Categoría: salud

SANIDAD PÚBLICA

Una enfermera de la sanidad pública, responsable de la realización de unas pruebas diagnósticas esenciales, se siente agotada porque tiene una carga de trabajo insoportable y nunca recibe la ayuda prometida.

La persona responsable del Departamento de Salud intenta cuadrar la demanda sanitaria con los recursos existentes. Pero sabe que es imposible encajar ambas realidades si no hay personal suficiente para garantizar la salud de la ciudadanía. Las peticiones se acumulan y la tardanza en ser atendidas es escandalosa.

La persona que no se encuentra bien, que sufre dolores, que tiene síntomas preocupantes, que a la fuerza está aprendiendo a convivir con limitaciones inesperadas…y que se encuentra jodida y sin diagnóstico está viviendo una pesadilla. No parece haber nadie al otro lado. Se siente y está sola frente a la adversidad.

La persona que ocupa un cargo político, en el que tiene responsabilidades de Gobierno relacionadas con la gestión de la Sanidad pública, lleva varios años ocupando un despacho y un sillón. Llegó pensando en mejorar las cosas. O quizás, simplemente contento de la suerte que había tenido. Ahora está incómodo porque los problemas se le amontonan y las críticas aumentan. Quizás se ha tomado las cosas con demasiada calma. O los de su partido están ocupados en otras cosas. O quizás hay otras prioridades. También hay quienes se angustian porque afrontaron la tarea con responsabilidad, pero no han sabido, no han podido o no les han dejado cambiar nada.

Y es que el sistema público de salud -antaño una verdadera joya de la corona- es ahora una estructura que no da respuestas, con profesionales sobrecargados al borde del colapso físico y psicológico.

Se lo han cargado desde dentro, empobreciéndolo, limitando sus recursos, permitiendo su ruina progresiva. Incentivando por el contrario la alternativa privada, un negocio lleno de sonrisas que a veces disfrazan la falta de soluciones. Que no está al alcance de cualquiera.

Dedicado a los que piensan que la política no les interesa y que usarán su voto para manifestar su inmenso desprecio. A los que dicen que todos son iguales.

Que la salud los acompañe siempre.

NOS LO TOMAMOS A PECHO

«…igual que no sería admisible que se negará la cirugía urgente e inmediata a alguien con una apendicitis aguda, no es tolerable que se demoren los plazos de citación, revisión y comunicación del resultado a la interesada para permitirle que actúe en consecuencia…»

PACIENTES COMO REYES

El rey Carlos III de Inglaterra, más conocido muy a su pesar por príncipe Carlos, porque ese es el título que ha ostentado toda su vida, está enfermo.

La cuestión es que tiene cáncer y esa será una noticia completamente irrelevante para gran parte de la población del planeta. Pero habrá gente que ante la noticia sentirá cierta sorpresa, quizás algo de extrañeza porque, a falta de una reflexión más rigurosa, a veces parece que hay ciertos seres privilegiados que están fuera del alcance de la enfermedad. Una enfermedad que te pilla cuando te toca, por mucho que se tengan hábitos sanos y una vida ejemplar en lo que se refiere al cuidado físico. Cuando te toca, te toca, y ahí empieza otra fase, que la experiencia dice que no conviene considerar guerra, lucha o batalla contra el cáncer porque así no entra en la ecuación el concepto de derrota o fracaso que, desgraciadamente, a veces pasa.

La cuestión es que sea rey o proletario, el cáncer es enfermedad que no conoce de clases sociales, ni de geografías, ni de sexos o edades. Para todos tiene peligro y representa una seria amenaza. Igual que la tuberculosis era enfermedad propia, aunque no exclusiva de los mineros por sus condiciones laborales, o las enfermedades de transmisión sexual se producen más frecuentemente en quienes disfrutan de una agitada vida sexual, el cáncer es enfermedad democrática que se contrae porque el destino, el elemento más injusto y arbitraria que interfiere en nuestras vidas, así lo decide. Aunque a veces reciba algo de ayuda, también.

Pero una vez te ha pillado el toro es curioso constatar que, por lo menos en ciertos países con determinados derechos, también el rico y el indigente serán iguales ante la enfermedad.

