea, en la que se pueda ocupar  la calle con cierta flexibilidad. Entre otras cosas para  dejar constancia de que la mayoría confinada de este país, ama la libertad como el que más, seguramente bastante más del que pregona su patriotismo pijotero  desde el  descapotable.  Y sabe que sólo es digno de ella, quien la conquista cada día.

EN EL SUPERMERCADO

Nunca fue especialmente divertido o gratificante ir a comprar al supermercado, peaje obligado que, a pesar del compromiso ético con el pequeño comercio,  se sigue pagando alguna vez que otra. Sin embargo en los tiempos del coronavirus, las incursiones han perdido cualquier atractivo que pudieran tener ( rapidez, diversidad, aparcamiento..) para convertirse en una experiencia estresante y peligrosa. comprador 2

Para empezar cualquiera con dos dedos de frente sabe que allí como en cualquier sitio cerrado y de previsible confluencia con otras personas, hay que llevar el equipo completo antiCOVID, consistente en la mascarilla antipática y los guantes torturadores. A éstos últimos se ha de añadir después los de la propia empresa que te los proporciona junto con un remojón gratuito de solución  hidroalcohólica.  Ahí ya se suelen ver muestras del despiste y estado de nervios que la experiencia ocasiona a algunos, porque esa debe ser la causa de ver a compradores  confusos intentando dilucidar ante el extintor de fuegos, la palanca que han de apretar para cumplir con su responsabilidad. Si hay suerte y un guardia de seguridad cercano, les echará una mano y se podrán ir con la cabeza alta, las manos húmedas y un mayor conocimiento de las medidas de seguridad existentes en la tienda.

También se ha visto quien en lugar de estrenar guantes, los coge  – usados y por evidente confusión- de la papelera cercana cuya ubicación no es la más acertada por lo que se ve. O peor aun, se quita los que llevaba puestos, estirando la punta de los dedos con la boca (¡!!), para sustituirlos por los que les facilitan.

Una vez dentro, la mascarilla ejerce un efecto sorprendente porque no solo acaba produciendo  una apnea considerable,  tal cual como si estuvieras en inmersión submarina , sino que además, contra toda lógica, te impide ver y oir  bien. No ves los productos, no encuentras lo que buscas, y no reconoces a nadie. En cambio hay gente   que te saluda, o lo intenta, con una efusividad  totalmente fuera de lugar. El espectáculo de quien quiere saludar con beso y abrazo entregado porque es de talante cariñoso y no considera que haya que exagerar las normas,  frente  a quien rechaza de plano el contacto mediante la interposición de carrito o  el disparo del codo,  puede resultar sumamente revelador de la naturaleza humana. Casi tanto, como ver a criaturas aburridas que en momentos de despiste de sus cuidadores -que tienen un punto humano y falible- pasan la lengua con delectación por el asa del carro , en una visión que fascina tanto como paraliza.

En fin, la etapa final en la caja que te suele pillar en un estado considerable de cansancio y confusión, exige concentración y agilidad. Te enfrentas a una cajera, pertrechada con la armadura necesaria, más cansada seguro que tú que  llevas solo un rato , mientras que ella lleva toda la jornada,  que seguramente te echará una sonrisa comprensiva al ver tus agobios y sofocos,  aunque tú no te enterarás porque solamente le ves las orejas.

Si no te has actualizado y pretendes pagar en efectivo –mal hecho- tendrás el castigo añadido de intentar contar billetes y monedas con esa doble capa de guantes, bajo las cuales ya no hay manos, sino muñones chorreantes.  Si pagas con tarjeta, cuidado, porque ya se han dado casos en que en el fragor del embolsamiento, una se lleva el datáfono a casa junto con las lechugas. Y luego ha de devolverlo y afrontar un cierto sentimiento de culpa y ridículo.

