Categoría: salud

COMO MIURAS AL CAMPO

Es difícil conocer a alguien que haya manifestado claridad su deseo de morir por coronavirus, pero debe haberlos a cuenta de la gran cantidad de covidiotas que hacen lo necesario para obtener los puntos necesarios para no poder contarlo. Con la finalización del Estado de alarma, hay demasiados que han dado por finiquitada la pandemia y han salido como toros bravos al campo dispuestos a embestir contra cualquiera que les niegue su derecho a bailar la conga y brindar hasta reventar.

Debe ser un problema de falta de imaginación o de déficit de memoria. El primero impide anticipar situaciones nada deseables que pueden convertirse en realidad, ingrata y fúnebre. La desmemoria permite refugiarse en espejismos donde caben argumentos autocomplacientes que autorizan a la persona a ir a su bola, como una máquina quitanieves que aparta lo que molesta y allana el camino para circular por donde se quiere con toda comodidad. Ayuda que la gran mayoría de medios de comunicación trasladen imágenes de la felicidad negada tras la barra de los bares y no de la tragedia que se sigue viviendo entre batas blancas y respiradores.

Se puede entender el hartazgo y la amargura de quienes se ven privados de hábitos y costumbres que eran la chispa de su vida. Y no solo se trata de las cañas y los gin-tonic, que cualquiera diría que vivimos en un país de alcohólicos. Se trata de un rasgo identitario del país con más bares y restaurantes por persona de todo el mundo: uno por cada 175 habitantes, sumando en total 277.539 establecimientos gastronómicos, según el Instituto Nacional de Estadística. Una oferta de ocio que no sólo se basa en el consumo, sino que supone un espacio fundamental de encuentro y convivencia entre las personas.

Lo que no es explicable es la estupidez humana -tan infinita como el Universo dicen- que ignorando las evidencias, desatendiendo las alarmas convierte a personas pensantes en seres irracionales instalados en el autoengaño que confunde los deseos con realidad.

La guerra contra el COVID no está ganada, aunque esta misma semana se publicara que en Xàtiva la incidencia era mínima y los contagios inexistentes. Pero en seis Comunidades autónomas el porcentaje de ocupación de las camas de UCI sigue estando en niveles extremos. Y en el

mundo, véase la India, las piras funerarias arden en la calle y se presencia con congoja la victoria total de la muerte, entre otras cosas, por haber abandonado toda prudencia de forma prematura.

Es cierto que llegados a este punto la gestión política deja mucho que desear, precisamente porque parece que se ha impuesto a los criterios científicos o sanitarios. Y eso desmoraliza y hace perder confianza y credibilidad, que son un capital necesario para mantener la autoridad moral necesaria para liderar una situación que exige sacrificios y renuncias.

El País valenciano ha dado ejemplo de inteligencia y responsabilidad colectiva que hoy permiten exhibir las mejores cifras de toda Europa en relación al control de la pandemia. Valores que no nos han librado, también en Xàtiva, de presenciar escenas que recuerdan al borracho suicida que cita al miura en la plaza. Protagonizadas por gente de toda edad y condición, ya que no es de justicia adjudicar a una determinada generación el monopolio de las conductas imprudentes e incívicas.

A estas alturas deberíamos haber aprendido que el problema sigue siendo colectivo y que no existen atajos ni huidas en solitario. Hace falta una dosis extra de coraje y responsabilidad para asumir, aunque duela, que sigue habiendo razones más que evidentes para las restricciones. Aunque también, cada vez más , razones para la esperanza.

PAÍSES RICOS, PACIENTES DESAMPARADOS

El 7 de Abril es el   Día Mundial de la Salud porque la Organización Mundial de la Salud así lo escogió para crear conciencia sobre las enfermedades mortales mundiales. En el contexto que vivimos, una celebración de lo más adecuada desde una realidad que proporciona por sí sola argumentos más que suficientes. El lema de este año es «Construir un mundo más justo y saludable» y viene al pelo para justificar una campaña que pretende evitar lo que está pasando con las vacunas a escala mundial: hasta hace bien poco, se habían administrado más de 455 millones de dosis de vacunas contra el covid-19 pero solamente el 0,1% de éstas se han destinado a  los 29 países de menores ingresos.