El rey Carlos III, es seguro que será tratado por un equipo de médicos altamente especializados, que le darán un trato personalizado y adaptado que le evitará demoras en las citas, listas de espera, viajes a consultas, etc…. Pero en lo que se refiere al tratamiento médico que reciba, el verdaderamente importante y decisivo que no tiene nada que ver con las formas y el protocolo, tendrá a su disposición los mismos conocimientos, y por tanto las mismas posibilidades, que un ciudadano corriente y moliente de cualquier país, que eso sí, posea sólido y bien engrasado, un sistema público de sanidad, universal y de calidad. Como, por ejemplo, España.

Entre el rey y el mendigo, y es una metáfora sin ánimo de ofender, lo cierto es que las posibilidades de supervivencia son las mismas porque el sistema, al ser público, facilitará a ambos los mejores tratamientos posibles. Y eso es motivo de reconciliación con la especie humana que en tantas cosas yerra, porque pone de manifiesto que también es capaz de arbitrar fórmulas de convivencia, que nos igualan a todos, sin discriminar a nadie, sin excluir de la atención médica y los

tratamientos a ningún ser humano porque todos tienen derecho a vivir. Cosa que, en otros países y latitudes, sí que pasa.

Por eso la privatización de la sanidad es un crimen humanitario que pretende que el dinero, el negocio marque la diferencia Por eso el sistema público, con sus averías y sus carencias, es una conquista irrenunciable que, en este país, se consiguió con lucha y empeño, a pesar de algunos.

No se vayan muy lejos. Los profesionales sanitarios del área de Oncología del Hospital Lluis Alcanyis de Xàtiva cuentan con un altísimo índice de agradecimientos por la calidad de la atención recibida. Y seguro que es porque cuidan y sanan, si pueden, a sus pacientes como reyes.

DE VIRUS E INCOMPETENCIA

Les ha costado a muchas personas mayores superar y desmontar falsas creencias con las que se criaron. Asumir que el frío no resfría, sino que en todo caso son los virus los que atacan porque con el frío están más cómodo que con el calor. Olvidarse de una vez por todas del mito de que andar descalzo es motivo de enfriamiento, cuando parece estar superdemostrado, no ya la inexistente relación causa-efecto entre pies desnudos y constipado, sino incluso el beneficio y la conveniencia de que las criaturas anden descalzas para formar bien las plantas de sus pies.

Son también la generación del vino quinado para las criaturas que les ayudaba a crecer o de la leche con coñac que curaba de sopetón y de resopón las congestiones nasales. Se han criado con la férrea convicción de que tragar un chicle podía poner en riesgo la vida o de la inexcusable necesidad de respetar dos largas horas de digestión antes del baño. Han creído a pies juntillas, para desgracia de muchas mujeres, en la incompatibilidad de la menstruación con las duchas y baños.

Son creencias que ahora causan risa y permiten mirar con cierta superioridad a los incautos que se creyeron esas idioteces. Pero lo cierto es que, aunque la ciencia y la medicina avancen una barbaridad, sigue habiendo agujeros negros de ignorancia que afortunadamente se van superando con la investigación y la educación sanitaria de la población. Poco le queda al muy extendido recurso de colocar cebollas manifiestamente olorosas cerca de criaturas que no paran de toser por la noche.

Estamos en pleno pico epidemiológico de enfermedades respiratorias que amenazan con saturar el sistema sanitario. Proliferan esos titulares tan poco tranquilizadores que parece que compiten en anunciar catástrofes planetarias. Pero los datos, la hemeroteca, dice que siempre en estas fechas se producen esos picos infecciosos ante los cuales se debería actuar con previsión.