Experiencias del coronavirus en clave de humor. No porque el tema no sea terriblemente serio, sino porque si no ponemos humor para sobrevivir, la supervivencia hará que nos olvidemos de reir que es la terapia más barata y efectiva contra el pesimismo desintegrador.

UN DUELO DIFERENTE

Estamos viviendo una situación  dolorosa y llena de incertidumbres,  difícil de  asumir en toda su integridad, que, como en los duelos, implica atravesar  diversas  fases, aunque con alguna diferencia esencial.mujer pensando

Hubo un primer momento de negación  de mayor o menor duración según el índice de tozudez de cada cual. Parecía imposible, era una pesadilla, una inmensa broma, un delirio grandilocuente para tomar el  pelo a todo un país. Con todo, la inmensa mayoría asumió disciplinadamente los costes del confinamiento derivado del Estado de Alarma aunque, en algunos casos, superar la fase del descreimiento fue especialmente duro. Hubo quienes ofrecieron   brutales resistencias hasta que  la realidad se impuso con toda rotundidad. Entonces, los últimos recelosos, los más displicentes se vieron obligados a abandonar esa cómoda actitud de elegante escepticismo para hacer,  en algunos casos,  un rápido y sorprendente viaje al otro extremo, al de los que ya  habían captado la magnitud del problema mucho antes que cualquiera. Y por eso de ser abanderados del escepticismo y ridiculizar las primeras medidas,  acusando de catastrofistas cobardicas a quienes las proponían, pasaron a ser pontífices del desastre, almas en pena  predicando los mayores infortunios  como bien habían predicho ellos desde siempre. Sería divertido observar su vaivén si no fuera porque en ambos puntos del péndulo, su actitud solo ha servido para cavar más hondo el agujero, para echar más tierra en los ojos de quienes los tenían bien abiertos, absolutamente necesitados de encontrar un camino que ofreciera esperanza.

Avanzando  las semanas fue fácil sentir la ira, la indignación, las ganas de pelea que se veían enormemente frustradas por la falta de enemigo. Porque el virus que nos amenaza es omnipresente, pero el maldito no da la cara hasta que ya es demasiado tarde. Y eso alentaba, y mucho,  esa furia interior que necesitaba alguien a quien tumbar para no asfixiarse en la propia rabia. No todas las furias son iguales porque a las de origen espontáneo se unen otras,  fríamente fomentadas por gusanos sociales de negro corazón que sólo pretenden dinamitar los puentes para conseguir el propio beneficio, aún a costa de  un desastre fenomenal.

Tras la cólera que agota y es estéril, se intenta negociar. Pero hay poco que negociar en esta situación.  Este enemigo no hace prisioneros, ni ofrece tregua. Aquí no caben soluciones individuales, ni tratos de favor. Aunque no todos sean igual de vulnerables y frágiles, se necesita un compromiso universal para hacer triunfar a la vida sobre la muerte. Y por eso la negociación es no sólo es  imposible, sino inútil.

Y entonces llega la depresión, la tristeza que paraliza, la nostalgia de lo que teníamos y no dábamos valor. Recordar a quienes éramos ayer es constatar la infravaloración de todo aquello que constituía nuestra vida y que entonces nos parecía, en muchos casos, insuficiente. Anticipar el futuro es desalentador porque todas las señales indican que va a ser mucho más complejo y dificultoso de lo que somos capaces de imaginar.

Alcanzamos entonces la fase de la aceptación que incorpora una diferencia esencial.  Porque ante la muerte de los seres queridos no hay más herramienta que el recuerdo. Pero al final de este duelo motivado por la desaparición de una forma de vivir y convivir,  la pérdida no es irreparable, aunque sí lo sean las miles de vidas truncadas. Cuando aterricemos en esa realidad difícil y arriesgada que nos espera, tenemos la posibilidad, solo la posibilidad, de reaccionar como nunca hemos sabido hacer hasta ahora, sacando lo mejor que cada persona lleva dentro para construir un presente diferente y prometedor, libre de todo tipo de virus tóxicos, los  microscópicos y los bien visibles.

