JUGANDO CON LA IGUALDAD

La Navidad es un paréntesis artificial pero secundado universalmente, en el que las rutinas habituales se trastocan asumiendo que durante las próximas semanas se asistirá a multitud de reuniones familiares, encuentros sociales o celebraciones de empresa, en los que se brindará unos cuantos miles de veces deseando salud y felicidad a todo bicho viviente.

En absoluto hay que desmerecer el esfuerzo de anteponer durante esos días la felicidad colectiva a las dificultades privadas que cada cual pelea como puede. No hay porqué cuestionar la sinceridad de esas felicitaciones que se reparten indiscriminadamente a la vecina insolidaria, al colega insoportable o al cuñado chismoso. Hay una tregua tácita pero sólida para aparcar momentáneamente los roces y discrepancias, que ya habrá tiempo de volver a ellos cuando se cierre el paréntesis.

A group of cheerful kids with their palms and clothing painted

Sin embargo, es preciso mantener vivas y activas ciertas creencias que defendemos a capa y espada durante el resto del año, pero que ahora olvidamos, fruto quizás de la vorágine consumista que nos atrapa a todos y de cierto atontamiento generalizado fruto de tanto festejo y comilona. No hay paréntesis posible, ni excepción aceptable en la defensa de principios que no se pueden dejar aparcados bajo el árbol de Navidad.

El jolgorio navideño no puede borrar nuestra firme creencia de que las mujeres y los hombres son iguales en derechos y oportunidades. No se puede actuar desde la más absoluta incoherencia al pretender contentar a la gente pequeña,  un empeño que honra al mundo de los adultos pero que no puede llevarse a cabo transgrediendo principios que defendemos habitualmente.

Sabemos que en sus primeros años, niñas y niños están formándose su propia composición sobre su lugar en el mundo, sobre sus límites, sobre lo que pueden o no hacer, lo que se espera de ellos y lo que tienen prohibido. A ambos hay que mostrarles, no por la vía del discurso sino de la realidad palpable del juguete que reciben, que ser niño o niña no les obliga a nada, ni les impone ningún comportamiento, ni les marca límites que no puedan superar según sus capacidades. No se trata de exterminar a las muñecas sino de que criaturas de ambos sexos aprendan igualmente la importancia de las tareas de cuidado. Los superhéroes forman parte del universo infantil, pero no son solo ellos los que poseen los poderes y protagonizan las hazañas.

Según el Estudio sobre estereotipos y roles de género en la publicidad de juguetes (Instituto de la Mujer, 2020), casi el 40% de la publicidad juguetera, muestra a niñas dulces y guapas dedicadas al cuidado de bebes calvos o muñecas casi tan grandes como ellas. Por el contrario, se muestra a los niños en roles de poder, construyendo edificios, solucionando problemas, ganando batallas. De ahí el acierto del acuerdo suscrito con el sector publicitario y juguetero para fomentar una imagen de los menores plural, igualitaria y libre de estereotipos. Es un gran paso adelante, a falta de que la elección personal de quien saca finalmente la cartera sea también responsable y coherente con la defensa de la igualdad.

Los juguetes que reciben en estas fechas son un factor esencial en su proceso de socialización y quien reste importancia a esta cuestión, quien pretenda minimizarla para que no contamine un escenario tan blanco y navideño como el que vivimos, no tiene más que acordarse de las 11 mujeres asesinadas durante el último mes del año que dejamos atrás.  Es evidente a estas alturas la íntima relación entre la violencia machista que mata y la desigualdad que convierte a las mujeres en víctimas. No hay tregua posible en esta cuestión.

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