Esta brecha en la inmunización entre países ricos y pobres no sólo es rechazable desde la ética y la justicia social, sino que es además una estrategia torpe y calamitosa desde el punto de vista epidemiológico, ya que allí donde  el virus campa a sus anchas, se producirán mutaciones imprevisibles que se extenderán inevitablemente, inutilizarán las vacunas y volverán a amenazar a las poblaciones de esos países ricos que pretenden ocupar en exclusiva  los botes de salvamento y dejar que se ahoguen los demás.

Con todo, la salud de las personas no sólo está directamente relacionada con la pandemia. Es evidentemente, a día de hoy, un factor esencial y lo seguirá siendo hasta que se cumplan las tranquilizadoras predicciones de la comunidad científica que hablan de que con el virus que hoy mata, mañana podremos convivir. Y lo haremos,  si no en paz, por lo menos en un empate técnico que no significará para la Humanidad tantísimas pérdidas como hasta ahora.

Pero además del COVID, la salud de las personas está amenazada por otras patologías y dolencias que correctamente tratadas en tiempo y forma,  deberían llevarse por delante al menor número de personas posible. Enfermedades que comprometen  gravemente la calidad de vida de quienes las sufren, que aunque comprendan a la perfección el  orden de prioridades impuesto por la gravedad de la situación, necesitan y merecen ayuda ante los dolores,  malestares o limitaciones que sufren. Nada más terrible que la sensación de desprotección y vulnerabilidad al percibir que las puertas de la atención médica están cerradas porque no hay capacidad de atender a nadie más.

Es cierto que nuestro sistema de salud ha tenido que tensarse hasta límites insospechados en este último año. Y que ha dado una respuesta más que aceptable, rozando el nivel de la excelencia por lo que toca al esfuerzo del personal sanitario y auxiliar que ha dado la cara en las circunstancias más difíciles y complejas.  Pero el esfuerzo ha puesto de manifiesto la fragilidad de las costuras de un sistema que salió tocado  tras la crisis económica, con la disminución de su personal, del gasto público y de las inversiones.

De ahí, las alertas de los propios profesionales y las personas afectadas sobre el enorme perjuicio que se deriva de la incapacidad del sistema de dar respuesta a todas las situaciones de riesgo para la salud, sin excepción. La paralización de las consultas esenciales como las de Oncología, Neurología o Cardiología supone poner en riesgo la vida de muchas personas que dependen de controles, pruebas o tratamientos. No es de recibo que en el Área de Salud Xàtiva-Ontinyent haya demoras de 7 o 10 meses para conseguir citas con determinados especialistas. El problema no son las personas que lo trabajan, sino un sistema infradotado y sobrepasado que exige cambios y mejoras que no sean coyunturales,  porque no sólo de COVID se muere la gente.

LA FIESTA DE LAS VACUNAS

Esta pasada semana se ha producido, a modo de ensayo general,  la vacunación masiva del profesorado de la ciudad que ordenadamente, sin prisas, pero sin pausas, ha pasado por los espacios habilitados al efecto para recibir esa oportuna y necesaria banderilla que permitirá ir poniendo distancias entre la enfermedad y la sociedad.

Ya se ha completado, por lo menos en esta ciudad, la vacunación de las personas mayores, la población diana de la pandemia, la más castigada, la más desprotegida. A diferencia de otras ciudades como Madrid  que se le están tomando con una calma inaudita , a pesar de las terribles cifras que hablan de cerca de 30.000 ancianos y ancianas fallecidos, dos tercios de ellos en los cuatro primeros meses.

Hoy en toda España más de 2 millones y medio de personas han recibido la pauta completa y a día de hoy el número de personas con media vacuna en el cuerpo superan el  total de personas contagiadas. Buenas noticias, que están a años de luz de la situación que vivíamos hace solo 12 meses cuando nos sentíamos, y estábamos, absolutamente indefensos y vulnerables ante una amenaza invisible a la que casi no sabíamos poner nombre.

De las vacunas algunos desconfían, quizás porque sus estudios en biotecnología  o epidemiología les permiten defender hipótesis  con las que consideran necesario preocupar al personal. Pero el común de los mortales, sabiendo que somos, eso, mortales, deposita su confianza en lo que se presenta hoy como la mejor y única respuesta para evitar ese contagio comunitario que llena a rebosar los hospitales y las UCIs.