MATANDO EL TIEMPO

Este pasado fin de semana tuvimos que cambiar la hora de nuestros relojes en ese baile que sucede dos veces al año y que nos deja unos días algo más desorientados de lo normal, con trastornos del sueño que alimentan debates generalmente poco productivos. Es posible que sea una de las últimas veces que pasamos por la experiencia ya que el Parlamento Europeo parece decidido a acabar con esta medida a partir de 2021. Va a hacer caso a una evaluación promovida desde Bruselas en la que participaron casi 5 millones de personas que en su gran mayoría , 80% , opinaron que había que dejar los relojes en paz. Ahora solo falta determinar si nos quedamos con el horario veraniego o invernal, cuestión que también tiene su intríngulis y que hay esperar que no tardemos demasiado en resolver. hora cambiada

En todo caso, hablar de tiempo no es tanto hablar de horarios como del uso que hacemos de él. Aunque es cierto, para qué nos vamos a engañar, que el cambio se hace en función de parámetros que tienen más que ver con la economía, como la influencia sobre el turismo o el ahorro energético, que con el bienestar , por ejemplo, para favorecer el descanso de las personas.

En cualquier caso, se puede aprovechar la coyuntura para reflexionar sobre el uso que damos al tiempo, o mas bien, a contrastar como el tiempo nos usa a nosotros.

No hay expresión más desafortunada que aquella de “matar el tiempo” sobre todo porque en realidad es el tiempo quien nos mata a nosotros. Así que desaprovecharlo es un crimen, del que nosotras somos las víctimas literalmente. El sentimiento de estancamiento mencionado es propio sobre todo de las edades tempranas, cuando uno puede sentarse a esperar a que le crezca el bigote y se aburre, bendito aburrimiento, creyendo que la vida es lineal y sin sobresaltos y el tiempo del que disponemos, infinito.

Luego llega, sin embargo, un momento vital, que cada persona vive de forma y en momento diferente, en el que la existencia se desmadra, en que todo es un torbellino de emociones, de obligaciones, de responsabilidades, de descubrimientos y no hay momento libre para mirar la hora en que vivimos. Puede ser la obtención de un trabajo, la maternidad o la paternidad, la transición de ser cuidado a ser cuidador/a…pueden ser diversas circunstancias, previsibles o no, las que nos privan de un capital irrecuperable que es el tiempo.

En lo laboral, seguimos viviendo una cultura que valora el presentismo, aunque sea para estar mirando el vuelo de las moscas y los horarios infinitos como símbolo del compromiso profesional, sin entender que ,a veces, más no es mejor, sino simplemente postureo o acumulación de errores. Sin mencionar aquellos empleos cuyas condiciones de trabajo son dignas de un esclavo de la antigua Grecia, con una disponibilidad absoluta y una explotación obscena manifestada en jornadas inacabables y horarios infernales.

El tiempo es el perro que muerde el culo de las mujeres, dicen, porque ellas acumulan jornadas imposibles, por aquello de haber salido de sus casas para abordar en legítimo derecho proyectos profesionales . Pero la contraparte, excepto honrosas excepciones, todavía no ha entrado, dispuesta a asumir esa mitad de lo doméstico que en justicia le corresponde. Y alguien tiene que hacer las camas.

Hacer del tiempo un aliado sin alimentar un conflicto permanente que nos desgasta, exige racionalizar los horarios conciliando las obligaciones personales, familiares y laborales no sólo desde el enunciado, sino consolidando políticas públicas, servicios, recursos y medidas. No basta con cambiar la aguja del reloj dos veces al año.