Para empezar, reforzando la prevención, es decir, la educación sanitaria de la población a la que se debería bombardear -como se sabe hacer a la perfección cuando conviene a otros intereses- fomentando hábitos que protegen la salud pública, es decir, la de todos. El lavado de manos es herramienta que salva vidas, que evita contagios y economiza recursos. Lo aprendimos cuando el miedo nos metió en casa durante la pandemia y lo olvidamos con demasiada rapidez. La ventilación suficiente y permanente sabemos que se lo pone difícil a los virus, por no hablar de la vacunación que no es más que la carta de presentación a nuestro sistema inmunitario del virus que se han de cargar en cuanto se lo encuentren. La mascarilla fue y es aliada insustituible y no hace falta que lo diga el Gobierno, para dejarnos guiar por la sensatez y la solidaridad social.

Cuando todo falla -porque no es cierto que el ser humano sea el rey del planeta y cualquier bicho invisible es muy capaz de bajarle los humos- lo razonable e inteligente sería garantizar los medios y recursos suficientes para que las personas enfermas fueran atendidas con agilidad y eficacia. En lugar de eso, año tras año, los servicios y departamentos sanitarios afrontan como sorprendidos, pillados a traición, una situación complicada con plantillas reducidas porque a nadie le ha preocupado solucionar la endémica falta de personal que sobre todo en Atención Primaria convierte en un safari, conseguir la consulta médica cuando la necesitas.

De ahí que resulte muchísimo más grave, de todo punto imperdonable, mantener año tras año, los mismos errores con sus terribles consecuencias, por falta de previsión y planificación. Porque el virus realmente peligroso es el de la incompetencia.

El desafío del SIDA

Si contraer una enfermedad y tener que aprender a convivir con ella ya es una mala jugada del destino, cuando la enfermedad es el SIDA, todavía el desafío va más allá.

En sus orígenes, cuando todo era desconocido, misterioso y enormemente amenazador, la infección por VIH se consideró desde la ignorancia supina, claro, como una especie de maldición bíblica, castigo celestial a las gentes de mal vivir cuyas conductas depravadas merecían un castigo divino del que no se iban a librar.

Fueron tiempos oscuros, difíciles de sobrellevar para los enfermos con escasas, casi nulas, esperanzas de futuro, que además debían intentar disfrazar ante la sociedad su padecimiento, porque darlo a conocer era arriesgarse a sufrir un rechazo explícito y enormemente cruel. Luchando contra prejuicios infundados que asignaban alegremente culpas y responsabilidades

No es que la empatía salve vidas, pero es evidente que ayuda a vivir ese último tránsito con alguna serenidad. En la década de los años 1990, la infección por VIH y el posterior desarrollo del SIDA era la primera causa de muerte en la población de 25 a 44 años en España.  El señalamiento social de las personas que al desarrollar la enfermedad no podían ocultarla y era estigmatizadas por su apariencia física o a la vista de sus síntomas evidentes es uno de las respuestas más inhumanas y crueles que se pueden presenciar.

Contraer la infección por VIH era una sentencia inexorable que obligaba a afrontar un  pronóstico fatal, junto al  estigma social que llevaba aparejada esta enfermedad, manifestada a veces de forma ostentosa e irracional, fruto del miedo que deshumaniza y anula principios morales básicos de convivencia y solidaridad. 

Casi 40 años de que se iniciara la epidemia de VIH y sida en el mundo, la infección ahora ha pasado a ser una enfermedad crónica. Nada que ver con la condena que representaba en los inicios de la enfermedad, que ha causado la muerte de 36 millones de personas en todo el mundo y 60.000 en España, desde 1981.Solo se conocen los casos de tres personas  en todo el mundo que han logrado superar el VIH, es decir, hacerlo desaparecer de su organismo. Aun así, una detección precoz y un tratamiento adecuado permiten hoy a la persona portadora tenga una vida de calidad y una esperanza de vida similar a la de la población sana.

A día de hoy se estima que, en nuestro país viven con VIH entre 1.360.000 y 162.000 personas. Es decir, personas que portan el virus aunque no han desarrollado la enfermedad. La mayoría conoce su situación y sabe que con el tratamiento adecuado su esperanza de vida supera en mucho los 2-3 años prometidos en la década de los 90. También conoce su responsabilidad individual a la hora de evitar el contagio.