Es cierto que se han dado reacciones adversas de mayor o menor gravedad. Pero es algo que tiene cierta lógica, con campañas tan masivas de vacunación en España y en todo el planeta. En todo caso, no son más que anécdotas en el cómputo general, aunque esos expertos, formados en las tertulias y doctorados en la barra del bar, se empeñen en presentarlos como casos habituales. Efectivamente,   hay gente que reacciona ante la vacuna con bastante incomodidad, e incluso hubo quien tuvo que ser hospitalizado, y tal vez alguien en Yakarta o en Moscú falleció tras recibir la vacuna. Pero teniendo en cuenta que en todo el mundo han recibido la vacuna más de 300  millones de personas, hay grandes posibilidades estadísticas de que a algunas de esas personas le atropelle un coche cuando salga del centro de vacunación o incluso de que sufra un ictus o una angina de pecho que acabe con su vida. Y  y aun con todo, no se desdeciría en absoluto el valor de la vacuna .

Hay quien basa su desconfianza en las vacunas en la rapidez conseguida para cerrar unos procesos que hasta ahora habían requerido de una media de 10 años para su elaboración, experimentación y aprobación. Pero olvidan un factor esencial que marca la diferencia: a diferencia de lo sucedido con otras vacunas, otros medicamente, la búsqueda de esta vacuna ha sido una carrera de equipo, en la que la comunidad científica ha colaborado con total transparencia. Cuando la necesidad aprieta tanto, tantísimo la cooperación científica se intensifica hasta lo nunca visto, olvidando las competencias por las medallas y por el negocio, y consiguiendo así resultados que no son artículos de fe, sino productos con todas las garantías, diseñados para proteger vidas muy amenazadas.

Por otra parte, los países ricos y menos ricos han abierto la bolsa de los dineros, invirtiendo  los fondos necesarios en la investigación, sin regateos ni mezquindades, para que la investigación contara con los recursos necesarios. Por eso estamos ahora  con la fiesta de las vacunas. Las europeas, las americanas, las rusas o las cubanas, hay donde elegir.

Pero a esta fiesta no todo el mundo está invitado. En el sentido literal del término porque se pueden quedar fuera a países , de economías débiles , esos que se llaman países en desarrollo cuando se utiliza el lenguaje políticamente correcto,  que están en mala posición para acceder a las vacunas, como para cualquier cosa.

Y ese sí que sería, aparte de una manifestación penosa de la insolidaridad humana, un error insuperable porque  como se ha repetido hasta la saciedad aunque con poca coherencia, este planeta no ganará la batalla al virus, si no son todos los países, más o menos al unísono, los que crean las barreras necesarias para conseguir su desaparición. Si no son todas las personas, las que salen adelante, sin dejar a nadie atrás.

LA PALABRA DEL AÑO

Si antaño el día 7 era el día del inicio de las rebajas, este año puede que también lo sea, si bien puede que se apliquen otro tipo de recortes y no precisamente en el precio de abrigos y pantalones. Quizás las rebajas vengan referidas a nuestras posibilidades de movernos libremente sin más limitación que el presupuesto y el tiempo libre que cada cual tenga. O se rebaje considerablemente la posibilidad de relacionarnos con personas amigas, y enemigas si hace falta, y no precisamente desde las frías pantallas sino con el cuerpo a cuerpo, cálido y amistoso, mucho más gratificante y enriquecedor que el trato con esos bustos parlantes, congelados y estáticos que nos hacen parecer estatuas de sal. Quizás las rebajas de este año 2021 que, por mucho que pretendamos ignorarlo, no es más que una continuación del anterior, nos impongan normas que no queremos y reduzcan nuestras posibilidades de elegir horarios, mantener contactos sociales y conservar hábitos y costumbres de los que no rendíamos cuenta a nadie.

La palabra elegida para definir el año finiquitado fue según la RAE, confinamiento. Con ella se describe una experiencia que nunca creímos que viviríamos, como sucedió con el ataque de las Torres Gemelas que dejó una impronta en el imaginario colectivo difícil de superar. De este suceso se hicieron tantos relatos que al final se desdibuja su crueldad. La pandemia por el contrario, ya fue protagonista  de diversas películas que adelantaban catástrofes biológicas. Pero en todo caso, nunca sirvieron de aviso a navegantes, porque no supusieron mas que un relato de ficción, imaginativo y algo inquietante, ideal para pasar una tarde emocionante y volver luego a la apacible normalidad conocida.