CÁNCER

La Alameda de Xàtiva se vistió el domingo de verde aceituna para celebrar la carrera anual contra el cáncer. Una oportunidad de oro para ver a nuestros cargos públicos vestidos de corto y en camiseta, luciendo palmito. Y, más en serio, la ocasión de manifestar el compromiso de la ciudadanía frente a una enfermedad que sigue afectando a una de cada ocho mujeres. Dicho esto, es conveniente resaltar también algunas ideas para contribuir a que el esfuerzo realizado por asociaciones, administraciones y personas de buena voluntad, concluyan en un abordaje óptimo de la enfermedad que va mucho más allá de un lazo rosa, que no es más que la estrategia de marketing de la compañía de cosméticos Esteé Lauder que en 1992 eligió el color rosa porque se asociaba con la feminidad y el espíritu festivo.

cancer mama

Esto es preciso?

Porque lo cierto es que el cáncer de mama no es una enfermedad fácil, ni sexy, ni cómoda, ni curable en el 100 por 100 de los casos. El cáncer de mama, todos los tipos de cáncer, son enfermedades duras y peligrosas que hay que afrontar con sinceridad, con apoyos, sin infantilismo y sin trivializar, ni banalizar situaciones que no se curan con lacitos, ni haciendo carreras. Ni bailando zumba, ni siquiera recogiendo fondos. Ojalá.

Su tratamiento exige incentivar no solo la prevención secundaria, que es la que corresponde al momento en que la enfermedad ya ha debutado, sino la primaria que es aquella que intenta impedir que aparezca ese proceso destructivo que se lleva por delante la vida o como poco, el bienestar, de tantas mujeres.

Y es que estando todavía lejos la curación de la enfermedad, está más que demostrada la existencia de agentes que intervienen como facilitadores o inductores de la enfermedad. Que no dependen de nuestro estilo de vida individual, por sano que queramos que sea, sino de las dañinas condiciones que se derivan a veces de nuestro entorno social o laboral, es decir, de factores que no podemos evitar porque están en el aire que respiramos o en los productos que consumimos.

Algunos tipos de tumores, dice la ciencia médica, podrían prevenirse con medidas legales y macropolíticas saludables que dieran garantías a nuestras condiciones de vida y laborales. Pero a pesar de toda la evidencia acumulada, resulta sorprendente que apenas se inviertan recursos para entender e intervenir sobre estos determinantes sociales del cáncer. Buen ejemplo de la relevancia de la política como actividad capaz de incidir o no en la solución de problemas muy serios.

Es peligroso, además de falso, establecer una supuesta relación entre estilo de vida y cáncer que hace pensar que es una enfermedad causada por los estilos individuales de vida irresponsables (poco ejercicio, dieta rica en grasas, fumar, beber, etc.). Porque con este razonamiento, se podría prevenir el cáncer con un comportamiento adecuado. Y en esta lógica la enfermedad mata a quien no se cuida, a quien se descuida, en cierto modo, a quien se lo ha buscado. Y no es así.

Tampoco es positivo ese falso optimismo que trivializa la enfermedad y se acompaña de un cuasi fanático llamamiento a la lucha que se hace a las personas enfermas, depositando de alguna forma en ellas, la responsabilidad de curarse.

Siendo enormemente positivo, que corriendo y bailando, la ciudadanía afronte sus retos de salud, no se han de perder de vista los objetivos principales, es decir, evitar en lo posible la aparición de la enfermedad eliminando los factores que la favorecen y garantizar que las personas afectadas dispondrán del apoyo que precisen sin sufrir presiones innecesarias.

(pensando en A. Leal, amiga y vecina , luchadora incansable)

ANDARINAS

andarinas2Así son las mujeres de muchas ciudades a las que es fácil ver pasear o  correr, en estas fechas cuando el sol lo permite,  y el resto del año, a cualquier hora en que les sea posible en razón a  las múltiples obligaciones que suelen tener.