El 1 de diciembre se conmemora el Día Mundial de la Lucha contra el SIDA. Un día dedicado a la divulgación, a la concienciación y a la eliminación del estigma que acompaña a todo aquel que se ha contagiado con el VIH. Un día en el que se reconocen los avances en la investigación de medicamentos que han permitido que la infección por VIH y sida haya  dejado de ser una sentencia de muerte en la mayoría de los países.

Con todo, no está mal recordar, que, del SIDA, como aprendimos con el coronavirus, no nos libraremos en la medida en que no se reconozca que las oportunidades de supervivencia han de ser iguales para todas las personas. Y aprendamos que el miedo y la ignorancia, los prejuicios y las aprensiones, ni curan ni protegen, sino que nos hacen más vulnerables.

Suicidio

Se imaginó tumbada en las vías , oyendo el estruendo del tren pero descartó la idea. Demasiada  destrucción. Se vio luego cayendo  desde un sexto piso y la imagen resultaba placentera, hasta que el vuelo se convirtió en caída libre y el resultado era bastante catastrófico. Empezó a oír a su bebe de 7 días al otro lado de la puerta y se levantó para prestarle atención.

Buscó en Google la diferencia entre la lejía y el salfumán y comprobó que ambas opciones eran lentas y dolorosas. Observó con atención las cuchillas del baño pero la escena final era demasiado sangrienta. Siguió preparando con calma la mochila pensando que quizás este curso sería diferente porque todavía no había recibido ningún mensaje lleno de insultos y de odio.

Revisó todos los medicamentos almacenados durante largos años y lamentó el despilfarro realizado. Aunque quizás finalmente pudieran tener alguna utilidad. En la pared de la vieja casa todavía se apreciaba la mancha oscura causada por el disparo que hace muchos años cambió sus vidas.  Tenía que vaciar los armarios de la ropa que ya nadie necesitaría y empezar a pensar en la manera de seguir navegando sin patrón en el barco.

En 2021 murieron en España más de 4000 personas por suicidio. Más hombres que mujeres, porque cuando ellos lo deciden, son más efectivos. Pero más del 50% de mujeres entre 15 y 29 años ha experimentado ideas suicidas.

Contra el suicidio funciona la escucha, rompiendo el aislamiento y la incomunicación. Es indispensable la red social, capaz de recoger a las personas a punto de desintegrarse . Imprescindible la mirada atenta, respetuosa siempre, nunca indiferente.

En los momentos más tristes, negros y  oscuros es cuando más falta hace alguien que recuerde cómo se enciende la luz.

Parir a la carta

Lo de parir con dolor se ha quedado francamente anticuado y en los días que vivimos las mayoría de las personas no considera en absoluto a pesar del mandato bíblico que el sufrimiento sea imprescindible para traer a las criaturas al mundo.

La ciencia avanza que es una barbaridad como decía la zarzuela y por eso hoy existen protocolos sanitarios para la atención al parto que no tienen nada que ver con esas escenas cinematográficas de parto realmente espeluznantes, llenas de gritos aterradores que rompían el tímpano de cualquiera y conducían directamente a la extinción de la especie.

Sin embargo el número de cesáreas se ha incrementado en nuestro país de forma exponencial incluyendo a la comunidad valenciana que además de ser la tierra de las flores, la luz y el amor, puede “presumir” de ser la autonomía con mayor porcentaje de cesáreas de todo el Estado debido, todo hay que decirlo, al número de éstas que se practica en los centros privados.

Una cesárea es una operación quirúrgica que se lleva a cabo cuando los profesionales deciden que el parto por vía vaginal puede ser peligroso para el bebe o la madre. Siendo una intervención mayor que conlleva sus riesgos, no debería realizarse por libre elección de la madre, ni ser una decisión médica que no esté avalada por el diagnóstico necesario. De hecho, la OMS considera admisible sólo un 15% de cesáreas del total de los partos, porcentaje altamente superado en España, según el reciente estudio publicado en los medios de comunicación.

En el Hospital de Xàtiva se produjeron 9575 partos en los últimos 10 años de los cuales el 21 % fueron por cesárea. Mucha mejor marca que el hospital de Ontinyent cuyo porcentaje es del 41.2 % e infinitamente preferible al de cierto hospital privado de Alacant que practica cesáreas al 60% de las mujeres que acuden allí a parir.