Pero el confinamiento y sus causas, sobre todo la amenaza viral que lo provocó, ha tenido un impacto mucho más personal, mucho más cercano y a la vez universal, extendido por todo el planeta, sin distinción. Y nos ha cambiado a todas. O debería haberlo hecho. Y no en el discurso, sino en la acción.

Quizás la palabra clave hubiera debido ser otra que en lugar de definir el problema, indicara la solución. Por ejemplo, resiliencia. Que es según la RAE “ la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos” Dicho con más glamour o sentimiento, también se la puede definir como “la capacidad de hacer frente a las adversidades de la vida , transformar el dolor en fuerza motora para superarse y salir fortalecido de ellas”.

No es un término filosófico, sino muy pragmático y sobre todo lleno de sentido común y generador de confianza en el futuro. Cuando un barco naufraga siempre surgen los que continúan haciendo lo mismo y acaban hundiéndose con el barco, véase la orquesta del Titanic. Pero también están quienes reaccionan para evitar un final anunciado al que no se resignan. Ahí están los relatos de resistencia y dignidad de las víctimas del Holocausto, por ejemplo. Todo depende de la posición en que nos coloquemos ante esa adversidad que es sin duda amenaza y fuente de dolor pero de la que podremos salir fortalecidos y llenos de confianza en nuestras inmensas posibilidades de supervivencia.

Es un manera de afrontar el fin del  obligado paréntesis del calendario que acabamos de vivir al quedarnos solos nuevamente ante tantas incertidumbres, superar el  susto existencial que nos causa haber perdido el control de nuestras vidas, o quizás, haber comprendido que no lo hemos tenido nunca.

HOSTELERÍA Y SALUD

Circula estos días por las redes locales una carta abierta del sector hostelero de Xàtiva sobre la situación de la hostelería en la ciudad en la que se hace referencia a la importancia de un sector económico, el de la hostelería que se deriva no solo de su extensión -más de 300.000 bares, cafeterías y restaurantes en todo el país-,  sino del  papel esencial que juegan  en el ocio y la convivencia de toda la población.

Dicen las estadísticas que nuestro país tiene cerca de 3 bares por cada 1.000 habitantes, pero es una media; hay localidades con un único bar, y otras en las que tocan a 4 por cada mil habitantes. Su existencia es fácil de explicar en razón de esa pulsión tan propia y bien afincada en nuestra idiosincrasia que nos hace adictos al contacto social, tras una barra, a media tarde o antes de comer para tomarse unas cañas, picar algo y pontificar sobre lo divino y lo humano.

Durante el confinamiento no fueron considerados servicios esenciales por razones evidentes,  aunque a más de uno le hubiera gustado. Y  tuvieron que cerrar sus puertas y aguantar el tirón como otras empresas y ocupaciones.

Cuando parecía que se veía la salida del  callejón, levantaron sus persianas con alegría, propia y ajena, intentando  recuperar su vieja normalidad.  Quizás, como nos pasó a todos, con un exceso de confianza que junto a otros factores ha contribuido a que estemos afrontando ahora una situación igual o peor que la ya vivida.

A día de hoy circulan consejos y recomendaciones que a veces parecen contradictorias. Por un lado, se prescribe el aislamiento voluntario, con bien poco éxito también hay que decirlo. Pero se insiste en la conveniencia de quedarse en casa, de no hacer  vida social, de refugiarse en grupos estables y cerrados en los que estemos más protegidos frente al contagio. Pero, al mismo tiempo,  desde la avasalladora necesidad de reactivar la economía se escuchan múltiples llamamientos,  como el de la hostelería, los gimnasios o las peluquerías que han entrado en la zona de peligro y  no quieren de ninguna forma echar el cierre a negocios que permiten la subsistencia de miles de familias

Parece contradictorio pero podría no serlo si se consolidaran  conductas y actitudes  que permiten la coexistencia entre ambos planeamientos.

Porque, tal como se reclama en la carta, es momento de apoyar al sector, siempre con la firme determinación de disfrutar de un  ocio  totalmente sometido a los criterios  sanitarios en lo que se refiere a aforos, distancias, uso de mascarillas, etc…Donde no haya lugar para los incumplimientos, ni resquicio para las conductas estúpidas y peligrosas.

