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PÁJAROS

Desde que hay comederos para pájaros en los árboles del jardín, hay también una fiesta permanente, para desgracia del vecino enfurecido. Una fiesta discreta pero evidente porque se ha dejado de oír solo a las chicharras impertinentes o al sapo de la fuente que se manifiesta todos los atardeceres con un ruido que al principio parece un eructo, pero acaba siendo hasta musical. Ahora tienen competencia porque las copas de los árboles están llenas de huéspedes, invitados o no, que se ponen las botas a la hora de comer, gratis y sin riesgos. A señalar que su hora de comer se extiende durante todo el horario solar, hasta que al irse la luz se van a dormir a sus aposentos, estén donde estén.

Primero eran pajaritos pequeños, imposibles de identificar para quien considera pájaro a todo aquello que vuele y tenga alas, lo que excluye a Superman y otros héroes. Las pequeñas aves (gorriones, estorninos, petirrojos…?) salen disparadas en cuanto perciben la presencia humana, pero si el visitante es capaz de permanecer quieto y en silencio, (algo muy difícil para según qué personas) vuelven a lo suyo, a comer, con todo el descaro del mundo, ante las narices de cualquiera que quiera observarlos y no se rasque la nariz. Porque hacerlo es dar la orden para que todas, 10 o 12 avecillas, levanten el vuelo, medio divertidas, medio enfadadas por haber sido interrumpidas.

Luego llegaron las palomas, mucho más grandes que son como señoronas regordetas, que hacen mucho más ruido y son más lentas. Como deben ser perezosas o les pesa el culo, no está muy claro, suelen buscar los granos en el suelo, dando paseos en todos los sentidos, para ir pillando lo que ha caído. Ellas también huyen ante cualquier ser que no tenga alas, pero lo hacen como si resollaran, como si les costara el despegue. No se las ve tan ágiles y libres como a los pequeñajos, sino que recuerdan más a un Boeing 707 de gran tonelaje. Lentas pero seguras. Ellas no pían, sino que hacen otro ruido hueco y repetido como una conversación aburrida e interminable.

El vecino enfurecido es un señor que debe estar en lucha con el mundo, los planetas y el Universo. Que quiere vivir rodeado de una Naturaleza tan real como una pintura de museo, sometida a su orden, en la que el césped ha de crecer de forma lineal sin que ningún tallo sobrepase al otro y las enredaderas no pueden atreverse a tener hojas que no tapicen la pared obligada . Y por supuesto, donde no haya pájaros atrevidos y cagones que sobrevuelen su espacio, que es suyo y de nadie más según título de propiedad que lo acredita, por lo que nadie tiene derecho a ensuciarlo de forma arbitraria y ofensiva.

Pero todo lo que entra, sale, y las avecillas se pegan grandes banquetes con las consecuencias previstas, sin que en sus nidos o en sus costumbres esté el uso del cuarto del baño para desgracia del vecino enfurecido. Y es que al final no hay mandato que valga sobre quienes son tan libres, felices y naturales.