Hace ahora 75 años del final de la Segunda Guerra Mundial, acontecimiento que hoy se estudia en los libros de Historia y parece un episodio más de los vividos por la Humanidad durante su existencia. Nos acostumbran a rememorarla en películas que incluso constituyen un género, el género bélico, donde los malos son muy malos, francamente insoportables, y los buenos, héroes, guapos e inteligentes que siempre acaban ganando. Al final, entre tanto relato de ficción, olvidamos la realidad de una guerra que, como cualquiera de ellas, no tiene nada de bello y glorioso, porque es simplemente el intento de imponerse a otros mediante la violencia indiscriminada y cruel. 
Sería bueno recordar que esta guerra acabó con la vida de 75 a 80 millones de personas, entre combatientes, población civil y sobre todo aquellos grupos humanos a los que se pretendió exterminar como fueron los judíos, los homosexuales, los gitanos… en resumen, todo aquel que no cumplía los standards de raza que el fascismo pretendió imponer. Es terrible constatar que la mayoría de los países perdieron más población durante la ocupación alemana y sus continuas «purgas», que durante el enfrentamiento bélico propiamente dicho ante los Ejércitos del Eje.
La II Guerra Mundial, duró 6 años y un día e implicó a 23 países. Se calcula que acabó con la vida del 3 % de la población mundial existente en 1940.
Por este motivo, se programan conferencias, actos y exposiciones realizadas con la pretensión de que la sociedad recuerde y no olvide, mal que le pese, el horror y la crueldad con el que somos capaces de comportarnos los seres humanos si nos ponen en la circunstancia necesaria para sacar de nosotros nuestra alma más bestial e inhumana.
Habrá quien piense que es un empeño innecesario y nostálgico, porque la Historia ya fue vivida y saldría más a cuenta, correr un tupido velo y borrar de la memoria aquellos espantosos sucesos que horrorizan a cualquiera. Hay quien no tiene estómago para afrontar esos horrores y prefiere no mirar de frente a un monstruo verdaderamente angustioso y sobrecogedor. También hay quien quiere vivir feliz en su nube, ajeno a las miserias humanas que por supuesto condena y rechaza, pero desde la cómoda distancia de la zona de confort que habita donde no hay sitio para campos de concentración y cuerpos torturados.
Todas ellas son actitudes peligrosas, porque las guerras, ninguna de ellas son explosiones imprevistas e inesperadas, sino que se declaran tras un largo y complejo proceso de preparación, que va ajustando las condiciones políticas hasta que sólo las armas tienen la palabra. Por eso quienes no queremos de ninguna forma repetir esa historia maldita hemos de estar alertas y participativos para que nunca más nadie, en nuestro nombre, tome decisiones que desencadenen catástrofes similares
Pero son especialmente peligrosos quienes en un alarde de ignorancia voluntaria y premeditada, fruto de un interés tramposo en falsear la historia para que sirva a sus intereses, quieren negar una realidad que no les conviene, para poder así repetir errores y difundir mensajes capaces de llevarnos al mismo destino. Esos que quieren borrar de la memoria no sólo a las víctimas sino sobre todo a los causantes, porque comparten con ellos, aunque siempre en sordina y sin hacer alardes, su ideología criminal y excluyente.
Hay ahí mucho peligro, porque permitir que prenda la semilla de su odio indiscriminado, de su insolidaridad e inhumanidad nos hace a todos, la mayoría restante, un poco más vulnerables y susceptibles de volver a ser espectadores de una tragedia global que esta vez, probablemente, sería la definitiva.
Así que bienvenidas sean programaciones y actos que refresquen la memoria que nunca ha de quedar dormida. Bienvenidas las iniciativas de los centros educativos para que las jóvenes generaciones conozcan a la perfección los caminos que jamás han de transitar. Deseables todas aquellas manifestaciones, públicas y privadas donde todos y cada uno de nosotros, rememoremos el horror y nos conjuremos para que nunca jamás vuelva a repetirse.Que las guerras nunca vuelvan a salir de los libros de historia. Con nosotros, no. En nuestro nombre, jamás.
