A veces, hay que vencer esa insidiosa tentación de encerrar bajo siete llaves cualquier recuerdo o mención a episodios tan insoportables como las políticas de exterminio vividas durante la Segunda Guerra Mundial. Para mucha gente, resultan tan increíblemente crueles y denotan tal anestesia moral y crueldad infinita que resulta imposible asimilarlas. Más teniendo en cuenta que más allá del ingente número de víctimas, hubo una considerable parte de la población que se sumó, no ya con su silencio sino incluso con su protagonismo activo al bando criminal. Esa innegable realidad, vista con los ojos de la memoria histórica, es especialmente inquietante por lo que demuestra de nuestra capacidad de enterrar de un plumazo nuestros valores en un pozo oscuro donde no molesten. Aunque de ello pudiera depender la supervivencia, dice muy poco de esa superioridad moral que decimos que nos identifica y nos hace superiores a los animales.
Se puede comprender que haya gente que nunca visitaría Auschwitz en un placentero viaje de turismo, ni un horno crematorio, ni la casa de Ana Frank. O que no leería jamás “El Pijama a rayas” por muy best seller que fuera, o vería a regañadientes “La vida es bella”, sólo porque la calidad cinematográfica del guion permitía soportar el retortijón y la angustia hábilmente mezcladas con el sentido del humor y la ternura. En todo caso, ninguna opción es cuestionable porque cada cual afronta sus miedos y congojas como puede.
De lo que nunca deberíamos prescindir, en todo caso, es del recuerdo como homenaje a las víctimas y como garantía del nunca más. Y sobre todo de lo que no deberíamos abdicar jamás es de denunciar, acusar, recriminar e inculpar siempre y en todo lugar a los personajes, y sobre todo a las ideologías que están en el origen de la matanza y la tortura de tantísimos millones de personas. No son admisibles los silencios cansados, la indiferencia desde la superioridad , el desprecio mudo que no se comparte. No caben aquí criterios de rendimiento político, de prioridades en función de intereses partidistas o personales. Es una obligación personal y colectiva negar el pan y la sal, cerrando todas las puertas a todas aquellas teorías, personas u organizaciones, que empiezan trivializando, siguen poniendo en duda y acaban por negar una historia que efectivamente la inmensa mayoría preferiría que no hubiera existido. Porque su objetivo no es otro que es recrear un escenario donde fueran más afortunados en el reparto de poder y pudieran repetirse tales hazañas. Y eso tiene mucho peligro.
Por eso hace falta mucha pedagogía para la gente joven a la que resulta difícil percibir en el aburrido relato de los libros de historia , el pánico vivido en los campos de exterminio. Mucha persuasión para no olvidar que las urgencias sociales que hoy vivimos , nuestras preocupaciones cotidianas serían invalidadas si cambiaran las reglas básicas del juego de la convivencia que nos permite la supervivencia. Imprescindible fomentar el respeto y el entendimiento entre las personas, negando cualquier legitimidad al discurso del odio y huyendo del buenismo fatuo para construir con inteligencia una sociedad asentada en la justicia y la igualdad .
Hace falta un discurso permanente que no solo mire atrás, sino también al presente para identificar y extirpar todos los rebrotes envenenados que intentan renacer. Y convendría que fuera un discurso único y sin fisuras de todos los partidos democráticos sin ausencias ni desencuentros que deberían subordinarse a la relevancia del objetivo que se persigue. Nos jugamos mucho ante un desafío, fruto del eterno conflicto entre el amor y el odio, que nos hace invencibles o nos condena a la autodestrucción.