Pero es intolerable la fotografía de una Plaza del Mercat atiborrada de gente,  que incumple olímpicamente las normas de seguridad , de una muchedumbre que se hace trampas a sí misma,  mientras el dueño del local hace caja complacido.

Por eso el explícito llamamiento del gremio de la hostelería en la ciudad pone las cosas en su sitio. Porque resalta su estricto compromiso con las medidas sanitarias, que se produce en la mayoría de los espacios . Porque proclama el dato objetivo de que solo un 3.5 de los contagios en todo el país se han producido en bares y restaurantes.

Que no paguen justos por pecadores. Que no se cierren negocios  respetuosos con la salud pública, cumplidores de las normas, por falta de apoyo social. Y, por el contrario, que se controle y penalice  a los listos y aprovechados que siempre encuentran la manera de barrer para su casa, aunque con el polvo que provocan nos acaben asfixiando a todos.

VALÍAN LA PENA

No hay palabra que describa el vértigo que produce mirar a la cara a algunas cifras y convertirlas en realidades de carne y hueso, con caras y piernas, dueñas de un pasado extenso  y  privadas de un futuro cortado en seco.

Hablar de casi 20000 ancianos muertos por la pandemia no puede ser un dato más, simplemente informativo como el número de mascarillas que se necesitaron o de efectivos de las fuerzas de Seguridad que actuaron. Porque si pasamos del relato estadístico a la cruda comprensión de lo que esa cifra esconde, nos encontramos hablando de Conchas, Manolos o doña María, que murieron no porque llegara su hora, sino porque alguien tomó decisiones que les hicieron morir. De gente que deja hijos y nietos que les lloran pero también  balcones llenos de plantas, y partidas de cartas sin terminar, y labores de punto sin rematar… vidas propias que nadie tenía derecho a despreciar.

Si la pandemia en su conjunto ha sido  una pesadilla distópica, el remate es llegar a la conclusión de que su intrahistoria contiene uno de los momentos más vergonzantes y francamente insoportables de la historia de este país: aquel en el que las vidas de muchas personas fueron ofrecidas a  modo de sacrificio, según una escala de prioridades difícilmente defendible.

Una sanitaria relataba su satisfacción por la superación de la enfermedad de una anciana de 80 años a la que se trató convenientemente, con los medios necesarios,  valorando que  valía la pena dado que antes del contagio era una mujer activa y autónoma. Ese fue el factor que salvó su vida lo que no hubiera sucedido de haber sufrido limitaciones o patologías  habituales  en tantos y tantos ocupantes de residencias, a los que  un párrafo incluido en una circular interna excluyó de cualquier posibilidad de tratamiento y recuperación. Al parecer,  no valía la pena  invertir en ellos los medios que podrían haberles salvado la vida.

Hay decisiones políticas que duelen y dañan, que perjudican y complican la existencia de las personas. Pero es difícil recordar alguna tan terrible, tan nefasta y tan letal como la que recomendó no trasladar a hospitales a las personas ancianas que manifestaran síntomas de la enfermedad, que, por el contrario debían ser aisladas o lo que es lo mismo abandonadas a su suerte. Si no disfrutaban de seguros particulares, claro, ya que en ese caso, cuentan ahora quienes lo vivieron en primera fila, las ambulancias las esperaban en las puertas de la residencia para su traslado al hospital, como dios manda..

Esa gestión no admite comprensión, ni justificación posible. No se está hablando de equivocaciones, de errores de juicio o de procedimiento, de una evaluación érronea de daños…No se está hablando siquiera de algo que pertenezca al ámbito de la disputa política, sino esencialmente de derechos humanos.

Fuera de melodramas y  victimismos que disfrazan la realidad, hay que llamar a las cosas por su nombre,  sin esconderse tras eufemismos baratos. Aunque  cause bastante miedo y más vergüenza,  afrontar tantas pérdidas humanas causadas  en función de su año de nacimiento y la ineptitud de algunos gobernantes.

