BEGOÑA GÓMEZ

No me imagino a Begoña Gómez escondida en la trasera de un coche que la lleva fuera de España. Ni disfrazada con peluca y enormes gafas de sol subiendo a un avión que vuela a las Bahamas. He visto muchas pelis con tórridas historias de amor entre escoltas y protegidas, pero que quieren que les diga, no me puedo imaginar esas escenas.

Cierto que un señor, Puigdemont, protagonizó una escapada de ese tipo dejándonos a medio país con la boca abierta. Y recuerdo a otro más lejano, Roldán, que huyó cubriéndose la calva con una peluca de guateque barato.

Pero la comparación es imposible, más que nada porque los señores mencionados tenían razones reales más que suficientes para levantar el vuelo y las circunstancias de esta señora, ni parecen, ni son de la misma categoría delictiva.

Es evidente que a esa mujer no se la juzga por ser quien es, sino por con quien se ha casado. Y es cierto que el puesto de consorte que ocupa tiene sus ventajas y privilegios pero también sus servidumbres y exigencias. Que deben ser duras porque más de una en similar situación, cogió la puerta en cuanto pudo y se largó a vivir a su vida.

Cierto es , aunque demasiado manoseado ,aquello de que la mujer del Cesar no solo ha de ser honrada sino parecerlo. Pero también que no es honrado intentar cargarse al César a base de dar latigazos a su señora en plaza pública. Para eso, hay vías autorizadas y legítimas que nadie podría discutir.

Se pone difícil con tanta escandalera y sin formación jurídica, entender las acusaciones. Pero habría que hacer un esfuerzo por simplificar y entender de lo que se habla, dicho sea sin ningún ánimo de ejercer la defensa de nadie, pero sí de entender más allá del ruido, los prejuicio y el sesgo político, que lo contamina todo.

Parece ser que en esos años de supuestos negocios ilícitos, la acusada recaudó fondos para la Universidad Complutense y dirigió una catedra sin salario, ingresando algo menos de 35.000 euros en una década. Menuda birria de botín. Que el programa informático del que dicen que se apropió, era gratuito, así que es difícil encontrar los beneficios. Que recomendó a un amigo para unos contratos públicos al igual que otras 31 personas e instituciones hicieron también, incluidos el Ayuntamiento de Madrid. Y por último, que la asesora de la que disponía en su condición de consorte, pagada con fondos públicos, realizó tareas de apoyo en su ámbito privado consistentes en enviar 21 correos y asistir a diez actos en ocho años. Mucha menos faena que la del asistente del padre de Rajoy que durante dos años lo atendió en la Moncloa, con la dedicación que merece el padre de cualquiera.

Pero a estas alturas, la mayoría ha escogido bando y no está dispuesta a mover ni una sola coma de su docta opinión. Por eso, el relato anterior, será rápidamente discutido, criticado, desmentido -sería de agradecer que sin incluir insultos- , por quienes piensan que las cosas no fueron así, sino infinitamente peores, que la imputada es la cabecilla de una peligrosa trama de corrupción con unos beneficios de millones de euros muy bien escondidos por lo que no hay manera de demostrar su existencia aunque algún día aparecerán.. Y ven perfectamente coherente que se le pidan 24 años de cárcel a la susodicha, pena similar a la que se pide para terroristas y otros delincuentes que han cometido delitos gravísimos y sin ningún tipo de atenuantes.

Sin embargo, ante esta situación quien sale más perjudicada, la víctima real de todo este engendro, la que más pierde, es la justicia, que ni está ni se la espera. Esa en la que nadie confía aunque todos quieran apropiársela y hacerla suya, para que diga lo que quieren oír. La justicia, ese principio de convivencia que garantiza que los conflictos no los gane quien grite más alto, compre más titulares, discuta con más astucia o insulte con mayor contundencia. Esa pobre mujer con los ojos vendados, que en tiempos fue poderosa y soberana. Que tiene una balanza en la mano, mientras que con la otra sostiene una espada, quizás para poder defenderse.

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