Hay de todas las edades y tamaños,  equipadas algunas con minucioso detalle, desde el color de las uñas  hasta la visera más fashion, cruzándose felices con las que calzan deportivas de los chinos y gorra que hace publicidad del taller de coches del cuñado.  Las ves a paso ligero o de procesión, solas o en grupo… Decenas de mujeres toman las calles, en una práctica a mitad de camino entre lo deportivo y lo simplemente saludable, empeñadas en cuidarse un poco a sí mismas,  decididas a poner de su parte para que el cuerpo aguante lo que tenga que aguantar, que faena no falta a las mujeres,  por muchos años que cumplan.

Caminar  es una elección como disciplina deportiva que se adapta muy bien a los usos y costumbres de las mujeres. No es un deporte de alto riesgo, que de esos, y sobre todo,  a cierta edad,  ya no quedan  ganas de nuevas experiencias. Tampoco  es una actividad competitiva donde haya que superar a las rivales convirtiendo en fuente de estrés lo que sólo busca un momento de bienestar. Tampoco es una actividad solitaria, sino que por el contrario permite la socialización plena, la charla distendida y la terapia que para muchas mujeres significa la posibilidad de darle a la lengua en ambiente amigo y comprensivo.

Aunque también las hay que prefieren salir solas,  colocarse los cascos y aislarse de un entorno a veces  complejo y estresante, para dejarse  invadir por la música preferida que suena a toda castaña  impidiendo totalmente el recuerdo de los problemas, ajenos y propios, de las incertidumbres y  preocupaciones inacabables. Entonces,  andar  se convierte en una forma de salvaguardar la salud mental, presentando  resistencia ante la posibilidad siempre presente de acabar petando ante tanto requerimiento externo y  tanta autoexigencia interna.

Algunas, las más valientes,  no sólo caminan  sino que incluso corren. Hay que tener en cuenta que hacerlo, sobre todo en ciertas fases de la vida, depende de factores externos (exceso de peso, existencia de prótesis, capacidad pulmonar, estado de articulaciones) pero también de la capacidad de aceptar retos personales, que a veces se ganan y alimentan la autoestima y a veces ser pierden, obligando a pasar página con humildad. A los 30/40 años es factible mantener un trotecillo elegante,  porque el cuerpo todavía aguanta casi lo que le eches, y aunque una se despeine y sude, no se producen daños graves o irremediables. Sin embargo, superada cierta edad, si se fuerza la maquinaria,  el cuerpo empieza a hacer ruidos extraños mandando señales inequívocas de que no está para trotes, en el sentido literal de la expresión.

Con todo, caminar/correr es un placer irrenunciable que no debería ser excluido del catálogo de recursos que hacen sentirse mejor a las mujeres. Cierto que hace falta superar  la fase de de agujetas y calambres. Y la de  los miedos,  que los hay de todos los tipos (a hacerse daño, a hacer el ridículo…) También la fase de la culpabilidad que surge de la nefasta y habitual idea de que deberíamos dedicarnos a cosas más serias y útiles. Pero una vez rebasadas esas dificultades adicionales, llega el momento del placer puro y duro que surge de la autosuperación, y la victoria frente a límites ante los que nos sometemos sin resistencia.   Sólo por eso, ya es un necesario entrenamiento.

EL BICHO VICTORIOSO

El año pasado llegó algo tarde a la Comunidad Valenciana, aunque se sabía que venir, vendría  y más de 30.000 personas intentaron protegerse de su ataque que no tiene piedad, ni da tregua.  En 2017, para compensar, se ha adelantado bastante. Nadie la espera con alegría, pero como los deseos ajenos  le importan bastante poco, ha hecho una entrada triunfal no sólo aquí sino en toda Europa, donde se está llevando por delante,  las previsiones realizadas y los recursos dispuestos para enfrentarse a ella.

virus

En resumen que si te ha de pillar, por mucho que te claves agujas para inmunizarte, te laves las manos hasta desollarte y comas naranjas a toneladas, la gripe te va a meter en la cama porque suele gana por goleada a una Humanidad que intenta hacerle frente inútilmente.  Esa Humanidad que se cree tan poderosa y  superior,  tan estúpidamente  soberbia que está convencida de ser dueña del planeta y de todos los seres vivientes que hay en él. Pues mira por donde, el virus de la gripe, un bicho pequeñito pero matón, está consiguiendo tumbar a millones de personas en todo el mundo,a las que impide continuar con su vida habitual, provocándoles diversos síntomas, a cual más desagradable, que han de sufrir con paciencia y resignación,  dos cualidades que no abundan demasiado .

