LGE, LOECE, LODE, LOGSE, LOPEG, LOCE, LOE, LOMCE … Y ya son ocho, que se dice pronto . Irritante sopa de letras compuesta por las leyes educativas que este país va aprobando a golpe de partido gobernante, aunque con diferencias esenciales en cuanta la capacidad de pasar el rodillo y hacer de su capa un sayo. En concreto esta ultima ley ha sido aprobada con 177 votos, menos que en otras ocasiones, pero procedentes de siete diferentes formaciones políticas, lo que induce a pensar que ha conseguido sumar mucho más apoyos, que las leyes del PP que se aprobaban, casi siempre, en cómoda y completa soledad.

Esta ley Celaá, tampoco es la panacea, para que engañarnos, pero lo cierto es que afronta temas pendientes aunque haya otros que sólo obtienen una respuesta tibia. En todo caso, en razón a las amenazadoras opiniones del Partido Popular, no parece que vaya a tener mucho futuro.
En cualquier caso, lo peor del juego político es el uso de la mentira. Porque se puede y se debe discrepar entre derechas e izquierdas pero los argumentos utilizados deberían sustentarse en verdades y no en manipulaciones y falsedades.
La moción del PP en el Ayuntamiento de Xàtiva propuesta la semana pasada, al hilo de las existentes en el resto del Estado, manifiesta una oposición frontal a la ley, que podría ser legítimo en un partido de derechas y fervorosamente neoliberal, pero se convierte en fake o mentira continuada al hacer alegaciones totalmente carentes de veracidad.
Véase por ejemplo el susto que meten en el cuerpo a quienes son usuarios de la Educación Especial al oir los negros augurios de los populares sobre su desaparición. Algo que en absoluto se plantea en el texto, sino más bien todo lo contrario, sumándose además de algunos partidos en cuyos programas sí que aparecía esta propuesta, hasta su reciente y repentina desaparición.
También es un argumento tramposo y manipulador la reclamación de la libertad de elección de las familias, más allá del sistema público que financiamos con nuestros impuestos. Unos centros públicos que tienen un más que aceptable nivel de calidad, gracias, entre otras cosas, a los impuestos con los que se financian cuya propuesta de reducción no es más que otro globo de gas que nos explotaría en la cara. No obstante es lícito que quien disponga de los fondos suficientes, financie a sus criaturas la enseñanza en trilingüe en un colegio carísimo, pero sin pretender que ese deseo sea costeado por todos los demás. Cuesta aprender que los deseos no son derechos.
El tema de la lengua vehicular tiene un tratamiento especialmente nefasto en la denuncia de la ley, ya que ha obligado a una ingente cantidad de argumentaciones que se resuelven con la simple lectura del articulado cuando dice que “los alumnos deben acabar la enseñanza obligatoria con un dominio pleno tanto del castellano como de la lengua cooficial”
Y el “problema” de la Religión, dado que el número de creyentes practicantes de este país va cayendo en picado en cada nuevo recuento, no parece ser un problema de amplias sectores de la población. En todo caso, es una de las cuestiones en que la ley Celaá se queda extremadamente corta, porque sigue sin explicarse porqué un estado aconfesional, permite la enseñanza de una religión, de cualquier religión, en sus centros. Para eso están las iglesias.
Así que la derecha, derechita y derechona, tienen todo el derecho a criticar la ley, aunque sería deseable que lo hicieran con veracidad y en positivo, ofertando su modelo educativo para que lo compre quien lo quiera, sabiendo el saldo que se lleva a casa

Vivir en Estado de alarma no es algo deseable para nadie. Sentirse constreñido, controlado, dirigido hasta en las decisiones más personales, tutorizado por el Estado como si fuéramos menores de edad mental, a los que no se puede dejar a su libre albedrío no es situación grata para nadie. Vivir rodeados de prohibiciones, de normas, de horarios e imposiciones no es cómodo, ni fácil, ni deseable. Percibir un país parado que presencia pasivo como la inactividad nos conduce, lentos para seguros, a la ruina individual y colectiva, es una experiencia amarga y desasosegante.
Todo un país en chándal ha tomado las calles y las avenidas para darse el sencillo placer de estirar las piernas o sudar las camisetas porque lo importante no era, aunque también, ver y dejarse ver después de tantos días de soledad. Ni tampoco estrenar ropa deportiva que mola, ni conseguir un cuerpo escultural, que eso vendrá después. Era respirar aire libre precisamente el que no suele oler a nada, o levantar la vista sin toparse con una pared o una finca. Se trataba simplemente de mover ese cuerpo anquilosado al que parecían sobrarle las piernas después de tanta inactividad .

Existe un absoluto consenso en que el machismo como la homofobia o el racismo son, todas ellas, patologías sociales que convierten a las personas en jueces implacables de su prójimo, incapaces de ver la viga en su propio ojo, pero preparadas para aniquilar a quien se salga de su orden de valores. Y la vacuna es la educación.
Sin embargo, no votar sería un enorme error. Un verdadero tiro en el pie. En el derecho o en el izquierdo, da igual. Significaría esconder la cabeza bajo tierra para huir del espanto del fracaso político presenciado, dejando expuestas de forma imprudente, otras partes de la anatomía muy vulnerables.
Estamos a punto de ver convocadas unas elecciones que todos dicen no desear, aunque algunos con la boca más pequeña y mentirosa que otros. Y ciertamente suponen una apuesta peligrosa o un suicidio cantado para muchas aspiraciones y expectativas creadas tras la última victoria electoral de las fuerzas progresistas, ansiada durante mucho tiempo y que no fue en absoluto fácil.