DE MAYORÍAS RESPONSABLES Y MINORÍAS IRRESPONSABLES

Parecía difícil, todo un desafío, parar un país en su totalidad y mandar a la gente a su casa. Era sin duda,  tarea ardua y compleja que sin embargo, fue asumida sin resistencias,  por  la gran mayoría movida por la responsabilidad  y también, para que ocultarlo, por el miedo.

este virus

Cerraron  bares y restaurantes, lo nunca visto en este país. Cerraron los centros educativos y los estudiantes grandes y pequeños marcharon a sus casas, extraños y extrañados pero obedientes. Luego fueron también las empresas, las administraciones, las fábricas…las que se sometieron a ese confinamiento en el que cada uno desde su casa se asomaba a la ventana, lleno de perplejidad y desconcierto. Y aguantamos lo que hizo falta, lo que nos dijeron, privados de derechos básicos y nunca antes  cuestionados, por lo menos en las últimas décadas,  como el derecho a movernos libremente, a entrar y salir como y a donde nos diera la gana. Quien nos lo iba a decir! Pero lo hicimos,  porque las opciones estaban claras aunque fuera duro y difícil.

Pero ahora,  se está demostrando que poner  en marcha un país, recuperar su musculatura, debilitada por la inactividad, adaptarse a las nuevas condiciones creadas,  tampoco es tarea fácil, en absoluto. Sobre todo porque pasado el primer momento de pavor que consiguió unirnos frente a la amenaza, superados esos días en que las cifras de personas fallecidas provocaban vértigo, olvidada la sensación de fragilidad que producía ver como nuestra vida dependía de factores ajenos a nuestra voluntad….  la memoria de pez que a algunos  caracteriza, les  hace olvidar el susto pasado. Y por eso, entierran en lo más hondo de su memoria los días duros de la pandemia, y pretenden hacer borrón y cuenta nueva, volver a empezar, retomar las cosas donde las dejaron.  De ahí la avalancha a terrazas y bares  como si nos fuera la vida en ella, sin darse cuenta de que quizás sea así. Y la pelea con las mascarillas, odiosas pero efectivas que hay quien lleva  colgada de la oreja, de forma poco recomendable. Y se instalan en la queja permanente, en la crítica incineradora que busca incansable,  culpables a los que fusilar. Y surgen los sabelotodo que enmiendan la plana a expertos y  protestan amargamente  porque no nos devuelven nuestra anterior vida con nuestro trabajo y nuestras cañas… sin apreciar la importancia de estar vivos y sanos para disfrutar de ambas cosas.

Pero aunque ladran mucho, esta gente no es la mayoría. No tienen razón quienes predican que somos un pueblo de cretinos e irresponsables que se saltan las normas a la torera. Como no es cierto a pesar de la fama que nos cuelgan que seamos un país de perezosos y holgazanes.  No es así y afirmarlo taxativamente, generalizar,  nos hace un flaco favor. De hecho, de ser cierto, la famosa curva que había que aplanar continuaría en ascenso y no habría negocios que abrir, ni terrazas que frecuentar. De hecho, con el esfuerzo colectivo y mayoritario  hemos construido entre todos un fuerte muro tras el que defendernos aunque sea difícil   asumir para cualquiera   que esto no ha sido un paréntesis, sino un punto y aparte, que nos deja ante un paisaje preocupante que habremos de superar.

 El frenazo en seco de la economía hace que más de 6 millones de personas tengan que basar su subsistencia hoy en los sistemas de protección social , con un gasto mensual  de alrededor de 9.000 millones de euros   a cargo de las arcas del Estado, que son grandes pero no infinitas. 86.000 pequeñas empresas han desaparecido y se prevee que el paro alcanzará a cerca de un 19% de la población activa.

Así que vienen tiempos duros en los que habrá seguro quienes se dedicarán al boicot permanente, pero la inmensa mayoría como ha pasado hasta ahora, es seguro que dará la talla, aguantando el temporal y  mirando por todos para que nadie , efectivamente, se quede atrás.

NUESTRAS AMIGAS, LAS MASCARILLAS

Nos hemos de hacer amigas. Será sin duda una amistad interesada, pero de esas hay muchas que se mantienen a lo largo de los años porque la necesidad es mutua y el servicio prestado tiene carácter esencial.

Y eso que ellas no son, en absoluto,  agradables. Más bien son molestas, impertinentes, e incómodas. Además nos uniforman y nos hacen irreconocibles aunque muchos invierten  en diseño y colorido para  maquearlas y personalizarlas como si fueran a ser un rasgo distintivo de nuestra personalidad.  Un interés que se puede considerar exagerado y fuera de lugar, pero que responde a la íntima convicción,  que se va instalando en el sentir general, de que no vamos a poder prescindir en mucho tiempo de estas amigas.  Son las mascarillas.

