Un chaval de Logroño, hijo de una limpiadora, ha tenido la iniciativa recogida en las noticias de estos días, de convocar a su peña y armados de mascarilla y guantes, colaborar en la limpieza de las calles de una ciudad, que se queda hecha unos zorros tras las noches de juerga que algunos, con epidemia o sin ella, empeñados en negar una realidad más que evidente, se han montado por estas fechas.

La criatura, consciente de que su madre se desloma para llevar un plato a la mesa, son sus palabras textuales, es también sabedor de que la limpieza es una tarea que además de esfuerzo físico, exige una gran fortaleza mental. Por varias razones, entre ellas por ser una faena inacabable y efímera que nunca tiene fin, pero también porque la mayoría de las veces hay que limpiar la suciedad y el desorden que otras personas causan con su desidia, su pereza o insolidaridad.
Su reacción más allá de la anécdota pone el foco en esa gente joven que no tiene nada de criminal , ni es insensata y egoísta, sino que se toma al pie de la letra, tanto como cualquiera, las recomendaciones para salir del pozo en el que estamos.
La gente joven sufrió el confinamiento como todo el mundo, vio truncadas sus posibilidades de estudio, trabajo y ocio como todo el mundo, tuvo que tragarse sus miedos e incertidumbres, incrementados por el hecho evidente de que sus vidas están por decidir y el destino, o la suerte, o el karma, es decir, factores ajenos e incontrolados, pueden ser muy importantes en el bombón de la caja que les toque.
Cuando conocimos aquello de la nueva normalidad, se apuntaron como todos a la vuelta y trataron de recuperar sus vidas con el mismo grado de resignación e impaciencia que el resto de la población.
Que hubo y hay excepciones que adoptan comportamientos penosos y reprobables, es seguro, no hay duda, pero está por demostrar, que en proporción, superen a otros grupos de población, léase los pensionistas o el gremio de futbolistas . Y no se trata de acusar a nadie con el dedo, que somos rápidos en ofendernos y lentos en la disculpa, sino de evidenciar que en todos partes cuecen habas y que esa alta cuota de irrresponsabilidad e insolidaridad no es patrimonio e toda la juventud, sino de algunos de sus integrantes.
Flaco favor nos hacemos al considerar a la juventud como un peligro y no como una promesa de futuro. Al demonizarla y hacer pagar justos por pecadores. Es totalmente injusto olvidar a esas generaciones que estudian duro para formarse, a la juventud que investiga, que es emprendedora, que nutre las organizaciones solidarias, que manifiesta vocación política con ánimo de mejorar su realidad. Con esa foto mil veces repetida del botellón, la juerga y el corte de mangas a la sociedad, se comete una gran injusticia y se cultiva una gran mentira, que como todas, nos acabará haciendo daño a todos y sobre todos a ellos y ellas, la gente joven que en lugar de recibir simpatía y empatía por su difícil situación, se ve señalada y criminalizada. Son futuro, son esperanza y, en su gran mayoría, buena gente.
Vivir en Estado de alarma no es algo deseable para nadie. Sentirse constreñido, controlado, dirigido hasta en las decisiones más personales, tutorizado por el Estado como si fuéramos menores de edad mental, a los que no se puede dejar a su libre albedrío no es situación grata para nadie. Vivir rodeados de prohibiciones, de normas, de horarios e imposiciones no es cómodo, ni fácil, ni deseable. Percibir un país parado que presencia pasivo como la inactividad nos conduce, lentos para seguros, a la ruina individual y colectiva, es una experiencia amarga y desasosegante.
Todo un país en chándal ha tomado las calles y las avenidas para darse el sencillo placer de estirar las piernas o sudar las camisetas porque lo importante no era, aunque también, ver y dejarse ver después de tantos días de soledad. Ni tampoco estrenar ropa deportiva que mola, ni conseguir un cuerpo escultural, que eso vendrá después. Era respirar aire libre precisamente el que no suele oler a nada, o levantar la vista sin toparse con una pared o una finca. Se trataba simplemente de mover ese cuerpo anquilosado al que parecían sobrarle las piernas después de tanta inactividad .

Existe un absoluto consenso en que el machismo como la homofobia o el racismo son, todas ellas, patologías sociales que convierten a las personas en jueces implacables de su prójimo, incapaces de ver la viga en su propio ojo, pero preparadas para aniquilar a quien se salga de su orden de valores. Y la vacuna es la educación.
Sin embargo, no votar sería un enorme error. Un verdadero tiro en el pie. En el derecho o en el izquierdo, da igual. Significaría esconder la cabeza bajo tierra para huir del espanto del fracaso político presenciado, dejando expuestas de forma imprudente, otras partes de la anatomía muy vulnerables.
Estamos a punto de ver convocadas unas elecciones que todos dicen no desear, aunque algunos con la boca más pequeña y mentirosa que otros. Y ciertamente suponen una apuesta peligrosa o un suicidio cantado para muchas aspiraciones y expectativas creadas tras la última victoria electoral de las fuerzas progresistas, ansiada durante mucho tiempo y que no fue en absoluto fácil.