En cualquier caso, lo que debería primar en este proceso es el bienestar y la salud del nonato que quiere dejar de serlo y de su madre, que se deberían imponer a las ansiedades personales o la agenda . Lo que no parece recomendable es que los partos se conviertan en una especie de menú a la carta en relación a los cuales la futura madre elige parir con cesárea o de forma natural, como quien elige el color de los patucos. Como tampoco debiera fijar hora y día el especialista responsable que programa las cesáreas según su agenda personal por aquello de la organización del trabajo y no en función de razones médicas fundadas y objetivas.

Las causas de este fenómeno son variadas y diversas. Las matronas dicen, y con razón, que cada vez son menos en la sanidad pública a pesar de que su intervención es decisiva para que las cosas se desarrollen lo más pacíficamente posible. Pero con dos matronas por cada 10.000 habitantes, son difíciles de encontrar. También se habla del perfil de las embarazadas cada vez de mayor edad, lo que no facilita los partos naturales y sobre todo de cierta tendencia a medicalizar el parto exagerando la nota, porque una cosa es cargarse de plano el mandato del dolor y otra añadir riesgos innecesarios al nacimiento de las criaturas. Queda pendiente hablar de la episiotomía, palabro desconocido para muchos pero de fácil y doloroso recuerdo para muchas madres.

En todo caso, parece necesario revisar los protocolos de algunos hospitales y hacer pedagogía con las mujeres que están embarazadas pero no son idiotas para rectificar tendencias peligrosas y bajar el porcentaje. Ganará el sistema, las mujeres y sobre todo las criaturas.

Querida menopausia

En ocasiones da la sensación de que es una enfermedad vergonzosa como la sarna o la gonorrea. Funciona bien como insulto faltón y grosero. Estás menopáusica, les dicen a las mujeres de cierta edad cuando están malhumoradas, cuando enrojecen con facilidad, cuando engordan…Algo similar al uso perverso que se hace de la menstruación adjudicándole un poder limitante sobre las capacidades de las mujeres.

La menopausia como la menstruación son procesos que las mujeres han aprendido a disimular, como si fueran algo vergonzoso. Y sin embargo no son más que diferentes fases que se presentan en la vida de las mujeres. No son ni deberían suponer un problema para ninguna de ellas, porque la modificación de su equilibrio hormonal es un proceso natural que en absoluto compromete su valor como seres humanos.

Para empezar, habría que erradicar esa actitud ligeramente condenatoria y salpicada de compasión que convierte la menopausia en una especie de punto final. Una microcatástrofe cuya aparición indica, desde la atrevida ignorancia, que la mujer está iniciando un proceso de deterioro irreversible que la privará paulatinamente de sus aptitudes físicas y mentales. No importa que, en realidad, lo único que haya terminado sea la capacidad reproductiva de la mujer, estando plenamente vigentes todas las restantes cualidades. La leyenda cuenta otra cosa.

Sin embargo, en ese momento, a los 45 o 50 años, las mujeres pueden vivir, si las dejan, un momento esplendoroso, en el que ser protagonistas de su propia vida como no lo han sido hasta entonces. La esperanza de vida de las mujeres en este país supera los 85 años, por lo que queda un puñado de años para vivir con esperanza y felicidad. Y con salud porque la menopausia no es una enfermedad, ni requiere siempre y en todos los casos tratamientos farmacológicos.

Hace falta acabar con los bulos y mentiras que rodean ese cambio hormonal, destruyendo la autoconfianza de quien sigue siendo quien era, a pesar de los intentos de desvalorizarla o llevarla al rincón de los trastos averiados. La menopausia no engorda, no produce cáncer, no te vuelve loca ni acaba con la vida sexual de nadie. Si se apuesta por una vida sana, por el cuidado en la alimentación y se desarrolla el ejercicio físico necesario y suficiente, el resultado será una mujer plena que no necesitará medicación.

