Estrenamos un año que es como un libro de hojas blancas en el que escribiremos la historia de nuestra existencia. A fuerza de la costumbre nos pasa desapercibido el privilegio de iniciar un año donde todo está por decir y por hacer y que por eso mismo, puede ser el año de nuestras vidas, de nuestra revolución pendiente, de nuestra rendición definitiva o de nuestra victoria.
Es el momento de los propósitos que habría que intentar que no se convirtieran en brindis al sol, astro rey que ya debe estar aburrido de tanta reiteración farisea. Valdría la pena ser más realistas intentando mirarnos con la distancia necesaria para descubrir nuestro talón de Aquiles y nuestra mayor fortaleza. Con estos datos, las conclusiones serán evidentes e innegociables, a pesar de nuestra proverbial blandura y autocomplacencia.
En cualquier caso, en un alarde de madurez casi imposible de lograr ante estas disyuntivas, se podría intentar traducir los usuales deseos semiutópicos para el nuevo año, en exigencias reales que favorezcan su consecución, superando así la etapa inicial y fallida de su simple enunciación. Ese sería el desafío real.
Al parecer el primer deseo compartido por la gran mayoría es cuidar la salud, el estado físico. Esto incluye una amplia gama de propósitos, según edad, peso y condición: desde levantarse del sofá de vez en cuando hasta correr la maratón de Nueva York. También incluye hacerse chequeos médicos aleatorios, comer sólo lo que sea de color verde y además sin sal, reducir el consumo de alcohol y otras drogas legales, practicar alguna técnica reductora de stress… Sin embargo, quizás saldría más rentable y desde luego sería más funcional, canalizar esta legítima aspiración hacia la exigencia a los poderes públicos de políticas de salud, sanitarias, medioambientales, de movilidad y otras muchas más, cuya existencia y aplicación eficaz son el complemento indispensable al necesario esfuerzo individual. Así se impulsaría el imprescindible cambio de modelo capaz de consolidar nuevos hábitos, modificar conductas tóxicas y facilitar los conocimientos necesarios para diferenciar las majaderías de las verdades científicas. Es más fácil cuidar la salud en ciudades sin contaminación, , sin listas de espera en la sanidad pública, llena de jardines y grandes árboles que dan sombra y oxígeno, con un tráfico subordinado a las personas, instalaciones públicas de ocio y deportivas suficientes y accesibles y programas municipales de salud…
Otro deseo habitual es aprender idiomas -sobre todo el omnipresente inglés- leer libros, ampliar conocimientos en temáticas que nos resultan apasionantes y que han estado fuera de nuestro alcance. Nada que objetar a tan legítima pretensión, que sin duda, nos hará crecer como personas y resolverá carencias que nos limitan. Que se ha de satisfacer, además, desde el ámbito privado en el caso de las personas que abandonaron hace tiempo los espacios públicos de aprendizaje y educación. Sin embargo, como muestra de solidaridad con las generaciones venideras, sería de agradecer que no se repitieran errores y se reivindicaran políticas educativas capaces de conseguir un alumnado políglota, empeñadas en fomentar el hábito de la lectura de formas ingeniosas y creativas.
Nada tiene de malo actualizar propósitos para el nuevo año. Pero para hacerlos realidad, si se desconfía del poder de las hadas y duendes, conviene incidir en los factores que realmente ayudarán a conseguirlos, complementando nuestra fuerza de voluntad, raquítica a veces. Siempre desde la conciencia de formar parte de un todo que ha de facilitar nuestro sincero propósito de ponernos en forma y aprender inglés.