Cuando veíamos uniformados con ellas a los japoneses, mucho antes de la aparición del Covid 19, nos parecía algo exótico y lejano a nuestras prioridades. Y aunque nos contaban que era una forma de autoprotección, a la vez que de respeto ante quienes se  compartía espacio físico, todo nos parecía una especie de monserga paranoica propia de quien desarrolla un temor exagerado a virus y bacterias.

Cuando de forma más reciente, veíamos a millones de chinos con ellas, como defensa colectiva ante una  enfermedad que parecía causada por uno de esos virus, nos  parecía  que no podía ser una amenaza real para la Europa desarrollada y soberbia que habitamos.

Pero en este mundo globalizado y deslocalizado,  del que a veces nos sentimos inexplicablemente orgullosos, también las enfermedades corren una barbaridad y llegan en cuestión de días a la otra parte del mundo dejando en evidencia que no hay país, ni continente, por rico que sea que disfrute de inmunidad y pueda  creerse invulnerable.

Para la contención de la pandemia, se ha de recurrir a las modestas mascarillas. Un objeto humilde y de escaso prestigio cuyo uso generalizado se produjo a principios del siglo XX, con la llegada de la mal llamada gripe española. Al principio de la crisis fue tesoro más valorado que el petróleo porque  ser rico, pero difunto,  no es negocio interesante. Con todo, a su costa algunos intentaron sacar dividendos, disparando su precio aún a costa de enviar a primera línea de cuidados y contagios a gente con escasas defensas y utilizándolas como arma política en una confrontación irresponsable que nunca hubiera debido existir.

Ahora reglamentado su precio, garantizada su disponibilidad, se imponen normas de uso, derivadas del consejo científico que se enfrentan a dos graves problemas. El primero porque  en este país, todo el mundo lleva dentro  un científico frustrado que le capacita para  enjuiciar y discutir decisiones de expertos en función de preferencias personales. Y de ahí multitud de “adaptaciones” personalísimas y a veces algo peregrinas, tipo Trump, que solo confunden y ponen en peligro los avances conseguidos. Por otra parte, como  ha quedado demostrado, de este agujero se sale trabajando en equipo, sin excepciones. Lo que no hace recomendable la picaresca de la transgresión, las trampas a propios y ajenos, para poder prescindir de las mascarillas por diversas y variadas razones, mejor o peor argumentadas, pero insuficientes para justificar que uno respire bien a costa, quizás, de llevarse por delante a gran parte del personal con el que se cruce, a veces gente a quien tenemos en gran estima. Solo la posibilidad, debería ser disuasoria.

Así que, por la cuenta que nos trae, cultivemos la amistad con nuestras amigas,  las mascarillas. Nos pueden salvar la vida a nosotros y a quienes queremos. Llevarlas es agobiante, incómodo, nos conviertes en seres  torpes y desmañados. Pero si se piensa en la alternativa, en el sonido de un respirador, por ejemplo, la decisión es fácil.

CACEROLAS Y LIBERTAD

Es fácil perderse entre fases enteras y medias fases, entre franjas horarias, tamaño máximo/mínimo  de los grupos y esa sutil distinción que obliga a pasear con las criaturas para no ser abroncadas, distribuidas equitativamente entre los progenitores, mientras que al pelotón, en amor y compañía, pueden dirigirse a sentarse en una terraza a tomarse un helado, sin que nadie les respire.

Son, en todo caso, menudencias, disonancias, difíciles de evitar cuando se tiene que organizar la vida de todo un país, que por otro lado no es demasiado aficionado a que le digan lo que tiene que hacer. cacerolada1

Aunque es también  un país que, como ha quedado demostrado, es muy capaz de actuar ante la disyuntiva correcta (vivir sano en aislamiento o morir enfermo en la barra del bar)  con absoluta responsabilidad.

Todos, menos ciertos ciudadanos para los que las manifestaciones siempre habían sido algaradas de la chusma,  y que  justamente ahora han descubierto que las cacerolas, objeto doméstico tan invisible e ignorado como quienes las limpian todos los días, tienen otra utilidad.