Quizás es difícil creerlo en una sociedad como la nuestra que adora en sus altares la belleza y la juventud. La belleza según unos patrones preestablecidos y nada democráticos que impone con férrea tiranía, decidiendo cual ha de ser el aspecto de las mujeres en cualquier momento de su vida si quieren recibir la aprobación social. La juventud, de una forma falsa e hipócrita, porque si de verdad se valorara a la juventud de este país se actuaría de forma mucho más contundente para ofrecerles un futuro. Pero lo que se adora en realidad es la estética juvenil aun siendo una cualidad efímera, que inevitablemente se perderá con el tiempo.

Así pues, una mujer en fase menopáusica no es bella, tal como establecen los cánones. Tampoco es joven, obviamente, atendiendo exclusivamente al calendario. Pero si la mirada que recibe no es peyorativa, ni está cargada de prejuicios, se puede descubrir en ella a una mujer que ha acumulado experiencias que quizás la hayan hecho más sabia, emociones que le permiten entender conflictos ajenos, resistencias que le permite sobrevivir a pesar de obstáculos realmente difíciles. Una mujer pasada la menopausia puede elegir no ser bella, sino ser ella, tal como prefiera, en función de su propio recorrido vital. Una gran diferencia que marca solo una letra.

OBESIDAD LETAL

La gordura es un concepto relativo, como es bien sabido a la vista de las enormes variaciones que a lo largo de la historia ha habido sobre el standard deseable relacionado con el peso y formas de los seres humanos. No hay uniformidad de criterios y lo que en un país es belleza, en otros no es más que un saco de huesos o, por el contrario, el cuerpo que unos aprecian, para otros no es más que adiposidad y flacidez.

En todo caso, a estas alturas, los criterios sanitarios deberían primar sobre los estéticos, por lo menos en aquellas sociedades que tienen el privilegio de poder elegir.

Hoy, la obesidad de personas adultas y menores es un problema en este país. Que el 40% de los niños/as, uno de cada tres, tengan sobrepeso es un serio aviso de lo que vendrá después: graves problemas de salud  que comprometerán la calidad de vida de esos niños que serán adultos,  sufridores de patologías que podrían haberse evitado.

De ahí, la medida del Gobierno de limitar la publicidad de alimentos, que entrará en vigor en 2022 y abarcará todos los medios, incluida televisión, radio, redes sociales y aplicaciones. Se pretende prohibir que se publiciten como alimentos, productos que en realidad no son tales, insanos por definición o que falsifican su composición. Impedir que seduzcan con malas artes a la gente pequeña que es mayormente la que sufre el bombardeo y se hace adicta a productos comestibles pero insanos. Cierto que las medidas restrictivas por definición, no gustan y producen rechazo, pero a veces hace falta prohibir determinadas conductas peligrosas para uno mismo y los ajenos, a riesgo de tener que oír ridículas e irresponsables declaraciones de personajes públicos que se atreven a reclamar, por ejemplo, su derecho a beber y conducir sin mesura ni restricción.

La publicidad al servicio del negocio de la alimentación nos hace comer con los ojos sucumbiendo ante envases coloridos, de productos de escasa calidad, que te regalan tonterías innecesarias. Fomenta la imitación de modelos estereotipados de criaturas angelicales, gente joven guapa o personas ancianas de melenas blancas y dentaduras perfectas que se hinchan a comer chocolatinas. Es sibilina la intención de quien dispone las estanterías de los supermercados para que, en las cajas, donde se realizan las esperas y a la altura de los ojos de la gente pequeña estén todos esos productos, baratos, atractivos, insanos y perfectamente prescindibles.

Con todo, la lucha contra la obesidad requiere abrir otros frentes como la educación nutricional, el fomento de la actividad física o la reducción de grasas y azúcares en determinados productos. En Japón, la introducción de la asignatura de educación nutricional en los colegios redujo en un 20% la obesidad infantil en dos años. Hay  familias dispuestas a comer bien pero que no saben cómo hacerlo. Quizá por ello, el 60% de los escolares desayuna galletas y solo dos de cada diez toma fruta fresca en la primera comida del día.