En España, el virus de este año se llama, para que puedan maldecirlo con propiedad, H3N2, y es la causa de que  los hospitales de media España están colapsados por esta epidemia, que no es ninguna sorpresa, que tan familiar nos resulta y que nos convierte en seres doloridos, moqueantes, afiebrados  y quejicosos. Una enfermedad conocida, y superable aunque  puede representar un grave riesgo para determinados grupos de población. De hecho son más de 200 los casos considerados graves hasta el momento en el país.

En todo caso, como si algo nos interesa y preocupa es el propio bienestar, la noticia está ocupando portadas de informativos en todos los medios de comunicación,  siempre acompañada de titulares que proclaman la saturación de los servicios hospitalarios. No hay telediario que se precie que no abra con la noticia del frío y la epidemia gripal, de forma absolutamente similar a cuando en verano, el calor es tema de obligado tratamiento lo que no debería tener ninguna lógica a no ser que fuera al revés,  ya saben: 40 grados en Diciembre y llegar a los cero grados  en Agosto. Eso sí que sería un notición.

Sin embargo,  habría que distinguir, como siempre, lo fundamental de lo accesorio, lo inevitable de lo circunstancial y constatar que frente al bicho estamos en clara desventaja porque la derrota es previsible a pesar de los muros preventivos que levantemos. Pero que, por el contrario,  esa imagen vergonzosa a la que se  hace referencia obligada, de pasillos  repletos de gente doliente aparcada  en camillas o sillas de ruedas, es claramente evitable.

Es muy posible, casi se podría asegurar, que si no se hubieran recortado 10.000 millones de euros en el sistema sanitario, eliminado 6000 camas o despedido a más de 25000 trabajadores y trabajadoras de la sanidad, se podría evitar esa parte añadida de sufrimiento a las personas enfermas que supone demorar su tratamiento y no atenderles en las mejores condiciones.

No es más que el precio que el sistema sanitario tuvo que pagar, como la Educación o la Dependencia, a cuenta  de ese astronómico rescate de los bancos que alcanzó los  60.000 millones de euros y fueron pagados sin pestañear  por el anterior y actual Gobierno. Que encima mintió descaradamente  a la ciudadanía sobre la falta de consecuencias de tamaño agujero a las cuentas públicas.

Pues de aquello barros, estos lodos y ahí está la explicación del desastre. Pero como no se puede gobernar con la mirada en el retrovisor y la excusa permanente de la herencia, que de esa canción ya hemos oído muchas versiones,  habría que aprender la lección y tomar las medidas oportunas para paliar los efectos previsibles que se producen cuando medio país se pone enfermo a la vez afectado por una enfermedad como la gripe que se presenta de forma periódica y estacional.

Por eso la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública, exige en el Estado pero también en las Comunidades Autónomas que se hacen cargo de la sanidad de la ciudadanía, un Plan de Emergencia que se anticipe, como su nombre indica a emergencias colectivas  que disminuyen la calidad de vida de las personas. Y para eso hay que abordar  las deficiencias que el sistema evidencia , no hoy, ni ayer, sino desde hace ya mucho  tiempo.

En resumidas cuentas, pillar la gripe puede depender de un  estornudo insolidario o de unas manos mal lavadas, pero recibir la atención necesaria, sin tener que acampar durante horas en pasillos desangelados depende de una correcta gestión de los servicios públicos.  Apostemos por la mejor solución.