Así que apropiándose del glorioso y prostituido concepto de  libertad, salen a la calle a reclamarla al mismo tiempo que hacen un  uso indebido  de  ella, sin explicar  que  su exigencia pasa por  saltarse las normas que  han salvado el pellejo de mucha gente, a costa del sacrificio de otros muchas, y dejando en el camino unas ausencias intolerables que no merecen ser olvidadas.

Crece la impaciencia de llegar a la fase III o la que sea, en la que se pueda ocupar  la calle con cierta flexibilidad. Entre otras cosas para  dejar constancia de que la mayoría confinada de este país, ama la libertad como el que más, seguramente bastante más del que pregona su patriotismo pijotero  desde el  descapotable.  Y sabe que sólo es digno de ella, quien la conquista cada día.

EN EL SUPERMERCADO

Nunca fue especialmente divertido o gratificante ir a comprar al supermercado, peaje obligado que, a pesar del compromiso ético con el pequeño comercio,  se sigue pagando alguna vez que otra. Sin embargo en los tiempos del coronavirus, las incursiones han perdido cualquier atractivo que pudieran tener ( rapidez, diversidad, aparcamiento..) para convertirse en una experiencia estresante y peligrosa. comprador 2

Para empezar cualquiera con dos dedos de frente sabe que allí como en cualquier sitio cerrado y de previsible confluencia con otras personas, hay que llevar el equipo completo antiCOVID, consistente en la mascarilla antipática y los guantes torturadores. A éstos últimos se ha de añadir después los de la propia empresa que te los proporciona junto con un remojón gratuito de solución  hidroalcohólica.  Ahí ya se suelen ver muestras del despiste y estado de nervios que la experiencia ocasiona a algunos, porque esa debe ser la causa de ver a compradores  confusos intentando dilucidar ante el extintor de fuegos, la palanca que han de apretar para cumplir con su responsabilidad. Si hay suerte y un guardia de seguridad cercano, les echará una mano y se podrán ir con la cabeza alta, las manos húmedas y un mayor conocimiento de las medidas de seguridad existentes en la tienda.

También se ha visto quien en lugar de estrenar guantes, los coge  – usados y por evidente confusión- de la papelera cercana cuya ubicación no es la más acertada por lo que se ve. O peor aun, se quita los que llevaba puestos, estirando la punta de los dedos con la boca (¡!!), para sustituirlos por los que les facilitan.

Una vez dentro, la mascarilla ejerce un efecto sorprendente porque no solo acaba produciendo  una apnea considerable,  tal cual como si estuvieras en inmersión submarina , sino que además, contra toda lógica, te impide ver y oir  bien. No ves los productos, no encuentras lo que buscas, y no reconoces a nadie. En cambio hay gente   que te saluda, o lo intenta, con una efusividad  totalmente fuera de lugar. El espectáculo de quien quiere saludar con beso y abrazo entregado porque es de talante cariñoso y no considera que haya que exagerar las normas,  frente  a quien rechaza de plano el contacto mediante la interposición de carrito o  el disparo del codo,  puede resultar sumamente revelador de la naturaleza humana. Casi tanto, como ver a criaturas aburridas que en momentos de despiste de sus cuidadores -que tienen un punto humano y falible- pasan la lengua con delectación por el asa del carro , en una visión que fascina tanto como paraliza.

En fin, la etapa final en la caja que te suele pillar en un estado considerable de cansancio y confusión, exige concentración y agilidad. Te enfrentas a una cajera, pertrechada con la armadura necesaria, más cansada seguro que tú que  llevas solo un rato , mientras que ella lleva toda la jornada,  que seguramente te echará una sonrisa comprensiva al ver tus agobios y sofocos,  aunque tú no te enterarás porque solamente le ves las orejas.

Si no te has actualizado y pretendes pagar en efectivo –mal hecho- tendrás el castigo añadido de intentar contar billetes y monedas con esa doble capa de guantes, bajo las cuales ya no hay manos, sino muñones chorreantes.  Si pagas con tarjeta, cuidado, porque ya se han dado casos en que en el fragor del embolsamiento, una se lleva el datáfono a casa junto con las lechugas. Y luego ha de devolverlo y afrontar un cierto sentimiento de culpa y ridículo.

Experiencias del coronavirus en clave de humor. No porque el tema no sea terriblemente serio, sino porque si no ponemos humor para sobrevivir, la supervivencia hará que nos olvidemos de reir que es la terapia más barata y efectiva contra el pesimismo desintegrador.