Cada cual come y da de comer lo que quiere, es cierto. Faltaría más. Pero asumiendo que la salud que deseamos fervientemente para quienes estimamos depende en gran medida de la alimentación, sabemos sin lugar a dudas que no es lo mismo alimentarse de gominolas, chocolatinas y bollicaos que de lechugas, lentejas y plátanos. 

El resultado final en nuestros cuerpos no será igual ni de lejos, y por eso, para empezar, sean bienvenidas las medidas que apoyan a quienes con nervios de acero han de hacer frente a los aullidos infantiles que exigen su ración de azúcar  o al ansia irracional de un bombón para sobrevivir.

TÓCATE LAS TETAS

Ese el consejo, directo y contundente que ha facilitado una diputada en el Congreso con motivo de la reciente celebración del Dia Mundial de la lucha contra el Cáncer de mama, jornada en la que todos nos acordamos de esa maldita enfermedad. Aunque hay quien se acuerda de ella todos los días porque le ha tocado sobrellevarla, enfrentarse a ella y vivirla en primera persona, por lo que no hace falta que nadie les recuerde nada, ni les dé lecciones de coraje y superación.

Solo en España, cada año se diagnostican alrededor de 28.000 nuevos cánceres de mama. Una de cada ocho mujeres lo padecerá en algún momento de su vida.

Por eso, el consejo de la diputada es acertado. Lo primero que hay que hacer para enfrentar una enfermedad que mata a 6500 mujeres al año es intentar prevenirla, detectarla con la mayor anticipación posible porque así las posibilidades de superación serán mucho mayores, como todo el mundo sabe. Y hacerlo no sólo ha de depender de la actuación individual (tócate…) sino de la existencia de programas de cribado suficientes que contribuyen a reducir hasta en un 30 % la tasa de mortalidad.

Lo que todo el mundo no sabe es que el cáncer de mama tiene causas multifactoriales, lo que quiere decir que nadie está predestinada a sufrirlo ni nadie está libre de padecerlo. Lo que todo el mundo debería saber es que lo peor que se puede hacer cuando se trata con personas enfermas es adjudicarles cualquier tipo de responsabilidad o culpa, por sus hábitos, sus antecedentes o sus circunstancias.

Otra cosa que solemos hacer fatal es afrontar la enfermedad como una batalla, en la que se vence o se muere, porque de ahí se infiere que quienes fallecen son perdedoras que no fueron capaces de alcanzar la victoria. Quizás sería mucho mejor abandonar todas esas metáforas bélicas que hablan de guerra contra la enfermedad, de derrotas y triunfos y considerar la enfermedad como lo que es: un suceso vital aleatorio que no hay que afrontar con resignación pero que hay que vivir con serenidad y confianza en el futuro.

Tampoco hay que permitir que los lazos rosados disimulen la dureza de la enfermedad y nos hagan olvidar donde están las soluciones. No es en las carreras populares, en los desfiles de modas o en las camisetas apropiadas, todas ellas iniciativas surgidas mayormente de la buena voluntad que, sin embargo, no deben ocultar los elementos que en realidad nos protegen de la enfermedad.

Uno es una Sanidad pública, fuerte y bien dotada de todos los recursos necesarios desde tecnología punta hasta personal sanitario especializado. En este terreno, como en todos aquellos que comprometen la vida de las personas no puede haber listas de espera, pruebas demoradas, consultas tardías, tratamientos condicionados por la economía… La Sanidad pública y quienes la defienden con hechos y no con palabras deben contar con el apoyo incondicional de todas las personas que son y serán susceptibles de necesitar sus servicios, sin que el tamaño de su cartera importe.

El otro es la existencia de líneas de investigación científica que no sean reclamos testimoniales, de bajo coste y escasa proyección. Hace falta mimar al personal que investiga tratamientos, que mejora procedimientos de cribado y detección, que persigue un conocimiento amplio y profundo de la enfermedad para detectarla y curarla con la mayor rapidez. Sus frutos se verán a medio y largo plazo, pero deben contar con los recursos presupuestarios para hacer su trabajo durante el tiempo que sea necesario hasta conseguir los objetivos propuestos.

Esta es la receta: ponte el lacito, vota sin equivocarte y tócate las tetas.